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lunes, 28 de febrero de 2011

LA NOTA DE HOY




TERROR BLANCO



Por Jorge Eduardo Lenard Vives




A través de la Península Antártica, la Patagonia se prolonga en el Continente Blanco. Por ello, en las discusiones referidas al alcance de la Literatura Patagónica, también se consideran, a veces, las obras que versan sobre las regiones colindantes al Polo Sur. Pero la bibliografía de esa zona es enorme. Su tratamiento abarcaría muchas páginas de “Literasur”; empresa difícil teniendo en cuenta que el estudio de las letras del sector continental, de por sí, toma su tiempo.
Sin embargo, hay un género que es interesante analizar en relación a esos vastos territorios congelados: el de terror; que encuentra en aquel lugar espacio propicio para sus fantasías. Existen dos novelas básicas al respecto; “Las aventuras de Arthur Gordon Pym”, de Edgard Allan Poe, y “En las montañas de la locura”, de Howard Phillips Lovecraft.
El viaje del que participa el marino Pym, ingresa a la Antártida en las vecindades de la Península; donde vive aventuras que lo van aproximando al punto más austral del globo y, en sus cercanías, a un desenlace inquietante: “Unas aves gigantescas de color blanco muy pálido vuelan incesantemente, saliendo de detrás de aquel velo, y su grito es el eterno ¡Tekeli – li! ¡Tekeli – li! al huir de nosotros... Entonces nos precipitamos hacia la catarata, donde se abre un abismo para recibirnos. Pero de pronto se alza ante nosotros, envuelta en un blanco sudario, una figura humana, mucho mayor de proporciones que ningún ser terrenal. Y el matiz de la piel de la figura es de la perfecta blancura de la nieve...”
Retomando esa temática, Lovecraft describe la expedición antártica del profesor Frank Pabodie, realizada también en tierras contiguas a la Península: “Planeábamos cubrir una zona tan extensa como lo permitiera una estación antártica, operando principalmente en la cadena de montañas y en las llanuras situadas al sur de Ross Sea, regiones exploradas más o menos por Shackleton, Amundsen, Scott y Byrd”. En su final, se liga con los horrores que narra Poe: “Oímos de nuevo el grito burlón... ¡Tekeli – li! ¡Tekeli – li!, y finalmente recordamos que los demoníacos Shoggoths, careciendo de lenguaje propio, se habían visto obligados a imitar la voz de sus amos”.
Otro cuento ambientado en la Antártida y relacionado con el ciclo de los “mitos de Cthulhu”, es “En la tienda de Amundsen”, de John Martín Leahy; con epicentro en la carpa dejada como testimonio por el explorador noruego Roald Amundsen al alcanzar el extremo más meridional del mundo y encontrada luego por Robert Scott y sus desdichados compañeros de expedición. Se publicó por primera vez en la revista “Weird Tales”, en 1928. Por su lado, John W. Campbell fantasea sobre una nave extraterrestre, con su extraño y aterrador tripulante, extraída del hielo en un sitio aledaño a los 90 grados de latitud sur. El cuento, “Visitante del espacio”, fue escrito en 1948; y se llevó al cine con el nombre de “The thing from outer space” (en la Argentina: “El enigma de otro mundo”). En 1968, René Barjavel escribió “La noche de los tiempos”, novela que trata de una civilización desaparecida eones atrás y sumergida en los hielos australes. La obra no tiene un tono ominoso, sino el conocido estilo casi filosófico del autor.
“Las brumas del Terror” es un relato de Liborio Justo, del volumen “La tierra maldita”, que transcurre en la Antártida. Pese a su prometedor título, no pertenece al género. Su argumento es “de aventuras”; el “Terror” se refiere al monte cuyo nombre fue impuesto por la expedición de James Ross, en honor a uno de sus buques. En realidad, es un volcán; y en la narración su actividad genera nieblas... y una grata sorpresa para el protagonista. Tampoco es del género, pese a su título, el film “Terror en la Antártida”, de Dominic Sena, estrenado hace un tiempo. Se trata de un mero policial de acción.
Es cierto que, en la actualidad, ese continente “al sur de todo” dejó de ser lo que era. Poblado por bases de numerosos países, recorrido por satélites que fotografían detalladamente su superficie, visitado por el turismo, ha perdido gran parte de su misterioso encanto. Empero, en las largas noches del invierno antártico, cuando el viento blanco impide a los seres humanos asomarse a la intemperie, nadie sabe qué seres innominados, con formas ajenas a este universo, podrían caminar por las estepas nevadas; persiguiendo propósitos ocultos y, quizás, profiriendo cada tanto los sonidos que les enseñaron sus espantosos amos: “¡Tekeli – li! ¡Tekeli – li!”








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miércoles, 23 de febrero de 2011

EL CUENTO DE HOY




UN CUENTO


Por Héctor Roldán (*)




Nunca pudo poner los pies sobre el piso. Flotaba sobre él imperceptiblemente, apenas unos dos milímetros en el aire, casi nada. Nunca pudo pisar firme, ansiaba ese contacto pleno de fuerza de gravedad, fuerza que daría un sentido vertical, descendente a su cuerpo, que le permitiría elevar sus ojos soñando una próxima elevación. Un ascenso.

Siempre caminó de puntas de pie, forzando ese contacto, simulando una participación en las leyes de la física que en su caso no se cumplían. Excepción extraordinaria que siempre ocultó. Talón, punta; le repetían sus padres de niño. Talón, punta; creyendo que su hábito era un mal caminar y no un intento de participar con normalidad en el mundo. Siempre sintió una liviandad de ángel, de aparecido, de insólito fantasma pues sentía su solidez y no dudaba de su existencia. Aunque esa sensación, en vez de consagrar una diferencia que lo santificara como un niño milagroso, lo obligó a esfuerzos descomunales para humanizarse como el resto. Eso sí, le permitió ser un buen arquero ya que, liberado de esa atadura con la tierra, volaba de palo a palo con una gracia de pájaro que le permitía hacerse con las pelotas más difíciles.

Pero su desdicha era que mientras todos los hombres ansiaban el cielo, él ansiaba la tierra. Sentir sobre sus pies la masa de su cuerpo, sentir sus vértebras comprimirse por su peso, aplastando sus espacios intervertebrales. Soportar su vida no solo en el alma sino también en el cuerpo. Hundir sus pies en la arena con la misma facilidad que todos.

