EL SIGILO DEL MAESTRO
Por Alejandro Javier Panizzi*
Hasta donde se sabe, la primera noticia de cierto suceso fue proporcionada o concebida por el abogado Julián Ripa.
Mucho antes de convertirse en escritor, fue incapaz de declinar su vocación docente y la ejerció en la Escuela rural con internado N° 15 de la Colonia Pastoril Cushamen, en la Provincia del Chubut, entre los años 1936 y 1943.
En su libro “Recuerdos de un maestro patagónico”, el doctor Ripa evoca, de modo idealizado, su peripecia en una mísera comunidad indígena, en el corazón de la meseta patagónica, y sus crónicas pertenecen a un ambiguo género entre la literatura y la historia o la geografía.
Allí, anotó cómo se las arreglaba, en ese caserío atormentado por la escasez, el viento terroso y el frío, para enfrentar las penurias que se habían situado delante de sus ojos y llevar alimento a aquellas mesas rústicas, para medio centenar de niños, sin recursos de ninguna clase.
Sobre Cushamen, un terreno yermo, raso y desabrigado, de viento implacable, en donde el tiempo ha dejado de existir, Ripa describió la suerte, más o menos adversa, de los primeros estudiantes de la escuela: Valeriano, Rosita, Josefina, Casimiro, Victoriano, Leocadio, María Rosa...
Hasta que se atrevió a escribirla –y lo hizo con minuciosidad–, negó la realidad de una historia extraordinaria o terrible. Fuera de esta única alusión, la mantuvo cuidadosamente reservada y oculta.
No obstante esa precaución, no logró evitar que el misterio se hiciera público.
Ocurrió durante una gélida madrugada de 1943, su último año como maestro rural. Los varones de la escuela, aterrorizados, lo despertaron porque en el aula empleada como dormitorio había un diablo, que se les arrimaba, se trepaba a los bancos y se colgaba de los tirantes del techo. La descripción que de él hicieron los escolares se detiene en los detalles más pequeños, incluso en los gestos y en el color de los ojos. Era un demonio ágil, menudo y brillante como el fuego.
La crónica del docente describe el enorme esfuerzo con el que, sin éxito, procuró convencer a sus estudiantes, linterna en mano, de que no había tal diablo, que era una mera superstición y que sólo existía en las leyendas de los antiguos araucanos.
El alboroto de los varones hizo despertar a las niñas. María Rosa le pidió a gritos al maestro que creyera en lo que, con unanimidad, clamaban las voces lastimosas de esa veintena de chicos, requiriendo protección, estremecidos por el demonio.
La partida de Ripa del paisaje disperso de Cushamen se atribuyó a la decisión de iniciar su carrera de abogado. Aunque no es difícil conjeturar que el repentino cambio fue orientado por aquel suceso, cuya ocurrencia prosiguió asignando a la imaginación de sus discípulos, hasta el fin de sus días.
La mayoría de esos niños y niñas pasaron toda su vida en Cushamen y adquirieron allí una buena educación en trabajos rurales, a pesar de que muchos de ellos vivirían después de sueldos públicos.
Hasta la llegada de otro director, los Calfuquir, Valeriano y Leocadio, luego de la partida de Ripa de la aldea, a duras penas, se hicieron cargo del grupo. Leocadio –cuya fama de invencible domador de caballos se extendió por toda la Patagonia– no se marchó, sino hasta poco después de la muerte de su hermano mayor.
María Rosa, con el tiempo, contrajo la capacidad de invocar al dueño de la tierra y de los hombres y se le atribuían destrezas extrañas a la razón.
Desde chicos, los Calfuquir, fueron diestros en las faenas de campo tradicionales. Para ganarse la vida, recorrían la meseta y el sur de la provincia participado de festivales de jineteada acá y allá y con frecuencia, practicaban la esquila de ovejas.
