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martes, 4 de mayo de 2010

EL CUENTO DE HOY


LOS ANTIGUOS

Por Jorge E. Martínez Llenas




Odio profundamente el calor; convierte mis ciento veinte kilos de peso en una informe masa de gelatina sudorosa de un metro con ochenta centímetros de alto, incapacitada para cualquier reacción. Pese a ello resulté elegido, debido a mi condición de único trabajador argentino del Museo de Antropología e Historia de Baja California, como “voluntario” para desempeñar una misión especial en Los Antiguos, una pequeña población cordillerana a orillas del Lago Buenos Aires, en la sureña provincia de Santa Cruz, Patagonia argentina, y para mi desgracia en pleno verano austral.
Toda mi vida transcurrió en Buenos Aires. Jamás en mis treinta años había pisado la Patagonia ni se me había pasado tal idea por la cabeza, pero aún así mis jefes me consideraron idóneo para el proyecto. Y ahí estaba yo: a bordo de una camioneta cuatro por cuatro alquilada en Comodoro Rivadavia, y atravesando la árida meseta con rumbo a Perito Moreno, en compañía de un buen rock que sonaba en el reproductor de CD, aliviándome en algo el tedioso trayecto.
Ocasionalmente me cruzaba con un camión, un autobús o un automóvil que me hacían señas con los faros y a las que yo, como es de buena costumbre en estos solitarios caminos, respondía igualmente guiñando con los míos. El sol, bien alto en el cielo, era impiadoso, y la claridad, enceguecedora. La infinita recta de asfalto que se abría por delante parecía un charco tembloroso. Sin embargo, y para mi fortuna, contaba con unos buenos anteojos oscuros y con el aire acondicionado de la camioneta, que me resguardaban como madres protectoras.
A mi alrededor todo era desolación: ni una nube en el cielo y nada por ninguna parte, sólo alambradas, vegetación achaparrada y alguno que otro pájaro demente volando hacia ningún lado. Me detuve para estirar un poco las piernas. Al abrir la puerta del auto me golpeó brutalmente una ola de calor que me empujó otra vez hacia adentro, como si hubiera rebotado contra un colchón ardiente. En uno o dos minutos, lo que demoré en orinar detrás de la camioneta, ya estaba sudando a chorros. Casi al borde de la deshidratación trepé al auto, encendí el aire acondicionado, puse el CD nuevamente y reanudé la marcha.
Sobrepasé Las Heras y al poco tiempo comencé a divisar en la lejanía, como si fueran los azules lomos de antiguos dinosaurios dormidos, las primeras estribaciones de la cordillera de los Andes. Continué hasta Perito Moreno, donde me detuve a reponer fuerzas con unas crujientes costillas asadas de un tierno cordero patagónico. Tomando un café luego de la comida, aproveché para repasar mi itinerario y hacer unas anotaciones. Debía encontrar alguien que pudiera ayudarme a averiguar algo, cualquier cosa, sobre el posible origen de un esqueleto hallado en el interior de una frágil formación rocosa en la costa de Baja California, cuyo ADN se correspondía con el de la desaparecida etnia Tehuelche o Aonikenk y que tenía una antigüedad de aproximadamente seiscientos años, según los estudios realizados. Suponíamos que la corriente del Niño podría haber ayudado a la migración siguiendo la costa occidental de América y sabíamos que el Lago Buenos Aires (llamado General Carreras en el lado chileno) desaguaba en el Océano Pacífico a través del río Baker, pero también teníamos claro que los indios tehuelches no eran navegantes, sino exclusivamente nómades terrestres.
Los Antiguos, mi lugar de destino, había sido seleccionado por estar situado a las orillas del gran Lago Buenos Aires, por ser uno de los centros en los que acampaban las antiguas tribus nómades tehuelches durante sus desplazamientos anuales, de lo que daba testimonio la famosa Cueva de las Manos, una oquedad en la roca tapizada por imágenes milenarias de manos pintadas en negativo, y además por el hecho de que los ancianos indios, “los antiguos”, lo elegían para descansar al final de sus vidas.
