
Desde este edificio construido especialmente para sede de Correos y Telégrafos, se escucharon los últimos estertores del manipulador alfabeto Morse, desarrollado por Alfredo Vail mientras colaboraba en l835 con Samuel Morse en la invención del telégrafo eléctrico. Las telecomunicaciones comienzan en la primera mitad del siglo XIX con el telégrafo eléctrico, que permitió el enviar mensajes cuyo contenido eran letras y números. Mas tarde se desarrolló el teléfono, con el que fue posible comunicarse utilizando la voz y posteriormente, la revolución de la comunicación inalámbrica: las ondas de radio.
La palabra "tele" que significa “lejos”, “distancia”, junta con “comunicación”, nos muestran el avance sobre un pasado no muy lejano; cuando esas distancias se cubrían a caballo. Las telecomunicaciones en lo físico, estaban formadas por postes altos, aisladores y alambre, “hilos” que era necesario mantener, cuidar. Ahora me pregunto: ¿dónde quedó el “último guardahilos?”

La multiplicidad de sus funciones fueron poco conocidas y comprendidas a través de los años en que a lomo de su fiel parejero recorría los campos lisos, hondonadas, montes y cuchillas por donde el telégrafo, generalmente con postes de quebracho y alambre de 8 mm. extendía sus cuatro líneas sujeta a la topografía del terreno, abarcando zonas bajas donde el invierno acumulaba nieve que era necesario despejar con precarias herramientas que soportara el caballo, arreglar el desperfecto y así continuar la comunicación entre los pueblos. El guardahilos, múltiple funcionario mezcla de gaucho samaritano, amado por los puesteros que con sus familias, vivían pendientes de su paso circunstancial, de su asistencia, de sus encargos, de su altruismo.
Al regresar a su punto de partida, una vez reparado el inconveniente en la línea telegráfica el guardahilos, luego de atender su cabalgadura, saludar su familia que con ansias esperaba su regreso, acudía a la oficina donde el jefe lo esperaba no con un premio a su esfuerzo de muchos días sino con la correspondencia que por ausencia del mensajero, debía repartir y luego seguir practicando con el manipulador por si era necesario atender los mensajes del Morse. ¿Dónde estás, guardahilos gaucho? ¿Qué misterio de la mente humana avasalló tu oficio?...

Ya no se oye el relincho de tu pingo, los ganchos de escalar postes se herrumbran en un galpón entre telarañas y tu compañero el perrito que trotó tantas leguas bajo tu estribo, descansa sobre un apero sin dueño. El benteveo cierra su pico. Contiene su canto esperando tu paso, desde su altar, UN POSTE DE TELEGRAFO.
2 comentarios:
Estimado tocayo, ¡linda nota la del telegrafista! Particularmente creo que hay muchos personajes y episodios de la historia patagónica no tan lejana que deben ser rescatados del olvido, de la manera que este artículo lo hace. Así como en una nota anterior dejabas ver las historias que podía haber detrás de las taperas; en ésta nos recordás las historias ocultas detrás de esos postes grises, con travesaños que los asemejan a cruces, coronados a veces con aisladores blancos que han sobrevivido al paso del tiempo; y que cada tanto se pueden ver en el campo dando al paisaje una vaga sensación de Gólgota. Lo mismo sucede con las vías y la estaciones de ferrocarril abandonadas; y los frigoríficos, aserraderos o factorías vacías, con sus máquinas herrumbradas, tan comunes en la Patagonia... instalaciones alguna vez llenas de actividad, de movimiento, de sonidos, de gente, de esperanzas; y ahora testigos silenciosos e inmóviles de un pasado lleno de “historias mínimas” (como las de la película de Sorín); esperando que una pluma hábil como la tuya las recuperen para la memoria.
Muy buena nota.
Desempolvando recuerdos, como si se tratara de buscadores de tesoros, aguardando el esperado rescate, van apareciendo historias, que muchos argentinos desconocen. Proponen un recorrido por la memoria, descubiertos por la mirada anhelante del peregrino autor, afanoso de plasmarla en el papel. Desde donde puede ser honrado, con admirado tributo, "El último guardahilos", personaje homenajeado, por tarea tan loable. Su figura está adherida, a un invento que con el paso del tiempo, y del avasallador progreso ingresa en la metamorfosis y se afianza como parte indisoluble de lo cotidiano. No ha de perder por ello, encanto esta historia, que nos lleva a reflexionar, en toda la riqueza significativa, surgida de esas interrelaciones humanas. Donde el tiempo propiciaba la confianza, entre el esperado trabajador y la necesidad de los puesteros y sus familias. Cada rincon de la Argentina guarda historias, algunas no han perdido la esperanza, solo han quedado adormecidas, esperando ese tiempo que será.
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