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jueves, 27 de octubre de 2011

EL POEMA DE HOY




Al sur del sur (*)

por Sandra Pien






Obra de arte es poder ver
este cielo estrellado
del Hemisferio Sur.
Mientras gira
giro tratando de entender
mi lugar en esta historia
ver el cielo de un millón de años atrás
50 millones de galaxias en la imaginación
y sólo un puñado ante mis ojos.
Frente a tan generoso oficio y oficiante
irrumpen ríos de información contradictoria
altibajos de la dimensión humana.
Insisten
se empeñan en destruirnos
salina arena esclavista
en la que el espacio queda impotente al enterarse
de que el mundo está organizado así.
La buena globalización
hay una buena entre las millones de terribles
es ponerse las botas y salir a caminar el mundo
sin la protección de la ciudad.
Al sur del sur
es el rumbo necesario.




(*) Del libro "Mascarón de Proa" - Colección Enclaves - Edivérn SRL - Buenos Aires, 2002


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martes, 25 de octubre de 2011

EL POEMA DE HOY




               HIELO


Por Alfredo Ismael Lama (*)








No pierdas el río imaginario,

ni el sol, que alumbra con clemencia.

Un día ha de cubrirte negra sombra

y abarcará eternamente tu presencia.



No sigas las huellas de otros pasos

mirando el suelo en esa línea.

Tenemos otra luz que marca trazos

Y una diadema mental para ceñirla.



Abarca las sombras y las luces.

El mar, el aire y los cielos,

sé lágrima, grano o triste gota.



Complemento total sobre la tierra

donde el hombre triunfa o se derrota

con la misma lentitud que se derrite el hielo





(*) Escritor de Comodoro Rivadavia




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jueves, 20 de octubre de 2011

LA NOTA DE HOY





Los tiempos cambian, pero la oveja sigue…



Por Fernando Coronato



Estos dos textos contrastantes abren la conclusión de un largo escrito que hice el año pasado sobre las ovejas en la Patagonia. Los párrafos no fueron escritos para gustar sino para enhebrar los diversos aspectos tratados en el estudio. 
No fueron escritos para gustar, pero me gustan, y quizás no sea yo el único que disfruta de todas estas imágenes. Por eso quiero compartirlas. 





1910

Un capón viejo, con los dientes gastados hasta la raíz por el pasto duro y polvoriento, después de haber sido esquilado por última vez por un chilote mal pagado, acaba de ser faenado en un frigorífico que humea sobre un pueblo de la costa. Su lana se amontonará en fardos de arpillera hindú, apilados sobre el pedregullo de la orilla hasta que los embarquen para Buenos Aires, primera escala en el viaje a Amberes. Todo lo que quede de su lana en la Patagonia será el cubre-tetera que teja la esposa del administrador de la estancia, en la galería vidriada de la vieja casa de chapa comprada por catálogo en Inglaterra. 





2010 

El corderito controlado genéticamente nació poco después que su madre fuera esquilada. Es hijo de un carnero australiano cuyo semen congelado llegó a la Patagonia en el vuelo transpolar. La condición del campo donde lo harán pastar, un terreno reclamado por grupos indigenistas en la televisión, será monitoreada por satélite. Si tuviera alguna carencia alimentaria, será paliada mediante suplementos, cuestión de que su lana ultra fina llegue al lavadero de Trelew de acuerdo con las demandas que el comprador especificó en Internet. En Milán, el suéter tejido con su lana llevará la etiqueta “orgánico” y un nombre con sonoridades mapuches. La vieja casa de chapa ahora es sitio histórico. 
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lunes, 17 de octubre de 2011

EL CUENTO DE HOY







HACE MUCHO QUE LA ESPERABA



                                                Por Héctor Roldán (*)




“Nada hay para mí tan absurdo en el mundo
como ver un diablo que pierde la paciencia.”
Fausto.
J. W. Goethe




