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jueves, 5 de agosto de 2010

EL POEMA DE HOY

HOY: dos poemas de Raúl Horacio Comes




EL SENDERO



Lo he recorrido infinidad de veces.

Todo me es familiar,

conozco cada recodo y cada arbusto,

el aroma de sus plantas

los canales de riego

y el murmullo apagado del agua

corriendo en busca del surco

que dará vida al sembradío.

El grito de alerta del tero,

el estridente canto del hornero,

quebrando la monotonía

en la tarde serena.

El sol dibuja un abanico de luces

al colarse entre las hojas de los álamos

que bordean al camino.

El paisaje parece la entrada misma al Paraíso.

De pronto, como un rayo,

un recuerdo me invade

y truena fuerte en mi corazón;

entonces vuelvo a percibir la calidez de su mano,

a contemplar esa sonrisa hermosa

dibujada en su rostro,

el brillo de sus ojos al devolverme la mirada,

la alegría vital de compartir,

escuchar, disfrutar,

vivir,

por sobre todas las cosas.

Pero de pronto así como vino se desvaneció;

ya no está ahí.

Involuntariamente, con movimiento lento

mis ojos buscan inútilmente su mano.

¿Qué colores traerá esta primavera a mi corazón desteñido?

¿Quién dibujará sus pies junto a los míos en la arena húmeda?

¿Qué luz iluminará nuevamente mi alma oscura sumida en tanto dolor?

¿De dónde sacaré fuerzas para ahogar el grito

que la angustia profunda acerca a mi garganta?

El camino amigo no entiende de penas.

Solamente me regala su paz,

su tesoro más preciado.

Y yo guardo en él mi mejor recuerdo,

como ella lo hubiera querido…







LA PARTIDA






En la partida de ajedrez que relato, mi contrincante es la vida; los alfiles mis hijas; los caballos, mis amigos; las torres son mis pensamientos desbordados por la realidad y los peones, los proyectos de vida.




La partida está perdida.

Luego de una jugada magistral

la vida me dio un jaque doble

después de mi movida obligada

y ante mi desconcierto,

con decisión firme, mi oponente toma la dama sin inmutarse.

Impávido ante la última jugada observo el tablero

inclinado definitivamente en mi contra.

Luego ya mis movimientos no son pensados

sino resignados a las pocas posibilidades

que mi adversario concede

mientras jaquea constantemente al Rey.

Los alfiles con quienes compartimos los cuatro cuadros centrales

están desprotegidos y no encuentran espacio para desplazarse;

sus diagonales están bloqueadas por las propias piezas de color.

Los caballos no hallan un cuadro

donde puedan tapar esa amenaza constante

las torres no pueden defender al Rey porque están bloqueadas.

Observo cómo los peones en los que había basado

mi estrategia de juego

están siendo eliminados uno a uno por mi contrincante.

Presiento, impotente, que ella tiene una jugada pensada de antemano

para cualquier movimiento que realice.

En un momento de profunda angustia e impotencia

con movimiento suave empujo lentamente al Rey

dejándolo en forma oblicua sobre el tablero,

casi a punto de caer sobre él abandonando la partida.

Pero un momento de reflexión me invade

y vuelvo a dejarlo sobre el cuadro;

decido continuar

y será hasta el final,

ya no tanto como parte del juego

sino para observar sus movimientos, analizar y aprender.

Comprendí que mi oponente tiene sobre mi una superioridad increíble:

que para alcanzar la meta tengo que perder aún muchas partidas,

que es parte del juego, y que tenía que ser así.

Entiendo que aunque esta partida se pierda

todavía habrá otras que valdrá la pena jugar.

Reclino entonces mi cuerpo sobre el respaldo del asiento

y espero con atención

hasta la última jugada…




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domingo, 1 de agosto de 2010

LA NOTA DE HOY




LA HUELLA QUE DEJAMOS


Por Kayra Wicz



El pasado martes 13 de julio varias agencias de noticias publicaron que en Jerusalén fue hallado un fragmento de arcilla del siglo XIV a.C. con un texto en acadio. El director de excavaciones Eilat Mazar, de la Universidad Hebrea, dijo que el fragmento de 2 centímetros de longitud contiene una muestra de escritura cuneiforme acadia. El texto incluye las palabras "tú", "ellos" y "más tarde". Es unos 600 años anterior a la muestra de escritura más antigua conocida previamente y se remonta a cuatro siglos antes del reinado del monarca bíblico David. Mazar dijo que el fragmento proviene probablemente de una corte real y que podría haber otras muestras enterradas en la parte más antigua de Jerusalén, situada en el sector oriental.
El desciframiento de las escrituras antiguas es una de las invenciones humanas más importantes. A través del conocimiento de la historia de los pueblos, hemos podido hacernos una idea precisa de la génesis de nuestra civilización. Los sistemas de escritura se originaron hace unos cinco mil años, tras la evolución de los dibujos hacia formas logográficas, en Asia Menor. Posteriormente, la escritura fue silábica, hasta Grecia, donde ya encontramos un verdadero alfabeto.
La escritura sólo es imaginable a través de los soportes empleados para albergarla, de los materiales usados para esgrafiarla, tallarla o pintarla. Básicamente la escritura se fija en el soporte por dos procedimientos: incisión (inscribir) o trazado (escribir). En el primero, se pueden utilizar diversos procedimientos: grabados, esculpidos, incisiones, etc., a veces con marcas tan débiles que son poco más que rasguños, a veces con rebajes profundos realizados a cincel, dependiendo de la dureza de los materiales. En el segundo, también hay distintas posibilidades: el dibujo, la pintura, la caligrafía, la impresión, etc. Dentro de éste, se hace una distinción entre los manuscritos, modalidad que se realiza con instrumentos tan diversos como son los pinceles, plumas, cálamos, lápices, rotuladores y la escritura realizada con aparatos que, desde su comienzo con la invención de la imprenta, se han ido desarrollando a medida que a evolucionado la técnica y, de este modo, usa linotipias, cajas, teclados, soportes magnéticos y cuantos procedimientos se han desarrollado desde la aparición de las máquinas de escribir y los ordenadores.
Según se ha indicado, frente al estilo o el cincel y demás objetos punzantes para la incisión en la escritura característica de los soportes denominados tradicionalmente duros, los usados por los copistas para escribir sobre papiro, pergamino o papel son básicamente el pincel, tallado a bisel, que exigía grandes dotes caligráficas; el cálamo, tallado en punta, de manejo más fácil y, especialmente a partir del siglo IV D.C., la pluma de ave, ganso u oca. Estos útiles se cortaban con un cortaplumas y se afilaban, especialmente la pluma, con piedra pómez o piedra de afilar. Para guardarlos se utilizaba un estuche denominado stilarium, graphiarium, theca libraria o calamarium. Fundamentales también, para la preparación del códice y para la escritura, eran otros instrumentos como: compás, punzón, regla, lápiz de plomo, raspador y esponja.



El uso de las tintas se remonta ya al milenio tercero A.C. Se usaba el negro de humo mezclado con goma para obtener una pasta que se solidificaba y que había que diluir para escribir. Había tintas de origen vegetal, fáciles de borrar con una esponja húmeda, y, en la Edad Media, comienzan a usarse otras obtenidas de elementos metálicos. Generalmente, se componía de elementos como vidrio, nuez de agallas, vitriolo, goma, cerveza o vinagre. Las tintas eran principalmente negras, aunque la civilización primitiva china las usaba también rojas. De este color se empezaron a usar en Occidente en la Edad Media. Para obtener estos tonos se recurría a otros productos, como la púrpura, extraída de las glándulas de moluscos gasterópodos, el cinabrio, el carmín o las tierras coloreadas, además del oro o la plata.