Terminé mi café, reanudé la marcha por la Ruta Provincial 43 y llegué a Los Antiguos tarde, pero aún de día. Me alojé en el Hotel Argentino, en la calle principal del pueblo, en una habitación en la que ni bien llegar desparramé desordenadamente mis cosas, me di una ducha tibia y donde, ya más relajado, me abandoné luego a la inconciencia de un sueño que no pensaba interrumpir con ningún despertador.
A la mañana siguiente, antes de comenzar mis investigaciones, que no sabía cuánto tiempo me ocuparían, salí a conocer el pueblo. Caminé por la avenida central y me dirigí hacia el mirador. Desde arriba podía ver las acequias y canales flanqueados por altos álamos que, en filas cerradas, formaban un ejército que protegía los cultivos del incesante y fuerte viento patagónico. El rojo y amarillo de los tulipanes ayudaba a colorear el paisaje de plantaciones de cerezas, frutillas y frambuesas, y contrastaba con el azul profundo del lago, visible a la distancia y poblado de patos y cisnes de cuello negro.
Bajé del mirador, volví al pueblo, y busqué la Municipalidad, más específicamente su Departamento de Cultura. Me recibió un hombre ya mayor, un tal Garrido, que me escuchó con mucha atención, supongo que asombrado ante lo infrecuente de mi solicitud, a la que no supo en principio cómo responder. No obstante se comprometió a hacer algunas gestiones ante conocidos y me aseguró que me llamaría al hotel para comunicarme su resultado.
Pasé el resto del día caminando, leyendo y mirando un rato la televisión hasta que, aburrido, cené. Vista la falta de noticias de parte de Garrido pensé que quizás fuera más prudente acercarme hasta Río Gallegos, la capital de la provincia, para hurgar un poco por allí, pero estando ya casi por irme a la cama, sonó el teléfono. Era él, el mismísimo Garrido, invitándome a pasar al día siguiente por el municipio para darme un dato que podría ser de mi interés. Como un náufrago que se aferra a cualquier cosa flotante, inmediatamente le respondí que sí, que por supuesto y que muchas gracias por tomarse tantas molestias.
A primera hora del día siguiente y después de un veloz desayuno, me presenté en el despacho de Garrido. Con mucha calma me invitó a sentarme, confirmó mis sospechas con respecto a la ausencia de documentación referente al tema de mi investigación, pero luego me devolvió la esperanza al entregarme la dirección de un anciano indio mapuche, uno de los pocos supervivientes de la tribu, conocedor de las ancestrales tradiciones orales y leyendas de su etnia, que también tenía recuerdos de los extinguidos tehuelches debido a un antiguo parentesco entre familias de ambos grupos. El anciano se llamaba Gabriel Manquilén y vivía a unos veinte kilómetros campo adentro, en una cabaña a la que se llegaba por un camino rural en muy mal estado pero accesible para mi camioneta con doble tracción. Agradecí efusivamente a Garrido y decidí partir inmediatamente, pero teniendo antes la precaución de pasar por un mercado para comprar algunos comestibles con que obsequiar al viejo indio y ganarme su adhesión.
La apreciación de Garrido con respecto al estado del camino había sido optimista: su estado no era malo, sino pésimo; pero entre golpes, atascos, barquinazos, pitos y flautas, finalmente conseguí llegar, maltrecho pero vivo. Me recibieron agitando sus colas tres perros flacos que, debido al calor, ni ganas tenían de ladrar, por lo que rápidamente volvieron a echarse, fielmente acompañados por sus inseparables pulgas, bajo la sombra de un cohiue, el único árbol del lugar. Se abrió la puerta de la cabaña y apareció una aborigen de mediana edad, que luego presentarse como la hija del hombre a quien yo buscaba, y de enterarse del motivo de mi visita y de parte de quién venía, me dejó esperando afuera y entró a comunicárselo al anciano.