Hace mucho que la esperaba. El fuego ardía ya desde hace tanto tiempo que sus ojos habían tomado el color de las llamas. Sin pensarlo seguía agregando madera de molle y las llamas crecían acompañando el paulatino crecimiento de su ira. Una ira ardiente, tenaz, que se conectaba con el eterno fuego y que, a cada rama arrojada, despedía miles de chispas que volaban vivaces fragmentando el cielo nocturno en infinitos pedazos.
Fumaba. Encendía los negros cigarrillos en las brasas. Con una rama seca había escrito sobre la tierra dura y árida de la Patagonia un verso agónico e indescifrable, pues sentía que eso debía ser el amor: la agonía indescifrable de una llegada postergada. En esta espera interminable sentía en cada órgano los pasos que nunca se acercaban, la mirada que nunca lo observaba, la voz que nunca lo llamaba. Y en las sombras sinuosas provocadas por el fuego creía, con un persistente engaño, percibir la silueta difusa de su amada. Amenazas de un cuerpo que se diluía ante la más débil y repentina brisa. Pensó, entonces, en la maldad que había manifestado por tanto tiempo, en los horribles engaños pergeñados, en los pactos firmados por aquel amor. Pensó en todo eso, ahora que era solo un deseo sin alma, un hambre insaciable que recibía y recibía las caricias de otros amores al lado de ese fuego, sin que ninguno de ellos fuera la caricia esperada.
En el límite de las lejanas mesetas que recortaban el horizonte se podía observar su fuego. A una distancia inmedible en pasos, ni en metros, ni en kilómetros, ni en tiempo. Cerca para algunas almas, lejos para lo humildemente humano. Allí esperaba, ese era su destino, esperar por un amor que jamás llegaría, y mantener ese fuego. Ese era el pacto, mantener el fuego de su pasión aunque en sus llamas se quemen otras pasiones.
Las viejas del pueblo sabían verlo. En las noches claras de invierno, cuando la nevada cubría la meseta, ellas, con sagacidad de ancianas apuntaban su dedo hacia un rincón del horizonte para señalarlo. Una diminuto punto rojo apenas por encima del horizonte. Una débil estrella color sangre que rozaba, apenas, con las puntas de sus llamas el borde del mundo. En esos días las arrugadas mujeres apretaban sus rosarios y rociaban con agua bendita a sus nietas dormidas para que no huyeran, pues todas sabían que alguna doncella debía ir a saciar aquel deseo insaciable; arrastrada, irremediablemente, por su reciente pasión encendida. 
Pero él ya estaba harto de devorar amores que apenas dejaban la inocencia. Cansado de mirar los ojos núbiles y descubrir en ellos un deseo sin objeto, descubrir la sola voluntad de un amor que ambicionaba todo sin anclar su intensidad en nada. Y consumía esos amores sin sustancia con la voracidad desganada de un león viejo, con una maldad indiferente. 
Siguió pasando el tiempo así, extraviando almas, pervirtiendo inocencias, desnudando  crueldades. Alrededor de su fuego se amontonaban los restos amorfos y podridos de existencias que habían prometido loar los esplendores de la creación. Y rodeado de cadáveres, de errantes fantasmas de mujeres que abandonaron sus hogares por un destino que su fantasmal fuego había encendido, y que él, con paciencia había alimentado, se hartó. Y harto se levantó. Alzó su bestial corpulencia. Sus cuernos tocaron el cielo desgarrándolo. Furioso, tronó sus manos y el fuego ardió en todos los rincones de la estepa. Huyeron los fantasmas de su alrededor, los huesos blancos de sus víctimas corrieron a enterrarse en la dura tierra. Huyeron, también, las liebres de sus incendiadas madrigueras, los guanacos escaparon saltando matas inflamadas. Los zorros desesperados arrastraron por el suelo sus colas quemadas. Lagartos y matuastos se retorcieron achicharrándose sobre quemantes arenales mientras las plumas de los flamencos enrojecieron de fuego.
Estaba enojado, solo quería destruir el mundo, hundirle sus garras porque ahora sabía que nada había para él. Que el rostro soñado era una quimera, que las manos tiernas solo eran fantasías de un pacto que no debía haber firmado, de una creencia que nunca debió haber tenido. Y renegó de sí, y renegó de todo, y aun más, renegó de ella que en sus más profundos sueños lo había hecho sonreír. La insultó, la rechazó en el medio del incendio, exorcizándose furioso de los besos que nunca recibió, de las caricias que nunca sintió, de las palabras que ella jamás le dijo.
Las almas perdidas de sus víctimas aullaban extraviándose y llevaban el fuego a las cuatro direcciones del mundo. La meseta ardió. Los pozos petroleros se incendiaron, y las chatas desbocadas corrían entre senderos de infierno mientras las gomas reventaban por el calor del incendio. Desde el pueblo todo el horizonte era amenazador. Las viejas se habían juntado en la iglesia y rezaban. El calor aumentaba e iba evaporando, lentamente, de la pila bautismal el agua bendita. Se podía ver ya sobre los cerros las altas llamas. Y el humo se arrastraba en jirones hasta la entrada del templo. Dentro, la letanía se repetía y repetía desparramándose como un inútil bálsamo por el aire, mientras que, interrogados por las radios, científicos y meteorólogos trataban de explicar aquel extraño, increíble y fantástico suceso.