Una madrugada de otoño, Leocadio soñó, con vigor, que estaba obligado a huir, pero sus piernas no podían moverse. Despertó apenas. Sintió que no contaba con la lucidez suficiente como para reconocer la diferencia entre el ensueño y la vigilia. Pero sí bastante como para concebir la esperanza de algún vestigio, un rasgo inmaterial que le permitiera interrumpir ese entresueño.
Con esa inteligencia precaria, supuso que otros ojos lo veían, que atraían la tenue luz de la luna reflejada en su cara. Se sintió observado y reconocido. Oyó una respiración y por fin, unos pasos que se alejaron. Quiso abrir los párpados y acabar con esa ardua representación. Poco a poco fue recobrando la conciencia. Al fin, la opresión del corazón y la dificultad de inhalar y exhalar el oxígeno de sus pulmones lo obligaron a despertar por completo.
Pudo levantarse y fue hasta la pieza de Valeriano. Lo halló enfermo, duro como un vidrio y con los ojos abiertos mirando a la nada. En todo su recorrido creyó sentir el vaporoso calor de una presencia próxima.
A la mañana siguiente, María Rosa anunció al poblado que el demonio y su sombra habían visitado una vez más a los Calfuquir.
Durante los días sucesivos, Leocadio se negó a encontrar explicación a la dolencia de su hermano, que siempre tuvo, igual que él, una salud infranqueable a los deterioros.
Valeriano empeoraba. Comenzaron a petrificarse su piel y sus huesos y después, sus órganos. Nadie supuso que su muerte fue provocada sólo por una grave enfermedad.
Para entonces, también comenzaron a percibirse ruidos inexplicables y otros fenómenos físicos en las casas de adobe. Estos hechos y la revelación de María Rosa excitaron las inquietudes de todos.
Tres días después del funeral de Valeriano, promovido por aquella sublevación colectiva de los ánimos, el cura de la localidad de El Maitén, distante de Cushamen, apenas a un viaje de ambulancia, compareció inopinadamente para hacerse cargo del asunto y desbaratar las supersticiones autóctonas.
Horas antes del arribo del sacerdote a la aldea, en una infeliz jineteada, Leocadio se animó con un potro invicto de Sarmiento, bautizado Conmigonó, como para tornar ociosa toda explicación. Un jinete imbatible montaría un caballo indomable.
De un corcovo irreal, el potro frustró la exhibición de la destreza del jinete y le hizo perder, por completo, el movimiento de sus piernas. Lo llevaron al hospital de Esquel, donde sólo permaneció internado unos pocos días.
El cura era un hombre viejo, proveniente de Italia, rudo y de ingenio perspicaz, que abominaba de los indígenas, en especial, de los antiguos mapuches y tehuelches, a quienes acusaba de idólatras y politeístas.
Todos, de inmediato, lo ungieron como exorcista, como representante de la comunidad y enemigo legítimo contra el espíritu maligno. El sacerdote no contradijo esa investidura.
No esperó al domingo sino que dispuso que esa tarde se efectuara la misa contra el ángel de la perversión. Mientras una camioneta trasladaba a Calfuquir a la ciudad, se hacían los aprestos para la ceremonia.
En Esquel, Leocadio compartía la sala con dos hombres, un joven albañil que se recobraba de una cirugía del apéndice y un policía que había recibido un disparo accidental en el abdomen, al que los médicos no se animaban a operar. A poco del arribo de Calfuquir, el policía, como se esperaba, falleció.
Esa noche el albañil abandonó a toda prisa su convalecencia pidiendo auxilio. Dijo que Leocadio hablaba con la voz del policía muerto. Aunque nadie se lo tomó con seriedad el joven no permitió que lo reinstalaran en la misma sala que Leocadio.
A partir de ese incidente, se lo culpaba de generar la sospecha de algo peligroso, de un daño muy próximo.
En el hospital no se atrevían a mirarlo a los ojos por temor a que leyera en ellos lo que pensaban.
