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sábado, 22 de julio de 2017

EL RELATO DE HOY






VIAJE POR MI TIERRA (Prosa poética)


Por Ana María Manceda (*)




Viajo…Voy...regreso cuando el río me llueve y mi reloj de arena se detiene para dejar caer sin tiempo, oro polvoriento del universo.

¿Hacia el norte olvidado de mi tierra? ¿Hacia el sur de la ignominia?
Viajo, vuelvo por este pedazo de planeta desgajado. Recorro suspiros verdes de siembra y ensueños de industria que fue.

Debajo de mi viaje, siento, con los pies desnudos de esperanzas, que me va sosteniendo la riqueza de este suelo. 
Me electrizan los fósiles y la historia hurga mi cuerpo, 
hasta el cerebro. Me abanican los bosques, me sombrean
las sierras y la pampa provocan mi vuelo.

Quieta…quieta arena del cosmos. Quieta, detente. Mira por un rato a los humanos allí en la selva, la pampa, las sierras, la cordillera,
las ciudades. Allí, allá ¡No! ¡tanta inequidad, olvido, brutalidad, silencios! ¡No!

Tengo la luna, el sol y las constelaciones de mi hemisferio.
Veo los desiertos que avanzan y nacer asombrosa una flor blanca,
olorosa de vida en un cactus solitario e enhiesto.
Tengo el perfume de los tilos, las alas de los pájaros,
 los cerezos en flor, los ñires, las lengas, los raulí helados
en la nieve apenas suspendida y los naranjos calientes de los cerros.
Amado pedazo de planeta desgajado, viajo con una nota, sonrisa imperceptible, viajo con los recuerdo, los pies ligeros,
las lágrimas perezosas. Quiero tocar las estrellas en la pleamar
y adormecerme sumisa en la bajamar.
Hay palabras, ricas, tramposas, ilusionadas que siembran mi boca en este largo, loco viaje. Una esperanza impulsa mi cuerpo y me siento guiada por la brújula besada por los vientos.

Viajo. Voy, regreso cuando el río me llueve y mi reloj de arena se detiene para dejar caer sin tiempo, oro polvoriento del universo.



(*) Escritora neuquina. Este texto es de su nuevo libro, en preparación.




domingo, 16 de julio de 2017

EL POEMA DE HOY




MÁS ALLÁ


Por Gonzalo Salesky (*)





No hay nada más,
más allá de tu silencio.
Sólo palabras.

Más allá del cielo, del infierno,
la música y el tedio,
del tímpano aturdido,
de sinfonías vacuas,
del olfato y la sangre…
¿qué queda en este mundo tan vacío?

¿El proceso, la causa,
el hálito salvaje?
Ánforas y espíritus
osados, casi ciegos,
no quieren más crepúsculos en vela.

Banderas de vidrio
encierran la tristeza.
La suciedad mojada,
el espectro del fuego,
los temas recurrentes.

¿La pasión apagada?
Refugios en otoño,
príncipes despojados
opacan mi instinto
al verme en tu piel.

El tiempo me libera y, suavemente,
me entrego a tu recuerdo una vez más.






(*) Escritor cordobés, unido por fuertes lazos familiares con el Valle del Chubut. De su libro Ataraxia (SE Ediciones, Córdoba, 2009).




viernes, 7 de julio de 2017

COMENTARIO A UNA OBRA PUBLICADA RECIENTEMENTE




COMENTARIO ACERCA DE UN LIBRO RECIENTEMENTE PUBLICADO
“EL GALLO CANTA A MEDIANOCHE”, de CARLOS DANTE FERRARI (*)


Por Jorge Eduardo Lenard VIVES



La lectura de “El gallo canta a medianoche”, de Carlos Dante Ferrari, genera la sensación de haber hallado un libro que dejará huellas en la Literatura regional; y que muestra sobrados méritos para ser reconocido a nivel nacional. Como en sus anteriores títulos “El riflero de Ffos Halen” y “Ritual de Siesta”, el autor recurre a sucesos reales del pasado regional como excusa para crear una obra de inquietante ficción.

En esta novela pueden reconocerse tres ejes temático-estilísticos, sobre los cuales se apoya el interés que despierta el texto en el lector: una trama apasionante, relacionada con lo sobrenatural; una escritura amena y ágil; y una nostálgica reconstrucción del ayer valletano.

El argumento, pese a tratarse en el fondo de una manifestación del género policial, ingresa en el terreno del intimismo; y se entremezcla con la vertiente fantástica. Aparece la magia en su variante más obscura; y también en su faz de atenuado y ambiguo esoterismo. Pero también surge la explicación lógica y racional a todo lo que sucede; que trae una y otra vez a la realidad la imaginación del leedor exaltada por la narración. Esta intención se reafirma en las citas de Sigmund Freud y James George Frazer agregadas en las solapas de la edición; con alusiones al origen de la magia en la mentalidad primitiva, como arbitrio para enfrentar a la naturaleza hostil y a sus propios congéneres. Sin embargo, al final, como un guiño del escritor al estilo de la ambigua sonrisa del gato de Cheshire, queda flotando la sombra de la duda; que inclina la balanza un poco más hacia el lado de lo obscuro y lo latebroso.