¿Cómo orar si no sentía el castigo de su carne convocada por el polvo en cuyo seno debería descansar como decía la Biblia? ¿Cómo orar si estaba más preocupado por descender que por elevarse? En una época cargaba peso en sus bolsillos, se ataba pesas en sus tobillos. Su ropa tenía en sus vericuetos cientos de pequeños pedacitos de plomo. Se sentía entonces como una boya, que anclada en el fondo del mar, era sacudida por el oleaje feroz de un océano que lo rodeaba y que no lo dejaba hundirse en su organismo hasta el fondo oscuro de la vida que pululaba dos milímetros más abajo. Ese abismo.

Se preguntaba. ¿Era un soplo divino? ¿La pestilencia de un demonio? O nada de eso, porque comía, bebía, lo curaban los médicos. Podía ver sus radiografías donde sus huesos quedaban expuestos como el testimonio anticipado de su cadáver. No era un fantasma, ni un ángel, solo flotaba sobre el suelo. Y ese hecho tan sencillo, y esa distancia tan insignificante hacía que todo cambiara. Por eso en la metáfora de la caída que prometía la futura reconciliación con los dioses, estaba él en el limbo de aquellos que podían ser ignorados. Fuera de la plegaria de los penitentes, fuera de la bendición de los justos.

Fue así que decidió pecar, convencido de que la culpa lo hundiría. Y en las misas golpeaba su pecho: por mi culpa, por mi propia culpa. Confesaba atrocidades y las cometía. Primero las confesaba y después las cometía.



(*) Escritor santacruceño. De su blog “El espectro de las cosas”.




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viernes, 18 de febrero de 2011

EL CUENTO DE HOY




La carta

por Olga Starzak


Cuando llegué ya habían retirado el cadáver. El comisario me preguntó el nombre y qué relación tenía con la víctima.
- Soy Alejandro Ibarra; éramos amigos.
- ¿Cómo dijo que se llama?
Mientras reiteraba mi nombre, el policía sacó un sobre de un pequeño maletín.
- Me temo que es para usted; estaba en la mesa de luz de la mujer.
Distinguí la prolija letra de Camila. Me estremecí al leer mi nombre; un subrayado completaba la escritura. Dudé un momento. No me parecía oportuno abrirlo delante del hombre aunque –quizás- fuera lo que él estaba esperando. Lo doblé con manos temblorosas y lo guardé en el bolsillo interno de mi campera.
Esperé su reacción. Con un gesto contemplativo, agregó:
- Si puede ayudarnos en algo, se lo agradeceremos. De todos modos no hay dudas de que fue un suicidio, una sobredosis de psicofármacos. Lo confirman las cinco tabletas vacías caídas en el piso. Estuvo sola las últimas horas y no hay signos de violencia. Según el médico forense la muerte fue rápida –explicó.
- ¿Dejó alguna otra carta? –pregunté. Tiene una hermana que vive en el interior. Los padres fallecieron hace unos años en un accidente automovilístico.
- No; la que acabo de entregarle es todo lo que encontramos. Fuimos los primeros en entrar al departamento. Una vecina se comunicó con la seccional sospechando algo por los insistentes ladridos de su perro.
- Sí, lo sé. También me avisó a mí –aclaré.

El guardia estaba acompañado de un oficial. Durante todo el tiempo sentí sus ojos acusadores posados sobre los míos. No dijo ni una palabra, sin embargo asumía una actitud de mucha desconfianza.
El sobre comenzaba a quemarme el pecho. Debía abrirlo pronto, conocer su contenido.
- ¿Puedo retirarme? –pregunté cortésmente mientras le entregaba una de mis tarjetas de identidad.
Aún me costaba entender cómo no había sido impulsado a compartir el tenor de la carta. Desconocía las normas legales, pero suponía que la misma podía constituirse en un documento importante.
Me alegré de que me dejara ir. Repasé con la mirada el cuarto; me detuve en la cama tantas veces compartida. Se agolparon en mi mente las fuertes discusiones, los constantes reclamos... Recordé su cuerpo cálido apretado al mío suplicándome lealtad y los intentos por hacerle comprender mi situación.
Hacía más de un mes que no nos veíamos. De alguna manera así lo habíamos acordado. Sería mejor para los tres.
No estaba en condiciones aún de retornar a mi casa. Me sentía realmente conmocionado. Mi mujer pronto sospecharía que algo grave había ocurrido.
Me senté en el primer bar que apareció ante mis ojos, busqué un lugar con cierta privacidad y abrí el sobre. Antes imaginé que me responsabilizaría de su decisión. Supuse que me acusaría de inmoral, cobarde... hipócrita. Para mi asombro, no contenía ningún escrito; sólo una hoja con un dibujo esbozado en lápiz negro. Era la caricatura de una persona... de una mujer. ¡De mi mujer! Un círculo grotescamente remarcado con fibra roja parecía atravesar su pecho.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Recordé que hacía poco más de doce horas que había dejado a Inés. Esa noche había trabajado en la fábrica como todos los domingos. Abandoné el café. Corrí sin parar en busca de un taxi. El camino se hizo eterno... mi imaginación ilimitada.
Debía tranquilizarme. El dibujo, tal vez, querría significar el inmenso odio que le tenía. Ella estaba segura de que mi esposa era el único obstáculo que le impedía ser feliz.

Antes de llegar a mi casa comencé a escuchar el ruido de la sirena; había una ambulancia en la vereda. Había mucha gente reunida en la calle.
- Rápido, por favor; es allí –le grité al taxista.
Apenas bajé me encontré con mi padre. Su rostro sombrío no podía ocultar la desazón. Reclamó:
- Hace horas que tratamos de localizarte.
- ¿Qué pasó? ¿Inés? –pregunté desesperado.
- Lo lamento, hijo. Está muerta. Una llamada anónima alertó a la policía. Te están esperando.
- ¡No puede ser! –susurré.
- Te acompaño. En la mesa de luz dejó un sobre para vos.




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domingo, 6 de febrero de 2011

EL POEMA DE HOY




Soneto a la lluvia de la tarde



Por Jorge Alberto Baudés (*)




Cae suave, pertinaz, casi insolente.
Se entremezcla como sombra sigilosa
tiene piel de brillantes, transparente,
acaricia como pétalo de rosa.