(*) Escritor santacruceño. Su blog: http://elespectrodelascosas.blogspot.com/
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miércoles, 12 de octubre de 2011

EL POEMA DE HOY

                    



                             BÚSQUEDA



           Por Margarita Ramírez de Scandroglio (*)




Te busco en el ocre del otoño,

en la proximidad del invierno,

en el agua que bebo,

en la soledad que labra

pliegues en mis párpados.


En este final de púrpura

en mis labios.




(*) Margarita R. De Scandroglio nació en María Grande (Entre Ríos) y reside en Trelew (Chubut) hace más de 27 años. Este poema pertenece a su sexto libro titulado “La sexta palabra” (Ed. Dunken – Bs. As., 2010). Ha publicado además las siguientes obras: “Yo mañana madrugo...” (Ed. Jarme – Trelew, Chubut); “Muñecos de aserrín que dicen dónde” (Ayala Palacios Ediciones, Bs. As.); “Quiero saber quién la desertora” (Ayala Palacios Ediciones, Bs. As.); “Sin esperar el último recreo” (Ayala Palacios Ediciones, Bs. As.). Integra el Diccionario de Escritores y Poetas Latinoamericanos.
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domingo, 9 de octubre de 2011

EL POEMA DE HOY


Eros (Caravaggio)

   


     EROS, PAGANO
   
Por Giovanna Recchia (*)



         I

Sin el hábito
nocturno del susurro
la piel llama
a gritos
Ignora
la santidad
de aquel silencio.



          II

Condenado al festival
del beso
el labio
exhuma
ritos
formas circulares
Pronuncia la eternidad
No la elige.




(*) Giovanna Recchia nació en Trelew el 2 de julio de 1973. Cursa la Licenciatura en Letras en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco. Trabaja como docente, bibliotecaria y tallerista en el Instituto Camwy, en el que realizó sus estudios secundarios. Ha publicado el libro de poemas La infinita (Editorial Universitaria, UNPSJB, 2001). Eros, Pagano integra el volumen de su autoría titulado Pliegues (Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2009)



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miércoles, 5 de octubre de 2011

EL POEMA DE HOY






RÉQUIEM  PLANETA  PAÍS

 


Por Magdalena Pizzio (*)



Está sangrando
tierra de huérfanos
las pisadas ya se apagaron
entre llanto
estómagos vacíos, pies descalzos
miradas perdidas
no saben lo que miran...
Los ruidos de los tiros ya pasaron
queda el crujir de las hojas secas
entre la maleza estrujada
del aliento
en el frío retumbar
del latido.

Corazones que no saben
que están dentro
pierden el sonido
no escuchan el silencio...
Y cada mañana, desde el helado día
sueltan sus enjambres ponzoñosos
miríadas de insectos
el veneno los consume
pesadas manos golpean puertas
¡Que no abren!


El tiempo, el tiempo se termina
y nadie encuentra
el arma que precipite esta guerra
¡Están muertos!
Desde el comienzo,  aún no lo saben
perdieron...
Las miradas vacías no dicen nada
en este caos
la inercia del camino recorrido
los empuja
tanto por  crear  de lo creado
corruptible...
¡Ya está hecho!


