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sábado, 22 de julio de 2017

EL RELATO DE HOY






VIAJE POR MI TIERRA (Prosa poética)


Por Ana María Manceda (*)




Viajo…Voy...regreso cuando el río me llueve y mi reloj de arena se detiene para dejar caer sin tiempo, oro polvoriento del universo.

¿Hacia el norte olvidado de mi tierra? ¿Hacia el sur de la ignominia?
Viajo, vuelvo por este pedazo de planeta desgajado. Recorro suspiros verdes de siembra y ensueños de industria que fue.

Debajo de mi viaje, siento, con los pies desnudos de esperanzas, que me va sosteniendo la riqueza de este suelo. 
Me electrizan los fósiles y la historia hurga mi cuerpo, 
hasta el cerebro. Me abanican los bosques, me sombrean
las sierras y la pampa provocan mi vuelo.

Quieta…quieta arena del cosmos. Quieta, detente. Mira por un rato a los humanos allí en la selva, la pampa, las sierras, la cordillera,
las ciudades. Allí, allá ¡No! ¡tanta inequidad, olvido, brutalidad, silencios! ¡No!

Tengo la luna, el sol y las constelaciones de mi hemisferio.
Veo los desiertos que avanzan y nacer asombrosa una flor blanca,
olorosa de vida en un cactus solitario e enhiesto.
Tengo el perfume de los tilos, las alas de los pájaros,
 los cerezos en flor, los ñires, las lengas, los raulí helados
en la nieve apenas suspendida y los naranjos calientes de los cerros.
Amado pedazo de planeta desgajado, viajo con una nota, sonrisa imperceptible, viajo con los recuerdo, los pies ligeros,
las lágrimas perezosas. Quiero tocar las estrellas en la pleamar
y adormecerme sumisa en la bajamar.
Hay palabras, ricas, tramposas, ilusionadas que siembran mi boca en este largo, loco viaje. Una esperanza impulsa mi cuerpo y me siento guiada por la brújula besada por los vientos.

Viajo. Voy, regreso cuando el río me llueve y mi reloj de arena se detiene para dejar caer sin tiempo, oro polvoriento del universo.



(*) Escritora neuquina. Este texto es de su nuevo libro, en preparación.




domingo, 16 de julio de 2017

EL POEMA DE HOY




MÁS ALLÁ


Por Gonzalo Salesky (*)





No hay nada más,
más allá de tu silencio.
Sólo palabras.

Más allá del cielo, del infierno,
la música y el tedio,
del tímpano aturdido,
de sinfonías vacuas,
del olfato y la sangre…
¿qué queda en este mundo tan vacío?

¿El proceso, la causa,
el hálito salvaje?
Ánforas y espíritus
osados, casi ciegos,
no quieren más crepúsculos en vela.

Banderas de vidrio
encierran la tristeza.
La suciedad mojada,
el espectro del fuego,
los temas recurrentes.

¿La pasión apagada?
Refugios en otoño,
príncipes despojados
opacan mi instinto
al verme en tu piel.

El tiempo me libera y, suavemente,
me entrego a tu recuerdo una vez más.






(*) Escritor cordobés, unido por fuertes lazos familiares con el Valle del Chubut. De su libro Ataraxia (SE Ediciones, Córdoba, 2009).




viernes, 7 de julio de 2017

COMENTARIO A UNA OBRA PUBLICADA RECIENTEMENTE




COMENTARIO ACERCA DE UN LIBRO RECIENTEMENTE PUBLICADO
“EL GALLO CANTA A MEDIANOCHE”, de CARLOS DANTE FERRARI (*)


Por Jorge Eduardo Lenard VIVES



La lectura de “El gallo canta a medianoche”, de Carlos Dante Ferrari, genera la sensación de haber hallado un libro que dejará huellas en la Literatura regional; y que muestra sobrados méritos para ser reconocido a nivel nacional. Como en sus anteriores títulos “El riflero de Ffos Halen” y “Ritual de Siesta”, el autor recurre a sucesos reales del pasado regional como excusa para crear una obra de inquietante ficción.

En esta novela pueden reconocerse tres ejes temático-estilísticos, sobre los cuales se apoya el interés que despierta el texto en el lector: una trama apasionante, relacionada con lo sobrenatural; una escritura amena y ágil; y una nostálgica reconstrucción del ayer valletano.

El argumento, pese a tratarse en el fondo de una manifestación del género policial, ingresa en el terreno del intimismo; y se entremezcla con la vertiente fantástica. Aparece la magia en su variante más obscura; y también en su faz de atenuado y ambiguo esoterismo. Pero también surge la explicación lógica y racional a todo lo que sucede; que trae una y otra vez a la realidad la imaginación del leedor exaltada por la narración. Esta intención se reafirma en las citas de Sigmund Freud y James George Frazer agregadas en las solapas de la edición; con alusiones al origen de la magia en la mentalidad primitiva, como arbitrio para enfrentar a la naturaleza hostil y a sus propios congéneres. Sin embargo, al final, como un guiño del escritor al estilo de la ambigua sonrisa del gato de Cheshire, queda flotando la sombra de la duda; que inclina la balanza un poco más hacia el lado de lo obscuro y lo latebroso.

El autor recurre, para ayudar a crear la sensación de incredulidad suspendida que reclama a quien lee, a la cita erudita de bibliografía y autores reales; como Harvey Spencer Lewis y su “Envenenamiento Mental”, el “Corpus Hermeticum” de Hermes Trismegisto o el “Tratado elemental de magia práctica” de Papus. Se introduce también en el terreno, más escabroso, de la cábala, la gematría y sus coincidencias numéricas; y en el mundo de las ceremonias iniciáticas y los ritos secretos, que colman la imaginación de los que buscan escapar a la desesperante y prosaica realidad de lo cotidiano. El campo no es ajeno a Ferrari, quien en su anterior creación “Visiones en la Torre”, explora el ámbito de la metempsicosis y el mesmerismo.

