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martes, 18 de diciembre de 2012

LA NOTA DE HOY






DESARRAIGO EN EL DESARRAIGO



                                        Por Jorge Eduardo Lenard Vives



     El desarraigo, palabra compañera de la emigración, siempre inspiró a la Literatura; y no podía ser menos en la Argentina, país de extrañamiento. Las migraciones internas, dentro de las fronteras de un estado, provocan desasosiego. Sin embargo, esos horizontes no son “tan lejanos”; puede haber separación afectiva, pero existe continuidad jurídica, de lenguaje e historia, que dan sensación de seguridad al migrante y mitiga las saudades. En cambio, si el éxodo es allende los límites políticos de la patria, el desarraigo se presenta en toda su crudeza. Sumando las dos situaciones, los inmigrantes que llegados a su nuevo hogar permanecen en él un tiempo y luego deciden probar suerte en otro lugar, surge una hipérbole de la migración; un doble desgarro emocional. Es el desarraigo en el desarraigo.

     La Colonia Galesa del Chubut presenta muchos ejemplos de esta diáspora duplicada. Desde el principio, algunos de sus integrantes no dudaron en buscar mejor fortuna en otros sitios. Los primeros deben haber sido los colonos que fueron a poblar la boca del Río Negro, en proximidades de Carmen de Patagones; episodio que atesora la historia maragata. A lo largo de la vida de la Colonia, individuos aislados o familias partieron hacia otros lugares de la nación, como la Colonia Pájaro Blanco en Santa Fe, o a otras naciones. Por ejemplo, Canadá y Australia.



     Sin embargo, las primeras emigraciones masivas se producen a partir de 1884, cuando quedó expedito y reconocido el camino a la cordillera. El poblamiento del Cwm Hyfryd está relatado en varias obras, como “1902” y “Trevelin” de Jorge Fiori y Gustavo de Vera, “El valle 16 de octubre y su plebiscito” de Virgilio González; y “Hacia los Andes”, de Eluned Morgan.

     La segunda gran emigración desde la Colonia fue en 1886, hacia Sauce Corto; luego llamado Coronel Suárez. Ya hablamos de ella tiempo atrás, en el artículo “Intermezzo bonaerense”. La describe en detalle una publicación del Museo Camwy, realizada por Tegai Roberts; en tanto el periodista, escritor e historiador Horacio Dos Santos le dedica un capítulo de su obra “120 años en la historia de Coronel Suárez”.

     Con respecto a la colonización de Sarmiento por los galeses, el tercer movimiento en orden cronológico, es un episodio menos tratado por la Literatura. Las primeras familias galesas se asientan en la región de los lagos hacia 1898. En 1902 había dieciocho grupos familiares en la zona, once de los cuales eran de origen galés.

     Y cuarta fue la emigración que llevó a un numeroso grupo de colonos a la Isla de Choele Choel y sitios aledaños del Alto Valle, a partir de 1902; proceso descripto en forma exhaustiva por Dora Martínez de Gorla, en su ensayo “La colonización del riego en las zonas tributarias de los ríos Negro, Neuquen, Limay y Colorado”. La autora alaba a los galeses. Entre otras cosas dice: “... el ingeniero Owen y sus galeses... se perpetuarían en la historia de la Isla Grande de Choele Choel, como los grandes constructores de canales, cuyas obras fueron las únicas que por muchos años sirvieron a la irrigación de las parcelas agrícolas...”

     Se dice que Carmen de Patagones es “madre de ciudades”, pues de allí salieron varias expediciones a fundar sendas poblaciones. Igual podemos decir de la Colonia Galesa del Valle del Chubut; origen de -al menos- cuatro núcleos urbanos. Pero el objeto de esta nota no es desarrollar un tema geopolítico, sino indagar en la psicología de esos colonos que se alejaron de su patria, arribaron a una nueva tierra para radicarse; y allí, a pesar del “hiraeth” que por cierto los acongojaría, tuvieron ánimos para seguir viajando en busca de su lugar en el mundo.