Tierra ¿Dónde encontrarás
los seres que te revivan?
En la maraña de la peor
de las experiencias
dentro de este mundo
paradójico
estás...
Y solamente eres mundo
para algunos
poderosos.
Meditas la forma
de establecer  contacto
entre esos seres  que condenados
yacen a tus plantas.

¡Brota el llanto!
y en gritos  infernales
el infierno esta acá , entre nosotros
¡Siente!
Mundo, tierra, país, cuando vivas
como esperas
nosotros no estaremos para sentirlo
para verlo.

¡Pobre planeta!
Los muertos que te invocaron
 hoy todavía claman
por una nueva  puerta.
Hoy todavía claman los vivos
por la vida
y no pueden...
¡Oye! El grito aún se escucha
en los sordos pasos del mañana.
Mundo, planeta, país
¡Estallas!...
Los huesos blanquean
en el rescoldo de la historia
el mañana se está formando
con sus astillas.
 Sangra
y muere.





(*) Escritora de Neuquen, nacida en Capital Federal. Licenciada en Ciencias de la Comunicación y docente jubilada. Premiada en varios concursos literarios. Colabora en la revista Gira Gira de Plottier. Integra el grupo “Claroscuro” de Neuquen y el Centro “Ing. César Cipolletti”. Participó en las antologías: “Te cuento un Parque”(Parque Lanín, 2005), “Letras del Mundo” (Ed. Nuevo Ser, 20005), “Selección 2008- Extraña Pertenencia” (Ed. Dunken) y “Selección 2009- Cantares de la Incordura” (Ed. Dunken). Presenta su primer libro” Laberinto entre la muerte y la vida -poemas y cuentos” (de donde se tomó el presente poema) en la 6º Feria del Libro de Cipolletti (2009). Mail: mmpizzio@yahoo.com.ar. Su blog: www.paradojasmagdalena.blogspot.com

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sábado, 1 de octubre de 2011

LA NOTA DE HOY

                       



