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viernes, 7 de julio de 2017

COMENTARIO A UNA OBRA PUBLICADA RECIENTEMENTE




COMENTARIO ACERCA DE UN LIBRO RECIENTEMENTE PUBLICADO
“EL GALLO CANTA A MEDIANOCHE”, de CARLOS DANTE FERRARI (*)


Por Jorge Eduardo Lenard VIVES



La lectura de “El gallo canta a medianoche”, de Carlos Dante Ferrari, genera la sensación de haber hallado un libro que dejará huellas en la Literatura regional; y que muestra sobrados méritos para ser reconocido a nivel nacional. Como en sus anteriores títulos “El riflero de Ffos Halen” y “Ritual de Siesta”, el autor recurre a sucesos reales del pasado regional como excusa para crear una obra de inquietante ficción.

En esta novela pueden reconocerse tres ejes temático-estilísticos, sobre los cuales se apoya el interés que despierta el texto en el lector: una trama apasionante, relacionada con lo sobrenatural; una escritura amena y ágil; y una nostálgica reconstrucción del ayer valletano.

El argumento, pese a tratarse en el fondo de una manifestación del género policial, ingresa en el terreno del intimismo; y se entremezcla con la vertiente fantástica. Aparece la magia en su variante más obscura; y también en su faz de atenuado y ambiguo esoterismo. Pero también surge la explicación lógica y racional a todo lo que sucede; que trae una y otra vez a la realidad la imaginación del leedor exaltada por la narración. Esta intención se reafirma en las citas de Sigmund Freud y James George Frazer agregadas en las solapas de la edición; con alusiones al origen de la magia en la mentalidad primitiva, como arbitrio para enfrentar a la naturaleza hostil y a sus propios congéneres. Sin embargo, al final, como un guiño del escritor al estilo de la ambigua sonrisa del gato de Cheshire, queda flotando la sombra de la duda; que inclina la balanza un poco más hacia el lado de lo obscuro y lo latebroso.

El autor recurre, para ayudar a crear la sensación de incredulidad suspendida que reclama a quien lee, a la cita erudita de bibliografía y autores reales; como Harvey Spencer Lewis y su “Envenenamiento Mental”, el “Corpus Hermeticum” de Hermes Trismegisto o el “Tratado elemental de magia práctica” de Papus. Se introduce también en el terreno, más escabroso, de la cábala, la gematría y sus coincidencias numéricas; y en el mundo de las ceremonias iniciáticas y los ritos secretos, que colman la imaginación de los que buscan escapar a la desesperante y prosaica realidad de lo cotidiano. El campo no es ajeno a Ferrari, quien en su anterior creación “Visiones en la Torre”, explora el ámbito de la metempsicosis y el mesmerismo.

Con relación al segundo eje, la presencia de un estilo ameno y ágil, es una característica que se materializa, a su vez, en la descripción de lugares y situaciones en un lenguaje claro y conciso, sin aditamentos innecesarios, en un adecuado manejo del diálogo; y en el recurso a desarrollar la historia en capítulos cortos que, como los peldaños de una escalera, permiten avanzar en la lectura sin provocar tedio. La prosa del autor es nítida y va directo a su objetivo; aunque se adorna con recursos literarios variados y frases que presentan pensamientos originales y profundos, de esos que engalanan la producción de los buenos escritores. Por su parte, las conversaciones entre los personajes son naturales; emplean palabras cotidianas sin caer en la exagerada vulgaridad que acostumbran muchas veces a mostrarnos las letras actuales. En tanto a su estructura, el arbitrio de recurrir a los capítulos de pocas hojas, introduce los hechos de una forma gradual y sutil. Se comienza con una bucólica evocación de la infancia del protagonista, que parecería predecir una sencilla historia de inmigración y desarraigo; y se encuentra, en el momento menos pensado, en un escenario signado por el misterio y el crimen.