     Este proceso no es privativo de la historia chubutense ni patagónica. El desarraigo está en las bases del ser humano. Porque... ¿qué es la historia de la humanidad sino una perpetua emigración? Que comenzó hace cien mil años, cuando unas bandas de homo sapiens dejaron su terruño, África, para poblar el Medio Oriente. Allí, vaya a saberse por qué, se separaron. Tal vez unos persiguieron el sol hacia el poniente; otros lo buscaron hacia el levante. A los primeros, al cabo de un tiempo, los detuvo la orilla de un mar; y allí se asentaron, morando esa gran península generación tras generación; acumulando un acervo cultural enriquecido con el paso del tiempo. Los otros continuaron caminando. 



   Llegaron al Asia... y siguieron marchando. Arribaron al estrecho de Behring, que atravesaron a pie... y persistieron en su marcha. Ahora hacia el sur, la única dirección que les permitía esa tierra ahusada a la que habían llegado, rodeada por océanos. Se desgajaron en el camino; pero unos grupos llegaron, por fin, al extremo más austral, casi donde se había refugiado el hielo de las glaciaciones. Y allí, doce mil años después, los volvieron a encontrar sus congéneres - aquello de los que se apartaran milenios atrás - que ya dominaban la técnica de navegar las masas de agua entre los continentes.

     Fue un reencuentro de hermanos. Pues es esa, y no otra, la maravillosa historia de la humanidad.







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viernes, 14 de diciembre de 2012

EL CUENTO DE HOY


    



Allá, allá lejos, donde 
habite el olvido 
LUIS CERNUDA


MI GUÍA


Por Luis Eduardo Ferrarassi (*)




   Me di cuenta que las ciudades no son lo que parecen ser. Todas, de algún modo, esconden ese secreto en el que se basa su supervivencia.
    Lo descubrí una noche cuando sonó el teléfono interno de mi oficina y una voz de mujer me pidió que bajara hasta la recepción. Cuando bajé el último peldaño noté que la joven estaba tan preocupada como lo había expresado su voz. Con sus dedos largos y delgados señaló el sector de los sillones. Yo giré y lo vi: era Quique. Estaba sentado, leyendo un diario y fumando. Su cómoda postura en el sillón de cuerina negra me dio a pensar que era dueño de una total libertad que ni siquiera mi propio jefe jamás conseguiría.
    –No sé quién es –dijo la chica con un gesto de asco. Su exagerado maquillaje me remitió a una muñeca de porcelana–. ¿Viste el olor que tiene? Le dije que no podía fumar acá y prendió el cigarrillo igual. No sé cómo sacarlo.
    –Y sí, es Quique –le respondí serio y sin quitar la mirada a ese gracioso personaje.
   Aunque muchas personas me habían hablado sobre Quique y sus andanzas por toda la ciudad, nunca había estado tan cerca de él como en ese momento. Se asemejó al día que vi a través de la vidriera del Bar Mónaco a Jorge Lanata y no me atreví a saludarlo. Sin embargo, esa noche me animé. Me acerqué y me acomodé a su lado. Él me miró con seriedad y luego me ignoró volviendo la vista al diario.
    –¿Cómo anda, Quique? –le pregunté tratando de ser educado. Él produjo un gruñido y luego agitó su mano derecha debajo del mentón como si yo estuviera fastidiándolo–. Venga, vamos a fumar afuera.
   Quique se levantó de mala gana luego de tirar el diario sobre la mesa ratona y salimos. Afuera hacía mucho frío, pero a él no le molestaba. Me di cuenta que si me quedaba en la puerta querría entrar de nuevo, entonces, extendí mi brazo invitándolo a caminar y salimos del edificio. 
   La caminata fue tranquila y silenciosa. Aunque ninguno de los dos dijo una palabra, me pregunté en qué estaría pensando Quique… en qué pensaba todos los días, yendo de un lado a otro siempre con la misma ropa, mendigando cigarrillos y visitando toda clase de personas, infaltable a los actos patrios y los izamientos dominicales.
   Y esa noche fría de mayo, mientras caminábamos con pasos lentos, planeé ir hacia el centro, cruzar la plaza San Martín y dejarlo por ahí. Pero él giró por la calle Errázuriz con rumbo a la José Ingenieros. Lo acompañé hasta el Complejo Cultural y allí intenté despedirme, pero con un gesto determinante casi me ordenó que siguiera caminando junto a él. Le convidé un cigarrillo y él aceptó. Bordeamos el parque del Complejo, cruzamos la calle José Ingenieros y caminamos hacia el Hospital Regional para entrar por la Guardia.      Apagué mi cigarrillo antes de entrar pero él lo hizo pechando las puertas como si fuera el director del nosocomio con el cigarrillo entre los dedos.
   En la sala de espera había diez personas, algunas con expresión de fatiga. Había viejos y una mujer con sus tres hijos, un bebé en brazos y dos niños que corrían alrededor de las sillas llevándose por delante a las personas mientras ella los retaba en voz baja e interceptaba de la patilla al mayor.
    –Quédense quietos, carajo.
   Al lado, un hombre sostenía en la cabeza un paño empapado con sangre mientras la que parecía ser su mujer revisaba papeles de la obra social dentro de una cartera gastada.
    –Eh, usted, hágale caso a su madre, ¿no ve que está sola con el bebé?
En la ventanilla sólo había una mujer para atender todos los reclamos. El aire estaba viciado de sufrimientos, olores y virus. Quique se colocó al lado de las máquinas expendedoras de gaseosas y golosinas al tiempo que yo permanecí a su lado.
    –Señora, le digo que me duele mucho, no puedo esperar –dijo un hombre a la mujer que daba los turnos. Los otros miraron hacia allí mientras la mujer que atendía respondió algo que no alcancé a escuchar–. ¿Cuánto? No, señora, no puedo esperar tanto. Me dan puntadas…
   Resignado, el hombre se dirigió tambaleante hacia donde estábamos Quique y yo.
   Se abrió la puerta y asomó la cabeza un médico. Quique se abalanzó sobre el hombre que se había quejado y lo hizo chocar contra el médico. Ambos miraron a Quique con desprecio. Entonces él se golpeó el pecho, apretó la lengua con los labios, infló los cachetes produciendo un sonido de pedo y extendió los brazos a los lados con las palmas abiertas indicando que ese hombre estaba grave. El médico entendió el gesto  y le preguntó al hombre cuál era su problema. El paciente le describió sus dolores de pecho que apenas lo habían dejado llegar al hospital y el doctor lo ingresó inmediatamente para atenderlo de urgencia.
   Todos en la sala vieron la escena de cómo ese hombre les robó el turno, pero nadie vio lo que hizo en realidad Quique. Yo sí. Quique asintió, pestañeó a su manera y caminó hacia la puerta para salir a la calle.


