sábado 13 de junio de 2009

EL CUENTO DE HOY



En Patagonia, una esquila


por Jorge Gabriel Robert


Desde temprano reinaba un clima de trabajos camperos. La hacienda lanar se había repuntado hacia los potreros más cercanos. Los caballos bien herrados, los ovejeros atados cado uno en su cucha. La proximidad en armonía de la última labor del año requería que los animales, igual que los hombres, se mantengan livianos ante la duda del calor. Los corrales y galpones limpios; hasta las gallinas y otras aves de corral, deberán limitar su libre albedrío. Empieza la esquila.

La pequeña estancia lucía como para un día de fiesta; los niños de recientes vacaciones, presagiando una encerrona de varios días, recogían entre las flores silvestres, conejitos amarillos, margaritas blancas, alverjillas azules y rojas que un invierno de mucha lluvia les venía prometiendo. Era tradicional que se obsequiara un ramo de flores a los esforzados esquiladores antes de empezar su tarea, como premonitoria ofrenda de felicidad en su regreso al hogar.

También era costumbre se proveyera a los trabajadores con huevos de ñandú, o de martineta. Para ello, en previas recorridas por el campo a caballo, los niños de vacaciones los habían conseguido y hecho examinar por el baqueano capataz don Atilio, con garantía de estar “frescos.”

La comparsa compuesta por más de veinte hombres, llegada la tarde anterior en un camión atiborrado, gozaba su día de descanso para preparar herramientas, encender y puesta a punto del motor, afilar peines y cortadoras, primordial trabajo de Manuel el mecánico, mientras el resto de hombres eran duchos ya en hacer que la lluvia no los sorprenda en la noche sin un techo improvisado. Propicio Márquez, el contratista encargado de la comparsa, monitoreaba la organización de su gente, como responsable ante el dueño de la estancia que lo contrató.

Ramón, el cocinero, preparaba el clásico asado al asador, costillar con paleta y la parrilla para las achuras. La bolsa de galleta, alguna bebida no alcohólica, y por presentir el comienzo de faena, alguna guitarra desgranará sus melodías de sobre mesa, añorando el recuerdo de alguna novia que quizás espera. Las cuerdas entrelazan unos dedos curtidos por la suciedad transitoria del trabajo permanente. La gente está “al sereno” mientras cena. La luna llena se ha plantado en el cielo. Todos la miran; alguna estrella fugaz cruza la noche, como ofreciendo a ese grupo de guapos un tema de conversación. No es una estrella, dijo Joaquín el agarrador. Hablaron del cosmos, del aerolito, rebuscadas anécdotas unas ciertas y otras no tanto, se superponen en el entusiasmo del saber echado a rodar. Germán el prensero, se ha quitado el sombrero, ante la tertulia desconocida que no habla de potros y de aperos, hasta que el sueño y la humedad del rocío los hizo rumbear hacia sus lugares de descanso.

La luna ya ha cambiado su posición en el cielo dando por cumplida su misión y esta vez el lucero pareciera que brilla como nunca, pretendiendo protagonismo en el espacio. Ramón, el gran madrugador consuetudinario, que no participó de las risas y canciones, lo observa y se levanta a preparar el desayuno mientras hierve la yerba del mate cocido y se dora el churrasco; se tomaría unos mates a la bombilla como solía decir, mostrando unas virolas de oro. Fue por ella a su campamento privado y pasó por debajo de una arboleda de tamarisco gigante cuando escuchó un ruido extraño. Quedó como petrificado; ahogó un grito, por suerte pudo sobreponerse y evitó despertar a los que dormían. Se dio cuenta que su coraje de hombre rudo, en ese instante, había flaqueado. Sintió una mezcla de miedo y vergüenza al tiempo que entre las ramas, a su lado, se movía un bulto del que no podía desprender la vista, ni moverse.

Con las piernas entumecidas de terror, logró acercarse al lugar donde dormía su patrón, don Propicio y comunicarle el extraño caso. Conociendo la fidelidad de su empleado, don Propicio, luego de un largo desperezo, se calzó los pantalones, las alpargatas, el 32 corto y en el trecho hasta el lugar indicado fue rumiando el motivo. Él, que había requerido de sus trabajadores todos los antecedentes posibles, le pareció que podía tener la clave del extraño caso. El bulto no identificado comenzó lentamente a escalar un árbol mientras una nube larga y espesa iba cubriendo el horizonte del lado del naciente, haciendo más oscura la noche. El bulto a medida que ascendía iba tomando una forma humana. Propicio observó sin temor, mientras se iba rodeando de otros obreros que, enterados del caso, se acercaron, unos con un rifle, por las dudas el caronero, armas cortas y dispuestos a “ tirarle”. Una lechuza cómplice lanzó su chistido, y un ave nocturna en raudo vuelo huyó del lugar.

¡Alto! La voz estentórea del encargado rasga las penumbras, mientras cala los cuerpos con un estremecimiento parecido al terror. Gira contándolos con la vista, diestro para la mirada profunda a pesar de la oscuridad y los rostros alterados, y observa que falta uno. ¿Dónde está el muchacho rubio que subió de playero en El Molle?, pregunta. Los que tenían sus armas con gatillo levantado, apretaron el seguro mientras se miraban entre sí. No está en esta ronda el Silverio, ayer sacó el futbol y pateamos un rato, se oyó; después desembaló su valijita marrón, sacó un collar que siempre besa, leyó unas cartas amarillentas, se puso muy triste, casi no comió. Y se fue a dormir. Sí, en el viaje había contado que era sonámbulo desde muy pequeño y que un día le escribió a su madre allá en el cielo con un barrilete, pero claro, no sabía escribir. Tuvo que aprender en años de hambre y soledad. Desde niño le atraían las alturas; en su somnolencia, aquellos árboles lo había atraído. Sus compañeros de esquila prefirieron dejarlo, no llamarlo y rodear el fogón que crepitaba ofreciendo su calor y el apetitoso desayuno.