Respecto a la cuidadosa evocación del pasado del Valle del Chubut, orientada a la década de los años cuarenta del siglo XX, cuando suceden los hechos principales que se narran; se basa no sólo en el conocimiento de un descendiente de familias fundacionales del valle, donde se reúnen comentarios sueltos oídos de chico, charlas con amigos memoriosos y leyendas urbanas que el viejo poblador conoce; sino también en una búsqueda paciente en archivos periodísticos e históricos de diversas instituciones. Ello da lugar a la vívida remembranza de una época de la zona que dejó muchos recuerdos en sus habitantes.

El volumen puede ser leído como una obra de ficción; sin aditamentos. No se necesita conocer Trelew, ni Gaiman, ni el Valle del Chubut para disfrutar de sus páginas; porque Ferrari adhiere al ideal tolstoiano de pintar la aldea para pintar el mundo, y sus palabras superan lo local para tocar un tema universal: el camino que lleva de la obsesión a la muerte. Pero también es un homenaje a su lugar natal. El autor logra de esa manera un efecto que trae a la memoria las páginas del “Crimen y castigo” de Fedor Dostoievski. Profundamente ruso, Dostoievski no puede dejar de retratar los lugares familiares de San Petersburgo donde transcurren las acciones; el marco necesario a los hechos que ocurren.

Esa referencia trae a colación otra característica común de ambas creaciones: las dos son novelas policiales, que recorren el camino desde el crimen al castigo. Y en las dos se conoce el victimario; y la trama se centra en averiguar sus motivos. En un caso, previo al homicidio; en el otro, a posteriori. Lejos de los lugares comunes de la temática contemporánea regional, el texto de Ferrari incursiona en los temas realmente universales, sin perder de vista que el escenario de la narración es familiar y reconocible.

Para resumir, este libro es una Novela. Así, con mayúsculas, para remarcar que cumple con la problemática de la ficción literaria: una creación que entretiene y hace pensar. Pero que entretiene sin caer en lo frívolo y chabacano; y que hace pensar sin derivar en el ensayo de psicología, sociología o política, errores tan frecuentes en la escritura de hoy. Es una verdadera Novela. Y, como sabe el entendedor, eso es mucho decir. Dar la bienvenida al panorama literario regional de esta obra es un honor; leerla es una necesidad para entender los nuevos caminos que se abren a la Literatura Patagónica.


J.E.L.V.




(*) “El gallo canta a medianoche”. Ferrari, Carlos Dante. Literasur, CABA, 2017. Tapa de Ivana Ferrari. En la contratapa, el autor del libro agradece al diario “El Chubut” y al Espacio de Arte Mudich.


sábado, 1 de julio de 2017

LA NOTA DE HOY




LOS LIBROS Y LAS IMÁGENES


Por Jorge Eduardo Lenard Vives




En la novela “Padres e hijos” de Ivan Turguenev, el protagonista, Bazarov, afirma: “El dibujo me ofrece en una imagen lo que en un libro se desarrolla en diez páginas completas”. Esto es muchas veces cierto; y lo es sin dudas para una persona que no sabe leer, para quien una ilustración no vale diez páginas sino infinitas; ya que ni una sola palabra tiene utilidad para él. Pero también es verdad que los vocablos no sólo permiten transmitir imágenes visuales sino auditivas, olfativas, táctiles, gustativas, difíciles de graficar; y, sobre todo, pueden comunicar ideas abstractas, pensamientos y sentimientos, que es el terreno de lo literario. Por otro lado, la escritura, en cuanto a representar lo captado por la vista, recurre a la imaginación. Cada lector recrea la fisonomía de los personajes, sus vestimentas, los lugares donde transcurren las acciones, según su propia inventiva. Es una tarea creativa que no deja lugar al estereotipo ni admite el producto enlatado.