Así el hombre fue escribiendo su historia. Elige como hacerlo, y la inscribe en la historia universal, entonces talla, pule, marca, pincela, afila, suaviza. Marca su nombre en una firma, su nombre es su marca en la vida. En el trazo está toda su historia. Presiona desde tiempos inmemorables sobre diferentes materiales, buscando grabar su personalidad, su propiedad, su pensamiento. La tinta y los elementos en los que la usamos, no son sólo desarrollos técnicos y tecnológicos, son también esfuerzos para dejar a las próximas generaciones lo mejor de nosotros.



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martes, 27 de julio de 2010

EL CUENTO DE HOY




Entre girasoles



Por Olga Starzak (*)



- Irás recordando de a poco. No hay de qué preocuparse.
La voz tranquilizadora del terapeuta parecía provenir de lejos, sin embargo era consciente de que estaba sentado muy cerca de mí. Era experto en terapias de regresión. Muy poco le había costado conseguir el estado de trance en el que me encontraba.
- No le exijas nada a tu mente –continuó. Lo que necesites saber se presentará. Tenés el total control de tus actos. Con sólo abrir los ojos volverás de inmediato a la realidad.
Estaba a gusto en ese estado. No quería regresar aún. Imágenes tan nítidas como reales me atrapaban. Podía observar cada detalle de la cabaña de mis abuelos, ubicada –tal como en un cuadro– en el medio del prado. A su alrededor margaritas, geranios y siemprevivas coloreaban el paisaje.
- Claribel, Claribel... no te alejes de la casa –escuché de repente. Era la voz de mi madre! Podía verla con claridad. Su rostro fresco, su andar esbelto, la blancura de su piel. Me estremecí. ¿Era un recuerdo o realmente una niña de apenas dos años que corría feliz entre patos, gansos y gallinas, mientras su mamá estaba pendiente de ella y la trataba con esmerada dulzura?
- ¡Es ella! ¡Puedo verla! –exclamé.
El médico, seguramente, debió observar las gruesas lágrimas que caían por mis mejillas, la sonrisa en mi rostro, el asombro ante lo inesperado... Aún así, permaneció en silencio.
Luego me contó que después de una prolongada pausa y ante la intensa emoción que me embargaba, intuyó el encuentro entre mi madre y yo. Me preguntó:
- ¿Cómo es ella, cómo la ves?
- Soy yo. Es igual a mí, ahora. Tiene el pelo un poco más largo y con ondas. Usa pantalones más holgados. Se la ve muy feliz.
- ¿Hay alguien más con ustedes?
Esta vez no le respondí. Continuaba embelesada con las imágenes que acababa de recobrar. El verde inglés del fibrocemento del techo, las rústicas tablas de madera cubriendo las paredes, las ventanas de vidrio repartido, la ancha puerta... y de pie delante de ésta, mi madre; la mujer que jamás había conocido y que un día, misteriosamente, desapareció de mi vida.
- ¿Hay otras personas en esa casa? –insistió el psiquiatra.
- Están los abuelos; son muy jóvenes. Él monta una yegua que acaba de comprar; la abuela viene cargada de choclos.
Mantuve un sostenido silencio.
Sospecho que el terapeuta dejó que se sucedieran las emociones, sin interceder. Habrá notado sorpresa en mi rostro cuando, de pronto, descubrí una gran plantación de florecidos girasoles. Muchas veces había escuchado hablar de ellos. Los guardaba en mi mente como las vivencias que se obtienen de dichos repetidos por otros, a través del tiempo.


Había decidido asistir a la consulta motivada por la imperiosa necesidad de conocer el destino de mi madre. Eran muchas las versiones relacionadas con su desaparición. Ninguna me convencía. Creía que algo insospechado debía haberle ocurrido para abandonarme.
Sabía que después de largos días de búsqueda, mi padre había optado por no prolongar más la dolorosa agonía de la incertidumbre y todos los mecanismos de rastreo cesaron. Me dejaron al cuidado de mis apenados abuelos. Mi padre era visitador médico y recorría el país en representación de algunos laboratorios. Lo veía cada vez con menos frecuencia.
Crecí en medio de la duda y el desconcierto.


Tenía veinticinco años. Me había recibido de ingeniera en genética molecular. Vivía, desde hacía unos años, con un profesor de la facultad donde había estudiado, y ahora trabajaba. Llevaba una vida apacible, sin demasiados sobresaltos. Sin embargo, sueños recurrentes embargaban mi felicidad de manera constante. En ellos siempre me abandonaban, dejándome sola e indefensa, llena de miedo y desesperanza.
La idea de tener un niño me angustiaba sobremanera. Era tiempo de investigar, de algún modo, los motivos de la ausencia repentina de mi madre.

Y allí estaba. Tendida en el confortable diván del consultorio del reconocido médico que inducía, a través de la hipnosis, a retroceder en el tiempo.
Después de varios intentos mediante métodos tradicionales de psicoanálisis y otras terapias similares había recurrido a esta alternativa con el firme propósito de descubrir algo de aquel desconocido episodio.

Mi silencio debió haberse prolongado demasiado; me sobresaltaron las palabras del médico cuándo preguntó:
- ¿Qué sucede?
No podía apartar la vista de esas flores amarillas exhibiéndose al sol, como repitiendo cada una la posición de la otra. Cientos de ellas. Eran plantas adultas y altas. En su momento serían cosechadas y sus semillas comercializadas.
- ¡Cuántos girasoles! ¡Son exuberantes! –susurré.
- ¿Qué te atrae tanto de ellos?
- No lo sé. No me dejan acercar. Dicen que puedo perderme. Soy muy pequeña.
- ¡Avanzá en el tiempo! -alentó.
Con espontaneidad, continué:
- Debo tener cinco o seis años. Ahora estoy en la ciudad, en la casa de mis abuelos. Lloran a menudo. La gente ya no pregunta por mi madre... Tampoco tienen explicaciones para mis pocos interrogantes. Me dicen que ha emprendido un largo viaje. Les pregunto por qué no me llevó. No me contestan.

El psiquiatra, percibiendo que era en aquel otro lugar donde se habían suscitado los hechos, incitó:
- Volvé al campo, a la cabaña.
Cumplo con lo pedido:
- Es una tarde otoñal. Puedo sentir el aroma de las tortas fritas recién hechas. Hay gente trabajando. Están agachados entre los girasoles; son hombres de tez oscura, curtida de tanto sol. El abuelo viajó hasta un campo vecino. La abuela está enferma, hace unos pocos días que no se levanta.
- Tu mamá, ¿dónde está tu mamá?
- Ella dirige la cosecha. Va y viene entre los cuadros de las siembras. Acomodan las flores en una especie de carros. Yo los observo desde lejos. Cargan todo en la caja de un camión. Los hombres comienzan a retirarse. Ya es tarde, el sol va escondiéndose. En la penumbra busco con la mirada a mi madre; no la veo. ¡Estoy sola, tengo miedo!
Decido ir en su búsqueda. Camino entre las hileras de las plantaciones.

De pronto las imágenes me paralizan; comienzo a transpirar, mi corazón se acelera, escucho temblar mi voz... Me tranquilizan las palabras del terapeuta:
- Claribel, estás completamente a salvo. Si lo deseas, comenzaré a contar en forma regresiva; cuando escuches el número uno, abrirás tus ojos y todo estará bien. Podrás volver a experimentar esta vivencia cuando quieras.
- En este momento escucho gritos de mi madre. Dos personas tironean de sus brazos. Pretenden despojarla de su blusa. Ella intenta escapar... se defiende. Le pegan, ¡se cansan de pegarle! Sigue ofreciendo resistencia. Pronto la veo desplomarse en el suelo. Es evidente que un golpe demasiado fuerte frenó las intenciones de los hombres. Ya no la molestan... Parecen asustados; discuten. Uno de ellos empieza a correr; el otro lo hace más ligero, hasta alcanzarlo. Lo toma de la ropa. Por un largo rato hablan acaloradamente. Puedo comprobarlo por sus exagerados ademanes.
Vuelven... vuelven al lugar donde yace, inerte, el cuerpo de mi madre.