Más allá de esas desmedidas valoraciones, lo cierto es que Leocadio no presentaba mejoría alguna y los médicos habían resuelto trasladarlo a otra ciudad para someterlo a una cirugía. O para deshacerse de él.
Como no había capilla, el cura llevó el conjuro a cabo en el aula de la Escuela N° 15. El anciano esperó el silencio perfecto y luego de persignarse fue directo al grano.
–Mi misión en la Tierra es evitar que los espíritus inicuos dominen este mundo. El mismo Satanás y los sirvientes que se le unieron en su rebelión contra Dios pueden convertirse en personas reales. Seamos fuertes y enteros contra las maquinaciones del Diablo. ¡No nos dejemos dominar ni abatir! Me pongo al frente de esta guerra que no es contra hombres, sino contra el amo de la oscuridad, contra las fuerzas espirituales malvadas, enemigas de la humanidad y del Altísimo. ¡Fuera de este pueblo, Satanás!
Al día siguiente, el cura murió. Lo encontraron muy temprano, frente a la escuela, en un canal de agua seco, que un par de décadas atrás Ripa y sus alumnos habían desviado del arroyo Cushamen, con picos y palas.
Tenía un corte en todo el borde del cuero cabelludo desde una sien hasta la otra, y pasaba por sobre las orejas y la base de la nuca. Le habían levantado la coronilla y le taparon la cara con ella. En la parte interna de la piel que cubría el cráneo, habían colocado los ojos en el lugar de las órbitas de donde fueron extirpados.
La mañana de ese mismo día, Conmigonó murió indómito y llevaron su cuerpo al predio de jineteada Sarmiento, en el que fue sepultado con honores.
El hecho de que Leocadio estuviera en Esquel en ese momento constituía una coartada irrefutable de ambos sucesos, pero no una buena excusa.
La séptima noche de su internación, Leocadio recuperó la movilidad sin esperar la opinión ni el alta de los médicos y regresó por sus propios medios a Cushamen.
El pueblo se atestó de policías, quienes a pesar de su excesiva cantidad, la agitación y la dedicación empeñosa, no lograron conquistar ninguna pista del homicidio del sacerdote, ni comprenderlo, ni explicarlo. El mero transcurso del tiempo y el fracaso de la pesquisa consagraron al asunto como irresuelto, hasta que, con la aprobación de la comunidad, se disipó.
Leocadio Calfuquir carecía de toda inclinación pecaminosa, pero, además del don de la curación propia, era capaz de imitar la voz de los muertos. Según dicen, hasta de hablar con ellos. Todavía doma caballos en el campo de Malerba, en Buen Pasto. No lejos de donde enterraron al tenaz potro que lo dejó tullido por una semana.
Oficialmente, aquellos eventos carecen de realidad y sólo consisten en la imaginación de mapuches tardíos.
Acaso para eludir la tragedia universal de los hombres y de su historia, no hay persona en Cushamen que se atreva a admitirlo, pero saben que existe un diablo brillante o invisible en la meseta patagónica.
Todos conocen que hubo un secreto, pero nadie, que hubo dos. O casi nadie.
Julián Ripa lo sabía.
Mucho antes de convertirse en escritor, fue incapaz de declinar su vocación docente y la ejerció en la Escuela rural con internado N° 15 de la Colonia Pastoril Cushamen, en la Provincia del Chubut, entre los años 1936 y 1943.
En su libro “Recuerdos de un maestro patagónico”, el doctor Ripa evoca, de modo idealizado, su peripecia en una mísera comunidad indígena, en el corazón de la meseta patagónica, y sus crónicas pertenecen a un ambiguo género entre la literatura y la historia o la geografía.
Allí, anotó cómo se las arreglaba, en ese caserío atormentado por la escasez, el viento terroso y el frío, para enfrentar las penurias que se habían situado delante de sus ojos y llevar alimento a aquellas mesas rústicas, para medio centenar de niños, sin recursos de ninguna clase.