   Corrí hasta alcanzarlo ofreciéndole otro cigarrillo que él aceptó y nos alejamos por la calle 25 de Mayo en dirección al centro.
   Caminamos por la calle Errázuriz hasta Alvear. Comencé a advertir que la gente me miraba con incomodidad, sobretodo las mujeres que siempre le tuvieron asco y miedo. Yo avanzaba por la vereda junto al personaje del pueblo, alguien totalmente desinhibido y desprejuiciado que parecía ser el dueño de la ciudad. Quique olía a pis, a caca y otros olores que no pude identificar. 
   Seguimos caminando. Quique se detuvo en la vidriera del edificio de la Municipalidad y leyó los carteles adheridos a la pared. Yo también me puse a mirar. “Este sábado Encuentro Santiagueño, en la UPCN. Habrá empanada criolla y vino patero. Damas gratis”. “Me perdí. Me llamo Firulay y llevaba un collar rojo con mi nombre grabado en una chapita. Llamá a mis papis al teléfono 423…”. “Curso de metafísica avanzado. Las siete leyes y la Tabla Esmeralda. Domingo 15 hs. Hotel Comercio. Entrada libre”.
   Continuamos caminando, hasta detenernos frente a la Catedral, y entramos. En el lugar había dos personas rezando, cada una ensimismada en sus plegarias. Quique se sentó junto a la más próxima a la entrada. El hombre pareció despertarse con el mal olor y reconoció a Quique de inmediato, entonces aferró las manijas de un bolso para irse, pero Quique lo sujetó de un brazo. Con los dedos de ambas manos formó una figura rectangular, señalando el bolsillo de la campera del sujeto. Había caído en el mismo encantamiento que yo: seguir sus órdenes. El tipo hurgó en los bolsillos, extrajo un billete de veinte pesos y se lo ofreció. Quique negó con la cabeza, gruñó y volvió a reproducir la figura geométrica, insistente, señalando el mismo sitio. El hombre buscó otra vez y extrajo una fotografía, que miró con obsesión.
   Ahí estaba yo, con Quique, en una iglesia, y con un hombre que contemplaba a cuatro mocosos en una foto y empezaba a llorar. Este padre desesperado miró a Quique y agachó la cabeza.
   Mi guía se puso de pie. Avanzó un par de pasos como para irse, pero se arrepintió. Retrocedió rápidamente, y, con un gruñido, le señaló nuevamente el bolsillo. El sujeto, inseguro, extrajo el billete y Quique lo hizo desaparecer en el aire, yéndose por donde había venido.