Entre sollozos e igualmente conmovida, continué:
- Agazapada entre las plantas miro absorta la escena. Con mi voz de niña la llamo a gritos. Nadie me escucha... La arrastran, se la llevan más lejos y allí comienzan a cavar un pozo. Lo hacen con sus propias manos. Se ayudan con unas ramas...
Oh! No!... ¡La depositan allí! La tapan...
Era difícil creer lo que estaba viendo; lentamente agregué:
- Los veo perderse en el campo. Una insoportable impotencia me paraliza.

De pronto, llevándome ambas manos al rostro, dije:
- ¡Oh! ¡Dios, debo llevarle una flor!

Recuerdo que el llanto era ahora desesperado y el terapeuta comenzó, con suavidad, a ayudarme a retornar al presente.



(*) Del volumen de cuentos "En el umbral de los encuentros" - Ediciones del Cedro, 2002


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domingo, 25 de julio de 2010

EL POEMA DE HOY



COSMOS NOCTURNO

por Sandra Pien
(*)



Huyen las distancias
se hace necesario
el retiro de las voces
descanso adormecido en un hombro.
Miles de puntos se unen en un todo
la ilusión peregrina
retoma sus vuelos amplios
envuelve las líneas etéreas
antiguo talismán de añoranzas.
Son puertos cíclicos
siempre están regresando
renovando el sello
de la alianza eterna
con lo inmutable.
Afuera el desierto
respira la pausa
en la piel del camino.
Una forma de orar.



(*) Escritora y periodista de la Capital Federal, ha vivido en El Calafate (Prov. de Santa Cruz). Basada en sus vivencias patagónicas escribió una serie de poemas reunidos en su libro titulado “Rumbo Sur”.


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martes, 20 de julio de 2010

EL POEMA DE HOY




A ANTONIO MACHADO



Por Cecilia Glanzmann (*)




Ah, Machado,
el recordado Antonio Machado castellano,
tuviste tus encinas y tus chopos
tu frescor del Duero
y las colinas de embrujo castellano
como yo
mis estrellas mesetarias.

Ni castellano tú
ni patagónica yo
y tan hijo de Castilla has sido y eres
como yo lo soy de mi sur costero americano.

Pero, ¿sabes?
el viejo río conoce de secretos
y me ha dicho
que es un espejo de lunas el arraigo.
Tus chopos y encinares
se me han vuelto mis mesetas cotidianas,
tus colinas... mis bardas
tu Duero... mi Chubut amado
y el Tercero de mi Córdoba añorada,
y el aroma puro de las soledades castellanas
este mismo de mi pampa y mi meseta.
Es un espejo de lunas el arraigo


(*) Cecilia Mercedes González Porta de Glanzmann es nacida en Bell Ville, Córdoba, y reside desde hace casi cuarenta años en Trelew. Maestra y profesora de letras, desarrolló su profunda vocación docente en todos los niveles de la educación.

Ha sido Presidenta de la S.A.D.E. filial Chubut, Delegada del Fondo Nacional de las Artes, Directora de Cultura de Trelew, Co-fundadora del “Grupo Literario Encuentro de autores chubutenses” (que preside), de Talleres Literarios de la S.A:D.E. Chubut y del “Centro de Humanidades de Trelew”. Integra varias instituciones, entre ellas: el Instituto Literario y Cultural Hispánico de California, la Asociación Argentina de Lingüística, el Gorsedd de Chubut, el Instituto de Investigaciones Lingüísticas y Literarias de la Universidad Nacional de la Patagonia . Es fundadora del “Taller del Escritor” de Trelew y además obtuvo numerosos premios y distinciones.
Entre sus creaciones se cuentan “Hilanderos de la luz”,”Ecos de mi voz”, “Territorios del ser y del instante”, “Ritual de las Cigarras”, “Liberándonos”, “Juglares del silencio”, “Del arpa del caminante”, “Y aún en el bosque mágico”. También escribió literatura infantil, como “Amor de remolacha” y “Papalapabrapa”; e integró, entre otras, las siguientes antologías: “Desde las postas del viento”, “Poesía argentina de fin de siglo”, “El reverso de la palabra”, “A contraviento”, “Alba de América”, “Entre escalones y zapatos”, “Desde el Chubut”, “Summa poética”. Su obra se encuentra, además, en libros de estudio, blogs y revistas de la web; y ha sido traducida a varios idiomas.

El presente poema está incluido en su libro “Ritual de las cigarras” (Editorial Vinciguerra, Buenos Aires, 2005); y fue reproducido con autorización expresa de su autora, a quien agradecemos su gentileza. Se requiere autorización de la autora para su reproducción.



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sábado, 17 de julio de 2010

EL CUENTO DE HOY




DETRÁS DEL CRISTAL



Por María de las Mercedes (1)