Nos sustrae del afuera y nos convoca
a mirar interiormente nuestra vida
pues la mente perturbada, se sofoca
y retoma la calma antes perdida.

Ella es mucho más que lluvia, es elixir,
ya que invade sutilmente los sentidos
y devela las razones del vivir.

Transformando nuestra ruta en cada paso
caminando de regreso de un fracaso
nos provoca de los males, el olvido.




(*) Escritor chubutense. Este poema resultó “Mención Especial” en el Eisteddfod del Chubut- Año 2009


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martes, 1 de febrero de 2011

LA NOTA DE HOY






PRIMALEON Y LOS PATAGONES



Por Jorge Eduardo Lenard Vives



En 1524 Antonio de Pigafetta redacta su obra “Primer viaje en torno al globo”; en la que expone los avatares de la expedición de Hernando de Magallanes, de la que formó parte. Al describir los varios encuentros de los marinos con los habitantes del extremo austral de las tierras americanas, termina diciendo: El capitán general llamó a los de este pueblo "patagones".


El significado del nombre muere con el navegante portugués en la isla filipina de Mactán. El cronista no da más detalles sobre su origen; pese a que luego lo emplea para designar a la “Región Patagónica” y al “Estrecho Patagónico”. Este misterioso término dio lugar a muchas conjeturas, una de las cuales hace referencia al supuesto gran tamaño de los pies de los pobladores. Sin embargo, tal característica anatómica no es mencionada por Pigafetta. Menos probables aún son las interpretaciones que asocian su acepción a lenguas nativas americanas, desconocidas por quien dio el nombre a los pobladores de esas zonas. Pero hay una explicación que, por su relación con la Literatura, resulta de especial interés para este blog. La menciona, entre otros autores, Virgilio Zampini en su “Chubut, breve historia de una provincia patagónica”; y es en la actualidad la versión más aceptada (aunque hay autores de fuste que defienden otras etimologías).

En el año 1512 se publica en Salamanca una novela de caballería llamada “Primaleón”; la segunda parte de una saga iniciada con la obra “Palmerín de Oliva”. El autor de ambos textos sería Francisco Vázquez. Primaleón era un caballero que andaba de isla en isla solucionando entuertos. En una de esas islas se le informa que “hay muy grandes montañas” y que “moran en ellas una gente muy apartadas de todas las otras que hay en ella... y son muy bravos y esquivos... no traen sino vestiduras de pieles de las animalias que matan... Más todo es nada con un hombre que ahora hay entre ellos que se llama Patagón... que tiene cabeza como de can... y los pies de manera de ciervo y corre tan ligero que no hay quien lo pueda alcanzar. Y algunos de los que lo han viso dicen de él maravillas. Y él anda de continuo por los montes... y trae un arco en sus manos con saetas muy agudas con las que hiere... Y trae un cuerno a su cuello y tañéndolo viene muchos de aquellos patagones a le ayuden, y hacen gran daño que no temen por sus vidas”.

Patagón es derrotado por Primaleón; y ante sus bramidos “acudieron allí dos de aquellos patagones de su linaje y estos traían asimismo cuchillos muy agudos como él, que otras armas no tenían, más era muy fuertes y ligeros... cuando tales vieron a Patagón fueron muy espantados y muchas cosas decían, más Primaleón no las entendía...”

Compárese esta descripción con la que hace Pigafetta de los moradores de la región austral: "... alcanzamos a los 49 grados y 30 minutos de latitud meridional, donde encontramos un buen puerto.... Un día en que menos lo esperábamos un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena, casi desnudo, cantando y danzando al mismo tiempo (...). Su vestido, o mejor dicho, su manto, estaba hecho de pieles, muy bien cosidas, de un animal que abunda en el país (...). Llevaba este hombre también una especie de zapatos hechos con la misma piel. Tenía en la mano izquierda un arco corto y macizo, cuya cuerda, algo más gruesa que la de un laúd, estaba hecha con un intestino del mismo animal; en la otra mano empuñaba unas cuantas flechas de caña pequeñas, que por un extremos tenían plumas, como las nuestras, y por el otro, en lugar de hierro, una punta de pedernal blanco y negro”.

Y más adelante: “Seis días después... vieron a otro gigante, vestido cómo los que acabábamos de dejar y armado igualmente por arco y flechas... Este hombre era más grande y estaba mejor formado que los otros; tenía también los modales más dulces, danzaba y saltaba tan alto y con tanta fuerza que sus pies se elevaban muchas pulgadas de la arena”.

Las similitudes respecto a la vestimenta, las armas, la agilidad, la fuerza física, incluso el habla intrincada, permitirían suponer que el navegante bautizó al pueblo que había hallado recordando a los patagones descritos en “Primaleón”, entre quienes habitaba el peculiar Patagón. ¿Conoció Hernando de Magallanes la novela? Dado que su expedición zarpa en 1519 y la obra, al parecer exitosa, se habría reeditado por primera vez en 1516; no sería raro que supiese de ella. A lo mejor, no en persona; pero alguno de los más de doscientos expedicionarios pudo haberla leído. Pigafetta nada dice sobre cómo Magallanes eligió el nombre, tal vez surgió de una charla con otros tripulantes.

Este artículo no presenta nada novedoso. Su tema fue objeto de estudio por parte de muchos investigadores; y nada se pretende agregar a sus conclusiones. Sólo se quiere recordar, una vez más, como la Patagonia se liga por caminos impensados con la Literatura universal.



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sábado, 29 de enero de 2011

EL CUENTO DE HOY




SCANNER




Por Dora Elena Lendzian (*)




Trata de darse coraje.
Busca algo... desesperadamente... conque darse coraje.
La bandera.
¡Sí!
¡LA BANDERA!


Aquí está la bandera idolatrada
La enseña que Belgrano nos legó
Cuando triste la patria esclavizada
Con valor sus vínculos rompió.