                               RECUPERANDO AL GÉNERO EPISTOLAR




                                        Por Jorge Eduardo Lenard Vives




El epistolar es uno de los géneros literarios con mayor tradición en la historia de la Literatura. Hay ejemplos de epistolarios famosos, como el que reúne la correspondencia que dirigió Madame de Sevigné a su hija, la Condesa de Grignan; o el que junta la enviada por Flaubert a su amante Louise Colet. Pedro Salinas, en su excelente libro “El defensor”, hace una encendida apología de las cartas: “¿Por qué se imaginan un mundo sin cartas? (...) ¿Un universo en el que todo se dijera a secas, en fórmulas abreviadas, de prisa y corriendo, sin arte ni gracia? (...) La única localidad en que yo sitúo semejante mundo es en los avernos....”
En la Literatura Patagónica existen recopilaciones de epístolas que aúnan valor testimonial y fragmentos de buena Literatura. Entre ellas se encuentran algunas de la Colonia Galesa, como “Patagonia 1865. Cartas de los colonos galeses”; traducción de Fernando Coronato de la selección de cartas que los colonos del Mimosa dirigieron a diversos corresponsales en su tierra natal, publicadas en 1866 por la Compañía Galesa de Colonización y Comercio. También las “Cartas a mi abuelo Dalar”, misivas dirigidas a Thomas “Dalar” Evans, poblador de la Colonia 16 de Octubre, reunidas y vertidas al castellano desde su original galés por Iola Evans.
En la primera compilación encontramos textos de este tenor: “... voy cada domingo a los cultos del Reverendo R. M. Williams y seguramente Dios me ayudará a dejar el viejo modo de vivir y llevar una vida mejor de aquí en adelante. Por favor, rece por mí que estoy en un país extraño y Dios la colmará de bendiciones” (Carta de David John en el Chubut, a su esposa en Gales, del 9 de noviembre de 1865).
La segunda muestra pasajes como el siguiente: “Hay cierta señal que la aurora llega a Europa. Hay arreglo entre Alemania y otros países que no irán a la guerra. Muy buena señal y mantendrá el mundo en paz y dará fin a la guerra. Con todo esto, Dalar, creo que la paz del mundo está en el tratado por excelente que sea sino en el señor Jesucristo y que todos ellos estén llenos del espíritu de salvación. Esa es la verdadera esperanza del mundo” (Carta del pastor Morgan Daniel desde Gales, el 20 de octubre de 1925).
Ambos compendios adunan cartas enviadas por distintos corresponsales. En cambio, en el libro “Allá en la Patagonia”, María Brunswig de Bamberg reúne las cartas de su madre, Ella Hoffmann de Brunswig, a su abuela, Emma “Mutti” Voss; enviadas entre 1923 y 1958 desde Lago Ghío (Santa Cruz) y Chacayal (Neuquen). Intercala en el texto fragmentos del relato autobiográfico de su progenitora llamado “Recuerdos de la Patagonia”. Elle describe así unas vacaciones pasadas en el lago Posadas: “Ya ves que nuestras vacaciones son hermosas en todo sentido. Por fin llegó el calor, muy fuerte, y los días sin viento. En este momento estoy sentada bajo una glorieta formada por las ramas tupidas de unos sauces llorones (...), las nenas chapalean en el agua: gozamos entregadas plenamente a la naturaleza”.
Algunos textos relacionados con la Patagonia reproducen cartas aisladas, de distintos autores, que podrían formar una antología. En ella sin dudas se incluiría la que envía Ulises Petit de Murat a su madre, citada por Juan Carlos Portas en su obra “Patagonia. Cinefilia del extremo austral del mundo”, donde el escritor describe el Puerto Pirámides de 1937: “... un lugar entre médanos, con cien habitantes, treinta y siete casas, un par de boliches, ¡pero una soledad maravillosa! (...) La costa se prolonga infinita, con duros acantilados y playas mansísimas, entre los golfos Nuevo y San José. Y si el mar rompe violento contra las escolleras exteriores, cae manso, como un perro faldero, para lamer las arenas de playas que tiene una legua de extensión”.
Las letras patagónicas ofrecen además cartas ficticias, como la “Carta del pueblo” de Rodolfo Peña o las que conforman la novela “Todo eso oyes”, de la barilochense Luisa Peluffo. Asimismo, cartas en tono de música, como en la canción “Te escribo desde el sur”, del recientemente fallecido Hugo Giménez Agüero. Y hay epistolarios expuestos al público; por ejemplo, el que prepara Rosa Spampinato, como Presidenta de la Asociación Amigos del Museo "Emma Nozzi" de Carmen de Patagones y en conjunto con esa Institución, con muestras del correo cursado por los pobladores locales a fines del siglo XIX y principios del XX.
En estos tiempos de mensajes de texto, correo electrónico y otros medios alternativos de comunicación, parecería que el género tiende a desaparecer. Pero, si bien es cierto que una muchas veces inexplicable premura lleva a reducir en forma insólita los textos, irrespetando las más elementales reglas de ortografía y sintaxis; también es verdad que un procedimiento como el “mail” permite emplear los recursos epistolares clásicos. Se presenta entonces una disyuntiva: o se redactan estas notas con las técnicas de facilidades más expeditivas y se envían textos como “Tas bien? X aki tbien. Salu2!”; o, por el contrario, tomándose el tiempo necesario, se hace de cada mail una pequeña obra de arte para que el destinatario disfrute su lectura.












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miércoles, 28 de septiembre de 2011

EL CUENTO DE HOY



El recluido

Por Olga Starzak



Golpeó la puerta hasta que sus puños sangraron profusamente; luego –subido a la tapa del inodoro- rompió los vidrios de la claraboya. Se diseminaron sobre su cabeza, sobre su cuello. Una herida profunda se abrió en el cuero cabelludo y cubrió de rojo su rostro desencajado. Gritó... gimió. Nadie acudió en su ayuda.
No tenía fuerzas ya, ni siquiera para llorar.

Estaba, ahora, recostado en el lecho de aquella habitación separada de su casa. Quién sabe desde cuánto tiempo atrás. A veces, alguien le pasaba algo de comer; él no podía ver de quién se trataba, pero lo sospechaba. También retiraba del cuarto los restos de comida y,  muy de vez en cuando, alguna ropa demasiado sucia.
 Estaba seguro de que era la malvada que lo había parido o quizás,  el degenerado que vivía con ella.
No tenía importancia.