Cuando retornó, lo hizo en compañía del viejo y trayendo dos sillas, que acomodó bajo la sombra del árbol, espantando a los malhumorados perros, que se alejaron gruñendo. Agradecí a ambos por recibirme y les entregué mis obsequios: salamines, queso, leche en polvo y dos botellas de vino, que aceptaron efusivamente.
El anciano era delgado y bajo, sus manos temblaban ligeramente y una tos seca, superficial y persistente, lo acompañaba como una especie de tic. Tenía el pelo y la barba ralos y blancos como la nieve y la piel de su cara, oscura y coriácea, mostraba infinidad de profundas arrugas que parecían hechas con un bisturí y que se ramificaban en una multitud de pequeñas subdivisiones, como nervaduras de una hoja de vid.
Con una voz tenue y aguda me pidió que le precisara un poco mejor el motivo de mi búsqueda por esos parajes tan lejanos. Le conté sobre el hallazgo del esqueleto, su ubicación y su antigüedad, y el desconcierto de encontrar un tehuelche tan lejos de su hábitat. Se quedó pensativo por un espacio de tiempo impreciso y luego, lenta y pausadamente, comenzó a relatar una vieja leyenda Tsoneka, nombre verdadero de los llamados Tehuelches o Aonikenk que transcribí lo más fielmente que pude:
“Mi padre y mi abuelo eran mapuches. Mi abuelo conoció al padre del gran cacique tehuelche Manuel Quilchamal, que descendía de familia de caciques por parte de su padre y de otro gran líder, Orkeke, por parte de su madre. Hoy ya no quedan guerreros tehuelches, sólo nosotros, unos pobres mapuches acorralados en reservas cada vez más pequeñas.
En tiempos de los abuelos de los abuelos de los abuelos de Quilchamal, antes de que hubieran caballos en éstas tierras, cuando los tehuelches viajaban y cazaban de a pie, recorriendo las montañas de arriba hacia abajo todos los años, hubo un gran cacique de nombre Ankelen, protegido por Elal, el héroe de los Tsonekas, quien lo había ayudado a vencer a un feroz puma que lo había atacado a traición. Como resultado de esa lucha Ankelen había sufrido una caída en la que se fracturó una pierna, quedando con una ligera cojera, pero con un inmenso prestigio. Envidiosos, los tres espíritus malignos, Maip, el del frío, Kelenken, el ave de rapiña de rostro humano que bebe las lágrimas de la madres y embruja a los recién nacidos, y Axshem, el que trae el dolor y el agotamiento, y que vive en el fondo de un manantial maloliente, odiaban a Elal y a su cacique amigo, y para vengarse hicieron surgir desde lo más profundo del lago Ingewtaik Gegogu-numunee, el que ahora conocemos como Buenos Aires, un monstruoso ser con forma distinta a todos los conocidos, al que algunos de la tribu decían haber visto en el lejano centro del lago y que devoraba a todo el que nadaba o se acercaba a las orillas, por lo que los animales se mantenían alejados y muchos morían por falta de agua y comida.
El hechizo logró que ese año fuera especialmente malo y los guanacos escasearan, haciendo que la tribu pasara hambre y los niños murieran al faltarles la leche de sus madres, que tenían los pechos secos. La tribu había intentado acallar a Axshem arrojando piedras, boleadoras y flechas al manantial apenas éste comenzó a burbujear, pero sin resultado; el mal continuó y se agravó. Una noche de viento Elal habló en sueños al cacique Ankelen, diciéndole que sólo con un sacrificio podría salvar a su pueblo, y que por lo tanto él debía matar al ser que habitaba en el lago, para permitir a todas las criaturas acercarse a beber, crecer y reproducirse en sus orillas.
El cacique despertó con la firme decisión de aniquilar al monstruo y salvar a todos los seres de la tierra del maleficio de los espíritus dañinos. Aseguró a su gente que los tiempos por venir serían mejores, y los conminó a que si no regresaba no lo lloraran, sino que siguieran su camino como hasta ahora lo habían hecho. Luego se hizo acompañar hasta la orilla del lago por el viejo chamán de la tribu; allí se desnudó, tomó su lanza y poco a poco se introdujo en sus aguas. Aspiró una profunda bocanada de aire y se sumergió. Apareció más lejos, volvió a respirar y otra vez se hundió bajo la superficie. Repitió el proceso dos veces más, hasta que de pronto se formó un enorme remolino que levantó una montaña de espuma en el agua y luego, nada; el cacique nunca más volvió a aparecer ni se encontraron sus restos.