Mira a Puerto Argentino y ve... apenas, cubiertas por la bruma del mar, las casitas de estilo inglés.
Parecen surgir de las estampas de un viejo libro de cuentos de hadas, príncipes y duendes... pero en esas casitas no hay duendes de candorosa barba... ¡Hay alcahuetes!
Achica los ojos alcanzando distinguir algo que se mueve. Observa con atención. ¡El mástil!... y en lo alto... tan querido color celeste y blanco.
Blanco y celeste. Celeste y blanco. Blanco como la camisa almidonada de la primera comunión. Pura como la mirada de mamá cuando me besa el pelo engominado bendiciéndome. No tiene, como otras... PIRATAS... el rojo de la sangre que clama la sangre. Tiene el celeste de las amarilis que cuida la abuela en el jardín. ¡Abuelita! ¡Qué ricos tus bizcochitos de miel y limón que se deshacen en mi boca...!
Busca en la mochila algo. Cualquier cosa. La lata de pate de foie aparece detrás de una caja de balas. Pate de foie. ¿Por qué pate de foie? Pate de foie debe estar ayudando al enemigo. Picadillo de hígado. Eso es, debemos decir picadillo de hígado. Pero picadillo al final. El abrelatas. ¿Dónde dejé el abrelatas? ¡La gran siete! Me olvidé el abrelatas. Otra vez me lo olvidé, como hace pocos meses atrás, en el día de los estudiantes en que me olvidé el sacacorchos y llevaba escondida una botella de vino entre los sandwiches de milanesa. ¡Maldición! ¡Otra vez! Emparedados o sanguches está mejor... los sandwiches me están amenazando y en las SANDWICHES perdí un hermano...

Con el cuchillo termina de abrir la latita. Al tragar el picadillo piensa que estaría mejor con un poco de mayonesa y una criollita. Siente la garganta áspera y seca... Desea tomar algo caliente.


_ ¡NO ENCIENDAN NADA! ¡Ni cigarrillos ni fuego! _ Ordenó el sargento antes de irse. _ Los ingleses están cerca y el fuego que ustedes enciendan lo pueden delatar! ¿Entendieron? DELATARRR TARR TARRR TARRRR TARRRRRR...

Eso se lo habían dicho temprano a la mañana. Cuando el sol levantaba la helada. Ahora la helada volvía a caer.

Siente frío, mucho frío.
Abre y cierra las manos.
Estira las piernas.
Y se vuelve a acurrucar en el pozo de zorra.
Toma el fusil entre las manos.
Lo siente extraño.
No lo sabe utilizar muy bien, más bien le infunde respeto. En lo que era un experto, de pibe claro, era con la honda. Horqueta perfecta y cámara de bici abandonada...

Era un campeón bajando cabecitas negras.

Ahora el cabecita negra era él...

¡Lo vamo a reventar!
¡Lo vamo a reventar!
Vitorea la hinchada en la bombonera...

¡Lo vamo a reventar!
¡Lo vamo a reventar!
Vitorea el pueblo convocado en Plaza de Mayo.

¡Lo vamo a reventar!
¡Lo vamo a reventar!

Lo re ven ta ron. Lo re ven tatata rroonn rrrooonnnn ronnnnn.

Era de noche y el “Scanner” registró las señales invisibles que emitían las diferencias de temperatura del cuerpo del combatiente. Así lo habían localizado. Lo vieron en la oscuridad de todos lados.
El estallido que produjo su cuerpo al explotar fue un punto blanco en la imagen Landsat tomada por el satélite de la NASA que controlaba desde el espacio.
... Siempre controlaba....




(*) Escritora nacida en San Carlos de Bariloche y radicada en Gaiman. Obtuvo el primer premio del concurso de cuentos organizado en 1988 por la Biblioteca “Ricardo Berwyn” con su obra “Scanner”. En el año 2008 fue premiada con una mención especial en el Primer Certamen Argentino Internacional de Autobiografías “Ricardo Berwyn”, por su obra “Así fue”; de la que se publicaron dos ediciones. Posteriormente, se desempeñó como integrante del jurado de este certamen.



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martes, 25 de enero de 2011

EL POEMA DE HOY





NOCTURNO

(soneto)




He aguardado la noche con anhelo.
Y al despedir la tarde, ya en lo oscuro
recliné mi cabeza contra el muro
contemplando los astros en el cielo.

No sé si sorprendido por su vuelo
- pese a que tanto buscaba ese conjuro -
cuando cayó una estrella, ni el susurro
atiné a pronunciar, de mi desvelo.

El cuarto penumbroso me tuvo a la ventana
con mi afán en los labios, palpitando,
sin otra estrella fugaz para el intento.

Ya la vigilia era una espera vana
cuando un meteoro se esfumó, brillando.
Dije tu nombre. Está en el firmamento.




Carlos D. Ferrari


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martes, 18 de enero de 2011

EL POEMA DE HOY


QUIMERA



Te cubriré con hojas secas,
las del último otoño.
Te dejaré olvidada
en el pliegue más profundo
de mi almohada.
Cerrarán las heridas
que dejaré caer una a una
en la blanda arena de esta playa
que es mi vida.
Pondré contigo, tal vez,
todas mis angustias,
todos mis pesares,
en un pañuelo anudado con raíces
que arrojaré al mar.
No sabrán los ajenos, los extraños,
que te convertirás, quizás,
en gaviotas y petreles
que raudamente emprenderán
un loco vuelo,
buscando
la necesaria carroña
que alimente.



Ada Ortiz Ochoa (Negrita)


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jueves, 13 de enero de 2011

EL RELATO DE HOY




Mi padre me contaba...



Por Olga Starzak (*)



Mi padre se extasiaba en contarme, con frecuencia, un hecho singular vivenciado cuando niño. Yo conocía la historia de memoria pero jamás lo interrumpía. Me producía mucho placer escucharlo, verlo emocionarse ante los acontecimientos, enternecerse con el suceso, rememorarlo como si volviera a vivirlo. Mantenía invariables los detalles y su voz se quebraba, por momentos, al comprobar las virtudes de la naturaleza.
El relato siempre comenzaba, más o menos así:

“Casi todos los domingos íbamos a pescar con mi padre, a la desembocadura del río Chubut en Puerto Rawson. En ocasiones, escapando de otros pescadores, nos ubicábamos en la orilla sur del río, del lado de playa Magagna. Desde allí podíamos observar el corto y estrecho muelle del puerto, las pequeñas lanchas ancladas, los movimientos portuarios y los pocos vehículos que circulaban. Cumplíamos con el ritual de armar las largas cañas de fibra de vidrio, incorporar la tanza y el reel y, una vez encarnados los anzuelos con langostinos que procurábamos del desecho de una planta pesquera, nos concentrábamos en la caza de róbalos o pejerreyes.
Siempre e inevitablemente un casal de patos caseros, esbeltos, muy blancos y bellísimos merodeaban el lugar. Eran la admiración de los visitantes como lo son ahora los inmensos lobos marinos que cada atardecer toman, inmóviles, el sol de la playa, arriba del muelle que es hoy otro muelle. No tenía más de diez años cuando descubrí, con repetido placer, el comportamiento de las aves, siempre próximas a una de las pocas viviendas situadas cerca de la costa de donde –suponíamos- no deseaban alejarse.
Mi padre me había contado que los patos se aparean para toda la vida y el macho jamás abandona a su pareja. Me gustaba verlos chapotear en el agua, siempre muy juntos, conservando los límites impuestos sólo por ellos. Esa tarde en particular, de aquel lado del río no había otras personas más que nosotros. Sobre la margen del puerto y a pocos metros de allí, en el balneario Playa Unión se observaba mucha gente. Era un espléndido día de sol; grandes y chicos disfrutaban del agua y la arena. Los patos, también protagonistas del paisaje, estaban presentes. En un ir y venir cruzaban el río mostrando sus destrezas, se zambullían, volvían a aparecer; nadaban lento a veces... con ligereza otras.
Un grupito de niños se entretenían en la costa. Jugaban a hacer “sapitos” con las piedras que arrojaban al agua. Yo los contemplaba deseando compartir su juego. Aún así continuaba concentrado en mi tarea, atento al pique, expectante... Minutos después ocurrió un hecho que no olvidaré jamás. Un par de chicos, bastante más grandes, detuvo sus miradas en los apacibles patos. Sin dudarlo, uno de ellos levantó una piedra y la arrojó a uno de los indefensos animales. La casualidad, o tal vez la puntería, quiso que el blanco fuera la hembra y de inmediato cayó desvanecida. La agresión logró que su corto cuello perdiera la fuerza, dejando su cabeza sumergida en el agua. Ambos quedamos paralizados. Creímos que la había matado. Con estupor, apoyamos las cañas en la arena y nos dispusimos a mirar la angustiante escena. El macho, sólo identificable por su tamaño, acusó el peligro emitiendo un grito áspero y elevándose en repentino vuelo, acudió a defenderla. Se ubicó pegado a la pata. Se puso en aparente tensión y con su pico tomó su cabeza sacándola del agua. Así permaneció.
Minutos antes, ambos, con su peculiar cantar proclamaban libres el derecho a su espacio; se comunicaban... tal vez previendo la inminente época de anidación. Disfrutaban de su hábitat sin saber que se constituían, para muchos, en deleite; para unos pocos, en objetivo de su crueldad. La correntada los llevaba hacia el cercano mar; para evitarlo, el macho intentó subirse sobre el lomo de la pata y así remar con sus miembros en sentido contrario. Abría sus alas como queriendo protegerla. A pesar de sus esfuerzos no pudo lograrlo. Cada vez que procuraba montarse se resbalaba y caía. Renunció a su lucha y ensayó una nueva estrategia; se ubicó enfrente de la hembra, apoyó su pecho al suyo y desafió la corriente. De esta forma arrastraba con sostenido esfuerzo a su pareja sin soltarle, en ningún momento, la inerte cabecita. Así fue aproximándose a la orilla, aquella que les pertenecía, la del puerto. Cercana a la casa que frecuentaban.
No podíamos dejar de mirar, anonadados ante la sublime actitud que presenciábamos. El pato con su carga avanzó unos pocos metros hasta que comprobó que muy cerca de allí continuaba el peligro; era mucho el ruido y el movimiento. Detuvo su andar, cambió de rumbo y manteniendo la pericia del empuje nadó con lentitud hacia la orilla donde nos encontrábamos. Cuando alcanzó la tierra soltó de su pico delicadamente la cabeza de la pata y al descubrir que continuaba inmóvil, comenzó a rondarla. Sin cesar... con ansiedad.. Surgió clara la voz del ave en la evanescente luz de ese día. Imaginé su grito como un mensaje de dolor. E instantes después el ave herida, liberada del riesgo de ahogarse, comenzó a reaccionar. Tambaleándose, pronto se puso de pie. Así juntos, quedaron contemplándose un momento. Cuando se repuso, la hembra no dudó en volver al agua; ahora, por sus propios medios. El pato la imitó. Se escuchó un canto sutil... un lenguaje sin palabras que los acompañó en el camino. El protector, desplegando su valor heroico se situaba a muy poca distancia de la pata, siempre delante de ella. Cuando se alejaba demasiado volvía a su encuentro, se ponía a la par y la esperaba. Una y otra vez. Una y otra vez. Sin prisa retornaron a su lugar habitual.
Comenzamos a juntar nuestras pertenencias y aún conmocionados, emprendimos el viaje de regreso”.

Escuché este relato hasta casi adolescente y repetí después, con igual fervor, a mis hijos.

Es parte de la historia de mi padre.




(*) Del volumen de cuentos “En el umbral de los encuentros” – Ediciones del Cedro - Gaiman - Chubut, 2002


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lunes, 10 de enero de 2011

EL POEMA DE HOY





2 x 4



Por Jorge Alberto Baudés (*)




Dicen de vos, viejo fuelle arrepentido
que dejaste aprisionada en tus entrañas
la imagen rutilante que el olvido

no pudo avasallar, sedienta saña


que trepaste a mis sueños, y aledaña

construiste de historia y fantasías

la magia que sumida en telarañas

resguardó hasta hoy tu esencia niña


y con un desparpajo hecho de acordes

desplegaste tu cuerpo, alegoría,

y cargándote de aire, pronunciaste

con tus notas una nueva melodía


es que el tiempo perdona y hasta cura

la herida más profunda, que latente

en el ser interior aún nos perdura

como deuda que en la vida está pendiente


Y aunque arrugadas mis manos, voz quebrada,

hoy vuelvo a reconocerte lo que has sido

pues descubrí que tengo el alma renovada

ya que en vos he descubierto a un fiel amigo




(*) Escritor chubutense. Este poema fue “Mención Especial” en Trevelin en el año 2007