   Pensativo, salí de la Catedral. No encontré a Quique. Miré mi reloj y, por la hora, me acordé que estaba fuera del laburo. Corrí por la plaza San Martín, crucé la calle Maipú y media cuadra antes de llegar a mi trabajo, sonó mi celular. Me detuve y atendí sabiendo que se trataba de mi jefe. Atravesé la calle sin mirar a los costados y sentí que alguien me jalaba hacia atrás, con un gran poder. Vi cómo mi teléfono volaba por el aire y sentí el golpe contra el duro asfalto. Sólo pude ver las luces de un auto, escuchar su asustado bocinazo y el ruido del teléfono celular haciéndose pedazos.
   Me quedé allí mirando la calle, sin poder creer que estaba vivo, y miré hacia atrás. Con pasos lentos, Quique se alejaba. En su mano brillaba la luz fosforescente de un cigarrillo que yo le había dado.




(*) Escritor cordobés de nacimiento, riogalleguense por opción. Es autor del volumen de cuentos “Ruinas del Alma”; premiado en el Certamen Literario “Mi Primer libro” 2009 de la Municipalidad de Río Gallegos y seleccionado para representar a Santa Cruz en la Feria del Libro de Buenos Aires. Sus relatos recibieron varios premios y se publicaron en revistas y páginas web literarias. Ha brindado talleres de iniciación literaria. Permanecen inéditas sus novelas “El triunfo de Hades”, “El epitafio”, “La hostería” y “Encrucijadas”; y sus libros de cuentos “Leyendas de Reyes”, “Más leyendas de Reyes” y “De misterios y fantasías”. Actualmente trabaja en una novela gráfica, junto con el dibujante Andrés Berón.


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lunes, 10 de diciembre de 2012

LA NOTA DE HOY




Comentario de un libro recientemente publicado



“RITUAL DE SIESTA”, DE CARLOS DANTE FERRARI




     “Mae´r diafol yn y canu a hefyd y corau”, reza un refrán galés habitual entre los antiguos pobladores del Valle del Chubut; cuya traducción dice más o menos así: “el diablo está en los cantos y también en el coro”. Este proverbio tiene el mismo significado que una de las primeras frases de “Ritual de Siesta”, la más reciente obra de Carlos Ferrari, con la que el autor advierte al lector lo que le espera más adelante: “Sin embargo, como la sordidez y las pasiones encuentran refugio incluso en los sitios más inesperados, aquí también han sucedido hechos oscuros y episodios dramáticos”.

     El “aquí” se refiere, precisamente, a Gaiman; lugar donde transcurre la intensa novela de Ferrari. Al igual que en el Peyton Place de Grace Metalious, el odio y el amor –un amor enfermizo y obsesivo– se enmarañan en el vecindario; y crean un ambiente opresivo que, a medida que se desarrolla la trama, se enrarece como el aire en una caldera sobrecalentada, para terminar estallando con inusitada violencia. 

     El autor incursionó primero en la novela épica y luego en la fantástica; y ahora encuentra un lugar en la narración intimista, psicológica; donde parece hallarse cómodo. Sus dos primeras creaciones semejan ser el preludio de esta última obra; un relato despiadado que no admite concesiones ni sensiblerías, donde se descarga, como un mazazo, la feraz inventiva del escritor.

     No hay héroes en esta novela; tampoco villanos calculadamente malvados. Sólo hay seres humanos exhibiendo su patética sevicia, su ruindad mediocre; mostrando sus vulgares bajezas y empujándose unos a otros hacia un brete sin salida. Lo único que permite cada tanto al lector aflojar la tensión que se va acumulando con el transcurrir de las páginas, es la suave nostalgia que surge de algunos párrafos distribuidos a lo largo de los diversos capítulos –cuya denominación muestra el vaivén del argumento, fluctuando entre distintas épocas y diferentes lugares–, en los que el autor recuerda el Gaiman de los años sesenta y setenta.