Pero el gran jefe tuvo razón: las cosas cambiaron. Gradualmente aparecieron patos y pájaros en las orillas del gran lago y de a poco aumentó la cantidad de guanacos, con lo que la tribu volvió a prosperar, guiada por uno de sus hijos que, también bajo la protección de Elal, se convirtió en el nuevo líder. Todos supieron así la verdad: el monstruo había devorado al gran Ankelen, pero él a su vez había sido muerto por el valiente guerrero, que con su sacrificio había salvado a su pueblo.”
Éste fue el relato del indio, tal como lo recuerdo. Permanecí silencioso por un rato, digiriendo los datos que había obtenido. El anciano no dijo nada más. Se sentía agotado por el calor y la conversación, y deseaba entrar a su cabaña para recostarse a descansar. Llamó a su hija, se despidió de mí con un apretón de manos y se marcho apoyado en ella, rengueando lentamente.
Subí a mi camioneta y regresé al pueblo por el mismo infernal camino por el que había venido, pensativo y concentrado sólo en la conducción. Me oprimía el pecho una vaga sensación de inquietud, a la que no conseguía asignar un claro motivo. Entré a mi habitación, me duché y me cambié de ropas. Después de una frugal cena bebí una infusión y me fui a dormir. Tuve un descanso desapacible, con insensatos sueños en los que aparecían el viejo indio, caras fantasmales de espíritus ya olvidados, niños muertos y la ominosa pierna fracturada del cacique.
Me desperté tarde, agotado por las imaginarias batallas que había librado en mi cama durante la noche. Resolví poner fin a la investigación: no encontraría nada más; no habían registros ni testigos, aparte de ese pobre y viejo indio que ya me había contado lo poco que recordaba de sus ancestros.
Difícilmente lograría obtener las pruebas necesarias para certificarlo, pero era muy posible que en el punto de conjunción de esa antigua leyenda con una serie de hechos conocidos en la actualidad estuviera escondida gran parte de la verdad de lo sucedido. El primero de ellos, que el Lago Buenos Aires es muy profundo, tanto que hay algunos sectores no bien medidos; segundo: es conocido que alberga salmónidos enormes y que desagua en el Océano Pacífico por medio del chileno Río Baker; tercero: las corrientes marinas ascienden por la costa occidental de Sudamérica hacia el norte y llegan casi hasta California; cuarto: la leyenda que me había relatado el anciano tehuelche, con la clara referencia a la desaparición de un cacique bajo las aguas del lago en forma misteriosa; y finalmente, en quinto lugar, el hallazgo que originaba todo: un esqueleto en Baja California, que era sin dudas de un tehuelche y que, para más datos, tenía una pierna con una vieja fractura consolidada.
Sin embargo lo más curioso e inquietante, lo único que no encajaba y que me hacía dudar de mi propia cordura y de arriesgarme a dar tanta fe a ésta hipótesis como para transmitirla a mis superiores, era que no hallaba una explicación racional satisfactoria para lo otro, para las horrendas e increíbles marcas que impúdicamente exhibía el esqueleto descubierto: unas desgarradas y astilladas muescas que mostraban los huesos de la pelvis, así como unas curiosas fracturas y aplastamientos de las últimas vértebras lumbares, producidas por algún ser de enorme tamaño, cuya espantosa impronta dental no constaba en ninguno de los más fidedignos y actualizados registros de todos los animales marinos conocidos que hubieran habitado las aguas del planeta en los últimos miles de años.












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2 comentarios:

jorge robert dijo...

¿En serio, es un cuento?... Mientras la narrativa transcurre hasta llegar al rancho del indio, no hay cuento que valga; el viajero recorre con normalidad el camino, con sus obstáculos, sus vivencias ajustadas a las costumbres del lugar, claro, la sapiencia, la verborragia del paisano indio, asombra al lector que entusiasmado, empieza a contagiarse del misterio.----------

Tengo un hijo trabajando en zona de estancias del lago Buenos Aires de manera que haré leer este cuento de Jorge Martínez Llenás, aquien conozco gracias a Literasur como médico cardiólogo en Valencia, de la Costa Mediterránea Española. Lo admiro como escritor y siempre encuentro un motivo para comentar sus narraciones. Un saludo muy afectuoso amigo y tocayo Jorge.
Jorge Gabriel.

Magalí dijo...

QUe lindo!
Hermoso
Me hace acordar mucho a cuando estuve en Jujuy parando en el hotel Viento Norte... que hermosos recuerdos
asi que muchas gracias, por traerme esta sonrisa a mi cara!