Con relación al segundo eje, la presencia de un estilo ameno y ágil, es una característica que se materializa, a su vez, en la descripción de lugares y situaciones en un lenguaje claro y conciso, sin aditamentos innecesarios, en un adecuado manejo del diálogo; y en el recurso a desarrollar la historia en capítulos cortos que, como los peldaños de una escalera, permiten avanzar en la lectura sin provocar tedio. La prosa del autor es nítida y va directo a su objetivo; aunque se adorna con recursos literarios variados y frases que presentan pensamientos originales y profundos, de esos que engalanan la producción de los buenos escritores. Por su parte, las conversaciones entre los personajes son naturales; emplean palabras cotidianas sin caer en la exagerada vulgaridad que acostumbran muchas veces a mostrarnos las letras actuales. En tanto a su estructura, el arbitrio de recurrir a los capítulos de pocas hojas, introduce los hechos de una forma gradual y sutil. Se comienza con una bucólica evocación de la infancia del protagonista, que parecería predecir una sencilla historia de inmigración y desarraigo; y se encuentra, en el momento menos pensado, en un escenario signado por el misterio y el crimen.

Respecto a la cuidadosa evocación del pasado del Valle del Chubut, orientada a la década de los años cuarenta del siglo XX, cuando suceden los hechos principales que se narran; se basa no sólo en el conocimiento de un descendiente de familias fundacionales del valle, donde se reúnen comentarios sueltos oídos de chico, charlas con amigos memoriosos y leyendas urbanas que el viejo poblador conoce; sino también en una búsqueda paciente en archivos periodísticos e históricos de diversas instituciones. Ello da lugar a la vívida remembranza de una época de la zona que dejó muchos recuerdos en sus habitantes.

El volumen puede ser leído como una obra de ficción; sin aditamentos. No se necesita conocer Trelew, ni Gaiman, ni el Valle del Chubut para disfrutar de sus páginas; porque Ferrari adhiere al ideal tolstoiano de pintar la aldea para pintar el mundo, y sus palabras superan lo local para tocar un tema universal: el camino que lleva de la obsesión a la muerte. Pero también es un homenaje a su lugar natal. El autor logra de esa manera un efecto que trae a la memoria las páginas del “Crimen y castigo” de Fedor Dostoievski. Profundamente ruso, Dostoievski no puede dejar de retratar los lugares familiares de San Petersburgo donde transcurren las acciones; el marco necesario a los hechos que ocurren.

Esa referencia trae a colación otra característica común de ambas creaciones: las dos son novelas policiales, que recorren el camino desde el crimen al castigo. Y en las dos se conoce el victimario; y la trama se centra en averiguar sus motivos. En un caso, previo al homicidio; en el otro, a posteriori. Lejos de los lugares comunes de la temática contemporánea regional, el texto de Ferrari incursiona en los temas realmente universales, sin perder de vista que el escenario de la narración es familiar y reconocible.

Para resumir, este libro es una Novela. Así, con mayúsculas, para remarcar que cumple con la problemática de la ficción literaria: una creación que entretiene y hace pensar. Pero que entretiene sin caer en lo frívolo y chabacano; y que hace pensar sin derivar en el ensayo de psicología, sociología o política, errores tan frecuentes en la escritura de hoy. Es una verdadera Novela. Y, como sabe el entendedor, eso es mucho decir. Dar la bienvenida al panorama literario regional de esta obra es un honor; leerla es una necesidad para entender los nuevos caminos que se abren a la Literatura Patagónica.


J.E.L.V.




(*) “El gallo canta a medianoche”. Ferrari, Carlos Dante. Literasur, CABA, 2017. Tapa de Ivana Ferrari. En la contratapa, el autor del libro agradece al diario “El Chubut” y al Espacio de Arte Mudich.


sábado, 1 de julio de 2017

LA NOTA DE HOY




LOS LIBROS Y LAS IMÁGENES


Por Jorge Eduardo Lenard Vives




En la novela “Padres e hijos” de Ivan Turguenev, el protagonista, Bazarov, afirma: “El dibujo me ofrece en una imagen lo que en un libro se desarrolla en diez páginas completas”. Esto es muchas veces cierto; y lo es sin dudas para una persona que no sabe leer, para quien una ilustración no vale diez páginas sino infinitas; ya que ni una sola palabra tiene utilidad para él. Pero también es verdad que los vocablos no sólo permiten transmitir imágenes visuales sino auditivas, olfativas, táctiles, gustativas, difíciles de graficar; y, sobre todo, pueden comunicar ideas abstractas, pensamientos y sentimientos, que es el terreno de lo literario. Por otro lado, la escritura, en cuanto a representar lo captado por la vista, recurre a la imaginación. Cada lector recrea la fisonomía de los personajes, sus vestimentas, los lugares donde transcurren las acciones, según su propia inventiva. Es una tarea creativa que no deja lugar al estereotipo ni admite el producto enlatado.

Sin embargo, Literatura y artes plásticas se han llevado bien desde largo tiempo atrás; y ello no escapa a las letras relacionadas con la Patagonia. De hecho, algunas de las estampas más emblemáticas de la región difundidas en la Europa antigua, fueron hechas para un libro. Cuando en 1766 vuelve a Inglaterra la expedición del Comodoro John Byron —abuelo del poeta Lord Byron—, trae la noticia de que realmente existían los gigantes de la Patagonia a los que había hecho referencia Pigafetta. A poco de su regreso, en 1768, se publicó un volumen de autor anónimo donde se hablaba de tales portentos; y se reproducían dos viñetas, que se transformaron en alegorías de esos territorios lejanos: las de un hombre y una mujer con un niño, de proporciones ciclópeas, en compañía de un europeo que a su lado semejaba un escuálido liliputiense.

Un año más tarde, en un texto del Abate Pertney, quien había acompañado el viaje de exploración de Bouganville a las Islas Malvinas, se incluyen nuevas ilustraciones de los colosos patagones muy similares a las anteriores; también difundidas en forma amplia. Una digresión literaria: a raíz de los relatos propalados por los marinos de Byron, el tema de los titanes sureños fue objeto de atención por parte de la sociedad inglesa. Es así que el escritor Horace Walpole, autor de “El Castillo de Otranto”, título considerado como la primera novela de terror gótico, escribe un breve ensayo en tono sarcástico llamado “An account of the giants lately discovered”; donde dice: 

“All that public can learn yet is, that captain Byron and his men have seen on the coast of Patagonia five hundred giants on horseback”.

Volviendo al tema principal, los santos fueron acompañando los folios a lo largo de la historia, pasando de los dibujos a la fotografía; e incluso combinando ambas técnicas. Las ilustraciones también saltaron a la tapa de los volúmenes. Con el advenimiento de nuevas tecnologías de impresión, se facilitó la inclusión de figuras en las obras; y se cimentó la variante de la infografía y otras técnicas parecidas; en cuyo extremo más alejado se sitúa el “libro de artista”. Éste no sólo recurre al grabado sino al objeto; y, pasando a los terrenos de la pintura y la escultura, escapa del dominio de la Literatura. Dentro de las numerosos frutos que ofrece esta irrupción de lo gráfico en lo textual, pueden encontrarse las recopilaciones de fotos, los volúmenes de cuentos para chicos, pletóricos, como es lógico, de láminas coloreadas; y la historieta, variantes todas hallables en la Literatura regional. 