Sobre Cushamen, un terreno yermo, raso y desabrigado, de viento implacable, en donde el tiempo ha dejado de existir, Ripa describió la suerte, más o menos adversa, de los primeros estudiantes de la escuela: Valeriano, Rosita, Josefina, Casimiro, Victoriano, Leocadio, María Rosa...
Hasta que se atrevió a escribirla –y lo hizo con minuciosidad–, negó la realidad de una historia extraordinaria o terrible. Fuera de esta única alusión, la mantuvo cuidadosamente reservada y oculta.
No obstante esa precaución, no logró evitar que el misterio se hiciera público.
Ocurrió durante una gélida madrugada de 1943, su último año como maestro rural. Los varones de la escuela, aterrorizados, lo despertaron porque en el aula empleada como dormitorio había un diablo, que se les arrimaba, se trepaba a los bancos y se colgaba de los tirantes del techo. La descripción que de él hicieron los escolares se detiene en los detalles más pequeños, incluso en los gestos y en el color de los ojos. Era un demonio ágil, menudo y brillante como el fuego.
La crónica del docente describe el enorme esfuerzo con el que, sin éxito, procuró convencer a sus estudiantes, linterna en mano, de que no había tal diablo, que era una mera superstición y que sólo existía en las leyendas de los antiguos araucanos.
El alboroto de los varones hizo despertar a las niñas. María Rosa le pidió a gritos al maestro que creyera en lo que, con unanimidad, clamaban las voces lastimosas de esa veintena de chicos, requiriendo protección, estremecidos por el demonio.
La partida de Ripa del paisaje disperso de Cushamen se atribuyó a la decisión de iniciar su carrera de abogado. Aunque no es difícil conjeturar que el repentino cambio fue orientado por aquel suceso, cuya ocurrencia prosiguió asignando a la imaginación de sus discípulos, hasta el fin de sus días.
La mayoría de esos niños y niñas pasaron toda su vida en Cushamen y adquirieron allí una buena educación en trabajos rurales, a pesar de que muchos de ellos vivirían después de sueldos públicos.
Hasta la llegada de otro director, los Calfuquir, Valeriano y Leocadio, luego de la partida de Ripa de la aldea, a duras penas, se hicieron cargo del grupo. Leocadio –cuya fama de invencible domador de caballos se extendió por toda la Patagonia– no se marchó, sino hasta poco después de la muerte de su hermano mayor.
María Rosa, con el tiempo, contrajo la capacidad de invocar al dueño de la tierra y de los hombres y se le atribuían destrezas extrañas a la razón.
Desde chicos, los Calfuquir, fueron diestros en las faenas de campo tradicionales. Para ganarse la vida, recorrían la meseta y el sur de la provincia participado de festivales de jineteada acá y allá y con frecuencia, practicaban la esquila de ovejas.
Una madrugada de otoño, Leocadio soñó, con vigor, que estaba obligado a huir, pero sus piernas no podían moverse. Despertó apenas. Sintió que no contaba con la lucidez suficiente como para reconocer la diferencia entre el ensueño y la vigilia. Pero sí bastante como para concebir la esperanza de algún vestigio, un rasgo inmaterial que le permitiera interrumpir ese entresueño.
Con esa inteligencia precaria, supuso que otros ojos lo veían, que atraían la tenue luz de la luna reflejada en su cara. Se sintió observado y reconocido. Oyó una respiración y por fin, unos pasos que se alejaron. Quiso abrir los párpados y acabar con esa ardua representación. Poco a poco fue recobrando la conciencia. Al fin, la opresión del corazón y la dificultad de inhalar y exhalar el oxígeno de sus pulmones lo obligaron a despertar por completo.
Pudo levantarse y fue hasta la pieza de Valeriano. Lo halló enfermo, duro como un vidrio y con los ojos abiertos mirando a la nada. En todo su recorrido creyó sentir el vaporoso calor de una presencia próxima.
A la mañana siguiente, María Rosa anunció al poblado que el demonio y su sombra habían visitado una vez más a los Calfuquir.
