UN CUENTO
Por Héctor Roldán (*)
Nunca pudo poner los pies sobre el piso. Flotaba sobre él imperceptiblemente, apenas unos dos milímetros en el aire, casi nada. Nunca pudo pisar firme, ansiaba ese contacto pleno de fuerza de gravedad, fuerza que daría un sentido vertical, descendente a su cuerpo, que le permitiría elevar sus ojos soñando una próxima elevación. Un ascenso.
Siempre caminó de puntas de pie, forzando ese contacto, simulando una participación en las leyes de la física que en su caso no se cumplían. Excepción extraordinaria que siempre ocultó. Talón, punta; le repetían sus padres de niño. Talón, punta; creyendo que su hábito era un mal caminar y no un intento de participar con normalidad en el mundo. Siempre sintió una liviandad de ángel, de aparecido, de insólito fantasma pues sentía su solidez y no dudaba de su existencia. Aunque esa sensación, en vez de consagrar una diferencia que lo santificara como un niño milagroso, lo obligó a esfuerzos descomunales para humanizarse como el resto. Eso sí, le permitió ser un buen arquero ya que, liberado de esa atadura con la tierra, volaba de palo a palo con una gracia de pájaro que le permitía hacerse con las pelotas más difíciles.
Pero su desdicha era que mientras todos los hombres ansiaban el cielo, él ansiaba la tierra. Sentir sobre sus pies la masa de su cuerpo, sentir sus vértebras comprimirse por su peso, aplastando sus espacios intervertebrales. Soportar su vida no solo en el alma sino también en el cuerpo. Hundir sus pies en la arena con la misma facilidad que todos.
¿Cómo orar si no sentía el castigo de su carne convocada por el polvo en cuyo seno debería descansar como decía la Biblia? ¿Cómo orar si estaba más preocupado por descender que por elevarse? En una época cargaba peso en sus bolsillos, se ataba pesas en sus tobillos. Su ropa tenía en sus vericuetos cientos de pequeños pedacitos de plomo. Se sentía entonces como una boya, que anclada en el fondo del mar, era sacudida por el oleaje feroz de un océano que lo rodeaba y que no lo dejaba hundirse en su organismo hasta el fondo oscuro de la vida que pululaba dos milímetros más abajo. Ese abismo.
Se preguntaba. ¿Era un soplo divino? ¿La pestilencia de un demonio? O nada de eso, porque comía, bebía, lo curaban los médicos. Podía ver sus radiografías donde sus huesos quedaban expuestos como el testimonio anticipado de su cadáver. No era un fantasma, ni un ángel, solo flotaba sobre el suelo. Y ese hecho tan sencillo, y esa distancia tan insignificante hacía que todo cambiara. Por eso en la metáfora de la caída que prometía la futura reconciliación con los dioses, estaba él en el limbo de aquellos que podían ser ignorados. Fuera de la plegaria de los penitentes, fuera de la bendición de los justos.
Fue así que decidió pecar, convencido de que la culpa lo hundiría. Y en las misas golpeaba su pecho: por mi culpa, por mi propia culpa. Confesaba atrocidades y las cometía. Primero las confesaba y después las cometía.
(*) Escritor santacruceño. De su blog “El espectro de las cosas”.
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