En una oportunidad, la autora chubutense Margarita Borsella empleó el término “Literatura ilustrada” para nombrar una exposición en la cual presentaba algunos de sus escritos, acompañados de tomas fotográficas también de su creación. Con el tiempo, la instalación se transformó en un libro, “Silencios”; donde esta simbiosis ente las letras y la plástica se vislumbra página a página. La amalgama de las dos disciplinas se ve en otras obras; como “Microficciones Ilustradas”, microrrelatos, relatos y poemas del escritor de Río Gallegos Paulo Neo y dibujos de Andrés Casciani, la “Antología Íntima” de la fueguina Niní Bernardello con los aportes plásticos de Maximiliano López o la novela ilustrada “La Santa Cruz de Hielo”, de Luis Ferrarasi, graficada por Andrés Berón, ambos artistas santacruceños.

Hay un estrecho vínculo de la imagen y la palabra con la realidad, a la que interpretan en abstracto. A veces la exponen tal cual es; pero también pueden amplificarla, pueden llevarla por los caminos de la imaginación; y allí no hay quien alcance la acción de estas Artes. Aunque, como dijo Alfred Korzybski, “el mapa no es el territorio”. Cuando se quiere reflejar la substantividad, nada puede superarla. Se puede fotografiar o describir una escena o un paisaje. Por ejemplo, la visión de un lago cordillerano, desde la falda boscosa de una montaña, un mediodía de verano. Pero ni la imagen ni las letras podrán hacer sentir lo que se percibe en forma objetiva estando presente en ese momento en el lugar; la combinación de placer estético que brinda a los ojos la naturaleza bajo la luminosidad propia de la hora del día, la tibieza del sol calentando la piel, el rumor de algún arroyo lejano o el zumbido del vuelo de un insecto; y el olor de la resina de los alerces. De lo real a lo virtual hay un gran paso.


martes, 27 de junio de 2017

EL POEMA DE HOY




19


Por Antonio Vicente Ugo (*)





Sé que vuelves sobre ríos congelados,
sobre arenas de múltiples jornadas,
el pie se aferra a tierras olvidadas,
a árboles de ramos desgajados.

Te agota un viento en rachas hilvanadas,
de rumbos inciertos y mojados.
Tienes los ojos como los soldados
muertos al amanecer entre granadas.

Ilusión que me acecha en un instante,
de paloma fugaz en un arbusto
con pertinaz arrullo cautivante.

Yo sé que vuelves de cualquier manera,
el pie descalzo, descubierto el busto.
(Lo dejo aquí, que el corazón espera).







(*) Poeta chubutense. El poema “19” es de su obra “La tierra que me diste” (Editorial Vinciguerra, Buenos Aires, 1994)

jueves, 22 de junio de 2017

COMENTARIO A UNA OBRA RECIENTEMENTE PUBLICADA

COMENTARIO SOBRE UN LIBRO RECIENTEMENTE PUBLICADO





“DESTELLOS PATAGÓNICOS”, DE SERGIO PELLIZZA (*)






Hay libros que se leen con gusto desde el mismo título. Tal es el caso de “Destellos Patagónicos”, de Sergio Pellizza; cuyo contenido hace honor al nombre que lo identifica. Porque cada uno de los relatos y cuentos del volumen presenta, como dice la definición de la Real Academia Española, “un resplandor vivo y efímero”. Vivos porque están narrados con una prosa clara y descriptiva; y efímeros por su brevedad. Pero no serán para nada pasajeros en la memoria de quien los lea; que largo tiempo los va a atesorar como ejemplos de una buena escritura, amena y reflexiva.

De cuidada manufactura, la obra muestra en su tapa la fotografía - prolongada en la contratapa– de un paisaje bien sureño: el macizo del Monte Fitz Roy, con la mole del cerro Chalten y las Agujas Poincenot, Guillaumet, Saint Exupery, Juarez, Val Biois y Mermoz. Reúne setenta y siete textos. La mayoría de ellos están ambientados en la Patagonia (como “El juicio”, “Orkeke, el cacique amigo”, “La voz no escuchada”), aunque algunos lo hacen en otras latitudes (“El ojo de la cerradura”, “Un día especial”, “El sendero”); y aún hay otros que no presentan un escenario geográfico definido (“El Globo”, “La física del amor”) o son mundos imaginarios (“La rebelión de los mapas”, “Los colores celosos”). Respecto a su temática, varios de ellos se basan en sucesos históricos (“El grumete”, “La gran María”), pero otros tienen argumentos de índole más general (“La hoja de papel en blanco”, “El arcoíris del horizonte”) ; y también los hay con tramas decididamente fantásticas (“El post mortem de don Tito”, “El acelerador de partículas”), incluyendo contenidos de la mitología aonikenk (“Brillantes nacimientos múltiples”, “El idioma de la luna”).

Cabe aclarar que en aquellas narraciones inspiradas en un hecho del pasado, siempre el escritor agrega un toque de ficción o de poesía que las apartan de la simple nota histórica. De todas maneras, es indudable que la Historia es uno de los ejes sobre los cuales Pellizza monta su obra. Otro de los trazos axiales es la ecología; de la cual se muestra férreo defensor. También la geografía de la Patagonia se presenta como uno de sus hilos rectores. Y hay una huella más que atraviesa sus escritos: lo fantástico. El autor gusta introducir el elemento fabuloso en sus creaciones, que le dan a sus palabras un tono imprevisto y variado.

Algunos párrafos entresacados de sus obras muestran su claro estilo. Por ejemplo, en “El oído y la voz del viento” dice: “La misteriosa Patagonia guarda entre sus misterios algunos que son especiales y particularmente bellos, sólo contados a aquellos que saben escuchar con la paciencia infinita de la gente del campo, que se abre a los sonidos, y a veces imágenes, de aconteceres de hace muchos años o no tantos. Como las comadres del vecindario difunden los comentarios; el viento es el portavoz de la meseta y el que traslada de un lugar a otro los recuerdos. Este viento puede soplar muy fuerte y erosionar los montes y los rostros, o suave brisa que roza con ternura y caricia. Puede quedarse quieto inmóvil. Es en este estado cuando toma el perfume de las flores y también escucha lo que dicen los que ya no están.”