Durante los días sucesivos, Leocadio se negó a encontrar explicación a la dolencia de su hermano, que siempre tuvo, igual que él, una salud infranqueable a los deterioros.
Valeriano empeoraba. Comenzaron a petrificarse su piel y sus huesos y después, sus órganos. Nadie supuso que su muerte fue provocada sólo por una grave enfermedad.
Para entonces, también comenzaron a percibirse ruidos inexplicables y otros fenómenos físicos en las casas de adobe. Estos hechos y la revelación de María Rosa excitaron las inquietudes de todos.
Tres días después del funeral de Valeriano, promovido por aquella sublevación colectiva de los ánimos, el cura de la localidad de El Maitén, distante de Cushamen, apenas a un viaje de ambulancia, compareció inopinadamente para hacerse cargo del asunto y desbaratar las supersticiones autóctonas.
Horas antes del arribo del sacerdote a la aldea, en una infeliz jineteada, Leocadio se animó con un potro invicto de Sarmiento, bautizado Conmigonó, como para tornar ociosa toda explicación. Un jinete imbatible montaría un caballo indomable.
De un corcovo irreal, el potro frustró la exhibición de la destreza del jinete y le hizo perder, por completo, el movimiento de sus piernas. Lo llevaron al hospital de Esquel, donde sólo permaneció internado unos pocos días.
El cura era un hombre viejo, proveniente de Italia, rudo y de ingenio perspicaz, que abominaba de los indígenas, en especial, de los antiguos mapuches y tehuelches, a quienes acusaba de idólatras y politeístas.
Todos, de inmediato, lo ungieron como exorcista, como representante de la comunidad y enemigo legítimo contra el espíritu maligno. El sacerdote no contradijo esa investidura.
No esperó al domingo sino que dispuso que esa tarde se efectuara la misa contra el ángel de la perversión. Mientras una camioneta trasladaba a Calfuquir a la ciudad, se hacían los aprestos para la ceremonia.
En Esquel, Leocadio compartía la sala con dos hombres, un joven albañil que se recobraba de una cirugía del apéndice y un policía que había recibido un disparo accidental en el abdomen, al que los médicos no se animaban a operar. A poco del arribo de Calfuquir, el policía, como se esperaba, falleció.
Esa noche el albañil abandonó a toda prisa su convalecencia pidiendo auxilio. Dijo que Leocadio hablaba con la voz del policía muerto. Aunque nadie se lo tomó con seriedad el joven no permitió que lo reinstalaran en la misma sala que Leocadio.
A partir de ese incidente, se lo culpaba de generar la sospecha de algo peligroso, de un daño muy próximo.
En el hospital no se atrevían a mirarlo a los ojos por temor a que leyera en ellos lo que pensaban.
Más allá de esas desmedidas valoraciones, lo cierto es que Leocadio no presentaba mejoría alguna y los médicos habían resuelto trasladarlo a otra ciudad para someterlo a una cirugía. O para deshacerse de él.
Como no había capilla, el cura llevó el conjuro a cabo en el aula de la Escuela N° 15. El anciano esperó el silencio perfecto y luego de persignarse fue directo al grano.
–Mi misión en la Tierra es evitar que los espíritus inicuos dominen este mundo. El mismo Satanás y los sirvientes que se le unieron en su rebelión contra Dios pueden convertirse en personas reales. Seamos fuertes y enteros contra las maquinaciones del Diablo. ¡No nos dejemos dominar ni abatir! Me pongo al frente de esta guerra que no es contra hombres, sino contra el amo de la oscuridad, contra las fuerzas espirituales malvadas, enemigas de la humanidad y del Altísimo. ¡Fuera de este pueblo, Satanás!
Al día siguiente, el cura murió. Lo encontraron muy temprano, frente a la escuela, en un canal de agua seco, que un par de décadas atrás Ripa y sus alumnos habían desviado del arroyo Cushamen, con picos y palas.
