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jueves, 19 de enero de 2017

EL POEMA DE HOY




EL VERSO QUE ME DUELE


                                   Por María Julia Alemán de Brand (*)




Mi verso es la nostalgia de la tierra,
el nativo solar, la bienquerencia,
Es la hijuela venida de la herencia
y el ámbito de luz que nos encierra.

Es el prado solar, al que se aferra
mi telúrico canto, mi vivencia.
Es un algo vital de mi existencia
esa parte que nunca se destierra.

Y esa parte es el verso, al que yo llevo
tan dentro de mí, que el verso duele
con un dolor de siglos, siempre nuevo.

Lo arranco de mi ser, que libre vuele
más allá de la tierra en que me abrevo
y hecho tierra o candil, siempre la vele.




(*) Escritora de Esquel. El poema es de su libro “Soy poesía, búscame en el sur” (Ediciones Último Reino, Buenos Aires, 1991).


domingo, 15 de enero de 2017

EL CUENTO DE HOY




LA ESPERA


Por David Aracena (*)



Era sábado cuando me dieron trabajo. Hacía mucho tiempo que no conocía una mañana como esa.
La calle, el cielo claro, el humo de los barcos: ¡arre Platero! Jiménez. Knut Hamsun, Rolland, Kafka.
Fui al puerto a mirar los barcos y a soñar con mis libros. Para entonces, era lo único que me quedaba. Después, ¿tenía yo algo después?
Hago memoria y me veo con mi traje marrón, ya viejo y corto, con sus mangas deshilachadas.
— El lunes, turno de 20 a 4, pozo 1230 —aparato 50— me había dicho brevemente el jefe.
Gasté las últimas monedas en un poco de pan. Pasaba hambre. Iba a vagar por la costa. A mirar los barcos, observando la carga y descarga de mercaderías, los pasajeros subiendo la planchada, acodados en el puente.
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El comedor número 4 miraba al Este. A través de la apretada fila de álamos podía ver el mar. El personal comía en mesas largas con unos bancos duros desprovistos de respaldo.
La comida era bastante buena. El precio acomodado.
En el trabajo somos tres: el encargado del guinche, Dañe Vlahovich y yo.
Por el camino, las torres se yerguen silenciosas. Llevamos ya media hora andando.
El aparato 50, queda a veinte metros de las vías del ferrocarril, y el campamento a cinco kilómetros. El trayecto hay que hacerlo a pie.
Desde lo alto de la torre, se puede ver el puerto.
Trabajamos, en extracción. Cuando el pozo no produce, allá vamos nosotros.
El petróleo sale espeso y tibio de la cuchara recién descargada.
Cuando subí la primera vez a lo alto de la escalerilla, sentí miedo. Los tramos, sucios de petróleo eran siempre un problema para los principiantes, y sobre todo con el frío y el viento, que a veces corre a 150 kilómetros por hora.
Con la paga siento deseos de comprarme un saco de cuero, que he visto en la vidriera con el precio pegado en una de las mangas. Después recuerdo que mi madre necesita unos lentes. Vlahovich, tampoco puede distraer su dinero. Me habla de su casa. De sus deseos de volver.
Estar con Jakitza y con Gyp - dice. Se queda soñando en su aldea. Siempre está de vuelta: su mujer, su hija. Vuelve a caminar por las calles de su pueblo.
Si. Esto es posible - piensa. Aquí está Opuzen. Las casas blancas con sus techos rojos. Está otra vez en el paredón del río. El Neretva, va aguas abajo, sin ruido, entre los pilares y las ramas verdes de los sauces. Se pone triste. Sueña y espera. Me habla de su casa. Conozco todos los detalles. La cocina, y el sendero que va hasta el molino del tío Krezán. El jardín con el bosque de violetas.
Pensar que a Bismark, no le gustan las violetas— dice. Conozco la granja y el establo. Hasta creo que he estado en la cosecha. Para ese tiempo hay rosas. Los junquillos están en flor.
Vlahovich, está de vuelta. Descarga la cuchara. Gotea el petróleo espeso y tibio. Deja el gancho a un lado, y se hace un ovillo contra las chapas sucias.