Por su parte, en “El observador” describe: “El ojo del observador en lo alto de la meseta, ve muchas cosas que no cambian. El sol poniente sobre la precordillera lejana. El paso de un año que inventamos en nuestra mente y en los calendarios no es nada comparado con las rocas que hace miles de años miran el pasar del agua allá debajo. ¿Cómo puedo decir que en esta especial perspectiva de tiempo distancia, en esta Patagonia de horizontes infinitos, que este hoy de 16 abril de 1850 no es el mismo de hace 10 años, de 100 años, de 1.000 años? Es igual…”

En el prólogo, Silvio Coppola afirma: “Un libro instructivo, interesante y muy fácil de leer. Sus temas son originales, curiosos y siempre con desenlaces inesperados. Quizás este libro sea el principio de otros, ya que el autor está en plena producción e indudablemente se le requerirán nuevas publicaciones”. Y en la introducción, se aclara: “Sumergirse en la presentación de este libro de cuentos inspirados en temas patagónicos, es como ver al autor que observa, mira y escribe sus sentires disparados por el paisaje y sus habitantes. Allí pasan cosas que asombran y a su vez, provocan en la imaginación de quién lee, imágenes únicas e irrepetibles que se convierten luego, en propiedad exclusiva del lector”.

Al intentar resumir la impresión que este texto causa en el lector, surge, asociado con el término “destello”, definido también como una “ráfaga de luz que se enciende y amengua o apaga casi instantáneamente”, la idea de la visión de una estrella fugaz contra el fondo del cielo obscuro de una noche patagónica. Porque la obra de Sergio Pellizza es así: recorrer sus páginas es como observar una de esas lluvias de meteoros cuando la Tierra atraviesa las Acuáridas o las Perseidas; y contra el firmamento austral que cubre la meseta pueden verse miríadas de luces, que se contemplan con un gozo estético que recuerda al que se experimenta leyendo los cuentos de este libro.


J.E.L.V.




(*) “Destellos Patagónicos”. Pellizza, Sergio”. Editorial Dunken, CABA, 2017.


domingo, 18 de junio de 2017

LA NOTA DE HOY




SOY LECTOR


Por Kayra Wicz (*)





Recuerdo que durante las siestas de mi niñez lo único que se sentía en toda mi casa era la máquina de coser de mi madre. En la pared, al lado de la ventana donde cosía había un cartel que decía “Si usted ha sido explotado, no permita que su hijo lo sea”.

Años más tarde en una visita al museo Evita de Chapadmalal, vi el afiche completo. En esas tardes mi madre me ponía a leer cualquier cosa en voz alta. Y siempre mi pregunta era esta: “¿por qué tengo que leer esto?”. Mi madre se levantaba y decía “Para que nadie te explote”. Rotunda era. Y con el dedo marcaba la palabra explotado. Hasta creo que aprendí  leer con esa palabra. 

Hasta los 12 años la lectura fue elegida por mi madre. Obligada. Un día de enero de esos 12 años me paré delante de la biblioteca. Leí todos los lomos. Un título llamo mi atención “La metamorfosis”. No comencé a leerlo, sino a devorarlo. En aquel verano de 87 me convertí en lectora. No antes. A partir de ahí empecé a aprender, a interpretar, a formar opinión, a ser. Al elegir la formación docente como carrera entendí que tenía como función primordial la de ser un mediador que permita el acceso a toda la información posible y que la elección de la lectura debía ser un acto de libertad. La lectura literaria obligatoria sólo es realmente útil para la consecución del objetivo prioritario de desarrollar la competencia lectora, y así ampliar los horizontes de las lecturas personales. La implicación personal es un beneficio común a todos los procesos de aprendizaje, como así también la falta de la implicación personal es la causa más frecuente del fracaso escolar.

El poder como seres lectores es universalmente temido porque se sabe que la lectura puede convertir a dóciles ciudadanos  en seres racionales y capaces de oponerse a la injusticia, a la miseria y a los abusos de poder.

Los lectores de libros amplían o concentran una función que nos es común a todos. Leer letras en una página no es más que una de las muchas formas de leer. El astrónomo lee un mapa de estrellas. El arquitecto lee su plano. La modista sus moldes. El jugador lee sus cartas. El bailarín lee los movimientos del coreógrafo. La música leída en las manos del director es la orquesta que brota. El ciego se deja llevar por sus dedos. El campesino y el pescador leen los signos de la naturaleza. Todos ellos comparten la habilidad de descifrar  y traducir signos.

En todos los casos es el lector quien interpreta el significado. Todos nos leemos a nosotros mismos  y al mundo para vislumbrar qué somos y dónde estamos.

El objetivo de la formación literaria es el de potenciar  y guiar la necesaria libertad que se debe tener como lector literario según su competencia lingüística, su sensibilidad y su capacidad recreadora.

La literatura tiene sus componentes de subjetividad, de individualidad que no podemos cuantificar, pero si destacar. La literatura es una “experiencia”, es decir, algo que implica la propia vida  y se inscribe en el ámbito personal, puede ser comunicada, pero no transmitida. Y aún en caso de ser comunicada lo será por una decisión, libre y sujeta a restricciones que cada uno impone.

La competencia literaria permite interpretar la plurisignificación del texto literario que es inherente a su esencia, como lo muestran las diferentes lecturas que aporta cada lector. Desde Roland Barthes se sabe que el texto literario no está acabado en sí mismo hasta que el lector lo convierte en un objeto de significado, el cual será necesariamente plural. Penetrar en un texto literario es abrir un puente desde la propia realidad – una existencia singular, en un momento preciso, desde una cultura determinada, en una encrucijada histórica precisa, con una cotidianeidad y en un contexto definido – hasta la realidad del autor. A diferencia de la escritura, la lectura no se puede escapar de su condición dialéctica: la lectura siempre es diálogo. 

Leer es como respirar, es una función primordial. En el acto de lectura se encuentra el principio social. Aprender a leer es un rito de paso, durante toda nuestra vida la experiencia es acumulativa y avanza por progresión geométrica. 

Los lectores somos capaces de milagros. Resucitamos mensajes del pasado. Entre un lector y un libro se engendran pensamientos, ideas, sueños, se redefine el universo. Cuando leemos nunca estamos solos.



(*) Colaboradora del blog.