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jueves, 6 de enero de 2011

EL CUENTO DE HOY




EL LICOR DE MANDARINAS


por Luis Alberto Jones


Tía Nina, hermana de mamá, venía día por medio a casa a tomar el té. En las casi dos horas que pasaba actualizaban datos, especialmente de familia, recreaban recuerdos e intercambiaban algún toque en las recetas que ambas conocían. Al atardecer, ya pronta a la despedida, tía Nina degustaba una copita de licor de mandarinas que mamá elaboraba según una secreta fórmula familiar.
Esta rutina parecía mantenerlas unidas, sin embargo observaba que siempre discurría sobre una temática superficial como la que señalaba anteriormente. Yo creía saber la razón. Entre ellas había un episodio de raíces profundas y lejanas. Cuando mi padre noviaba con mi madre, en algún momento se cruzó un coqueteo de mi tía que hizo peligrar la relación. Finalmente la pareja original llegó al altar y Nina quedó convertida en la solterona, pero mamá sospechaba que si algún día la muerte la llevaba primero, su hermana no dudaría en quedarse con su esposo. Por eso pienso que se formuló una especie de secreto pacto interior sintetizado en una premisa que podría ser “si me voy primero, te vas conmigo, pero con Gustavo no te quedas”.
Y el casi siempre caprichoso destino determinó que mamá se fuera antes. Los médicos no lograron coincidir en la dolencia que acabó con ella en pocos días.
Entre la sorpresa y la consternación, sólo alcancé a determinar que entre las tantas cosas que cambiaron en casa fue la presencia diaria de la tía. Fue un gesto que acogimos sin reparos, más cuando ella nos confirmó que no nos podía dejar solos.
Nos fuimos habituando a sus apariciones a media mañana, su afán por atender minuciosamente todos los detalles para nuestro buen pasar y al atardecer irse a su casa. Casi todos los días emulábamos la ceremonia del té con mamá pero con café y unas galletitas de avena que eran su orgullo. También como en aquellos tiempos antes de despedirse, tía cumplía el rito de su copita de licor de mandarinas. A la segunda vez que lo hizo me señaló que ya no quedaba más. A mí no me gustaba, así que por sólo mantener la mínima cortesía que le debíamos, revisé el mueble del living y encontré otra botella sin abrir.
Cuando le dije la buena nueva al día siguiente parecía una chiquilla inquieta en espera de la golosina, dispuesta a tomar el licor al final de la jornada.
Un miércoles no vino. Aproximadamente al mediodía nos llamó una vecina para decirnos que tía había pasado una noche espantosa vomitando, y que al ver que empeoraba llamaron a la ambulancia para trasladarla al hospital. A las dos horas estábamos con papá tratando de interiorizarnos con los médicos de su estado. Nos informaron que, si bien aún no tenían los resultados de los análisis, estaba muy deshidratada y esto la había sumido en una descompensación que para su edad preanunciaba un desenlace inminente.
Tres días después de su fallecimiento, buscando una jarra, abrí el mueble del living y al ver la botella del licor de mandarinas comprendí cuánto la extrañaríamos. La saqué y noté que el contenido se había oscurecido, parecía fernet.
Es que la tía Nina tenía razón, sería otra partida, porque el gusto era distinto, pero para ella siempre seguía siendo exquisito.




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domingo, 2 de enero de 2011

LA NOTA DE HOY








TRADUCCIONES


Por Jorge Eduardo Lenard Vives




Algunas páginas atrás, en este mismo blog, se mencionó lo beneficioso que resultaría para la Literatura Patagónica la traducción de muchas creaciones dejadas por los escritores de la colonia galesa del Chubut, que permanecían aún en su idioma original; circunstancia que las hace inaccesibles para un numeroso público que no domina esa lengua. Día a día, esta situación se revierte. Por ejemplo, se destaca la próxima publicación de una edición bilingüe de “Algas marinas”, de Eluned Morgan; según anuncia en su catálogo el espacio cultural “Tela de Rayón”.
Es oportuno, entonces, recordar a los pioneros en las tareas de traducción; entre quienes sin duda se destaca Irma Hughes. Como informan su hijas Laura Irma y Ana María en el prólogo a la última edición de “Hacia los Andes” (*), la Sra Hughes, nacida en 1918 y fallecida en el 2003, vivió en la zona de Treorcki. Y desde ese lugar tan significativo del valle profundo, enraizado hasta la médula en las tradiciones de la colonia, desarrolló una gran actividad literaria; que la llevó a incursionar también en el periodismo. Obtuvo numerosos reconocimientos, varios premios por su prosa en el Eistedfodd de Gales y siete sillones bárdicos del Eistedfodd del Chubut. Pero en esta nota se busca, sobre todo, recuperar su importante labor como traductora, ya que fue quien volcó al castellano el primer texto de Eluned Morgan, “Hacia los Andes”; y otro volumen clásico de la literatura de la colonia, “A orillas del Río Chubut en la Patagonia”, de William M. Hughes.
También es destacable la labor de varios traductores para dar a conocer diferentes libros básicos sobre el poblamiento del valle; como “Crónica de la Colonia Galesa de la Patagonia”, de Abraham Matthews, vertido al castellano por Frances Evelyn Roberts; y “La colonia galesa”, de Lewis Jones, cuyos distintos capítulos fueron traducidos por Egrwn Williams, Frances Evelyn Roberts y Tegai Roberts.
No se puede dejar de mencionar la traducción de los “Diarios del explorador Llwyd Ap Iwan”, hecha por Tegai Roberts, en cuya compilación intervino Marcelo Gavirati, la de “Nel, una pionera patagónica” de Marged Jones, por Dewi Evans y Liliana Williams, la de “El diario del Mimosa” de Joseph Seth Jones, por Evelyn MacDonald, la de las “Cartas a mi abuelo Dalar”, por Iola Evans; y la de las epístolas de “Patagonia 1865. Cartas de los colonos galeses”, por Fernando Coronato.
Una tendencia surgida en los últimos años, es la edición bilingüe de obras escritas inicialmente en castellano y llevadas luego al galés. Por ejemplo, el libro “1865” de Ricardo Irianni, traducido por Geraint Edmunds; o el poemario “Juglares del Silencio”, de Cecilia Glanzmann, trasladado al galés por Owen Tydur Jones y al inglés por Cecilia Águila.
Más allá de lo referido específicamente a la Literatura de la Colonia, cabe acotar que, en el mundo de las letras en general, la traducción presenta el indudable provecho de acercar una creación literaria a los lectores que no pueden leerla en el lenguaje en el que fue escrita; pero también muestra sus aristas. La manida frase “traduttore tradittore” mantiene vigencia. Conocemos muchas de las principales realizaciones de la Literatura universal, en realidad, a través de la versión del traductor. Sin embargo, ¿hasta que punto respeta éste el texto primigenio? ¿Cuál es su límite para agregar, no sólo vocablos distintos a los que corresponden con exactitud a los originales, sino sus propias ideas; por acción u omisión? Así como resulta inapropiado que el escritor de novelas históricas no advierta al lector de las modificaciones a los hechos reales que introduce en su ficción; tampoco es conveniente que el traductor inserte conceptos que no se encuentran en el texto tal cual resultó de la inventiva de su creador. Y, menos aun, que quite o censure partes de la obra porque, en su opinión, no resulten “culturalmente correctas”.