     Porque ese es uno de los logros de la obra: la familia Bermúdez se mueve en su pueblo adoptivo con naturalidad, como Raskolnikov en San Petesburgo o Jean Valjean en París: de la mano del autor, que aprovecha las circunstancias para recrear el lugar donde vivió durante su niñez y su adolescencia. Es un sitio familiar para Ferrari, quien lo retrata con sentimiento y conocimiento; y lo convierte en el marco ideal para esta historia con algo de “novela negra”, que tiene como centro del rito mentado en el título, la ominosa figura de un Mercury del 58, inútil para otro viaje que no sea hacia la locura y la muerte.

     Pero no es intención de este comentario avanzar sobre el contenido ni develar la urdimbre de “Ritual de Siesta”. La novela debe ser descubierta por el lector –que lo hará de un tirón, porque su lectura es adictiva–; hasta llegar a ese final materializado en una sucesión de inesperados sucesos y revelaciones con ritmo cinematográfico. Al finalizar el libro, queda la certeza de haber leído una verdadera obra literaria; la creación de un autor que logró hallar el tono preciso para su producción artística. Sin dudas, la inspiración de Ferrari pronto brindará a las letras regionales otros frutos que, como éste, seguirán mostrando que la Literatura Patagónica se escribe con mayúsculas.

J. E. L. V.

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jueves, 6 de diciembre de 2012

EL CUENTO DE HOY




El Tío Lalo


Por Olga Starzak


-¿Creés en Dios?
-Creía.
-Tratá de pensar en el bebé.
  Antes de que mi mano se posara sobre su vientre, gritó:
-¡No puedo! ¡No puedo!
Todas las miradas la buscaron. Como sucede en estos casos nadie supo muy bien qué hacer. Yo opté por callar. Comenzó a molestarme el aroma de los gladiolos. Miré la hora; no habían pasado más de diez minutos desde mi llegada. Su llanto no me dejaba respirar. La tomé de la mano; no sé si se dio cuenta. Miré el reloj y me propuse, quizás por esas costumbres heredadas, permanecer allí cerca de ella hasta la hora del rito religioso. Cuando el cura párroco se hiciera presente, aprovechando el movimiento de gente que ocasiona estas costumbres, partiría en silencio.

Dos años antes Gabriel había ingresado a la escuela donde yo trabajaba como docente del Nivel Inicial. Cuando entrevisté a la madre para conocer aspectos de la personalidad del niño, me confesó que nunca lo dejaba salir de su casa, solo; ni a la vereda. Según sus palabras vivía en un barrio muy inseguro. Se le contrajo el rostro cuando me contó que el nene la acompañaba a las visitas dominicales permitidas en la prisión donde albergaban a su hermano. Mi hijo lo adora, dijo. Le pregunté qué posibilidad tenía de quedar en libertad y cuál había sido el delito. Sentencia por Homicidio Calificado. Bajó el tono de voz, al decirlo. Cuando cumpla la mayoría de edad lo trasladarán a la Unidad 6 del Penal de Rawson, una cárcel para delincuentes que consideran con alto grado de peligrosidad.  Fue en defensa propia, créame. ¡Se la tenían jurada! Cometió el error de escaparse, lo agarraron al rato y lo metieron preso. Tenía otros antecedentes por Robo a Mano Armada. Bueno… usted sabe cómo son estas cosas: las malas compañías. Fue eso.
 Callé ante su sollozo y poco después le pregunté  si quería contarme algo más, me contestó que no, que sólo quería pedirme algo. ¡Cuídemelo, mucho, señorita!, imploró.
La tranquilicé respondiéndole que a Gabriel le iba a hacer muy bien asistir al Jardín y jugar con otros chicos. ¡Él juega con sus hermanas!,  dijo. Si yo no puedo venir a buscarlo, lo hará su abuela.
La despedí con un beso.

