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sábado, 11 de marzo de 2017

LA NOTA DE HOY





MAESTROS QUE HICIERON ESCUELA EN LA LITERATURA DEL CHUBUT


Por Jorge Eduardo Lenard Vives





Muestra la historia de la Patagonia un conjunto de mujeres y hombres cuya tarea fue primordial para el desarrollo de estos territorios. Sus guardapolvos blancos, vestuario uniforme alusivo a que la educación no distinguía diferencias económicas y que dignificaba a quienes los usaban, docentes y alumnos, mostrando su condición especial ante la sociedad, fueron un emblema que en paisajes cordilleranos y costeros, y en lo profundo de la meseta, marcó la presencia de un país que creía en la enseñanza como base de su crecimiento; e intentaba llevarla hasta sus confines. Si aún hoy existen parajes aislados, imagine el lector lo que sería hace cincuenta o cien años atrás. Imagínese lo que sería para esas personas, jóvenes en su mayoría, dejar su hogar e internarse en la estepa en busca del edificio que, con menores o mayores comodidades, fungía de escuela rural; o radicarse en el establecimiento escolar de un caserío barrido por el viento que poco a poco se transformaría en ciudad, compartiendo con el resto de sus habitantes el duro camino del progreso.

Pero el motivo de esta nota no es historiar la docencia en la zona, tarea para verdaderos investigadores; sino ver como la Literatura sureña reflejó en sus páginas esta presencia. Analizar el asunto con relación a toda la región implicaría una extensa nota. Por ello se circunscribe este estudio a las letras de la provincia del Chubut que, además, muestran una gran dedicación al tema; comenzando con la obra pionera “Memorias de un maestro patagónico” de Julián Ripa. En su corpus se destaca también la excelente publicación del Centro de Docentes Jubilados del V.I.R.CH llamada “Historias de Vida de Maestros Chubutenses”, que reunió las biografías de ilustres maestros chubutenses escrita por reconocidas plumas. Se encuentran allí las semblanzas de Sara Adoración Martínez Soneira de Giménez Faraldo (creación de Mirta Brunt de Agüero), Pepina Abdala, Zelmira Crespo Castro de Adomat, Daniel Andrés Arce, Enrique Della Croce, Vicente Calderón, Manuel Andrés Ayllón, Isaías Vera. Jesús Francisco Durán. Nicolás Ortiz. Oscar Vicente Herrera, y. Rosario de Magallanes (todas obras de Amílcar Amaya), del Padre Juan Muzio (por Alberto Astuti) y Leopoldo Oscar Ferroni (de Octavio Félix Crespo). 

Están también las vidas de Delia Médici de Chayep (fruto de Juan Carlos Chayep y Juana Abdala Chayep), Isidro Quiroga, Sofia Moll de Hilton y Justina Suárez de Larrea (redactadas por Irvonwy Davies), Estefa González de Del Valle, María Javiera Sosa de Miranda, Rafaela Antonia González de Derín y Santiago Vidal (cuya autora es Ana Symonides), Robert Owen Jones. (por Elizabeth Dimol de Davies), Juana Evangelista Velázquez de Zárate. (escrita entre Blanca Gallegos y Amílcar Amaya) y Antonio Morán (de Carlos Giulianos).

La serie incluye una nota de Griffith Griffiths, “Educadores que atendían la enseñanza primaria en el Valle del Chubut en 1897”, traducida del galés por Gweneira González de Quevedo; quien también biografió a Ivor J. Pugh y John Evan Jones; y relató sus propias vivencias en “Mi experiencia en la Escuela Nº 40. Tecka”. Otros ensayos breves son los de Aurelio Salesky Ulibarri, llamado “Una Escuela y un Maestro en la Colonización Boer” y “A propósito de la Escuela Nº 50”, por Ceinwen Evans Morgan de Fenelli.