Dedicado a Elsita y Jorge Robert



Las gotas resbalan formando hileras con espacios suspendidos; una tarde más de lluvia del verano que agoniza. Inútil lucha, del deseo opositor. Las noches ya traen los fríos, en las puertas del otoño.
Detrás del cristal, cansados los ojos de miradas robadas al tiempo, Juana hurgaba en el recuerdo, que se le negaba. Giró la vista; en medio de la estancia, el lugar vacío en la otra silla. Como un hueco profundo, que no emite sonido, la soledad volvió a ella. Sensación confusa entre estar y reconocerse. Acaso es lo mismo ayer que mañana. Respirar que vivir. Dormir que soñar despierto. ¿Cuándo, es cuándo? En una cadena de horas que se juntan por iguales. De rutinas obligadas, más por cristiana que nada. Por no aumentar las desgracias.
Agolpadas las lágrimas se descuajaron, rodando por entre las huellas del tiempo, hasta alcanzar las mejillas. Se había opuesto, ante los demás, a mostrar flacura. Alimento para caranchos, que acuden al festín de la última miseria.
Aquel día de marzo, su grito sorprendió la mañana, cruzando atroz el espacio. Inmerecida humillación de la vida, permitirse tanta afrenta contra tan poca resistencia. Cayó en la rodada; y cuando ya se veía perdida, en esa misma estancia, Juan salió de la nada y con golpe certero derrumbó al agresor. Mas el otro venía preparado y en rápida jugada el brillo cruzó el aire, alcanzando a Juan.
Lacerado hasta su osamenta, renunciando a la entrega, la hoja aún hundida en su pecho dando paso al chorro oscuro y espeso, alcanzó a ver la rápida huida del cobarde. Juan pensó: la hoja es la firma del hombre, la que condena segura. No le era conocido el sujeto. Fijó la mirada en la pálida imagen, que completaba la escena. Arrodillada ante él, entre el espanto y el desgarro, la virtud de Juana se iba tiñendo de rojo púrpura.
Juan estiró el brazo, tanteando la mano de ella; la apretó con fuerza, que la debilidad fue ganando. Mientras, Juana lo cubría con su cuerpo, en desigual pelea con la parca imperdonable. Más tarde supo del hombre, lo agarraron en la frontera; el cinto aún sujetaba la funda que lo calzaba.
No hubo tiempo para hijos. Recién principiaban el rancho. Lo soñaron desde siempre. Un día juntar las manos, sentir un solo latido; bajo aquel techo sin más luz que las estrellas, filtrándose bajo la ventana. Entonces, pensando en Juan; ni bien asomaba el alba, agarraba para el campo. Queriendo a Juan, en cada pieza de trigo horneada. En el monograma, que entre ilusiones e hilos fue dejando, sobre el blanco de las sábanas, sus laboriosas manos, de enamorada novia. Luego agitado palpitar de amante esposa.
El viento golpeó con fuerza la lluvia contra el ventanal, sacando de su letargo a Juana. Los ojos buscaron fuera, por entre las gotas. Su mano callosa, pasó por las hebras de plata, que el tiempo fue ganando. Tomó aliento para incorporarse, lento andar hacia la puerta. Marrón, ajado su cuero, el saco seguía colgado ahí, tan largo como sus mangas, presto a la mano de su dueño en las heladas mañanas. Lo apretó contra sí; como cada fin de tarde en que la luna se anuncia.
Pensó en Juan; aquel primer cruce de miradas en la escuelita rural. Cuando Marta, la maestra, al tomar lista dio sus nombres, Juan Evaristo, Juana Ramos. Así quedaron, Juan tres años mayor, siempre cuidando a Juana. Ella, entornando los ojos, ruborizándose. Ofreciendo el lápiz y la goma, que siempre él olvidaba. Sobrevino la sonrisa, ¿él lo hacía para ganarle una mirada? Ahondó el surco de la frente, inspiró profundo. Para ella sólo hubo un hombre, no necesito más. Él se quedó a guardar la casa y a su dueña; ahí donde está el montecito, que atrapa desde la ventana la mirada constante de Juana. Bajo el árbol, donde ella sembró rosas. Ahí también, está el banquito, que las manos de Juan lograron. Pensando en los tiempos por venir, esos de risas y planes, que gustaban compartir, al terminar la faena. Entre la madera, añosa del respaldar, se distinguen dos “J” con una “y” en medio.
Juana hoy, recordando cada momento con Juan. Necesitando más que nunca la mirada de su Juan. El calor de Juan, tantas veces añorado, entre las frías sábanas.
Regresó a su mecedora, regalo del papá a la recién casada. Entornó los párpados. Los farolitos de luz, rodeaban el patio de la paterna casa, los sones del vals, el viento primaveral y ella enlazada por Juan giraba sonriente con su ramo de rosas, aún sujeto en la mano. La puerta se abrió con el viento, Juana suspiró. La gramilla del camino hacia el banquito bajo el árbol, se agitó levemente. Había perfume de rosas, las últimas del verano.


(15-01-10)

(1) María de las Mercedes es el seudónimo de una enamorada de la Patagonia, que si bien nació en el porteño barrio de Barrancas de Belgrano y vive en el porteño barrio de Villa del Parque, también encontró su lugar en el mundo en cercanías del Lago Puelo, donde tiene sus afectos y pasa una gran parte del año. Licenciada en Psicología por profesión, y escritora por vocación; es autora de varios relatos, narrados con una visión apasionada e intimista, uno de los cuales ofrecemos hoy a nuestros lectores. Su contacto con varios cultores de la Literatura patagónica, la llevó a interesarse por esta manifestación del arte regional. Quiso dedicar esta narración a Elsita y Jorge Robert, “un romance de 51 años”.



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martes, 13 de julio de 2010

LA NOTA DE HOY




APUNTES SOBRE LA LITERATURA Y EL "BUEN GUSTO"

Por Carlos Dante Ferrari


El viejo adagio "sobre gustos no hay nada escrito" según todos sabemos, es falso. Se ha dicho muchísimo sobre el tema y se seguirá opinando por los siglos de los siglos; entre otras razones, porque los gustos también van cambiando con el curso del tiempo.
Quizás el verdadero sentido del lema consista en que a nadie le es dado "legislar" sobre la materia, y desde ese punto de vista parece ser irrefutable. ¿Quién podría ostentar la autoridad suficiente para decidir lo que ha de complacernos o desagradarnos, o pretender imponernos alguna "escala” al respecto?
En este marco general -desde ya problemático- se plantea la cuestión acerca del "buen gusto" y el "mal gusto" en materia literaria.
Se podrá decir que existen pautas más o menos objetivas para distinguir una frontera entre ambos extremos, pero convengamos en que se trata de una línea difusa, móvil, serpenteante. Ejemplo de ello son las llamadas "malas palabras". Las palabras, por cierto, no deberían calificarse como “lindas o feas”, "buenas" o "malas"; son neutras, por cuanto se limitan a designar o referir aspectos de la realidad del mundo: objetos, personas, acciones o abstracciones.
El planteo cobra relevancia, por tanto, en el plano de lo contextual. Una misma frase -por ejemplo, "es un bagre"- sonará inofensiva en el acuario donde el padre alecciona a su hijo sobre los peces, y adquirirá en cambio una cualidad agraviante si está destinada a describir a la mujer poco agraciada que le presentaron a un amigo en tren de conquista. Muchos podrán reírse por la comparación entre el pez y la señorita en cuestión, pero es casi seguro que si se tratara de nuestra hija o de nuestra hermana, no vacilaríamos en calificar la frase como un chiste de mal gusto. En ese contexto, “bagre” connotará el significado de una palabra injuriosa, aunque en sentido literal y objetivo no lo sea.


Luego están las clásicas "palabrotas" y las frases groseras, que aluden a objetos o acciones considerados desagradables u ofensivos. Es innegable que a veces un texto reclama su utilización en miras al realismo del relato. Si se trata de reproducir el insulto de un marginal, por caso, sería inverosímil reemplazar los epítetos de uso habitual por palabras que no pertenecen a su jerga, sólo en procura de “suavizarlas” o de no incomodar a algún lector escrupuloso. De todos modos hay un consenso más o menos amplio acerca de que el uso indiscriminado o inoportuno de estos términos se inscribe en el territorio del "mal gusto". Y cuando se emplean en forma metódica como recurso literario, nos hallamos frente a lo que suele calificarse como literatura "cursi" o "ramplona".
Por otra parte, no pocos sostienen que las verdaderas malas palabras, si las hay, son las que aluden a acciones o hechos nefastos o inaceptables: tortura, violación, crimen, y tantas otras. Suena ingenioso, aunque es sólo un artificio retórico.
En realidad, el parámetro es un asunto netamente personal, subjetivo. Pero esto no significa que la cuestión acerca del "buen" o "mal" gusto sea un problema inexistente. Por el contrario, como lectores, es probable que todos hayamos experimentado deleite o malestar ante ciertos textos.
No olvidemos que las palabras, como se dijo, son símbolos representativos de la realidad. Cuando leemos la frase: "Amanecía lloviznando sobre la ciudad", cada uno recrea mentalmente un amanecer, una lluvia, una ciudad, y en ese instante experimentamos un impacto emocional, que será placentero o desagradable según el modo en que se conecte con nuestras vivencias, con nuestra "memoria emotiva". Es decir que en el plano literario, el buen o mal gusto se manifiesta como una impresión -positiva o negativa- provocada por la lectura de un texto.