Sin embargo, Literatura y artes plásticas se han llevado bien desde largo tiempo atrás; y ello no escapa a las letras relacionadas con la Patagonia. De hecho, algunas de las estampas más emblemáticas de la región difundidas en la Europa antigua, fueron hechas para un libro. Cuando en 1766 vuelve a Inglaterra la expedición del Comodoro John Byron —abuelo del poeta Lord Byron—, trae la noticia de que realmente existían los gigantes de la Patagonia a los que había hecho referencia Pigafetta. A poco de su regreso, en 1768, se publicó un volumen de autor anónimo donde se hablaba de tales portentos; y se reproducían dos viñetas, que se transformaron en alegorías de esos territorios lejanos: las de un hombre y una mujer con un niño, de proporciones ciclópeas, en compañía de un europeo que a su lado semejaba un escuálido liliputiense.

Un año más tarde, en un texto del Abate Pertney, quien había acompañado el viaje de exploración de Bouganville a las Islas Malvinas, se incluyen nuevas ilustraciones de los colosos patagones muy similares a las anteriores; también difundidas en forma amplia. Una digresión literaria: a raíz de los relatos propalados por los marinos de Byron, el tema de los titanes sureños fue objeto de atención por parte de la sociedad inglesa. Es así que el escritor Horace Walpole, autor de “El Castillo de Otranto”, título considerado como la primera novela de terror gótico, escribe un breve ensayo en tono sarcástico llamado “An account of the giants lately discovered”; donde dice: 

“All that public can learn yet is, that captain Byron and his men have seen on the coast of Patagonia five hundred giants on horseback”.

Volviendo al tema principal, los santos fueron acompañando los folios a lo largo de la historia, pasando de los dibujos a la fotografía; e incluso combinando ambas técnicas. Las ilustraciones también saltaron a la tapa de los volúmenes. Con el advenimiento de nuevas tecnologías de impresión, se facilitó la inclusión de figuras en las obras; y se cimentó la variante de la infografía y otras técnicas parecidas; en cuyo extremo más alejado se sitúa el “libro de artista”. Éste no sólo recurre al grabado sino al objeto; y, pasando a los terrenos de la pintura y la escultura, escapa del dominio de la Literatura. Dentro de las numerosos frutos que ofrece esta irrupción de lo gráfico en lo textual, pueden encontrarse las recopilaciones de fotos, los volúmenes de cuentos para chicos, pletóricos, como es lógico, de láminas coloreadas; y la historieta, variantes todas hallables en la Literatura regional. 

En una oportunidad, la autora chubutense Margarita Borsella empleó el término “Literatura ilustrada” para nombrar una exposición en la cual presentaba algunos de sus escritos, acompañados de tomas fotográficas también de su creación. Con el tiempo, la instalación se transformó en un libro, “Silencios”; donde esta simbiosis ente las letras y la plástica se vislumbra página a página. La amalgama de las dos disciplinas se ve en otras obras; como “Microficciones Ilustradas”, microrrelatos, relatos y poemas del escritor de Río Gallegos Paulo Neo y dibujos de Andrés Casciani, la “Antología Íntima” de la fueguina Niní Bernardello con los aportes plásticos de Maximiliano López o la novela ilustrada “La Santa Cruz de Hielo”, de Luis Ferrarasi, graficada por Andrés Berón, ambos artistas santacruceños.

Hay un estrecho vínculo de la imagen y la palabra con la realidad, a la que interpretan en abstracto. A veces la exponen tal cual es; pero también pueden amplificarla, pueden llevarla por los caminos de la imaginación; y allí no hay quien alcance la acción de estas Artes. Aunque, como dijo Alfred Korzybski, “el mapa no es el territorio”. Cuando se quiere reflejar la substantividad, nada puede superarla. Se puede fotografiar o describir una escena o un paisaje. Por ejemplo, la visión de un lago cordillerano, desde la falda boscosa de una montaña, un mediodía de verano. Pero ni la imagen ni las letras podrán hacer sentir lo que se percibe en forma objetiva estando presente en ese momento en el lugar; la combinación de placer estético que brinda a los ojos la naturaleza bajo la luminosidad propia de la hora del día, la tibieza del sol calentando la piel, el rumor de algún arroyo lejano o el zumbido del vuelo de un insecto; y el olor de la resina de los alerces. De lo real a lo virtual hay un gran paso.