Bibliografía:
Barthes, Roland, El susurro del lenguaje, Barcelona: Paidós, 1994.
Bovo, Ana María, Narrar, oficio trémulo. Conversaciones con Jorge Dubatti. Editorial Athuel, 2002.
Manguel Alberto, Una historia de la lectura, Emecé,2005.
Montes, Graciela, La gran ocasión, Argentina, Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, 2006.
Montes, Graciela La frontera Indómita. En torno a la construcción y defensa del espacio poético, Fondo de cultura económica, 1999
Petit, Michele: Lecturas del espacio íntimo al espacio público. Material fotocopiado, sin datos de edición).




miércoles, 14 de junio de 2017

LA NOTA DE HOY




PATORUZITO


Por Jorge Eduardo Lenard Vives




En oportunidad de recordar en estas páginas al cacique Patoruzú, se dijo que para rastrear más su “prosapia sureña” era necesario estudiar a Patoruzito; esa otra creación de Dante Quinterno. Que es el mismo personaje, por supuesto, pero en su infancia. Ambos son hijos de Patoruzek y descendientes de Patora “La Tuerta”; cuyos recuerdos guardan en el templo cerrado con la proverbial llave anhelada por muchos malhechores. Así reza el testamento paterno, que se conoce en el primer episodio de las correrías del caciquito, “Chiquizuel, el brujo diabólico”: “Yo Patoruzek designo a mi hijo Patoruzito, mi sucesor como cacique y dueño de estas, mis tierras…”

Sin embargo, algunos analistas dicen que en realidad no se trata del Patoruzú niño. Afirman que son dos figuras distintas que coexisten; dado que sus aventuras son contemporáneas. Pero no es cuestión de transformar este artículo en un estudio filosófico: la tira no es un compendio de ontología; se trata sólo de una historieta para chicos. Y tampoco es un estudio de sociología o ciencia política, como aducen otras interpretaciones. 

Es paradójico, pero Patoruzito nació después que Patoruzú. La primera aparición de Patoruzú fue el 19 de octubre de 1928. La de Patoruzito diecisiete años después, el 11 de octubre de 1945. Su principal dibujante fue Tulio Lovato, uno de los más cercanos colaboradores de Quinterno; en tanto los argumentos eran de Marco Repetto, Mariano Juliá o Laura Quinterno. Desde el primer número, Patoruzito estuvo acompañado por Isidorito.

Como fue analizado por algunos aficionados al tema, una diferencia entre las andanzas de Patoruzú y las de Patoruzito, es que las primeras transcurren en forma usual en un ambiente urbano, en tanto las otras se desarrollan en un entorno rural. Ergo, en las páginas de Patoruzito se pueden encontrar más referencias a la Patagonia. Desde su presentación inicial se aclara que es “tehuelche” y también “patagón”; y se introducen elementos regionales. Sin dudas, se hace sin excesivo rigor científico; pero sí presentando rasgos suficientes para caracterizar la zona: los inviernos nevadores, la presencia de fósiles y paleontólogos, la existencia de tribus, como los Gargantúa, que evocan las fábulas de los gigantes patagones. El paisaje, en general, recuerda a la precordillera. Se ven en forma permanente las siluetas de las lejanas montaña; en las cuales también a veces suceden lances.

Más allá de imprecisiones lógicas, los cuadros de la historieta no puede dejar de traer recuerdos a quienes de chico hayan pasado algún verano, en carácter de puebleros invitados, en alguna estancia del sur. Las mateadas y los cuentos de aparecidos en la cocina de los peones, el vislumbrar a lo lejos los jinetes de alguna columna militar montada de maniobras, como las que podría conducir el tío de Isidorito, los paseos a caballo acompañando alguna faena rural y algún que otro galope desbocado… Muchas veces en las peripecias se introducen componentes típicos del folklore argentino. Por ejemplo, el episodio “El Rey de la Pradera”, en el cual Patoruzito recibe a su potrillo Pamperito, se inicia con una serie de referencias a mitos criollos, como la mula ánima, el hombre tigre o la muerte de blanco; y en su transcurso Isidorito narra completa la leyenda del Bragado.

Con el tiempo, el pequeño gran cacique también tiene sus aventuras en Buenos Aires e incluso viaja al extranjero; como cuando en “Ludovico Rey” va al “Reino de Limburgo”. A veces lo hace acompañado por Isidorito –que entre la década de los sesenta a los setenta cambió su característico vestuario infantil con moño y pantalones cortos, por campera, polera y pantalón largo– y otras veces sólo. Esta referencia a su compañero de correrías, lleva a presentar otra característica de la historieta: el grupo de personajes secundarios que forman el marco de las andanzas del caciquito y que también hacen cuadro a las del cacique. Además de Isidorito están la Chacha Mama, famosa por sus empanadas, Ñancul, el capataz con nombre de resonancias regionales, el malvado brujo Chiquizuel y su nieto Chupamiel, permanentes conspiradores que quieren quedarse con la estancia del protagonista, el capitán Cañones, quién con los años llegaría al grado de coronel, Pierre, el administrador francés del hotel porteño. A esas figuras constantes se agregan otras, buenas y malas, que van y viene por sus páginas. Ciertas veces se introducen personalidades de la vida real, como Martín Karadagián y Juan José Pizzuti.

Es de notar que cada tanto, como para dar fuerza al acierto de que indagando en las páginas de Patoruzito se encontrarán las claves de Patoruzú, aparece algún dato sobre los atributos familiares. Por ejemplo, en “Magnate pero bandolero”, uno de los habituales truhanes pregunta por qué los dedos gordos de los pies de los Patoruzek apuntan al cielo. “La fuerza de su raza nacía en la raíz de su cabello, corría por sus arterias y se concentraba en sus dedos gordos para de ahí irradiar al cielo”, explica con seriedad el joven mandamás.

Patoruzito tiene los rasgos que va a mantener cuando sea grande y se transforme en Patoruzú: honradez, valentía física y moral, nobleza, bondad, humildad, sobriedad, caridad, modestia, seguridad en sí mismo; un muestrario de aquellas buenas cualidades que Dante Quinterno intuyó en los pobladores de la Patagonia. No es poco homenaje el que el genial artista hizo a la región.