Hemos dicho que un aspecto relacionado con este tema es el contexto en el que se expresan las palabras. Otros puntos a considerar son los referidos al plano, al enfoque y al grado de detalle.
Estos elementos se presentan con nitidez en temas relacionados con el pudor, con la invasión a la intimidad o con los prejuicios personales. Un caso típico es el relato de una escena amorosa o una relación sexual. El plano (desde dónde lo miramos), el enfoque (cómo lo miramos) y el grado de detalle (con qué precisión lo describimos) cobran aquí la misma repercusión que en las artes visuales (cine, dibujo, pintura). Según el tratamiento que le demos a estos recursos, el texto podrá ser romántico, erótico o puramente pornográfico.
Grandes pasajes de la literatura describen el amor y el sexo de un modo magistral, con exquisita elección de las palabras, el contexto, el enfoque y el detalle. Al leerlos nos parece estar viviendo la escena en todo su realismo y, al propio tiempo, no hay nada que ofenda el decoro ni perturbe la sensibilidad. Han sido redactados por escritores verdaderamente geniales, que supieron elegir el momento, la extensión y el plano adecuados. Que además no recurrieron a palabras ni detalles demasiado explícitos e innecesarios, porque nunca dejaron de tener presente que la literatura, como expresión artística, reclama siempre un criterio estético.
A la par, abundan hoy los textos que consideran indispensable describir detalles escabrosos, primeros planos, sensaciones sonoras, visuales y olfativas de dudoso encanto, casi siempre prescindibles. Lo lamentable es que esos brulotes verbales aparecen en el texto de manera inesperada y suelen tomar desprevenido al lector de buena fe.
Por fortuna hay libertad para escribir o leer lo que a uno le venga en gana. Eso sí: más allá de cualquier opinión, hay un lector que es el juez único e inapelable para decidir si un texto es de buen o mal gusto. Ese lector siempre será… usted mismo.


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sábado, 10 de julio de 2010

LA NOTA DE HOY



El fútbol como objeto de creación literaria



Por Olga Starzak



Durante mucho tiempo defendí, con convicción, el valor de las actividades intelectuales por sobre las deportivas. Tal vez por mi inclinación a las primeras y mi poca destreza, desde temprana edad, para las últimas. Pero la madurez conlleva a una reconsideración de criterios y así descubrí que deseaba comprender (al menos por curiosidad o por no quedar afuera de un sentimiento intensamente compartido por tantos) qué circunstancias tan fuertes hacen que una práctica como el fútbol concentre la atención de masas; o lo que es mucho más sorprendente: que un Mundial polarice no solo a quienes con solemne fidelidad disfrutan de ese juego domingo a domingo, sino a muchísimos otros millones que se suman a la fiesta de este deporte, cada cuatro años.
Y sin, pensarlo, me dejé absorber.
Creo que la respuesta llegó fácilmente como se les ofrecería a cualquiera que tuviera esa inquietud: los seres humanos tenemos una intrínseca necesidad de unión y sentido de pertenencia, y en el fútbol se hace presente, sin más, a través de los colores del símbolo patrio que nos representan en la faz de la Tierra.
Sin embargo no es a lo que quiero referirme en esta reflexión. Como mujer que dedica gran parte de sus días a producir textos literarios me conmueve comprobar cuántos escritores, críticos, cronistas e inclusive ensayistas se han empecinado, a través de los tiempos, en encontrar una relación o similitudes entre el fútbol y la literatura; en lograr que actividades tan disímiles encuentren puntos de contacto.
Es innegable que ambos tópicos se constituyen en pasiones para muchos; de otra manera no hubiesen invertido sus tiempos en el tema, escritores de la talla de Roberto Arlt, Pablo Neruda, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa, Javier Marias, Héctor Gagliardi, entre otros.
Por otra parte, con literatos y además amantes fervorosos del fútbol como Albert Camus, Ezequiel Martínez Estrada, Juan Villoro, Mempo Giardinelli, Juan Sasturain, Eduardo Sacheri… queda inválida aquella postura sostenida por algunos intelectuales, al interpretar que manifestaciones culturales con las particularidades de este ejercicio armonizaban, por su carácter popular y masivo, con determinados estratos sociales. O al afirmar que quienes sucumben frente a un partido, eluden los libros; o por el contrario, que los apasionados a estos subestiman al deporte del balón.
No creo que sea el de la pelota y el libro un amor que pugne por ser aceptado; sí sostengo que los escritores encuentran, en esta competencia, material insoslayable para el relato literario. No más saber de los innumerables poemas, cuentos, crónicas, ensayos, biografías y hasta diccionarios que existen sobre el tema.
También es interesante observar cómo, consecuencia de los hechos del Mundial, más precisamente el que este año tiene lugar en la lejana Sudáfrica, los creadores, diseñadores o hacedores de propagandas, medios gráficos, radiales y televisivos han potenciado su imaginación incluyendo -de manera sorprendente, fantástica y estética- productos (sean comerciales, de salud, sociales o ambientales) enarbolados por la pelota de fútbol, sus jugadores, técnicos, árbitros o hinchas. O cómo la emoción y la pasión, la alegría y la frustración, el dolor o el mismo gol, exacerba la sensibilidad de locutores, periodistas, críticos y deportistas que -sin la técnica, destreza o talento del escritor- por pura pasión, han pronunciado los relatos futbolísticos más líricos, las frases literarias más bellas, las descripciones más amorosas y los sentimientos más profundos.
La pasión enardece, exalta… a veces parece sofocarse pero solo para volver a tomar bríos, y elevar el impulso al más alto grado del éxtasis. Eso produce una obra literaria en el lector. Y también, convengamos, el fútbol en sus hinchas.
¿Será por eso que con tanto ímpetu se trata de relacionarlo con la literatura?
En todo caso el punto de unión es indiscutible: la literatura abarca todos y cada uno de los temas de la vida; y el fútbol forma parte de ellos.



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lunes, 5 de julio de 2010

LA NOTA DE HOY




LITERATURA SOBRE LA COLONIA


Por Jorge Eduardo Lenard VIVES



En julio del año pasado, se publicó en este blog un artículo referido a la literatura “de” la Colonia Galesa del Chubut; es decir, referido a la creación literaria generada por los mismos colonos. En esta nueva nota se pretende hablar de la literatura “sobre” la Colonia; en otras palabras, de las obras cuyos argumentos se basan en las vicisitudes de los primeros pobladores galeses. Dado que es numeroso el material escrito al respecto, en especial en los géneros ensayístico y poético, y atento a la brevedad del espacio disponible (y del precioso tiempo de los amables lectores); se analizará sólo la narrativa de ficción que recuerda la gesta colonizadora.
Al principio, el tema inspiró a los autores locales; luego pasó a ser objeto de la atención de escritores de nivel nacional. También se debe resaltar que las primeras menciones a la Colonia fueron en el género breve, el cuento; y más tarde se introdujo en la novela. Otro aspecto destacable, es que esta ficción tiene una fuerte apoyatura en la Historia; al punto que, muchas veces, cabalga una sobre la otra, casi indiferenciadas.
Entre los cuentistas que dedicaron algunas de sus creaciones a la Colonia, puede encontrarse a Virgilio Zampini, con su narración “Las Tijeras”; a Oscar Camilo Vives, en “Andad y reconoced la tierra” y “La inundación”; a Virgilio González, con relatos, por ejemplo, como “Etta”, que recuerda la visita de la pandilla de Butch Cassidy al Valle; y a Gwen Adeline Griffiths de Vives, cuyo cuento “Tiempo de verano de mi niñez” fue publicado por el Consejo Federal de Inversiones en el volumen “Cuentos de nuestra tierra”, de 1982. Todos esos autores pulsan un tono costumbrista e intimista. También Fernando Nelson se refiere a la Colonia, aunque con matiz fantástico; como sucede en el cuento “El espectro de las gemelas”.
En el género novelístico, la obra por antonomasia sobre la colonización es “El riflero de Ffos Halen”, de Carlos Ferrari. Finalista en el concurso del diario La Nación del año 2001, fue traducida al galés y publicada en Gran Bretaña; siendo elegida la “novela del mes” en el país de Gales, en julio del 2004. Además de lo ameno y cautivante de su relato, “El riflero” logra mostrar el espíritu y la esencia de la Colonia; que se deja entrever en las palabras de Gladys, la narradora:

“Hablo, por ejemplo, de aquellos colonos que dotados apenas de una rústica pala, sumaron sus brazos a muchos otro para abrir los canales de riego o banquear las márgenes del río cada vez que estaba a punto de desbordar. Pienso también en tantas mujeres ignoradas, las que parían a sus hijos en las fría penumbra de las casas de adobe, improvisaban comidas a partir de casi nada o rezaban en silencio por un hijo enfermo...”