martes, 27 de junio de 2017

EL POEMA DE HOY




19


Por Antonio Vicente Ugo (*)





Sé que vuelves sobre ríos congelados,
sobre arenas de múltiples jornadas,
el pie se aferra a tierras olvidadas,
a árboles de ramos desgajados.

Te agota un viento en rachas hilvanadas,
de rumbos inciertos y mojados.
Tienes los ojos como los soldados
muertos al amanecer entre granadas.

Ilusión que me acecha en un instante,
de paloma fugaz en un arbusto
con pertinaz arrullo cautivante.

Yo sé que vuelves de cualquier manera,
el pie descalzo, descubierto el busto.
(Lo dejo aquí, que el corazón espera).







(*) Poeta chubutense. El poema “19” es de su obra “La tierra que me diste” (Editorial Vinciguerra, Buenos Aires, 1994)

jueves, 22 de junio de 2017

COMENTARIO A UNA OBRA RECIENTEMENTE PUBLICADA

COMENTARIO SOBRE UN LIBRO RECIENTEMENTE PUBLICADO





“DESTELLOS PATAGÓNICOS”, DE SERGIO PELLIZZA (*)






Hay libros que se leen con gusto desde el mismo título. Tal es el caso de “Destellos Patagónicos”, de Sergio Pellizza; cuyo contenido hace honor al nombre que lo identifica. Porque cada uno de los relatos y cuentos del volumen presenta, como dice la definición de la Real Academia Española, “un resplandor vivo y efímero”. Vivos porque están narrados con una prosa clara y descriptiva; y efímeros por su brevedad. Pero no serán para nada pasajeros en la memoria de quien los lea; que largo tiempo los va a atesorar como ejemplos de una buena escritura, amena y reflexiva.

De cuidada manufactura, la obra muestra en su tapa la fotografía - prolongada en la contratapa– de un paisaje bien sureño: el macizo del Monte Fitz Roy, con la mole del cerro Chalten y las Agujas Poincenot, Guillaumet, Saint Exupery, Juarez, Val Biois y Mermoz. Reúne setenta y siete textos. La mayoría de ellos están ambientados en la Patagonia (como “El juicio”, “Orkeke, el cacique amigo”, “La voz no escuchada”), aunque algunos lo hacen en otras latitudes (“El ojo de la cerradura”, “Un día especial”, “El sendero”); y aún hay otros que no presentan un escenario geográfico definido (“El Globo”, “La física del amor”) o son mundos imaginarios (“La rebelión de los mapas”, “Los colores celosos”). Respecto a su temática, varios de ellos se basan en sucesos históricos (“El grumete”, “La gran María”), pero otros tienen argumentos de índole más general (“La hoja de papel en blanco”, “El arcoíris del horizonte”) ; y también los hay con tramas decididamente fantásticas (“El post mortem de don Tito”, “El acelerador de partículas”), incluyendo contenidos de la mitología aonikenk (“Brillantes nacimientos múltiples”, “El idioma de la luna”).

Cabe aclarar que en aquellas narraciones inspiradas en un hecho del pasado, siempre el escritor agrega un toque de ficción o de poesía que las apartan de la simple nota histórica. De todas maneras, es indudable que la Historia es uno de los ejes sobre los cuales Pellizza monta su obra. Otro de los trazos axiales es la ecología; de la cual se muestra férreo defensor. También la geografía de la Patagonia se presenta como uno de sus hilos rectores. Y hay una huella más que atraviesa sus escritos: lo fantástico. El autor gusta introducir el elemento fabuloso en sus creaciones, que le dan a sus palabras un tono imprevisto y variado.