Tenía un corte en todo el borde del cuero cabelludo desde una sien hasta la otra, y pasaba por sobre las orejas y la base de la nuca. Le habían levantado la coronilla y le taparon la cara con ella. En la parte interna de la piel que cubría el cráneo, habían colocado los ojos en el lugar de las órbitas de donde fueron extirpados.
La mañana de ese mismo día, Conmigonó murió indómito y llevaron su cuerpo al predio de jineteada Sarmiento, en el que fue sepultado con honores.
El hecho de que Leocadio estuviera en Esquel en ese momento constituía una coartada irrefutable de ambos sucesos, pero no una buena excusa.
La séptima noche de su internación, Leocadio recuperó la movilidad sin esperar la opinión ni el alta de los médicos y regresó por sus propios medios a Cushamen.
El pueblo se atestó de policías, quienes a pesar de su excesiva cantidad, la agitación y la dedicación empeñosa, no lograron conquistar ninguna pista del homicidio del sacerdote, ni comprenderlo, ni explicarlo. El mero transcurso del tiempo y el fracaso de la pesquisa consagraron al asunto como irresuelto, hasta que, con la aprobación de la comunidad, se disipó.
Leocadio Calfuquir carecía de toda inclinación pecaminosa, pero, además del don de la curación propia, era capaz de imitar la voz de los muertos. Según dicen, hasta de hablar con ellos. Todavía doma caballos en el campo de Malerba, en Buen Pasto. No lejos de donde enterraron al tenaz potro que lo dejó tullido por una semana.
Oficialmente, aquellos eventos carecen de realidad y sólo consisten en la imaginación de mapuches tardíos.
Acaso para eludir la tragedia universal de los hombres y de su historia, no hay persona en Cushamen que se atreva a admitirlo, pero saben que existe un diablo brillante o invisible en la meseta patagónica.
Todos conocen que hubo un secreto, pero nadie, que hubo dos. O casi nadie.
Julián Ripa lo sabía.
*El autor es nacido en Lomas de Zamora (Prov. de Buenos Aires) y está radicado hace años en la Patagonia. Además de escritor, es Ministro del Superior Tribunal de Justicia de la Provincia del Chubut.
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15 comentarios:
Creo que es sobresaliente en su línea, porque el autor nos hace creer que narra una crónica y si que podamos darnos cuenta, estamos inmersos en un cuento fantástico. Un recurso impecable.
Buen cuento, Alejandro. Son visibles tus preferencias borgesianas, sobre todo en las imprecisiones temporales, adjetivaciones, etc. Siempre digo que lo primero que hay que tener es un buen maestro; alguien canónico si fuera posible.
Un abrazo
Es hermosa la ilustración que han elegido en esta oportunidad; y el cuento, me gustó mucho porque es una mezcla muy equilibrada de crónica y relato en el interior de un cuento; y el hallazgo aparece porque que no deja de tener una alta tensión dramática y una atomósfera de extrañamiento que lo atraviesa en cada instancia (más allá del aire borgeano, nada que objetar, por cierto), ya que la mezcla -para mi el mejor experimento para llevar a cabo el trabajo con el lenguaje- funciona de maravillas porque potencia el discurso, lo alimenta y esto permite observar el oficio, el estaño de quien dice. Además, el final, no sólo es bueno, sino que marca una diferencia porque se entronca en la mejor tradición del cuento corto con final incierto una vez que hemos concluido y continuamos desorientados masticando posibilidades. Felicitaciones Alejandro!
Muy atrapante el relato, doctor. Siempre he sostenido que todos tenemos derecho a creer o no en una cosa extraña como son los aparecidos; duendes, diablos, ovnis etc. Lo que no podemos o no debemos es negarnos a aceptar la afirmación de otros sobre su existencia, salvo que podamos demostrarlo con pruebas científicas. Cosa que no está al alcance de nadie, según mi opinión. Perdón por apartarme del tema pero me seduce la zona en que describe el relato porque en Cushámen, por el camino de El Maitén la escuelita n.69 guarda los antecedentes del primer maestro año 1903, don Julián Vicente Herrero, mi abuelo materno llegado de Extremadura España,y su esfuerzo por lograr la amistad del cacique Nahelquir Ñancuche y empezar las clases de aborígenes.
