jueves 23 de julio de 2009

LA NOTA DE HOY





EL ACCIDENTE


El estruendo fue lo primero que se hizo presente, de inmediato un dolor desgarrador me dejó sin aliento e impulsivamente llevé ambas manos al rostro; se empaparon con la sangre caliente que a borbotones emanaba de mi boca y se dispersaba por los brazos. Sentí cómo iba mojándose el pecho. Mis ojos, enceguecidos y congestionados por el impacto, no me permitían ver con claridad. Me invadió un miedo intenso, paralizante. Sólo un momento; y después devino la culpa.

Ya les explicaré por qué.

Alguien me tendió una toalla que no despegué de mi cara hasta horas después. Fue entonces cuando comprobé que mis labios habían quedado literalmente separados en cuatro, me faltaban dos dientes de la encía superior y por lo menos uno de la inferior.

El encargado de la estación de servicio me llevó hasta la sala de primeros auxilios situada donde está hoy el Hospital Zonal; allí arribamos junto con mi madre que, desesperada, pedía a gritos un médico que me atendiera.

Tuvimos que esperar largo rato. El doctor no estaba en el consultorio. Acudieron a su domicilio y tampoco lo pudieron encontrar; otros intentos dieron cuenta de la dificultad para localizarlo y cuando al fin lo hallaron en su casa, estaba almorzando y aseguró que pronto vendría.

Ya no sentía dolor, toda mi cabeza parecía estar adormecida pero podía percibir la inflamación y escuchar que los otros hablaban del color morado que se había apropiado de la piel.

Sentía vergüenza; me arrepentía de la actitud que había conducido a un accidente que -según todos creían- podía haberse evitado. Con sólo obedecer las órdenes de mi padre, con sólo cumplir con la tarea encomendada bajo las advertencias recibidas.

Hoy comprendo que no era más que un niño, incapaz de medir las graves consecuencias de mi comportamiento.

Llegó el facultativo; tranquilo, apacible, como parecen serlo –en general- quienes están habituados a enfrentar situaciones traumáticas. Pero cometió un error: antes de poner su pie derecho en el primero de los tres escalones que lo llevarían al zaguán donde esperábamos, sentados en un amplio banco, preguntó si poseíamos “certificado de pobreza”.

Quizás mi madre no haya olvidado jamás esa actitud tan procaz.

Esta mujer polaca, de porte pequeño pero figura ampulosa, lo tomó de las solapas de su gastada camisa y lo sacudió tantas veces como pudo, mientras le exigía con ímpetu que atendiera a su hijo.

Aún así el hombre no dejaba de preguntar si teníamos con qué pagarle.

Cuando se cansó de zamarrearlo, el médico –en un acto de plena solidaridad- accedió a asistirme. En ese mismo momento y para mi sorpresa, mi madre me tomó de la mano y mirándome con extremo amor, le dijo: “usted, a mi hijo, no lo toca”.

Y me llevó a una clínica situada en la calle 9 de julio, entre Sarmiento y Belgrano.

No recuerdo cuándo ni cómo me anestesiaron y suturaron las profundas heridas, que son hoy, más de setenta años después, gruesas huellas; y que he disimulado con un ancho y recortado bigote que a partir de entonces me acompañó durante toda la vida.

No los dejaré sin conocer lo sucedido.

Para entonces mi padre, Adam Starzak, tenía dos automóviles de alquiler, fuentes de trabajo y manutención de su numerosa familia. Uno de ellos, el que en ese momento estaba en servicio, un Aerotype modelo 1927 de 8 asientos y único en el pueblo, tenía su parada en la esquina de la calle Fontana y 25 de Mayo de Trelew.

El otoño del 1937 aún no había concluido y el frío era penetrante. Yo ayudaba a mi padre en la atención mecánica de esos vehículos; y me gustaba hacerlo, como siempre me ha gustado hurgar entre motores y tuercas, entre pinzas y bulones, entre tornillos y prensas. Periódicamente se aceitaban los elásticos de los autos. Recuerdo haberlo visto innumerables veces tirado en el piso, en una tarea tan sucia como necesaria, realizando esa rutina. Pero, ese día, 2 de mayo del año que ya les cité, mi padre me encomendó esa responsabilidad; y por ello me enorgullecí.

Para facilitar la acción del engrasado, el viejo había ideado un sistema que permitía que el aceite, a modo de rociador, saliera diseminado desde un tubo parecido a una garrafa de gas que, conectado a una manguera, al suministrársele aire, cumplía con su propósito. La presión del aire de mis pulmones evidentemente no fue suficiente, pues lo probé innumerables veces sin lograr que saliera una sola gota del lubricante. Entonces hice lo único que tenía prohibido hacer: cruzarme hasta la estación de servicio y conectar la manguera al compresor para insuflarle lo que mi cuerpo no podía.