No lo dejaban salir de aquel lugar. Era alguien peligroso, no podían correr el riesgo de exponerlo. Hasta se lo podrían llevar preso, o lo que sería peor,  internarlo en algún sitio para locos, le dijeron siempre, desde muy joven.

La mayor parte del día dormía. A veces soñaba con un cuervo revoloteando sobre la gente y dañándola. Otras, con una araña gigante recorriendo en las noches el cuerpo de su madre, asustándola.
También existían días en que imaginaba la llegada de un hada. ¿Dónde habría escuchado él hablar de las hadas? Esta lo rescataba devolviéndole su anhelada libertad y con su suave voz lo convencía de que no estaba loco. Los locos eran los otros.
Pronto dejaba de creerle.

Cuando la razón primaba rogaba que alguien se apiadara de él y castigara a su madre  por el encierro al que lo sometía.

No tenía muchos elementos en el cuarto. Unas cuantas revistas muy viejas, un par de cajones de manzana: uno lo usaba de mesa de luz –aunque no tenía velador- y el otro de mesa. La cama era la cama y también la silla. Poseía una escoba y un tacho viejo para la basura.  En el retrete, aparte del inodoro, había una pileta y una ducha con agua caliente. No le gustaba  bañarse, aunque a veces lo hacía, pero sí escribir con su dedo en el espejo empañado. Casi siempre garabateaba las mismas palabras.
Su compañía eran las cuatro paredes que lo atrapaban. Ellas eran sus amigas. Lo comprendían y hasta hablaba con ellas. Les pedía consejos que escuchaba con atención, le cantaban melodías emocionantes, lo calmaban del horror que secuestraba su mente.
Tenía guardados, tal como tesoros, unos cuantos clavos que  -con paciencia- había retirado de  sus muebles. Con ellos escribía en las paredes...  mensajes, palabras sueltas y hasta  alguna  rima.
 Era una forma de agradecerles tanta tolerancia.

Luchaba por volver a la vida. Sin embargo,  la única forma posible de pedir ayuda era  gritando, golpeando todo a su alrededor y pegándose hasta sucumbir.

Aún en los momentos en que alentaba esperanzas,  estaba lejos de imaginar que las sospechas de un vecino originarían la denuncia que, al fin, podría liberarlo.


Esperó, ese día como siempre, escondido en el  baño siguiendo la orden de encerrarse allí al escuchar la cerradura.  Así lo venía haciendo desde años atrás. Nunca se había preguntado por el motivo de su obediencia. Sabía que su madre no deseaba verlo. Pero ¿por qué se negaba a hablar con él? ¿Acaso le tenía miedo? ¿O eran las culpas que se lo impedían?

Recordó palabras de su hada. “Ellos son los locos”. “Son ellos los locos”.

“Te odio”, trazó una vez más en el espejo empañado.

Aguardó la llegada de su opresora.  Esta vez ella pronunciaba su nombre, llamándolo...  ¿Sería una trampa para deshacerse de él?
Se mantuvo al acecho; debía ser cauto y a la vez muy rápido.
La puerta se abrió lentamente.
El palo de escoba se partió en la cabeza de aquella mujer.  Sus manos grandes, con fuerza desmedida, apretaron su cuello  hasta quebrarlo.
Comenzó a reírse, prisionero del descontrol. ¿Qué hacía su madre vestida de policía?
Tenían razón las voces... Era ella la loca.






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domingo, 25 de septiembre de 2011

EL CUENTO DE HOY







RUISEÑOR


Por Pascual Marrazzo (*)