Felicitaciones y un abrazo cordial. Jorge Gabriel.
Como aficionado a Lovecraft pretendo siempre encontrar reminiscencias lovecraftianas en todos los relatos que rondan lo espantoso. De todas maneras, entre la literatura de Borges y la de Lovecraft hay una relación que el primero explicitó en su cuento "There are more things". Más allá de estas disgresiones, "El sigilo del maestro" es un excelente cuento, muy bien logrado, con personalidad y estilo propios.
Además del pulido uso del lenguaje (“fue incapaz de declinar su vocación docente”, “sus crónicas pertenecen a un ambiguo género entre la literatura y la historia o la geografía”, “aquellos eventos carecen de realidad y sólo consisten en la imaginación de mapuches tardíos”, “Con esa inteligencia precaria, creyó que otros ojos lo veían, que atraían la tenue luz de la luna reflejada en su cara”, etc.) y de la trama sobresaliente, Panizi ha tomado una perfecta precaución que revela su talento creador. Es la de no contarnos todo.
En la historia ocurre un homicidio atroz y el cuento no da la menor noticia de los asesinos. Nos obliga a conjeturar a los lectores, a que hagamos nuestro propio juicio de ello, por medio de los indicios y datos que -con deliberada mezquindad- deja, al pasar, a lo largo del texto. También nos compele a hacer un análisis acerca de la existencia del diablo, sin pretender ganar nuestra voluntad (en un sentido o en otro) con una lectura exenta de complicaciones y dificultades.
No pretendo abrumarlos con palabrería, pero no es un cuento común y corriente.
Concuerdo con los otros comentarios: muy borgeano, pero excelente. Tal vez la clave del misterio esté en las dos primeras líneas. Tal vez el maestro inventó todo.
Otorgándole los merecidos meritos a este cuento, y a su autor en un desempeño, Inteligente, ingenioso, que goza del interés que atrapa hasta el final. Determinado por la impronta de los acontecimientos y la marca personal de su autor. En una lograda mixtura, entre ficción y elementos escogidos de la realidad, dramatismo y final abierto. Alcanza su propósito, que no es otro que dejar en el lector la duda que atraviesa la historia, por muy resistida que esta sea. Y he ahí el alcance, del logro perseguido.
Como aquí ya lo han citado, es posible ver el estilo borgesiano, del que este cuento no se ha privado, definido por la multiplicidad de recursos literarios, que ingresan en laberintos infinitos, donde pone a su disposición como temática las cosas irreales, la repetición del tiempo, la incurrencia de las acciones, lo intelectual. Componente que lo destaca puesto al servicio de la ficción. Es en definitiva, la combinación de estos elemento, los que provocan el impacto, que lleva al regocijo del lector. La espectacularidad visual de lo espantos. Organizada sus partes, en la lucubración de las peores pesadillas. Transformándolo en figuras. Provee las señales inconfundibles del mejor estilo Lovecraft.(ya mencionado) Quien ha de plasmar en el papel, transportado por su pluma, aquellas experiencias individuales de ese tiempo anterior, al despertar consciente de los sueños. Familiarizado con una niñez privativa, que lo ha de significar en el discurrimiento particular de las simbolizaciones y su uso.
(Siguiendo a Jorge robert; ante la duda. He de tenerlo en cuenta, para el momento de encontrarme en una de mis recorridas por la zona. No diríamos que el gigantesco personaje, goza de mis preferencias sobre encuentros no escogidos).
La cadencia usada es muy agradable. Esto de transportar al lector, traquila, sutilmente en una historia fantástica, para luego culminar en la intriga y el sabroso y placentero misterio, resulta imperdible.