Nota: los datos para esta nota fueron tomados del tomo número 13, “Patoruzito. Dante Quinterno” de la Nueva Biblioteca Clarín de la Historieta (Arte Gráfica Editorial, Buenos Aires, 2007). En el año 2004 se estrenó la película "Patoruzito"; y en el 2006 "Patoruzito: la gran aventura". Por referencias, se sabe que en estos filmes se cuenta una historia del personaje; que no coincide con algunos datos que surgen de la lectura de sus historietas. El autor de estas líneas prefiere basarse en lo que revelan esas tiras; que describen al Patoruzito que conoció en su infancia.

viernes, 9 de junio de 2017

EL RELATO DE HOY



UN DESIERTO POR OTRO


Por Jorge Castañeda (*)





Los taureg supieron trajinar el laberinto del desierto a su antojo. Con sus dromedarios soportaron el sol ardiente y la sed implacable. Dejaron las huellas de sus caballos –los mejores del mundo- que el viento y la arena con formas más cambiantes que las de Proteo desdibujaban con persistencia y tenacidad.

Sólo el verde espejismo de los oasis les permitía descansar del trajín de sus vidas errantes donde los días y las noches se repetían iguales y recurrentes.

Las caravanas, el comercio de animales, la libertad de sus vidas nómades, las noches frías contrastando con el calor opresivo del sol calcinante, los dátiles, la leche de cabra, el redondo pan relleno al rescoldo, el filo cortante de sus dagas engastados sus mangos de piedras preciosas y sus hojas de fina filigrana.

El desierto fue el protagonista de estos pueblos. Su razón de ser. Su ámbito reservado. Conservando una cultura varias veces milenaria pudiendo llegar a decir que allende fue formada la placenta del mundo y de la civilización. El cuño precioso de la vida.

Pueblos y pueblos pasaron por sus arenas ardientes, señores ya del arte de la guerra o del comercio, protegidos sus rostros y sus cuerpos por la túnica blanca como el color de las raras nubes que nunca supieron traer el milagro del agua.

Sólo la sed y la fatiga, la búsqueda del sol a campo traviesa, la libertad de vivir sin arraigo, sólo el desierto “inconmensurable y abierto” su lugar en el mundo. Y el pie en el estribo partiendo siempre de ningún lugar para arribar a otra nada toda de arena y de sol.

Por eso tal vez la estirpe nueva de esos atrevidos hombres del desierto supo elegir después de los barcos temibles un paisaje similar, pero esta vez para echar raíces y formar familias que habrían de perpetuar el exótico apelativo de su linaje.

Y cambiaron un desierto por otro, éste nuestro y cercano, que está aquí al alcance de la mano y también cerca de las estrellas de un hemisferio diferente: la región sur de Río Negro, en pleno corazón de la Patagonia, madre tierra de todos los desahuciados.

Y como allá también trajinaron el nuestro para ejercer el viejo oficio que traían en su sangre: el comercio.

Con su castellano a destiempo, algunos con el Corán debajo del brazo (Hay un solo Dios y Mahoma su Profeta), con sus comidas típicas, con la delicadeza gris del narguile con su persistencia ante los obstáculos, con la obstinada paciencia de saber que todo se puede.

Cambiaron un desierto por otro. Tuvieron hijos, familias con apellidos orientales y siempre el recuerdo de aquel desierto más grande que dejaron en Arabia.

Ese desierto que dejó las cicatrices de su ámbito en el alma de esos inmigrantes y el viento la música permanente que aquí no sólo suele levantar la arenisca de las dunas como allá, sino también las piedras y doblar la copa de los árboles a su antojo.

Porque el desierto es la circunstancia de estos pueblos: su forma de ser, la matriz que los ha moldeado desde tiempos pretéritos.

El desierto allá y el desierto acá. ¿Importa algo?

De esa sangre, de esa herencia, de esa prosapia yo también he venido al mundo. Amed Ardín, abuelo legendario: mi crónica te recuerda.




(*) Escritor de Valcheta. Este relato es de su libro “Crónica & Crónicas” (Imprenta de la Legislatura de Río Negro, Viedma, 2015).

domingo, 4 de junio de 2017

EL POEMA DE HOY


Dos poemas de Margarita Borsella (*)









SILENCIO

Silencio,
silencio ineludible
en el que se tejen penas
desovillando ausencias,
me arrojo al laberinto
donde me calcino
en mis propios sueños
con migajas de sol.


BRISAS

Brisas,
brisas de primavera
insisten en mis sueños,
airean recovecos
olvidados del alma.
Pero sólo finos hilos
agridulces
escapan de mis ojos.

Son el eco de palabras
que caminan
por la vereda de enfrente.




(*) Escritora chubutense. Los poemas fueron tomados de su libro “Silencio” (Remitente Patagonia, Trelew, 2016)

sábado, 27 de mayo de 2017

LA NOTA DE HOY




LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA Y LA PATAGONIA


Por Jorge Eduardo Lenard Vives



Las crónicas de la Guerra de la Independencia argentina poco mencionan a la Patagonia. Alejada del norte del país donde sucedieron las principales acciones, la región parece haber quedado ajena a las luchas independentistas. Sin embargo, una breve recorrida por el pasado y por algunas obras literarias que refieren esos eventos, muestra que la zona estuvo ligada a los hechos iniciados el 25 de mayo de 1810; con episodios de significativa importancia.

Cuando ocurrió el movimiento emancipador, existían en estos territorios tres enclaves hispanos que, por el principio de uttis posidettis iuris, pasaron a depender del nuevo gobierno del Río de la Plata. Uno de ellos, el Fuerte San José, tuvo efímera existencia. Si bien la Junta había dispuesto el traslado de sus pobladores, la orden no llegó a ejecutarse porque fue destruido por un ataque tehuelche el 7 de agosto de 1810. El historiador Orestes Trespahilié recuerda este suceso en su trabajo “La tragedia de San José”. 

Otro asentamiento, Puerto Soledad en las Islas Malvinas, era una guarnición militar española que en 1811 dejó el lugar por orden del gobernador de Montevideo, Gaspar de Vigodet, para combatir contra Buenos Aires. Pero en marzo del año anterior, Gerardo Bordas, quien fuera gobernador de las Islas hasta enero de 1810, había reclamado desde Montevideo por sus sueldos atrasados al Virrey Cisneros en Buenos Aires. Al tiempo recibe un oficio, de fecha 30 de mayo, admitiendo la deuda: no lo firma el Virrey sino Cornelio Saavedra, Presidente de la Junta de Gobierno. Más tarde, en 1820, David Jewett al mando de la fragata “Heroína”, afirma con su presencia la soberanía patria sobre las Malvinas.

