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viernes, 7 de abril de 2017

EL POEMA DE HOY




COSA DE NIÑOS


Por Rubén Héctor Ferrari




Es clara mañana
y no cantan brisas
sobre el árbol quieto.
Ocupan el patio
de flores tempranas
los juegos del niño.
Cabalga en corceles
y navega mares
con bravos bajeles…
Divisa en el cielo
larga estela blanca
del avión que pasa
y absorto, lo sigue
su atenta mirada.
Casi por perderlo
en largas distancias,
levanta un momento
la pequeña mano
y lo atrapa, suave,
su fugaz intento.
El puño apretado
llega hasta el bolsillo
y guarda su presa
el pequeño niño.






1 comentario:

Jorge Vives dijo...

El poema de Rubén nos retrotrae al especial momento cuando un chico descubre la estela de un jet surcando su cielo; ese cielo que forma parte de su campo de juegos y que, mientras más bajas sean las casa que lo rodean, más amplio se hace.

Esta imagen – la de las estelas en el cielo - es común en la memoria de quienes tuvieron una niñez patagónica, en la década de los sesenta, cuando los primeros aviones a reacción comenzaron a cruzar el firmamento austral; hasta entonces dominio de los Douglas DC 3 (que eran “a motor”, no “a chorro”). Primero fueron los legendarios Comet 4, luego los Caravelle, después los Boeing... Más tarde, con la difusión de la nueva tecnología, se diversificaron los modelos y las marcas. Algunas de estas aeronaves coexistieron con los Avro 748; caballitos de batalla de la aviación comercial, familiares a los aeropuertos sureños, que tampoco eran “a chorro”, sino turbohélices - a mitad de camino.

A lo mejor hoy en día un chico no tiene tiempo de apartar la mirada de la pantalla de su celular o su computadora para observar el cielo; y tal vez al grito de “¡Ahí va el Comet!”, no se molestaría en mirar hacia arriba y, señalando una imagen de las trazas blancas sobre el cielo en la pantalla digital, diría: “Sí, ya lo vi”. Claro, que lo que se ve allí no es la estela del avión; es una imagen de la estela del avión, que no es lo mismo. Porque la estela del avión de la que habla Rubén, es la que en un verano de la niñez algún chico, levantando la vista de sus juegos en el patio o en el “campito” (versión patagónica del “potrero”), habrá visto dibujarse sobre el cielo azul; y, despertada su imaginación, haya intentado retener el fugaz pasaje del avión del que las líneas blancas y vaporosas se desprendían como la cola de un cometa.