Y luego, al sintetizar sus experiencias, casi al final de la novela:

“Hoy es un hermoso día de octubre. No se si volveré a ver una primavera. (...) Pero eso no me angustia. He vivido ya lo suficiente como para poder decir que fui testigo de una epopeya mansa y silenciosa, sin claudicaciones. Puedo decir también que el deseo de Randall está cumplido. Las tradiciones galesas se siguen cultivando con todo amor en esta tierra”.

Otro escritor que refleja la vida de la Colonia es Roy Centeno Humphreys, en novelas como “El Evangelio y don Eduardo”, “Go Patagonia!, dijo Edwin” y “La sobrina”. Esta última obra muestra la llegada al valle de colonos e inmigrantes años después del primer desembarco, que se sumaron a quienes ya se encontraban aquí; y su proceso de enraizarse a la tierra. En las últimas páginas del libro, la protagonista ensaya un resumen de su vida que pinta estas circunstancias:

“Wynneth sentía tras ella muchos ciclos cumplidos. Los olvidados juegos con su hermano Rhydderich en la chacra de Rhyl, el duro momento de su separación de la familia, la fea experiencia de vivir con su tía Evelyn y los años de soledad entre las casas de los Williams y los Morgan hasta que había aparecido el bwgam trayéndolo al galope a un tal John Perkins. Recordaba la funcionalidad fantástica de su querida Tehue, la tablita de Wendolyn, que fue después la tablita de Bill Pata Larga y que antes de un par de años sería también la tablita de alguien que podría llamarse Giuseppino Perkins Galante”.

Recientemente, la temática sobre la Colonia rebasó el ámbito valletano y es objeto de la atención de escritores de diversos puntos del país. Algunos son artistas regionales: tal es el caso del comodorense Ángel Uranga, quien publicó, y presentó recientemente en Gaiman, su “Diario apócrifo de un riflero”. Otros son “del norte”, como Susana Biset, cordobesa, autora de “Almas desnudas”; y Mónica Soave, la creadora de “El botón de nácar”, de Buenos Aires.
La Colonia ofrece abundante material para el narrador de ficción. La variedad de personajes que pueblan su entorno, la existencia de episodios reales con ribetes casi fabulosos, la problemática psicológica del arraigo y el desarraigo, las manifestaciones culturales y el fervor espiritual, son elementos que, bien combinados por un escritor que les agregue el condimento de su arte, pueden dar lugar a perdurables expresiones literarias.


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miércoles, 30 de junio de 2010

EL CUENTO DE HOY


La presidiaria (*)


Por Olga Starzak




Mientras me trasladaban desde la seccional hasta el servicio penitenciario donde quedaría alojada, mi mente estaba en blanco, imposibilitada del más mínimo pensamiento.
El tiempo transcurrido me pareció eterno, aunque sabía que se trataba de unos pocos kilómetros. Si hubiese podido compararlo con el que me tocaría vivir poco más tarde, seguramente lo habría sentido diferente, tal vez hasta lo hubiese disfrutado.
Al ingresar al penal me llevaron a una oficina donde dos policías comenzaron con los trámites de rigor. Fotos de frente y perfil, registro de huellas dactilares, datos y fechas que me esforzaba en recordar. Vaciaron mi bolso, se apropiaron de algunas pertenencias y me lo devolvieron revuelto. Después me ordenaron que me sacara la ropa.
-Toda –dijo la oficial. Y apurate que no tengo tanto tiempo.
Lentamente cumplí con el mandato
-Subí los brazos. Date vuelta. Agachate; agachate más.
¡Por Dios!, ¿qué esperaba encontrar esta mujer? Con el trasero en su cara me sentí ridícula y avergonzada. Pero allí no terminaba la requisa.
-Date vuelta, acostate ahí –dijo haciendo un gesto que señalaba el piso. -Abrí las piernas. Más, abrítela con los dedos. Ustedes se conocen todas las artimañas para esconder la droga.
No era habitual en mí sentir el impulso de golpear a alguien, pero en esta oportunidad tuve que hacer enormes esfuerzos para no hacerlo. Esa infeliz no tenía derecho a humillarme así. Pronto comprendí que esa actitud era de las más benévolas que me tocaría vivir. Para entonces no tenía idea de las rutinas de las cárceles y aun, habiendo escuchado algunas experiencias, ilusamente siempre pensé que exageraban.
Me vestí con premura y pregunté si podía fumar. Me contestó que sí.
-Seguime –agregó.
Atravesamos un largo pasillo y no sé cuantas puertas de rejas. Se cerraba una y poco después aparecía otra; y otra. Fueron agolpándose mil sensaciones. Impotencia y bronca. Rencor y odio. Pero sobre todo, el sabor amargo del engaño.
Me habían hecho pasar droga, y de las pesadas; me habían asegurado que estaba todo preparado, que los “canas” lo sabían, que no harían ningún control. Y lo hice sin medir las consecuencias.
Por primera vez estaba con un tipo que se preocupaba por mí, había logrado salir de la casa de mi vieja donde el hambre y la miseria se habían instalado. Cuando descubrí a qué se dedicaba el hombre del que estaba enamorada, era tarde. Ya era parte de ellos. Cuando quise separarme me hicieron conocer las reglas del juego. Eran demasiado riesgosas. Me quedé por mi vieja. Cuando me pidieron el favor, mi hombre juró que sería la única vez. Y le creí.

Me asignaron una celda estrecha, de paredes despintadas y piso de cemento. La compartiría con dos mujeres. La oficial, una muchacha con el rostro enmarcado por la dureza, se paró delante de la puerta y me dijo:
-Ya conocés las reglas. Si las cumplís, mejor para vos. ¡Che! -le dijo a una de las reclusas tirada sobre la lúgubre cama, también de cemento. -Poné a la nueva al tanto de las costumbres y no te hagás la loca. La chica no tiene experiencia.
-¡Andá a cagar! –le contestó sin mirarla. -A mí no me vas a decir lo que tengo que hacer.
La Pocha era una mujer de poco menos de treinta años. Pronto supe que era la líder del pabellón; con ella nadie se metía. Yo había tenido el privilegio -según se decía- de compartir el calabozo con ella, lo que me convertía en su protegida; siempre que estuviera a su disposición y no me metiera con la otra mujer, una chica de poco más de veinte años.
Tiré el bolso sobre la cama y me senté. Un frío extraño se apoderó de todo mi cuerpo; me temblaban las piernas y el corazón latía con fuerza.
- Bienvenida, nena. ¿Qué te trajo por acá? No, no digas nada… a vos te cagaron. La cara te vende; seguro que te la hicieron comer. Son los hombres; son unos hijos de puta, ya vas a aprender. ¡Bah!, si salís. Si te agarraron con la pesada vas a pasar acá un buen rato. ¿Tenés cigarrillos?