El tercer sitio, Carmen de Patagones, fue objeto inmediato de atención del gobierno porteño. Intuyendo que parte de la población del lejano pueblo podría ser fiel a la autoridad real, designó un jefe de plaza leal a los criollos, el capitán de Dragones Francisco de Sancho; y tomó varias medidas en pro de la localidad. Sin embargo, la Junta cometió el error de deportar a ese lugar, en octubre de 1810, a cuatro funcionarios españoles; entre ellos el coronel Faustino de Ansay. Confabulados con la tropa del lugar, el 21 de abril de 1812, mediante una artimaña, capturan a Sancho; y Ansay se hizo cargo del sitio. Ignorando la revuelta, el Primer Triunvirato envió para retomar el contacto con su lejana dependencia al capitán Taylor con el queche “Hiena”, principal nave de la flota criolla. Sucede acto seguido un lance insólito.

Fingiéndose patriotas, los rebeldes abordan la nave el 16 de mayo; y, con ardides, llevan a Taylor a Carmen de Patagones. Allí lo recibieron el resto de los revoltosos. Uno de ellos simuló ser Sancho y convenció al capitán que desembarcase cuarenta hombres para cortar leña del monte cercano a la playa. Taylor firmó una orden para que el oficial que había quedado a cargo del Hiena hiciese lo sugerido; tras lo cual fue impuesto de la verdad y arrestado. Los monárquicos, siguiendo con el engaño, suben de nuevo a bordo con la nota de Taylor, reducen a la tripulación y se adueñan del buque. Dejando a cargo de la plaza a un militar español, los cabecillas del motín zarpan con el queche hacia Montevideo; donde son bienvenidos. El 24 de junio, Vigodet manda a Patagones la nave Mercurio; para asegurar el lugar. 

Durante 1813 la ciudad patagónica estuvo en poder de la Corona. Iniciada la Campaña Naval de 1814, la flota de Guillermo Brown venció a la hispana en Martín García y Buceo; lo que motivó que en junio de ese año cayese Montevideo. Carmen de Patagones quedó aislada. El 23 de diciembre de 1814 una expedición dirigida por el capitán Oliver Russell, recupera la población para las Provincias Unidas.

La batalla final por las guerras de la Independencia Hispanoamericana fue Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824; acción que acabo con el Virreinato del Perú. Sin embargo, aún resistían el fuerte de El Callao y las tropas borbónicas de la región de Chiloé. En 1824, un intento de derrotar esa oposición en el sur de Chile fue infructuoso; aunque las huestes ibéricas perdieron el enclave continental y quedaron acotadas al sector insular. A principios de 1826, una nueva fuerza, a cargo del Director Supremo de Chile Ramón Freyre, desembarcó en el archipiélago. Luego de varios combates, las milicias españolas del gobernador Antonio de Quintanilla se rinden; y el 18 de enero, por el Tratado de Tantauco, el territorio pasa a manos chilenas. Cuatro días después se entregó la fortaleza de El Callao.

Además de la resistencia de Chiloé, habían existido guerrillas realistas en el sur de Chile; muchas de las cuales fueron derrotadas en 1824. Algunos grupos sobrevivientes, convertidos en bandidos, decían seguir luchando por la causa del Rey. La última de esas cuadrillas fue la liderada por los hermanos Pincheira; cuatro varones y dos mujeres. Con el apoyo de tribus aborígenes, dominaban un amplio territorio en ambos lados de la cordillera. En la Argentina ocupaban el Valle de Varvarco, la zona de Lagunas de Epulafquen y otros sectores en el Neuquén Noroccidental; con algunas avanzadas en Mendoza y La Pampa.

Desde 1825, los pincheirinos ejercieron una fuerte presión sobre las fronteras sureñas de los dos países e interfirieron en su vida política. Sus malones llegaban a lugares tan distantes como Bahía Blanca. Al asumir Juan Manuel de Rosas del gobierno de Buenos Aires, aliándose con algunos caciques, intenta, sin éxito, contenerlos. Por su parte, el gobierno chileno trató en varias ocasiones de derrotarlos. En 1826, un contingente conducido por el Brigadier José Borgoño cruzó la cordillera, buscando vencerlos en Neuquén. Obtuvo varios éxitos parciales, como la captura de las dos hermanas; pero no pudo acabar con sus correrías.

Decidido a eliminar la amenaza, Chile envió en enero de 1832 una división del ejército, a órdenes del general Manuel Bulnes. Luego de detener y fusilar a Pablo, uno de los dos Pincheira que quedaban, la fuerza atravesó los Andes; y el 14 de enero atacó el campamento principal en las Lagunas de Epulafquen. Tras una enconada pelea, los pincheiristas se rindieron. José Antonio Pincheira, el último de los hermanos, logró escapar; pero el 11 de marzo se entregó con el resto de sus fuerzas en Chile. Indultado por el presidente José Prieto, consiguió trabajo en una hacienda; donde murió ya anciano. Ciertos estudiosos, como el historiador Isidro Belver en su libro “Los Pincheira: aldea realista en Epu Lauquen”, consideran que el combate de Epulafquen es el último encuentro de la Guerra de la Independencia americana.

El final de los Pincheira dejó una leyenda en la zona, registrada por Gregorio Álvarez en “El Tronco de Oro”: la del tesoro oculto en una cueva ubicada en sus dominios. Y también habrá dejado alguna sospecha en don Juan Manuel, quien al año siguiente emprende la expedición que lo llevó a celebrar en su campamento de Médano Redondo, a la vera del Río Colorado y en la puerta de la Patagonia, un nuevo aniversario de ese 25 de mayo de 1810 con el que comenzó toda esta historia.


martes, 23 de mayo de 2017

COMENTARIO A UNA NUEVA OBRA




COMENTARIO DE UN LIBRO RECIENTEMENTE PUBLICADO
“CON LOS OJOS DEL PUMA – AVEC LES YEUX DU PUME”
POR HUGO COVARO (*)


Salvo para aquellos que dominan a la perfección un idioma distinto al natal – los hay quienes entienden varios – la traducción de una obra literaria adquiere un valor supremo. Los políglotas tienen la suerte de recorrer las páginas de un libro en su idioma original como si lo estuviesen leyendo en el propio; y disfrutan de esa lectura de primera mano. Pero a los demás mortales se nos hace imprescindible la intercesión del traductor.