Cuando el tubo se llenó, en escasísimos segundos, explotó con furia hiriendo de gravedad mi cara y desgarrando mi espíritu hasta muchos años después.

Fue una experiencia penosa; sin embargo es más fuerte el recuerdo del rostro amoroso de mi padre, y el ímpetu invalorable de mi madre.


“El accidente” es producto de uno de los tantos relatos que mi padre, Eduardo Starzak, me contara a lo largo de su vida. Siempre con profunda emoción y reconocimiento hacia los suyos.

Olga Starzak






6 comentarios:

Maria de las Mercedes dijo...

Impresionante relato, investido de crudo realismo. Que la autora, ha sabido plasmar, sin renunciar a transmitir toda la emoción, que ella vivió al ser receptora del relato de su padre, dando cita a las difíciles circunstancias de su vida. Donde se congregaron vivencias plagadas de infortunios, que parecían estar alineadas todas en la desesperanza. Valiente actitud de esa mama desesperada, quien siendo triste espectadora, acongojada, ante el sufrimiento de su hijo, debía lidiar además con mayores tribulaciones.
Cruel realidad que enfrenta a los que menos tienen, con los que nada poseen. Donde no les es posible reconocerse, en el sufrimiento del otro. Mas, nada justifica el proceder de ese sujeto, que ostentando un titulo en el arte de las Ciencias medicas, se constituyera en actitud tan reprobable. Absolutamente imperdonable, olvidado del juramento Hipocrático, que oportunamente realizara. Siendo este el único fundamento para justificar ahí, la presencia de esa madre, con su hijo accidentado en desigual posicion, convocando su asistencia.
Seguramente habrá quedado fijo, en la memoria del jovenzuelo, tan arrojada actitud de su madre. Al rechazar la tardía ayuda. Saliendo presurosa a buscar auxilio, donde pudieran otorgarlo. Ciertamente no era posible, confiarle a tan mezquino ser, aquel que a sus afectos representaba lo más preciado. Habiendo demostrado este, ser poseedor de un interior tan misero, que causa lastima el destino de su alma.
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Era virtud de la época y de la buena crianza, cargar con pena si el sentimiento era haberle fallado a su progenitor. Bien dicho esta, que tan solo era poco más que un niño y el consuelo le llega recordando el “rostro amoroso de su padre y el ímpetu valeroso de su madre”.
Por ultimo, es una suerte que los caballeros, cuenten con la posibilidad del elegante bigote, elemento este que en un tiempo no tan lejano, constituía el complemento indispensable que daba completud a la viril imagen.
Cerrar aquí, no impide haber quedado aun, envuelto en tan fuerte emoción por el valor de un hijo con su madre. Trae a nuestra memoria la imagen de La Piedad, representada en tantas otras madres con sus hijos. Ese sufrimiento silencioso, que les marca el rostro y que tantas veces he presenciado, en los largos pasillos de tantos hospitales.
A su autora Olga Starzak, mi mas sincero respeto, ha sido profundamente sensible, tierna y ejemplificadora la vivencia literalmente recreada.

Alfredo Garcia dijo...

Me ha gustado mucho el relato. Muy emotivo, con una prosa impecable

Felicidades por el blog. Muy bueno y ya me he hecho un seguidor.

Saludos desde tierras canadienses

Jorge Vives dijo...

Olga, coincido con Maria de las Mercedes, que explica muy bien los motivos de su opinión, y con Alfredo García. Tu relato está muy bien logrado. Me gustó mucho; como me agradaron también el resto de los relatos que escribiste basada en los recuerdos de tu padre, combinados a veces con una suave ficción. Espero seguir leyéndolos; y espero algún día verlos reunidos en un volumen.

jorgerobert dijo...

Olguita tiene un depósito espiritual donde guarda sus emociones. De sus ancestros, principalmente de su papá, ella cuenta lo que ha guardado y siente placer en compartirlo. Lo cuenta con un realismo asombroso por que a la vez disfruta de lo que sabe.Descendiente de polacos, quizás tenga mucho que contar.
El tiempo, exigente y egoista -ella tiene esposo e hijos que atender- quizás nos prive de emocionantes historias que podría contarnos. O talvez no,quien les dice, por ahí se anima...
Jorge Gabriel.

Olga Starzak dijo...

A M. de las Mercedes, Alfredo, Jorge, Rico... ¡muchas gracias por sus apreciaciones!
Con cariño
Olga

Maria de las Mercedes dijo...

Olga gracias a ti. ¡Brindanos otro de esos gratificadores relatos!
Un Beso