No podía articular ni una sola palabra, mi lengua parecía haberse paralizado. Intenté abrir el bolso para pasarle lo pedido pero no podía correr el cierre. Estaba conmocionada; no quería mirar lo que ocurría alrededor. No quería darme cuenta del encierro al que acababan de someterme.
-¿Qué te pasa, nena?, ¿estás muda? Ya te vas a adaptar.
La otra me alertó.
-La Pocha te hizo una pregunta. Más vale que le contestés. A la Pocha nadie la deja con la palabra en la boca; ya te vas a enterar.
-Dejala Dina, no te das cuenta del cagazo que tiene. Dejala en paz.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que saqué los cigarrillos y se los alcancé.
Poco a poco me contaron las costumbres de la cárcel y las estrategias para pasarla mejor. Por ser nueva me tocaría limpiar el cuarto y lavarle la ropa a ambas por un mes. Si recibía visitas, debía darles la mitad de todo lo que me traían. Y debía procurar conseguir porros.
-Imposible –dije en un hilo de voz. ¿Quién me los va a traer? José no va a aparecer por aquí; y mi vieja y mi hermana están lejos de esas cosas.
-Bueno, ya veremos cómo arreglamos. Por ahora que sean puchos y chocolates… y revistas.

No quería pensar en quién me visitaría. Tal vez ni siquiera lo hicieran. En casa la pobreza mataba pero eran honestos. Para mi madre esto era una vergüenza y mi hermana no me lo perdonaría. En realidad prefería que no vinieran.

Pronto fui conociendo los hábitos carcelarios que -suponía- me permitirían sobrevivir. Me apropié del lenguaje, de los códigos y los lunfardos. Al lado de la mayoría me sentía diferente. Yo había terminado la escuela secundaria y hasta había empezado en la facultad, pero cuando murió el viejo las cosas cambiaron. Mi madre, que nunca había trabajado, tuvo que salir a planchar ropa y mi hermana cuidaba a un pibe en el barrio. Con lo que ganaban las dos no alcanzaba más que para comer. Desde que vivía con José les llevaba buena plata por mes, pero ahora… ahora sí que la había embarrado.
En los recreos y en los espacios comunes con las otras reclusas trataba de no hablar. Era severamente juzgada por ello. Me insultaban y maltrataban. Creían que lo hacía por desprecio, pero en realidad no era otra cosa que miedo. Una gorda que estaba presa por doble homicidio me miraba demasiado. Se comentaba que me la tenía jurada. De algún modo se iba a vengar de que fuera la protegida de La Pocha.
Con las chicas, en la celda, estaba más tranquila. Si bien ellas eran las que ponían las condiciones, yo las aceptaba a cambio de no sentirme tan sola.

Es brava la soledad ahí adentro. Es la soledad impuesta desde las bajas paredes del recinto que se ha convertido en morada, del techo mohoso y de las frazadas despidiendo un hedor ácido y penetrante. Es la soledad del abandono de los afectos; la soledad del alma arrepentida e impotente.
El tiempo se transforma durante el encierro. Es interminable y doloroso. Mientras afuera se vive apurado queriendo detener la vida, allí se sueña con que se aceleren las agujas del reloj; y parecen detenidas. A veces no se sabe si se está vivo. En las eternas noches de insomnio se lucha por imaginar el calor de los rayos del sol sobre la piel, o una caminata con los pies descalzos en la tierra recién llovida. Se recuerda la luz que se mete entre las rendijas de alguna ventana; y se desea una mano que acaricie el cuerpo sediento de afecto.


La Pocha me enseñó cómo parecer enferma para que me trasladen, cada tanto, al servicio médico. Le interesaba que me llevaran para conseguir psicofármacos.
Allí veía a otra gente, olía otros olores que, aunque igualmente inmundos, eran otros. Dormía entre sábanas menos gastadas y comía algo diferente. A mis compañeras ya no les prestaban atención; lo habían intentado demasiadas veces. Con sólo acusar desvaríos, intensos dolores de cabeza o crisis nerviosas, los daban sin restricciones. Les convenía. Te constituías en un problema menos; no comías y te pasabas la mayor parte del día durmiendo. Las pastillas circulaban en forma habitual en todos los pabellones. También había marihuana. Yo nunca había consumido. Lo hice por primera vez allí. Ayudaba a soportar el encierro, la marginación y las constantes agresiones físicas y psicológicas que propinaban algunas celadoras.

Aquella mañana fueron tres las que entraron. Dieron vuelta nuestros bolsos y desarmaron las almohadas. Era una requisa de las habituales que tenía el objetivo de humillarnos, de hacernos reaccionar. Mezclaban nuestros alimentos, el arroz con el azúcar, la polenta con los fideos. Eran tácticas que potenciaban nuestro odio y favorecían los deseos de venganza. Era también una manera de tener motivos para aislarnos en celdas de castigo.
Cuando levantaron mi colchón encontraron un paquete envuelto en diario; dijeron que contenía un pequeño cuchillo de hoja muy fina. Fui la primera sorprendida. Grité mil veces que no me pertenecía. Mientras me pateaban me exigían que me callara. La Pocha intervino dándole fuertes trompadas a una de las celadoras, pero entre las otras dos se la llevaron. A mí, aún tirada en el piso, me levantaron de los pelos y me arrastraron por un angosto pasillo. Mientras me quejaba, desafiaban:
-Te hubieras acordado antes, boluda. Ahora es tarde. Te vas a comer diez días ahí adentro.
El lugar era todo lo amplio como para que mi cuerpo, estirado en el piso, no rozara las paredes. Era fría y húmeda. Me dieron una manta y cerraron la puerta. Cuando mis ojos se acostumbraron a esa oscuridad pude comprobar que todo lo que allí había era un pozo, un pozo donde vomitar y hacer las necesidades fisiológicas.
Una rendija que no tendría más de quince centímetros dejaba pasar un halo de luz. No sé cuántas horas mis ojos se detuvieron en ella; cuando se encandilaron y dolieron, me animé a cerrarlos.
Los tres primeros días no me dieron de comer, sólo agua una vez, por la mañana. Después, por un pasador, tiraban un sucio plato con la ración diaria de comida. Y nada más.
Nada más.
El silencio se había apoderado de mi existencia. El silencio es el mayor poder del castigo. Asegura un sentimiento de muerte. Estás allí pero no estás. Estás enterrada en una tumba para sobrevivientes. El silencio total es el castigo que mayor poder ejerce sobre la mente. Y ellos lo saben.
Alguna vez se acercaba la celadora y detrás de la puerta me sacaba del sopor; preguntaba si estaba viva. Escuchar esa voz era un regalo del cielo; al menos sabía que no se habían olvidado de mí. La única compañía eran unas cuantas cucarachas que husmeaban entre mis piernas cuando el sueño me vencía, atraídas -seguramente- por el olor de mis intimidades.
Me esforcé en dejarme morir; supliqué que mi corazón se detuviera. Creí que me volvería loca.
Y no tengo más recuerdos que una puerta que, quién sabe cuándo, se abrió; una luz que dañaba mis ojos y de la sombra de una mujer que intentó pararme, mientras otra la ayudaba.
-Con esta nos pasamos, vieja.
Fueron las últimas palabras que escuché.

Estoy acostada en una cama; oigo voces difusas. Observo sondas que salen de mi boca, de la nariz, del brazo… Intento quejarme del dolor que perfora mi pecho; y no tengo fuerzas para emitir sonidos. Mi cuerpo arde debajo de las mantas. Todo sucede en cámara lenta. No puedo respirar.
A mi lado, sentada, creo ver a La Pocha.
¿Me parece, o seca lágrimas de sus ojos?



(*) De “Estigmas” - Cuentos no tan cuentos – Editorial Vinciguerra, Buenos Aires, 2007.