Más de sus trabajos versan sobre Ana Rosa Gatica de Amaya (Owen Tydur Jones), Edmund Freeman Hunt (Arabella Judith Hunt de Junkers), Mair Ap Iwan de Roberts (Arié Lloyd de Lewis). Marcelo Duflós (María Adelina Galíndez de Lucero), Luisa Pieruzzini de Morelli (María Elena Miguel), Alberto Eduardo Faccio y Conrado Aureliano Conesa (Justa Moreno Conesa de Minicucci); y Mariel Inés Rivas de Acevedo, Jorge Vicente Octavio Sánchez y Marcos Isaac (Miguel Alesio Saade).

Esta larga lista da idea de la importante obra realizada por los biógrafos para rescatar la memoria de esos educadores... y por los docentes jubilados para homenajear a sus antecesores. A esos nombres, se podrían agregar otros; como el de Llewelyn Jones, primer maestro de la Escuela 18 de Río Corintos, fallecido al intentar cruzar el río en medio de una crecida; y en cuyo recuerdo en alguna época se llevaban flores a su tumba en Trevelin los 11 de septiembre. O el de T.G. Pritchard, quien le sucedió en el puesto, ganador del primer sillón bárdico en el Eisteddfod del Chubut. O el de Tomás Harrington, que mientras cumplía sus tareas docentes incursionaba en la arqueología chubutense; autor a su vez de varios opúsculos en los que dejó cuenta de su afición; como “Contribución al estudio del indio Gününa Küne”.

Cabe destacar que la figura de Vicente Calderón fue también tratada por Luis Feldman Josin en una nota en los “Cuadernos de Historias del Chubut”, en los años 70; donde también publicó “Centenario de la Escuela en el Chubut” y “La obra civilizadora del maestro del Chubut”. En esos cuadernos, Francisco Arancibia editó su “Aporte cultural de los docentes del Chubut”; y Pascual Paesa la nota “La escuela salesiana y su aporte a la cultura del Chubut”. Se agregan a estas breves remembranzas de la docencia provincial, enjundiosos estudios como “La educación en el Chubut 1810-1916” de Sergio E. Caviglia; y el “Diccionario Histórico - Biográfico de maestros chubutenses”, de la Biblioteca Pedagógica Central.

En ficción puede recordarse el cuento “La Avutarda” de Donald Borsella, también él maestro; y “La escuela de paraje Tres Álamos” y “El maestro”, que un servidor incluyó en una desconocida antología llamada “Palabras bajo la Cruz del Sur”. En “El sigilo del maestro”, Alejandro Panizzi recrea un imaginario diario de Julián Ripa en su época de educador, para elaborar un terrorífico relato.

Más que otras veces, el autor de estas líneas debe darles un corte brusco para acomodarse a las exigencias del espacio editorial; pero advierte que ha volcado muy poco del material bibliográfico que el tema generó en la Literatura chubutense; y nada respecto al obrante en la creación literaria regional. Para tratar en parte de deshacer el entuerto, pareció justo cerrar la nota con unos versos de la chorrillera que Hugo Giménez Agüero dedicó a un maestro santacruceño, que, según dicen, enseñó allá por San Julián a inicios del siglo XX:


Quién izó la bandera un nueve de julio / en el patio nevado de aquella escuela.
Quién le robó los libros a la memoria / para que los chicos los aprendieran.

Quién hizo patria entonces, / quién fue ese hombre
que se murió de viejo allá en la escuela, / con un puñado de tizas y unos cuadernos.







Nota: el autor dedica esta nota a una maestra que en el año 1943, con apenas 20 años de edad y unos meses de recibida en una Escuela Normal de Buenos Aires, donde había pasado un par años lejos de su natal Valle del Chubut, escribía desde Gaiman a las autoridades escolares para pedirles ocupar un cargo de docente en Los Antiguos. Hace 74 años esa población no era aún la pintoresca localidad con prometedores cultivos de fruta fina, al final de una cómoda cinta asfáltica, que es ahora. Me admira el coraje de esa mujer, que se llamaba Gwen Adeline Griffiths; y su muestra de esa vocación característica de quienes vivieron la educación como el servicio a la sociedad que es.