(*) “Hacia los Andes”, Ediciones El Regional, Gaiman, 2007.



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miércoles, 22 de diciembre de 2010

EL POEMA DE HOY




Tierra mía del sur


-Soneto-




Por María Julia Alemán de Brand (*)



Yo no pedí este oficio de cantarte
tierra mía del sur, amante mía.
Tomé el canto a la tierra como guía
y fui verso y dolor para esperarte.

Fui verso y con él, canté tu parte.
Fui dolor, porque duele la poesía,
(todo poeta es dolor y es agonía
y el verso es su escudo y su baluarte).

Yo no pedí este oficio…Me lo dieron
esos vientos del sur, y los paisanos
que parecen estar, pero se fueron.

Mis versos recuperan los lejanos,
los tiempos y las cosas que vivieron:
con orgullo les canto, provincianos!




(*) Escritora chubutense. Tomado de su poemario “De mi tierra paisana”.


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viernes, 17 de diciembre de 2010

EL CUENTO DE HOY




El Péndulo

De Olga Starzak



La casa es muy antigua; me dicen que una de las más viejas del pueblo. Juego a no pisar las uniones de los tablones de madera del piso del inmenso living; me gusta el ruido que hacen mis zapatos cuando los golpeo contra él. Abajo es hueco y retumba. En una de las tablas hay una rotura, siempre me agacho acercándome lo suficiente para mirar en el entrepiso. No se ve nada. Está muy oscuro. Me imagino que debe haber más de medio metro y pienso en los bichos que asustados por mis pasos, correrán escapando del peligro. La madera es dura y muy oscura. Tiene tanta cera que podría escribir con mi uña. También el techo es de madera; altísimo. El gas de las estufas a velas detiene el polvo suspendido. Los largos hilos que lo atraviesan se mueven con las corrientes de aire y me impresiona observar su fortaleza; nunca se cortan. Cuando le pregunto a tía Clara por qué siempre están allí aprovecha para recordarle a tía Elisa, su hermana menor, que hay que conseguir una escalera alta y plumerear. Me alegra comprobar que no son telas de araña. El lugar está iluminado con dos lámparas idénticas de hierro forjado. Si consiguieran la escalera, podrían aprovechar para limpiarlas; tienen mucha tierra.
Para entrar a la casa es necesario subir tres o cuatro escalones. La puerta es de doble hoja, la manija de bronce y el cerrojo tan grueso que se requiere de mucha fuerza para cerrarla con llave. Sólo lo hacen de noche.
La casa tiene muchas otras habitaciones, todas con olor a humedad. La mayoría no se usan. Las tías entran un par de veces al año para airearlas, nunca cuando yo estoy. Tampoco les gusta que me meta en sus dormitorios, comunicados entre sí por una puerta interna. No me interesan demasiado. No tienen ventanas, las puertas dan a una galería y están llenos de muebles. Los acolchados de las camas tienen volados y almohadones, y cuidan de que no se ensucien. Es imposible caminar por esos cuartos sin llevarse por delante alguna cómoda, baúl, mesa de luz, perchero o sillón.
Las pocas veces que visito la casa me muevo entre el living, la cocina, el patio o el baño, ubicado en el fondo de la casa. Siempre llevo mis cuadernos y el manual para hacer la tarea. Aprovecho para calcar y hacer láminas. Eso me gusta porque la mesa es tan grande que puedo desparramar todos mis útiles sin que nadie me pida un lugar para hacer otra cosa.
En esa misma sala hay un reloj de madera. Es un recuerdo de familia que viajó con los abuelos cuando vinieron de Europa. Debe tener más de cincuenta años y anda perfectamente. Tiene un largo péndulo y un sonido fuerte avisa el paso de cada hora. Siempre siento el impulso de tocarlo pero está demasiado alto y no me animo.

Ese día mis padres me dejan temprano. No me dicen a donde van. De todos modos me lo imagino; cuando no me cuentan seguro de que se trata de un velorio o visitan a algún familiar enfermo. A esos lugares no me llevan; dicen que me puedo impresionar y me quedo en la casa de las tías. Ellas son bastante viejas y solteras. Por los cuadros colgados de las paredes se puede ver que son iguales a mi abuela cuando se casó. El abuelo está muy elegante... Muy pocas veces hablan de él. Alguna vez escuché que había muerto en la guerra. No sé por qué pero siempre sospeché que así salvaban su dignidad. Mi padre se parece a él; tienen la frente ancha y los ojos muy claros. Evita mencionarlo... o tal vez no lo recuerde; era muy chico cuando dejó de verlo. Se pone triste cuando alguien lo nombra.