El niño, al principio, se movía en la sala como un bebé gateando, se refugiaba debajo de las mesas y emitía sonidos guturales. No sabía cómo tratarlo. Me dejé llevar por la intuición: cuando adoptaba esa conducta, lo dejaba hacer. Después se cansaba y se unía al grupo de niños. No tenía problemas de comunicación, nos contaba historias fantásticas: el protagonista de sus relatos era siempre su tío Lalo. Un ídolo todopoderoso que los “milicos” habían metido en cana.
A menudo se quería escapar. Decidí cerrar con llave la puerta del aula. Poco a poco comenzó a socializarse.
Un día me dijo “te quiero”.
A veces me traía artesanías que el tío hacía para mí. Era evidente que el chiquito compartía con él sus nuevas experiencias. Un día quiso que leyera una poesía escrita por el recluso. Pude comprobar la devoción de los niños hacia su primer maestra: se la había transmitido al muchacho, y éste había hecho suyo ese afecto.

El ciclo escolar había terminado y yo aún podía sentir el aroma siempre fresco de sus rulos.
Ahora era la hermanita la que daba los primeros pasos por el Jardín, la que ocupaba los espacios que él ya había recorrido. Gabriel la acompañaba hasta la puerta del salón y me abrazaba muy fuerte. Yo me aprovechaba de ese momento y lo retenía muy pegadito a mi cuerpo. Después, ante mi insistencia, como un torbellino corría hasta su aula de primer grado.
Al tercer año de haberlo conocido se espaciaron nuestros encuentros. El  segundo grado quedaba distante de mi lugar de trabajo. Aún así, de vez en cuando, transitaba con apuro el pasillo que nos separaba y me estrechaba en un renovado abrazo.
Intercambiábamos siempre un “yo también te quiero”.
El mismo aroma en sus cabellos rizados.

Me era imposible traer, ahora, a la memoria esa fragancia, tal vez me lo impidiera el olor a incienso o la transpiración de la madre. Había empezado a apretar fuerte mi mano, y gemía.
Me alegré cuando se abrió la puerta de la sala velatoria. Es el sacerdote, pensé,  y volví a mirar la hora; era temprano para  la ceremonia prevista.

                Entraron tres hombres. El del medio, más joven, vestía pantalón de jeans y una remera  estirada. Miró hacia un lado..., miró hacia el otro. Tardó en darse cuenta adónde dirigir sus pasos. Hizo esfuerzos por caminar sin tambalearse y con los brazos envolvió su pecho. Pasó muy cerca de mí y pude ver el enceguecimiento que lo sumía. Sus ojos eran dos cuencos sanguinolentos. No sé cómo llegó al pequeño féretro.
              Con su presencia se acalló el murmullo y el silencio de los sepulcros comenzó a hacerse presente. Pronto lo interrumpieron las expresiones de desesperación que el hombre arrancaba de la garganta. Empalideció su rostro, enjugó las lágrimas con los dorsos de las manos y observó el cadáver que yo no me había animado a mirar. La rueda de un camión, a la salida de la escuela,  había pasado por ese cuerpecito y me costaba entender cómo aún mantenían abierto el receptáculo de madera.
             La abuela de Gabriel se acercó con el evidente fin de sostener al hombre, pero la fuerza del propio dolor  no se lo permitió.
Nadie se movió de su lugar.
La madre soltó mi mano para llevarla a su vientre.
Respiré hondo.

El hombre se aferraba al cajón.
Cuando intentó recostarse sobre el ataúd, me asusté. El eco de su desgarro me devolvió a la realidad: las rodillas se le quebraron. Si se soltaba caería desplomado. Había escuchado hablar, literalmente, de un cuerpo doblado por el dolor. Ahí estaba.
A un mismo tiempo las dos personas que habían entrado con el joven, se acercaron con prudencia, lo tomaron cada uno de un brazo y con poquísimo esfuerzo lo arrastraron hasta la puerta de entrada. Vaya a saber con qué energía, allí se incorporó.
No ofreció resistencia cuando uno de los sujetos juntó sus muñecas y el otro lo esposó.

Al cerrarse la puerta se generalizaron los rumores. Voces que intentaban ser respetuosas se oían cada vez más alto.
Salí de la sala mortuoria. En el camino me crucé con el sacerdote.
Elevé en silencio una oración.
Por Gabriel.

Por el tío Lalo.