El autor recurre, para ayudar a crear la sensación de incredulidad suspendida que reclama a quien lee, a la cita erudita de bibliografía y autores reales; como Harvey Spencer Lewis y su “Envenenamiento Mental”, el “Corpus Hermeticum” de Hermes Trismegisto o el “Tratado elemental de magia práctica” de Papus. Se introduce también en el terreno, más escabroso, de la cábala, la gematría y sus coincidencias numéricas; y en el mundo de las ceremonias iniciáticas y los ritos secretos, que colman la imaginación de los que buscan escapar a la desesperante y prosaica realidad de lo cotidiano. El campo no es ajeno a Ferrari, quien en su anterior creación “Visiones en la Torre”, explora el ámbito de la metempsicosis y el mesmerismo.

Con relación al segundo eje, la presencia de un estilo ameno y ágil, es una característica que se materializa, a su vez, en la descripción de lugares y situaciones en un lenguaje claro y conciso, sin aditamentos innecesarios, en un adecuado manejo del diálogo; y en el recurso a desarrollar la historia en capítulos cortos que, como los peldaños de una escalera, permiten avanzar en la lectura sin provocar tedio. La prosa del autor es nítida y va directo a su objetivo; aunque se adorna con recursos literarios variados y frases que presentan pensamientos originales y profundos, de esos que engalanan la producción de los buenos escritores. Por su parte, las conversaciones entre los personajes son naturales; emplean palabras cotidianas sin caer en la exagerada vulgaridad que acostumbran muchas veces a mostrarnos las letras actuales. En tanto a su estructura, el arbitrio de recurrir a los capítulos de pocas hojas, introduce los hechos de una forma gradual y sutil. Se comienza con una bucólica evocación de la infancia del protagonista, que parecería predecir una sencilla historia de inmigración y desarraigo; y se encuentra, en el momento menos pensado, en un escenario signado por el misterio y el crimen.

Respecto a la cuidadosa evocación del pasado del Valle del Chubut, orientada a la década de los años cuarenta del siglo XX, cuando suceden los hechos principales que se narran; se basa no sólo en el conocimiento de un descendiente de familias fundacionales del valle, donde se reúnen comentarios sueltos oídos de chico, charlas con amigos memoriosos y leyendas urbanas que el viejo poblador conoce; sino también en una búsqueda paciente en archivos periodísticos e históricos de diversas instituciones. Ello da lugar a la vívida remembranza de una época de la zona que dejó muchos recuerdos en sus habitantes.

El volumen puede ser leído como una obra de ficción; sin aditamentos. No se necesita conocer Trelew, ni Gaiman, ni el Valle del Chubut para disfrutar de sus páginas; porque Ferrari adhiere al ideal tolstoiano de pintar la aldea para pintar el mundo, y sus palabras superan lo local para tocar un tema universal: el camino que lleva de la obsesión a la muerte. Pero también es un homenaje a su lugar natal. El autor logra de esa manera un efecto que trae a la memoria las páginas del “Crimen y castigo” de Fedor Dostoievski. Profundamente ruso, Dostoievski no puede dejar de retratar los lugares familiares de San Petersburgo donde transcurren las acciones; el marco necesario a los hechos que ocurren.

Esa referencia trae a colación otra característica común de ambas creaciones: las dos son novelas policiales, que recorren el camino desde el crimen al castigo. Y en las dos se conoce el victimario; y la trama se centra en averiguar sus motivos. En un caso, previo al homicidio; en el otro, a posteriori. Lejos de los lugares comunes de la temática contemporánea regional, el texto de Ferrari incursiona en los temas realmente universales, sin perder de vista que el escenario de la narración es familiar y reconocible.

Para resumir, este libro es una Novela. Así, con mayúsculas, para remarcar que cumple con la problemática de la ficción literaria: una creación que entretiene y hace pensar. Pero que entretiene sin caer en lo frívolo y chabacano; y que hace pensar sin derivar en el ensayo de psicología, sociología o política, errores tan frecuentes en la escritura de hoy. Es una verdadera Novela. Y, como sabe el entendedor, eso es mucho decir. Dar la bienvenida al panorama literario regional de esta obra es un honor; leerla es una necesidad para entender los nuevos caminos que se abren a la Literatura Patagónica.


J.E.L.V.