Estoy de vacaciones. En la televisión no pasan nada entretenido. En un canal, un noticioso y en el otro una película de monjes y curas. En el sillón de terciopelo verde, acomodo una sábana que me dio la tía Clara para no manchar el tapizado y me dispongo a dormir. Ella se fue a su habitación a hacer lo mismo. Me quedo mirando el reloj de madera y decido que es momento de sacarme el gusto; llevo uno de los bancos del comedor hasta la pared donde cuelga el aparato, me subo y con ambas manos tomo el péndulo. Es de bronce; frío, ancho... y está oscurecido por el paso del tiempo. Tiñe mis manos con un polvo pegajoso. Para mi sorpresa, cuando lo suelto deja de oscilar. Inesperadamente se detiene y vuelvo, asustado, al sofá. Desde allí observo lo que ocurre después. Las agujas del reloj comienzan a girar, velozmente, en sentido contrario. Calculo que lo hacen cientos de veces. En el momento en que pienso qué hacer para detenerlas, el movimiento cesa y se posan en las once en punto. Confundido, tardo largos segundos en darme cuenta de que si bien los muebles son los mismos, están ubicados en distinta posición, las paredes están pintadas de otros colores y el piso no tiene tanta cera. Todo es más nuevo y brillante. Falta la sábana debajo de mi cuerpo y estoy vestido con prendas que no reconozco.
Parado junto a la puerta que comunica el salón con el zaguán de la casa veo nítida, la figura de mi abuelo. Lo reconozco por las fotos que cuelgan de la pared. Para corroborarlo las busco... no están. Otros cuadros las suplantan. Estoy inmóvil, sin posibilidades de moverme o gritar. El miedo va desapareciendo a medida que él, con paso lento, se acerca. Su sonrisa es amplia, sus rasgos delicados, su porte esbelto...
- Adrián –dice, dirigiéndose a mí-. No debes creer lo que te han dicho.
Tardo otros segundos en darme cuenta de que me llama por el nombre de mi padre.
- Papá... –me escucho susurrar sin comprender por qué lo hago.
- Es verdad que estuve en la guerra –continúa. Eras un bebé cuando debí partir. Me destinaron al norte de África. Hubo muchas muertes tan injustas como inocentes. Caí prisionero y estuve más de tres años en campos de concentración aliados. Me cansé de enviarles cartas; nunca llegaron. Al finalizar la guerra fui liberado y junto con muchos otros compatriotas, atravesamos el Mediterráneo buscando los puertos más cercanos a nuestros destinos. Cuando llegué a América y retorné al hogar, tus hermanas eran poco menos que adolescentes y acababas de cumplir cinco años. Seguros de que había muerto, ya no me esperaban. El corazón de tu abuela había sido ocupado por otro hombre. Creí conveniente, y así se lo supliqué, que ustedes no se enteraran de mi regreso.
Lo miro sin entender lo que está sucediendo. Él no se detiene:
- Descubrí que era tarde para mí en este continente y una mañana, sin previo aviso, emigré a la Italia natal y me aseguré de que nadie me encontrara. Hoy mi alma clama por mi único hijo varón y cometo esta imprudencia. Deberás guardar el secreto. Si algún día tienes un hijo quizás te animes a contarle que el abuelo sacrificó su vida por amor.
- No te vayas... - le pido. Su figura se aleja sin dejar rastros, mientras el ruido del abrir de la puerta de calle anuncia el regreso de mis padres.
Impulsivamente miro el reloj. Continúa su marcha normal, como si nada hubiese pasado.




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martes, 14 de diciembre de 2010

EL POEMA DE HOY




Pienso busco miro



Por José Pablo Descalzi




pienso busco miro
mi presencia en tu ausencia
es vacío y esperanza
que reclama al hueco de mi abrazo
un regreso colmado de añoranzas


pienso
en mis manos sin caricias
una boca silente imprecisa
que grita la ausencia de besos
extrañando tu sonrisa


busco
y adivino por fin tu silueta
en el andén rodeado
y mancillado de extraños
tan lejos de mí y a la vez tan cerca


miro
ya no hay ausencia
vacío hueco ni añoranzas
sólo presencia
manos
caricias
besos y sonrisas




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viernes, 10 de diciembre de 2010

EL CUENTO DE HOY


Jardín de Michell


Juan Bautista Vallés (*)




En algún punto de las llanuras levemente curvas y agitadas por ningún viento, está el jardín de Michell y Michelle.
Los habitantes están dispersos y se comunican por la red de carreteras de una sola mano. Las que utilizan, además, para facilitarles el contacto con dos ciudades próximas de más de 500.000 habitantes.
Lo han creado ellos mismos hace muchos años atrás y ya desde tiempo se fue abriendo la puerta trasera para que hoy un jardinero de África incline la espalda y trabaje la tierra. Con cariño, como ellos lo hacen.
Ahora las manos de ellos dos están cansadas, aunque siguen gesticulando para decir lo que quizás las palabras no alcanzan.
Ellas las tiene ahora lejos de los niños que nacen, pero éstos siguen fuertes y dulces como cuando los recibía al llegar a este mundo. No cuesta oírla alentando a las madres jóvenes ni al hablarles a los bebés en nombre del mundo, para darles fe y esperanza. No le extraña ir por las calles, o estar en misa y que adolescentes o jóvenes se acerquen para saludarla. El haber compartido el momento de la primera visión queda marcado para siempre.
La saludan cada mañana unos pájaros agradecidos por la comida que, dulcemente, les dejó caer la señora Michelle en sus comederos. Están hambrientos. Vuelan en los alrededores de la ventana de la cocina y se disputan semillas de girasol; las toman al vuelo y llaman su atención para que el rito no desaparezca.

Las manos de Michell están prontas para ser serviciales y son fuertes para momentos difíciles.
Sin quitar otras recompensas por algún trabajo extra del peón, comparten un licor, que puede ser un vino patero del lugar. El jardín ha atrapado algo del espíritu de ellos y lo guarda en sus pliegues de tierra.
Respetando los ciclos, espera la primavera para estallar en colores y perfumes. Mientras, bajo un manto de frío, están los alientos de vida del verano.
El sol es esquivo y huidizo ante la ausencia de calor que hiela las plantas. Espera su turno para poder acercarse y poner vida en lo que hoy parece níveo manto.
Una estatua, eternamente inmóvil, observa desde el corazón del jardín la casa con curiosidad de mujer. La fuerza de esa curiosidad la lleva a no cerrar los ojos ni por el frío ni por el calor. No sé sabe con quién intercambia rumores.
No hay ahora ruidos de niños, ni huellas de pequeños zapatos, ni juguetes olvidados. No están el niño y la niña que jugaban a las escondidas o navegaban en barcos de fantasías por mares surcados solo por ellos.
Ahora enfrentan el océano de la existencia. Se enredan. Entre raíces descubren la esperanza de ser llamados abuelo y abuela.
Desde no hace mucho tiempo ella busca robar o pedir prestados colores del jardín para sus cuadros encantados.
Desde el jardín de invierno como nuevo paraíso, Michell y Michelle seguirán tejiendo sueños, y alguna tarde evocarán momentos de la conversación que empezó hace muchos años y que es única, por los siglos de los siglos.
Como alguna vez se lo dijo el Abbe del lugar.




(*) De “Tercer Libro” – Biblioteca Popular Agustín Álvarez – Trelew - Chubut, 2008


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