      El señor Ruiz bailaba como un trompo con su traje de payaso. Su compañera de danza lo hacía vestida de oveja y adornaba su pecho con una campanita que hacía sonar en cada giro.
      Don Ruiz tenía fama de picaflor y atraía las miradas festivas y maliciosas de los invitados.
      Todos querían saber cual sería su nueva conquista ya que cuando éste echaba el ojo, entre bromas y chanzas, difícilmente perdía la pieza.
      Lo que las otras mascaritas no sabían era que él estaba trabajando a ciegas, inspirado por el misterio ovejuno.
      La fiesta de disfraces era una comedia perfecta. El salón del palacio campestre se engalanaba con los mismos invitados: Era el marco adecuado para que la felicidad venza al cansancio y el amor se empareje con la alegría. El baile continuó hasta el amanecer. La claridad del día dijo basta y la música se acabó. Nadie perdía de vista a la pareja, todos estaban pendientes. El señor Ruiz, más que un payaso parecía un lobo.
      De pronto  resonó un cascabeleo traído por un corderito.
      La acompañante de don Ruiz salió presurosa a su encuentro y los dos se perdieron en el campo.





(*) Escritor de Cipolletti, nacido en Olivos. En 1969 se radicó en Cipolletti. Actual Presidente y Socio Fundador del Centro de Escritores Ingeniero “César Cipolletti”. Participó en más de diez Antologías y ganó varios Premios Nacionales e Internacionales. Libros Editados: Palabras para mis hijos (Cipolletti, 1988), Los Cuentos de Pascual (Nosotros El Sur, 1993), Amansando Ironías (La Casa del Escritor. 1994, de donde se tomó este cuento), Prosa y Poesía del Centro de Escritores (co-autor. La Casa del Escritor, 2003), Los Ojos de la Cerradura (Novela. De Los Cuatro Vientos, 2005) y Rayes (Ediciones AQL, 2009, con prólogo de Jorge Castañeda y Epílogo de Luis Alberto García). Correspondencia con el autor pascual@moviman.com.ar

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jueves, 22 de septiembre de 2011

LA NOTA DE HOY



LA PATAGONIA ES UN CHANCHO QUE VUELA



                                                         Por Jorge Castañeda (*)



La Patagonia es un Macondo lato y estepario, un ámbito de monstruos gigantes, de endriagos, de aves plumíferas y grandes que teniendo alas no vuelan, de mangrullos amarronados de cuatro patas que gregarios ambulan de monte en monte con su relincho arisco.
Es el último confín caído de la mano del mundo donde la aventura y el asombro corren parejos. Donde el viento levanta las piedras y deforma la copa de los árboles a su arbitrio. La Patagonia es un chancho que vuela.
La Patagonia es una latitud de escoriales silentes bajo las lunas blancas y redondas; una soledad crecida en la altura azul de las mesetas; es el aroma acre del cloruro de sodios que enloquece los hollares de las bestias que habitan los bajos de todos los bajos. Gualicho errante. Misterios arcanos. La cruz del Sur donde nunca se arrutó el tesón de los pioneros.
La Patagonia es los carcomidos infolios que en noches febriles entre el escorbuto y la ansiedad escribiera Pigafetta sobre gigantes que bailaban;  la ciudad mítica allende los Andes que buscaban los frailes; las manzanas silvestres del imperio de Sayhueque; la “piedra azul” pitonisa de los Curá;  la bandera argentina que enarboló Casimiro; la búsqueda de Popper; el faro del fin del mundo; los ventisqueros; las rastrilladas donde las lanzas trazaron sobre la tierra el mapa de todas las gestas.
La Patagonia es la tierra “sobre la que pesa la  maldición de la esterilidad”  (¡Oh, anatema de Darwin, acicate para los intrépidos!).
Es el tiempo petrificado; las flechas de obsidiana; las correrías de los bandidos; los ritos caídos de las viejas razas; la Arcadia perdida de los galeses; los rifleros del Coronel Fontana; la remonta de Nicolás Descalzi; los sueños proféticos de Don Bosco;  el santuario cautivante de Ceferino. La Patagonia es un desafío que merece aceptarse.
Es un cielo estrellado que parece tocarse con las manos; es un silencio que dice mucho; es un paisaje que se incorpora al alma como el calafate a los labios. Es la gesta del Comandante Luís Piedra Buena por patriota y por nauta; es la “Proa del Mundo” al decir del Ingeniero Domingo Pronsato (hijo ilustre de Bahía Blanca);  la Patagonia es la “región de la aurora” como la bautizara la pluma del Padre Entraigas.  Es un esfuerzo compartido; una esperanza que nunca cesa como la distancia de sus caminos; es un sentimiento tan indeleble como las manos en la cueva del río Pinturas. Un tótem, un linaje que cubre y abriga como las matras de las tejedoras mapuches. Es un desafío permanente. Una incógnita que nunca cierra.
La Patagonia es el sol ardido sobre los fortines y la soldadesca; el espejo de los lagos; la altitud desmesurada de las araucarias; los volcanes irascibles; el mar inmenso y azul sobre la costa escarpada; los fondeaderos de mala muerte; el relevamiento minucioso de Basilio Villarino y Bermúdez;  las notas detalladas del Perito Moreno;  la Reina y el arcabuz del Padre Mascardi.  La Patagonia es una flor en la espesura.
La Patagonia es el párrafo final de la novela “Sobre héroes y tumbas” de Ernesto Sábato;  la soñada por Ezequiel Ramos Mexía y el geólogo norteamericano Bailey Willis;  “la que piensa” como escribió Juan Benigar; la que poblada de plantas enanas esconde en los petroglifos un pasado legendario; la del volcán Domuyo que guarda en sus entrañas un tronco de oro dormitando entre los hielos eternos; La Patagonia se hace collón en las noches de luna llena y petrifica la debilidad de los timoratos.
La Patagonia es la circunstancia de los hombres cabales; el menocó que marea como un  mar; las bardas; los ríos como arterias impetuosas; las salinas blancas de promesas salobres. La Patagonia es una marca en caliente, una prolongación de las soledades del alma.
Por la Patagonia, el Norte está en el Sur. Y en ella se cuecen habas y legumbres, risas y llantos, llamadas desde el fondo de los tiempos.
La Patagonia es los fósiles de los grandes saurios; el bosque tropical que les daba sombra y alimento, las grandes palmeras con dátiles hechos piedras, las araucarias en rodajas petrificadas, los redondos y ponderables huevos de los saurios que la habitaban,  los dientes de sable del temerario tigre, el caparazón amedrentante del milodón. Lámpara encendida en las edades geológicas.
La Patagonia es un mandato de imperiosas urgencias, para nosotros y para nuestros hijos.
Mi querida tierra, mi lugar en el mundo.