(*) “El gallo canta a medianoche”. Ferrari, Carlos Dante. Literasur, CABA, 2017. Tapa de Ivana Ferrari. En la contratapa, el autor del libro agradece al diario “El Chubut” y al Espacio de Arte Mudich.


sábado, 1 de julio de 2017

LA NOTA DE HOY




LOS LIBROS Y LAS IMÁGENES


Por Jorge Eduardo Lenard Vives




En la novela “Padres e hijos” de Ivan Turguenev, el protagonista, Bazarov, afirma: “El dibujo me ofrece en una imagen lo que en un libro se desarrolla en diez páginas completas”. Esto es muchas veces cierto; y lo es sin dudas para una persona que no sabe leer, para quien una ilustración no vale diez páginas sino infinitas; ya que ni una sola palabra tiene utilidad para él. Pero también es verdad que los vocablos no sólo permiten transmitir imágenes visuales sino auditivas, olfativas, táctiles, gustativas, difíciles de graficar; y, sobre todo, pueden comunicar ideas abstractas, pensamientos y sentimientos, que es el terreno de lo literario. Por otro lado, la escritura, en cuanto a representar lo captado por la vista, recurre a la imaginación. Cada lector recrea la fisonomía de los personajes, sus vestimentas, los lugares donde transcurren las acciones, según su propia inventiva. Es una tarea creativa que no deja lugar al estereotipo ni admite el producto enlatado.

Sin embargo, Literatura y artes plásticas se han llevado bien desde largo tiempo atrás; y ello no escapa a las letras relacionadas con la Patagonia. De hecho, algunas de las estampas más emblemáticas de la región difundidas en la Europa antigua, fueron hechas para un libro. Cuando en 1766 vuelve a Inglaterra la expedición del Comodoro John Byron —abuelo del poeta Lord Byron—, trae la noticia de que realmente existían los gigantes de la Patagonia a los que había hecho referencia Pigafetta. A poco de su regreso, en 1768, se publicó un volumen de autor anónimo donde se hablaba de tales portentos; y se reproducían dos viñetas, que se transformaron en alegorías de esos territorios lejanos: las de un hombre y una mujer con un niño, de proporciones ciclópeas, en compañía de un europeo que a su lado semejaba un escuálido liliputiense.

Un año más tarde, en un texto del Abate Pertney, quien había acompañado el viaje de exploración de Bouganville a las Islas Malvinas, se incluyen nuevas ilustraciones de los colosos patagones muy similares a las anteriores; también difundidas en forma amplia. Una digresión literaria: a raíz de los relatos propalados por los marinos de Byron, el tema de los titanes sureños fue objeto de atención por parte de la sociedad inglesa. Es así que el escritor Horace Walpole, autor de “El Castillo de Otranto”, título considerado como la primera novela de terror gótico, escribe un breve ensayo en tono sarcástico llamado “An account of the giants lately discovered”; donde dice: 

“All that public can learn yet is, that captain Byron and his men have seen on the coast of Patagonia five hundred giants on horseback”.

Volviendo al tema principal, los santos fueron acompañando los folios a lo largo de la historia, pasando de los dibujos a la fotografía; e incluso combinando ambas técnicas. Las ilustraciones también saltaron a la tapa de los volúmenes. Con el advenimiento de nuevas tecnologías de impresión, se facilitó la inclusión de figuras en las obras; y se cimentó la variante de la infografía y otras técnicas parecidas; en cuyo extremo más alejado se sitúa el “libro de artista”. Éste no sólo recurre al grabado sino al objeto; y, pasando a los terrenos de la pintura y la escultura, escapa del dominio de la Literatura. Dentro de las numerosos frutos que ofrece esta irrupción de lo gráfico en lo textual, pueden encontrarse las recopilaciones de fotos, los volúmenes de cuentos para chicos, pletóricos, como es lógico, de láminas coloreadas; y la historieta, variantes todas hallables en la Literatura regional. 

En una oportunidad, la autora chubutense Margarita Borsella empleó el término “Literatura ilustrada” para nombrar una exposición en la cual presentaba algunos de sus escritos, acompañados de tomas fotográficas también de su creación. Con el tiempo, la instalación se transformó en un libro, “Silencios”; donde esta simbiosis ente las letras y la plástica se vislumbra página a página. La amalgama de las dos disciplinas se ve en otras obras; como “Microficciones Ilustradas”, microrrelatos, relatos y poemas del escritor de Río Gallegos Paulo Neo y dibujos de Andrés Casciani, la “Antología Íntima” de la fueguina Niní Bernardello con los aportes plásticos de Maximiliano López o la novela ilustrada “La Santa Cruz de Hielo”, de Luis Ferrarasi, graficada por Andrés Berón, ambos artistas santacruceños.

Hay un estrecho vínculo de la imagen y la palabra con la realidad, a la que interpretan en abstracto. A veces la exponen tal cual es; pero también pueden amplificarla, pueden llevarla por los caminos de la imaginación; y allí no hay quien alcance la acción de estas Artes. Aunque, como dijo Alfred Korzybski, “el mapa no es el territorio”. Cuando se quiere reflejar la substantividad, nada puede superarla. Se puede fotografiar o describir una escena o un paisaje. Por ejemplo, la visión de un lago cordillerano, desde la falda boscosa de una montaña, un mediodía de verano. Pero ni la imagen ni las letras podrán hacer sentir lo que se percibe en forma objetiva estando presente en ese momento en el lugar; la combinación de placer estético que brinda a los ojos la naturaleza bajo la luminosidad propia de la hora del día, la tibieza del sol calentando la piel, el rumor de algún arroyo lejano o el zumbido del vuelo de un insecto; y el olor de la resina de los alerces. De lo real a lo virtual hay un gran paso.