La traducción es un arte en sí mismo, que permite poner a disposición de los lectores de otras naciones la obra vernácula y posibilita que el autor sea conocido allende las fronteras. Aunque ello también implica que el ejemplar deba ser distribuido – y “distribución” es una palabra compleja para la producción patagónica – en esas lejanías. Sin embargo, en los últimos años, con el arribo a la región de turistas de todas partes del mundo, está la chance de que los libros sean adquiridos por esos paseantes en sus tours. Todo buen lector que haya recorrido países de lengua extraña, conoce la alegría de encontrar algo escrito – bien escrito – en su propia lengua. Y más cuando trata sobre el sitio que visita, lo que permite llevar no sólo material de lectura sino un recuerdo del lugar.

Hugo Covaro ya incursionó dos veces en la traducción de su obra: primero al inglés, con un volumen que reúne varios de sus textos titulado “Patagonia. Pequeñas Historias – Patagonia. Little histories”; y luego al francés con “El chamán y la lluvia – Le chamán et la pluie”. Vuelve ahora junto con Jean Claude Parat, traductor de la novela anterior, a llevar una obra suya al público galo: “Con los ojos del puma – Avec les yeux du puma”. Es así que el idioma de Racine, que es el de Jean Parat, es ahora también el de Hugo Covaro; merced a la maestría de quien lo transliteró.

Además del valor agregado que implica la versión francesa del texto, la nueva edición de “Con los ojos del puma”, permite un reencuentro con esa obra fundamental de Covaro; publicada por primera vez en el 2000. Al recorrer sus páginas se encuentra toda la poesía de este verdadero cantor de la Patagonia, cuya prosa sabe recoger la esencia de la región.

Las vidas de los personajes de Covaro se entrelazan en el tejido macizo y multicolor de una matra; cuyo telar tiene como urdimbre la historia de María Rumay y Emiliano Villaverde. Ellos – y también el águila mora y el puma - son los protagonistas de la narración; el resto de los personajes son sombras alrededor de la anciana. Como Nicolás Millaqueo, su marido, o los padres de Ramón Martínez, su nieto. O el mismo Ramón quien, aunque un poco más presente en el relato, es un actor secundario que sólo funge de testigo privilegiado de los momentos finales de la historia. Pero Ramón es un personaje interesante; su pasado es confuso y extraño. Tal vez por eso Covaro lo hizo luego protagonista de otra novela, “Los dueños del fuego”.

El argumento va y viene en el tiempo, con múltiples raccontos que retornan una y otra vez al presente; donde la machi inicia a su aprendiz en los arcanos de su sapiencia. Así como la trama se mueve en el tiempo, también lo hace en el espacio; aunque en un microcosmos, en una región no muy extensa entre la cordillera y la meseta, cuyos puntos extremos son la Estancia La Porfía al este, y el Puesto de Márquez y el Sitio Sagrado al oeste. En esa precordillera de matices ambiguos, Covaro inicia la historia con un par de párrafos que marcan el calibre de la escritura que seguirá después:

“Inmóvil, la mujer miraba el vuelo del águila. Como una flecha de sombras surcaba las distancias azules, tan alto que a veces sólo era una muesca pequeña en el lienzo infinito del cielo. En sus ojos se repetía esa silueta bruna, como un dardo lanzado desde un sitio de ese inmenso territorio, para herir en pleno rostro al asombrado mediodía. Siguió mirando hasta que el ave, remontando invisibles pendientes, desapareció tras los blancos penachos de la cordillera. Lentamente volvió hasta la casa y la oscura boca de la puerta se tragó entera su encorvada figura.”

Y en la versión francesa:

“Immobile, la femme observait le vol de l´aigle, semblable à une flèche sombre zébrant l´azur lointain, si haute que parfois elle n´etait plus qu´une fine entaille sur la toile infinie du ciel. Dans ses yeux se reflétait cette ligne brune, comme un dard lancé depuis un quelconque endroit de cel immense territoire, pour blesser en plein visage le milieu de journée stupéfié. Elle continua à l´observer jusqu´à ce que l´oiseau, remontant d´invisibles pentes, disparaisse derriére les panachés blancs de la cordillère. Lentement elle revint vers la maison où la bouche obscure de la porte avala toute entière sa silhouette courbèe.”

La iniciación de Villaverde, guiado por Reumay para aprender los secretos del chamanismo que lo transformarán en un “uámenk” blanco, llena la obra; desde su predicha aparición hasta el momento en que, borrando los rastros de la existencia de su “entrañable maestra”, toma el lugar de la “uámeckshon” que ha partido a reunirse con sus antepasados. El narrador describe así esa transformación, en las escenas finales:

“Ciego de luz, poseído por esa visión incomprensible, se veía arrastrado hacia esa puerta que esperaba al final del túnel, para develarle en un pestañeo, el origen de aquellos sortilegios. Y fue un destello, un breve refucilo alumbrando la escena donde la vieja casa de la chamana, reflejaba su precaria marinería en las aguas dulces del arroyo. Un pequeño humo izando su blanca bandera en la tarde quieta. Luego el fuego.”

Y en francés:

“Avegle de tant de Lumière, possédé par cette visión incompréhensible, il se voyat trainé vers cette porte qu´il espérait au bout du tunnel, por lui dévoiler en un clin d´oeil, l´origine de ces sortiléges. Et ce fut une étincelle, une brève fulgurance éclaraint la scène où le vielle maison de la chamana reflétait sa précarité marine dans les eaux douces de la rivière. Une petite fumée hissa sa bannière dans la tranquille après-midi. Puis le feu.”

Con un excelente dibujo de tapa de Orly Mayorga y una cita introductoria de Italo Calvino, el volumen, de edición bifronte invertida, agrega una ilustración: el mapa de la comarca donde transcurre la acción, para guía del lector. Y al final de la obra – de las dos obras – el vocabulario que tanto auxilia a quien recién incursiona en la geografía y la historia patagónica.

Quien lea por primera vez este libro, ya sea en francés o en castellano, va a encontrar una creación que lo deleitará y lo hará reflexionar; un texto ameno que mantendrá su atención y lo llevará a conocer la Patagonia a través de símbolos que son arquetípicos. Quien lo relea, se reencontrará con uno de los escritores más significativos que tiene la Literatura regional; cuyo nombre es referencia obligada al hablar de las letras australes.


J.E.L.V.






(*) “Con los ojos del puma – Avec les yeux du pume”, de Hugo Covaro. Editorial Universitaria de La Plata, La Plata, 2016. Edición Bilingüe.