A la voz de “empezar, ya” los centauros, manija en mano, vuelcan de la oveja el blanco vellón. Silverio limpia la playa y ordena la salida de animales esquilados. En la embretada, un perro ladra.





5 comentarios:

Olga Starzak dijo...

Jorge, a menudo me pregunto cuántos escritores de tu estirpe tendremos los patagónicos, y la sociedad toda los ignora, no por voluntad, sino por desconocimiento. Son en esos momentos cuando creo que bien valió la pena aquel proyecto, al que me sumé, y que hoy es LITERASUR.
Escribir cuentos cortos, lo sé por propia experiencia —y aunque muchos consideren que es un género difícil por la limitación que nos impone el espacio gráfico— es la forma más elocuente de poner al alcance de todos, en muy pocas páginas y con nuestra piel al descubierto, los tantos amores, sinsabores y placeres de la vida
Felicitarte sería ponerme en el lugar de esa docente que habita en mí, decirte que no abandones el mágico camino de la palabra, es proponerte que sigas deleitándonos con trabajos como el que hoy Literasur ha tenido el privilegio de postear.
Mis cariños, Rico.
Olga

Jorge Vives dijo...

Estimado tocayo, por una cosa u otra no pude mandar mi comentario hasta hoy, Estos son los cuentos que me gustan; para el que conoce el tema siempre es agradable recordar esas esquilas de cuando uno era un "niño de vacaciones". El ambiente está perfectamente descripto en el cuento; al igual que la escena nocturna; la noche en el campo es misteriosa, hay muchas sombras y escenas entrevistas; y se presta para ese tipo de situaciones. Espero seguir leyendo estos relatos; y también me gustaría verlos reunidos en un volumen, ¿puede ser? Mis más cordiales saludos, don Jorge

EL ORDEN dijo...

Jorge, no te conozco pero este relato me pareció tan simple como magistral.
Me gustaría incluirlo en la próxima edición de los "Cuadernos culturales deseadenses", que tienen su versión en papel y en Internet (www.cuadernosculturalesdeseadenses.blogspot.com)

Desde Puerto Deseado un cordial saludo de Mario dos Santos Lopes

jorgerobert dijo...

Aprovecho para saludar a mi tocayo Vives y a Olguita Starzak y decirle al amigo de Pto Deseado si es que necesita mi permiso para usar mi cuento, ya lo tiene. Cuando yo era un niño, casi un bebé, mi padre era contratista de esquila y contaba que llevaba siempre en su máquina un esquilador que nadie lo quería porque era sonámbulo y de noche hacia de las suyas; su travesura principal era subirse a los árboles. Allá por los años 30.
Gracias por la atención de uds.
Un abrazo. JorgeG.Robert

Maria de las Mercedes dijo...

Es un trabajo sumamente generoso en los detalles, al punto de acceder fácilmente a toda la representación incluida en el contexto. Agradable, ágil de lectura , enseña y brinda esa cuota interesante de misterio, que siempre gusta tener a mano, para el relato el hombre de campo. A uno le da fuerte en el lugar donde ha guardado los propios, garabateados luego en algún cuaderno.
(asi van apareciendo)
Permiso de primera vez, sacado a regañadientes, con el poner de la noche. Erguida en medio del patio de tierra, fuerte la mirada, que sabia seguir la dirección de su genio, cuando ganaba el espacio, mas para respeto, la señal bastaba. Donde el pinto ni paso daba. Ni mosca cruzaba. Ni voz de peón se alzaba. No me ande zalamereando, no tiene nada que hacer ahí, entreverada. ¡para molestia nada mas! -Rezo la dueña de la palabra, A quien nadie contradecía, si sabía lo que era prudente. Mas, de que sirve la sonrisa, si no es para saber usarla. Aun no clareaba la aurora, rebeldes como su dueña, asomaron a la escena, desamigados del peine las ensortijadas, mechas.- ¡Quien dijo que le iba a restar al madrugón!-.¿ Que le paso a su cabello m´hijita?, alerto llegándose con la mano, segura de domarlo con los dedos. -Poco tiempo para el espejo. Más bien para dar con el banquito, que facilitaba la llegada-. Olvidada de tema, tan sin importancia, la siguió a paso rápido, donde aligerada del brazo, alcanzo la misma monta. Va darse buen tiempo!, dijo el mozo, facilitándole la rienda. La había visto persignarse antes de abandonar la casa, donde la virgen, que resguardaba la entrada. Paradas tras la tranquera, con orden de: “convertirse en estatua m´hijita!, -sentencio-, a riesgo de perder un bucle por equivocación, de la “tijera”. ( una antigüedad el bucle, ausentes esa mañana, pero favoritos de quien manda,) Tremenda impresión, para tan corta existencia!, todo ese despliegue de hierros, no daba cuenta de ella, ni el aire que respiraba. Tras los bigotes de manubrio interminables, sin acuso de fatiga, en el ir y venir sin pausa, apurando a la peonada, hombrón fuerte trigueño. Gustaba pasar al lado, con cara de pocos amigos, más que suficiente para hundirse, entre los pliegues floreados, de la generosa falda, en apretado agarre, como para no perder parentesco. ¡No arrecule, muestre animo m´ hija, si quiere ganar respeto!…………¡Que flaquita había sido bajo todo ese vestido!, será que no toma la sopa?.......
(de mis tiempos con la abuela)