Algunos párrafos entresacados de sus obras muestran su claro estilo. Por ejemplo, en “El oído y la voz del viento” dice: “La misteriosa Patagonia guarda entre sus misterios algunos que son especiales y particularmente bellos, sólo contados a aquellos que saben escuchar con la paciencia infinita de la gente del campo, que se abre a los sonidos, y a veces imágenes, de aconteceres de hace muchos años o no tantos. Como las comadres del vecindario difunden los comentarios; el viento es el portavoz de la meseta y el que traslada de un lugar a otro los recuerdos. Este viento puede soplar muy fuerte y erosionar los montes y los rostros, o suave brisa que roza con ternura y caricia. Puede quedarse quieto inmóvil. Es en este estado cuando toma el perfume de las flores y también escucha lo que dicen los que ya no están.”

Por su parte, en “El observador” describe: “El ojo del observador en lo alto de la meseta, ve muchas cosas que no cambian. El sol poniente sobre la precordillera lejana. El paso de un año que inventamos en nuestra mente y en los calendarios no es nada comparado con las rocas que hace miles de años miran el pasar del agua allá debajo. ¿Cómo puedo decir que en esta especial perspectiva de tiempo distancia, en esta Patagonia de horizontes infinitos, que este hoy de 16 abril de 1850 no es el mismo de hace 10 años, de 100 años, de 1.000 años? Es igual…”

En el prólogo, Silvio Coppola afirma: “Un libro instructivo, interesante y muy fácil de leer. Sus temas son originales, curiosos y siempre con desenlaces inesperados. Quizás este libro sea el principio de otros, ya que el autor está en plena producción e indudablemente se le requerirán nuevas publicaciones”. Y en la introducción, se aclara: “Sumergirse en la presentación de este libro de cuentos inspirados en temas patagónicos, es como ver al autor que observa, mira y escribe sus sentires disparados por el paisaje y sus habitantes. Allí pasan cosas que asombran y a su vez, provocan en la imaginación de quién lee, imágenes únicas e irrepetibles que se convierten luego, en propiedad exclusiva del lector”.

Al intentar resumir la impresión que este texto causa en el lector, surge, asociado con el término “destello”, definido también como una “ráfaga de luz que se enciende y amengua o apaga casi instantáneamente”, la idea de la visión de una estrella fugaz contra el fondo del cielo obscuro de una noche patagónica. Porque la obra de Sergio Pellizza es así: recorrer sus páginas es como observar una de esas lluvias de meteoros cuando la Tierra atraviesa las Acuáridas o las Perseidas; y contra el firmamento austral que cubre la meseta pueden verse miríadas de luces, que se contemplan con un gozo estético que recuerda al que se experimenta leyendo los cuentos de este libro.


J.E.L.V.




(*) “Destellos Patagónicos”. Pellizza, Sergio”. Editorial Dunken, CABA, 2017.


domingo, 18 de junio de 2017

LA NOTA DE HOY




SOY LECTOR


Por Kayra Wicz (*)





Recuerdo que durante las siestas de mi niñez lo único que se sentía en toda mi casa era la máquina de coser de mi madre. En la pared, al lado de la ventana donde cosía había un cartel que decía “Si usted ha sido explotado, no permita que su hijo lo sea”.

Años más tarde en una visita al museo Evita de Chapadmalal, vi el afiche completo. En esas tardes mi madre me ponía a leer cualquier cosa en voz alta. Y siempre mi pregunta era esta: “¿por qué tengo que leer esto?”. Mi madre se levantaba y decía “Para que nadie te explote”. Rotunda era. Y con el dedo marcaba la palabra explotado. Hasta creo que aprendí  leer con esa palabra. 