(*) Poeta, escritor y periodista nacido en la ciudad de Bahía Blanca y radicado en Valcheta. Publicó, entre otros, los siguientes libros: “La ciudad y otros poemas”, “Poemas breves”, “30 poemas”, “Poemas sureños”, “Sentir patagónico”, “Los atabales del tiempo”, “Valcheta, un pueblo con historia”, “Suma Patagónica”, "Arturo y los soldados", "Como Perón en el cuadro" y "Poemas cristianos". Tiene inéditos: “El lirio de los valles”, “Crónicas & Crónicas”, que incluye la prosa que aquí se reproduce, y“Donde llora el ornitorrinco”. Figura en varias antologías, tanto nacionales como extranjeras; y recibió numerosos premios por su obra literaria. Es conferencista sobre temas patagónicos. Integra más de veinte asociaciones literarias y culturales, nacionales y del extranjero, incluyendo la SADE, la Unión de Poetas y Escritores Argentinos, la Sociedad de Escritores Latinoamericanos y Europeos con sede Milán, Italia; y la Asociación Latinoamericana de Poetas, Escritores y Artistas con sede en Cuzco, Perú.

Su obra literaria, que presenta un inconfundible tono patagónico pero a la vez una visión universalista, ha sido declarada de “Interés cultural” por la Honorable. Legislatura de la Provincia de Río Negro; la que también lo designó “Ciudadano Ilustre”, por su extensa trayectoria literaria que le significó reconocimientos internacionales y por su contribución invalorable a la cultura nacional. Recientemente fue premiado por la “Latin Heritage Foundation”, en el concurso que organiza esa importante casa editorial de EEUU, por su poema “Valchetango”.Fue nombrado integrante del Directorio de "Personalidades del Arte Universal", con sede en Washington, que promociona y difunde la obra de artistas de todo el mundo; y “Embajador Universal de la Paz” por el Círculo de Embajadores Universales de la Paz con sede en Ginebra, organismo vinculado a las Naciones Unidas.


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