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sábado, 26 de junio de 2010

EL CUENTO DE HOY






UNA TIERRA ANCHA Y BUENA



Por Oscar Camilo Vives*




Recostada en el marco de la puerta, contemplaba como la mañana se tiende sobre el valle; clara, transparente, inmensa, cincela precisa todas las cosas otorgándoles una insólita apariencia de inmediatez. Apunta a lo lejos destellante el dorso henchido del río Chubut; serpentea acariciando sensualmente los ribazos húmedos donde en apretada procesión verdecen algunos sauces; humillado el lacio ramaje, se copian en trémulas sombras sobre el espejo de las aguas enfangadas. Detrás de la casa unas jarillas animosas trepan serenas el fácil recuesto de la loma; más allá desbordando la muralla de colinas ensancha la meseta en todas direcciones su quietud primordial, inerte, cuajada en un letargo de milenios. Por único límite los inasibles confines azules del horizonte. Una paz densa, eterna fluye ascendente desde la profunda soledad sin tiempo del desierto; sobre este silencio vasto el cielo vuélcase en oleadas de azul y en el suelo pedregoso el sol se hace un millón de trozos de luz. En la hondonada contigua al río se distingue la figura de su marido; camina lentamente cabizbajo; escudriña el suelo negro y terronoso; la herramienta que empuña tintinea al chocar con las piedras y chispean los metales encendidos al sol.
Se siente cansada; mira abstraída esa tierra extraña, salvaje, sedienta, tan diferente del mundo doméstico, lejano ahora, de donde viene. Una sucesión de imágenes escapando al tiempo encadénase en su memoria; reflejan parcelas del pasado no muy lejano para ella. El caserío del pueblo natal arrebatándose, roto, disperso, por los faldeos de los cerros. Las praderas de verde alfombra donde acostumbraba a jugar de niña con sus hermanos. Corretear de la tribu infantil por las callejuelas diminutas que ascendían quebrándose en las pendientes. Vagabundeos detrás de las cercas de piedras. Frenéticos delirios de pájaros lanzados a volar sobre la frescura húmeda de los altozanos. Todos parecían muy felices en aquella época y ella también lo era. Los hombres de la aldea y entre ellos el padre y los hermanos mayores trabajaban en las minas de carbón.


Precisamente fue más tarde cuando las cosas cambiaron lentamente; el trabajo y por consiguiente el dinero escaseó y las discusiones agriaron la vida familiar. Por lo que supo adivinar los propietarios clausuraban las minas y la miseria asomó a muchos hogares. Entonces murió su madre y ella terminó casándose con Aaron. Ahora ambos estaban en este país lejano a muchas millas de su casa. Mitines y asambleas agitaron la aldea en los últimos meses, más al fin partieron. En ese momento supo repentinamente que no vería más el hogar. A su marido no pareció importarle; era impetuoso, decidido, aventurero; iniciarían los dos una nueva vida sin ser oprimidos en su religión y su lenguaje. Eso decía Aaron. A ella le costó muchas lágrimas partir.

Finalmente un día un centenar y medio embarcó. Dejaban atrás ataduras antiguas. Partían para conseguir algo y olvidar mucho; buscando fundar un mundo intacto viajaron a esta remota orilla del planeta en pos de sosiego, paz y tranquilidad. Presurosos construyeron sus casas; adobes crudos, madera y techo de ramas argamasadas con barro; luego las llenaron de mesas y sillas y vajillas y porcelanas; pusieron anaqueles en las paredes y los llenaron de libros; fabricaron tiestos y tuvieron flores; cubrieron con cristales los huecos vacíos de las ventanas y después encendieron luces detrás de los cristales.

Pronto retornaron las preocupaciones. Las cosechas fracasaban por la sequedad del cielo. En su distante país no sabían de esto y ahora la cruel realidad ennegreció el porvenir. Advertía del envejecimiento de las esperanzas y soportó en el alma las borrascas de considerar la incertidumbre del futuro. Lanzó un largo suspiro. Entró en la casa. ¡El nuevo hogar!. Echó una mirada a la habitación. Suelo de tierra apisonada, paredes enjalbegadas. Del techo de baja altura colgaba un candil; al fondo una puerta abre al dormitorio; en medio una mesa de pino desnudo y varias sillas; tiembla y gime la olla de fondo tiznado que cuelga sobre el fogón. Enroscado en un rincón duerme el perro.

Durante el almuerzo el marido permaneció callado, ella lo miraba a hurtadillas, interrogante, dudando sin atreverse a preguntar. El hombre acaricia con los dedos el vaso antes de tomar un sorbo y luego pensativo tabalea sobre la mesa. Finalmente, titubeando, con voz de tono bajo, pesaroso: “veremos, muchos quieren emigrara a otras tierras... yo no sé qué hacer”. Luego agrega: “nos reuniremos en la capilla para decidir”. Hace un silencio cargado de dudas. Es un hombre flaco, de cara angulosa; el rojo de las guedejas rizosas destaca la palidez del rostro pecoso; viste una camisa sudada y unos pantalones de color canelo; en los pies calza botines con abotonadura. Vuelve la mirada. Afuera el sol cálido, luminoso, llameante envuelve el paisaje decorándolo con un color caliente y el agrio adobo del abrasado jarillal reemplaza el olor fresco de la mañana. Los rayos solares metiéndose por la ventana cuadriculan el piso de la habitación.
Luego, por la puerta abierta ella contempló cómo su marido endomingado echó por el sendero lleno de polvo que costea el salitral y lo lleva a la casa del vecino; bracea esforzándose en apartar las ramas de los matorrales desbordantes sobre el camino. Mientras lo mira alejar crece su inquietud. ¿Es esta la decisión apropiada? Por lo menos en este país poseían un pedazo de suelo. Aunque el trabajo era duro y la vida difícil por vez primera sentía en su interior una sensación de libertad. No emigraría otra vez. Comenzaba a querer la tierra salvaje, fuerte, terrible. Nueva y virgen.

Bajo la tarde que cae tibia la luz solar se cierne sobre el valle revistiéndolo de una encalmada calidez. En un súbito impulso toma la pala y sale resuelta. El suelo arenoso de la orilla del río cede fácilmente al mordisco del afilado acero y poco a poco consigue excavar una somera zanja hasta el borde del terreno sembrado. Y entonces, de pronto, el agua, liberada, corre viva, ancha, rueda palpitante por la pendiente; se divide en arroyuelos alegres que arremolinados reptan juguetones; con inaudibles siseos apaga la sed de los terrones mudándoles en pellas de lodo; indecisa bulle y tiembla ante los obstáculos y luego venciéndolos prorrumpe en minúsculas avenidas; al final de su turbulenta carrera se esparce. Ahora, abierta, lenta, duérmese en delgada lámina espejando el sol y el cielo y las nubes; crece, se espesa y cubre tierna y protectora los brotes mustios. La mujer permanece callada ante el milagro que sus manos han generado. Ahora todo estará bien. Esta será la tierra buena y ancha de la promesa y de sus esperanzas. Las nubes altas, gruesas, apelotonadas navegan señoriales hacia el poniente y luego remansadas en algún recodo del firmamento se apiñan aborrascando el horizonte lineal; las últimas luces de la tarde ya cansada agrisan su rostro. Oye cercano el rumor de voces; reconoce el conversar caudaloso del vecino. Discute en tono alto, encendido, polémico.


Desde alguna parte llega el canto agudo de una mujer y el reír gozoso de un niño. A lo lejos un primer perro inicia el coro de ladridos. Crece la tiniebla. El valle se duerme lentamente.

Nota: Seleccionado en el Certamen Literario Provincial de la Provincia de Chubut, año 1982




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