Se disfruta ese crecimiento en la narración, generando el interés por continuar leyendo.
Los nombres de los personajes son geniales, y más allá de la estética de la ilustración elegida, la descripción hecha por el autor del personaje misterioso, logra que se pueda ver ese diablo.
Encantador.
Fascinante cuento..una historia llena de misterios que me mantuvo atrapada hasta el final.
Felicitaciones Alejandro!!
UNcuento cautivante, minucioso, creativo, de impacto inmediato.
Simplemente... "Brillante"
Al autor, bien podría denominárselo Robador de Momentos. El cuento cautiva y los momentos discurren en el deleite de la reflexión sobre el impacto del tiempo, la idea de infinidad, principio y fin; el entrecruzamiento de las vidas de las personas que los dioses disponen cual laberintos; las consecuencias de nuestras acciones y la visión con que uno decide interpretar el mundo, lo que nos conduce a autopensaros a cada instante. Aunque "intuyo" que el autor pretende dotar a su obra de predominio artístico por sobre la realidad, seguramente desde lo profundo del inconciente o como producto de sus experiencias, plasma a través de sus personajes los grandes enigmas y misterios que se presentan en la vida: la muerte, los demonios que creamos y a los cuales no nos enfrentamos, la búsqueda, la ignorancia profunda, lo irreal, la fantasía que puede llegar a convertirse en real. El final es perfecto: una gran incógnica, como nuestras vidas.
Como carezco de dones literarios he esperado ver los comentarios que suscitaría este cuento fantástico (dicho esto en todos los sentidos). Encuentro que mi comentario se halla en partes importantes de todos ellos.
No obstante voy a arriesgarme diciendo que en la lectura abandoné el afán de develar algo ya que el autor muy hábilmente se encarga de desbaratarlo, y en su lugar he soltado el sentimiento que me provoca este cuento-historia y decirles entonces que Alejandro es un muy merecido discípulo de Borges porque el cuento describe y concita en la imaginación del lector la realidad mítica y fantástica (en todos los sentidos también) de esa bella y sufrida Patagonia. No tengo dudas de que los sucesos del cuento son reales, tanto los verdaderos como los otros. Helena
Que lo parió! Mendieta... también lo vieron en la patagonia.
Mas allá de las concepciones de otras disciplinas, que destacan a estos personajes, como los temores internos del sujeto. O bien los deseos subyacentes de poseer potencialidades sobrenaturales. Detenerse en la fig del Minotauro, bien puede dar cuenta de ello. Donde reúne lo humano y la bestia. Creando esta fig fantástica que causa espanto y fascinación, pasando por, inquietud, estremecimiento, desasosiego. Cierto es que estas “apariciones”, forman parte del folklore de las regiones, en tanto tradiciones y creencias populares
El escepticismo intelectual científico, debe reconocer, que si bien los relatos pueden abundar de detalles inverosímiles, y elementos sobrenaturales. Hay algo de lo real que ha dado origen a estas leyendas populares. Convertidas luego en la inspiración del arte creador de aquellas plumas que las han recreado y recrean en cuentos. Los que llevan al lector a acelerar su adrenalina, bajo emociones intensas de terror, miedo y suspenso. Sosteniendo la propuesta hasta su última puntuación.
En el campo de las pseudociencias, la criptozoologia se ocupa del estudio de los animales mitológicos no reconocidos por la ciencia. La base de sus conclusiones es la transmisión oral de los hechos relatados y sus tradiciones.
En los anales de lo legal, la Argentina, dispone por, decreto Nº 848, (año 1973) que el presidente ha de constituirse en padrino del séptimo hijo varón. Proveyendo de legalidad a una costumbre que se empezó a implementar en el siglo XIX. El objetivo entonces, era dar protección a ese séptimo vástago masculino, ante la creencia de que este se convertiría en lobizón. Lo cual llevaba en muchos casos, a provocarle la muerte temprana. Ejercido este acto, por sus propios parientes o mismos lugareños
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