  

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lunes, 3 de diciembre de 2012

LA NOTA DE HOY





Comentario de una obra recientemente publicada


“NADA OCURRE ANTES DEL VIENTO”, DE HUGO COVARO



   Hace pocos días llegó a mis manos una de esas joyas que la Literatura Patagónica suele regalarnos. Desde la misma portada, en la cual la silueta de un arriero se difumina en el polvo ocre volado por el vendaval, “nada ocurre antes del viento”, la última creación de     Hugo Covaro, es arte en su más pura expresión.

   El autor de “Con los ojos del puma”, “Pequeñas historias del frío”, “Pequeñas historias marinas” y tantos otros textos, reúne en este volumen una serie de relatos en los que el desierto y el viento entablan un diálogo, construido no sólo de palabras y voces; sino de gestos e intenciones presentidas. Sin embargo, ese discurrir errante, huidizo, de sus mutuos mensajes; es sólo el telón de fondo para que Covaro desgrane ideas y reflexiones de talante universal, volcadas a un escenario patagónico.

    Sus pensamientos están unidos, como los eslabones de una cadena de metal valioso, por un lenguaje plástico, pleno de imágenes, recursos literarios y tropos de todo tipo; entre los que se percibe el eterno silbo del viento y la seca rudeza de la meseta. Todas las metáforas, hipérboles, comparaciones posibles, e, incluso, construcciones al estilo de las nórdicas “kenningar”, son barajadas por el escritor para hacer referencia al maridaje viento – desierto; que se intuye a través de las sucesivas hojas del tomo y se explicita en el último capítulo. Por eso, pese a que el autor mismo insiste en evitar toda catalogación de su obra - y lejos de un intento de embretarla sino de resaltar su originalidad -  sus lectores podrían considerarla un “ensayo poético”.

   Los siguientes son algunos ejemplos de la riqueza de su expresión; entresacados al azar, porque podemos encontrarlos en cualquier punto del libro:

“El desierto – ponderación de lo pequeño –“
“El viento – luz de una estrella muerta que viaja en el tiempo-  .”
(El viento) “Música redonda hecha diablo en el remolino”
(El desierto) “Espacio mágico que el viento limpia y libera para que el tiempo pueda llenarlo de nuevas epifanías”
“Solitario, un guanaco asoma sobre la alta peña su dibujado contorno, como sosteniendo a contraluz, todo el peso del firmamento”.

   Una de las claves de la Literatura auténticamente regional, según el cuentista y poeta santacruceño Héctor Roldán, es que el hacedor logre captar la “metafísica” de la Patagonia; y que la refleje en sus creaciones. Muchas veces, en los anteriores libros del autor, se vislumbró esa esencia; como en el caso de las narraciones reunidas en “Mi Land Rover Azul”. Pero es en este libro donde llega a plasmarla. “Nada antes del viento” es el canto a estos confines australes, que, sin dudas, muchas veces será citado como una muestra arquetípica de las letras sureñas.

     Respecto a los datos de filiación: el libro fue publicado por la Editorial Universitaria de La Plata, que ya editó varias veces al comodorense. La fotografía y el diseño de tapa son de Miguel Escobar, el tipeado y corrección de Marisa Fernández, la asesoría literaria de Alicia Carballo; y del propio autor son las “apropiaciones creativas”, los dibujos que ilustran el texto.

     Al inicio de su obra, Covaro transcribe un párrafo de Gustavo Flaubert; que expresa el deseo de crear un libro sin tema, sin asunto, “sin atadura externa, que se sostuviera por sí mismo, por la fuerza interna de su estilo, como el polvo se mantiene en el aire sin que lo sostengan...” . Esas palabras nos traen a la memoria otra frase de Flaubert, incluida en “Madame Bovary”:  “...nadie puede jamás dar la exacta medida de sus necesidades, ni de sus conceptos, ni de sus dolores, y la palabra humana es como un caldero cascado en el que tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas”.

    No sé si Covaro pretendía conmover al viento y al desierto. Tampoco sé si el viento y el desierto – perennes, imperturbables, hieráticos - pueden, o quieren, ser conmovidos. Pero si sé que, con sus palabras, el escritor los conjura, los hace aparecer ante nuestros ojos; y nos los muestra con todo su misterio y su belleza.



“nada sucede antes del viento” - Hugo Covaro. Editorial Universitaria de La Plata, La Plata, 2012.

J. E. L. V.