Hasta los 12 años la lectura fue elegida por mi madre. Obligada. Un día de enero de esos 12 años me paré delante de la biblioteca. Leí todos los lomos. Un título llamo mi atención “La metamorfosis”. No comencé a leerlo, sino a devorarlo. En aquel verano de 87 me convertí en lectora. No antes. A partir de ahí empecé a aprender, a interpretar, a formar opinión, a ser. Al elegir la formación docente como carrera entendí que tenía como función primordial la de ser un mediador que permita el acceso a toda la información posible y que la elección de la lectura debía ser un acto de libertad. La lectura literaria obligatoria sólo es realmente útil para la consecución del objetivo prioritario de desarrollar la competencia lectora, y así ampliar los horizontes de las lecturas personales. La implicación personal es un beneficio común a todos los procesos de aprendizaje, como así también la falta de la implicación personal es la causa más frecuente del fracaso escolar.

El poder como seres lectores es universalmente temido porque se sabe que la lectura puede convertir a dóciles ciudadanos  en seres racionales y capaces de oponerse a la injusticia, a la miseria y a los abusos de poder.

Los lectores de libros amplían o concentran una función que nos es común a todos. Leer letras en una página no es más que una de las muchas formas de leer. El astrónomo lee un mapa de estrellas. El arquitecto lee su plano. La modista sus moldes. El jugador lee sus cartas. El bailarín lee los movimientos del coreógrafo. La música leída en las manos del director es la orquesta que brota. El ciego se deja llevar por sus dedos. El campesino y el pescador leen los signos de la naturaleza. Todos ellos comparten la habilidad de descifrar  y traducir signos.

En todos los casos es el lector quien interpreta el significado. Todos nos leemos a nosotros mismos  y al mundo para vislumbrar qué somos y dónde estamos.

El objetivo de la formación literaria es el de potenciar  y guiar la necesaria libertad que se debe tener como lector literario según su competencia lingüística, su sensibilidad y su capacidad recreadora.

La literatura tiene sus componentes de subjetividad, de individualidad que no podemos cuantificar, pero si destacar. La literatura es una “experiencia”, es decir, algo que implica la propia vida  y se inscribe en el ámbito personal, puede ser comunicada, pero no transmitida. Y aún en caso de ser comunicada lo será por una decisión, libre y sujeta a restricciones que cada uno impone.

La competencia literaria permite interpretar la plurisignificación del texto literario que es inherente a su esencia, como lo muestran las diferentes lecturas que aporta cada lector. Desde Roland Barthes se sabe que el texto literario no está acabado en sí mismo hasta que el lector lo convierte en un objeto de significado, el cual será necesariamente plural. Penetrar en un texto literario es abrir un puente desde la propia realidad – una existencia singular, en un momento preciso, desde una cultura determinada, en una encrucijada histórica precisa, con una cotidianeidad y en un contexto definido – hasta la realidad del autor. A diferencia de la escritura, la lectura no se puede escapar de su condición dialéctica: la lectura siempre es diálogo. 

Leer es como respirar, es una función primordial. En el acto de lectura se encuentra el principio social. Aprender a leer es un rito de paso, durante toda nuestra vida la experiencia es acumulativa y avanza por progresión geométrica. 

Los lectores somos capaces de milagros. Resucitamos mensajes del pasado. Entre un lector y un libro se engendran pensamientos, ideas, sueños, se redefine el universo. Cuando leemos nunca estamos solos.



(*) Colaboradora del blog.




Bibliografía:
Barthes, Roland, El susurro del lenguaje, Barcelona: Paidós, 1994.
Bovo, Ana María, Narrar, oficio trémulo. Conversaciones con Jorge Dubatti. Editorial Athuel, 2002.
Manguel Alberto, Una historia de la lectura, Emecé,2005.
Montes, Graciela, La gran ocasión, Argentina, Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, 2006.
Montes, Graciela La frontera Indómita. En torno a la construcción y defensa del espacio poético, Fondo de cultura económica, 1999
Petit, Michele: Lecturas del espacio íntimo al espacio público. Material fotocopiado, sin datos de edición).