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Estamos en mayo y nieva. Tenemos el turno de noche. Hay que bajar la bomba y la cañería es de tiros dobles. Trabajando así, uno tiene que ir al piso 10 de enganchador, y el otro queda abajo entubando los caños con una llave a cadena.
Sigue nevando. Vlahovich, ha ido al aparato 50 a controlar la producción.
Vuelve pronto, cubierto de nieve. Se abrocha la camisa y se sube la solapa del saco. Se mira los dedos de la mano que tiene helados y comienza a subir.
Me apuro y trabajo como un loco. El guinche zumba y el cable queda tirante.
Son 560 metros de cañería hasta el fondo y tardo horas en terminar el trabajo. La llave a cadena esta tibia. En la boca del pozo quedan marcadas mis pisadas entre el barro y la nieve. Arriba, Vlahovich tiembla de frío y la nieve sigue cayendo en copos compactos.
Al mediodía, la bruma lechosa de las lomas dejó el cielo claro y limpio. Empieza el deshielo. Innumerables hilos de agua vienen de lo alto. Las guijas brillan al
— Vlahovich —digo— ¡vamos a gustar esto!
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Vlahovich, vive a la espera de cartas. Cuando tiene correspondencia anda todo el día feliz.
-  Mañana –dice- es el cumpleaños de Gyp.
Estamos en octubre. Las mañanas se doran de sol. Los brotes de los álamos son ya pequeñas hojas verdes.
Vlahovich, me sigue hablando de su casa. Anda preocupado. La hija está enferma. La cosecha ha sido mala ste año. La uva se ha perdido toda. Su mujer y Gyp se han ido a vivir a lo del tío Krezán.
Tiene que volver a su aldea. A caminar por sus calles, detenerse frente a una ventana. Sentir que le dicen:
— Dobar dan, Dañe.
Pero las cosas no se dieron así, y es Jakitza y la hija las que vienen.
Sabe, sin embargo que algún día ha de volver. Sentir el olor de la tierra en marzo, acariciar las ramas de un árbol.
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Alquiló una casa que mira el mar. Pintó la cocina y las dos piezas. Podó el cerco de tamariscos. Los ratos libres arreglaba el jardín.
La noche está clara y tibia. Las sombras mas allá de los focos tienen un aire desolado.
Terminamos de sacar el impresor a caños. Busco un poco de estopa para limpiarlo, para que esté listo para el otro turno que tiene que bajarlo de nuevo. Siento la voz del capataz que dice:
— Vlahovich, hay que poner un poco de aceite al cable que no corre bien.
Faltan cinco minutos para terminar el turno, de 20 a 4 de la mañana.
A las 8 de ese mismo día, desembarcará pasaje el barco que trae a Jakitza.
Vlahovich, trepara ágil por la escalerilla. Siento su voz feliz, cantando, arriba a 20 metros de altura. De pronto, la voz se quiebra entre los hierros y la noche. No sé cómo cayó. Estoy arrodillado frente a él. Siento que se queja, después delira. Confunde la sirena de la ambulancia con la del barco.
- Ya están ahí - dice.
La voz cae delgada, como una hilacha de algodón. Afuera, está silenciosa la mañana. El sol, alarga las sombras y las deja como un hilo.



(*) Escritor de Comodoro Rivadavia.


martes, 3 de enero de 2017

OBRAS DE AUTORES PATAGÓNICOS





“LOS NARANJOS” DE GLADIS NARANJO (*)




Si bien Gladis Naranjo, la autora de “Los Naranjos”, advierte que este libro fue publicado para ser repartido sólo entre parientes y amigos; ha logrado una obra de gran calidad literaria que la hacen apta para su difusión fuera del círculo íntimo, a fin de acercarla a ese grupo de lectores a quienes interesa recuperar la Historia a través de pequeñas historias de vida. La preferencia de estas personas dio origen a una variante, dentro del subgénero biográfico del género didáctico, que ha mostrado una importante presencia internacional en los últimos años: la autobiografía.
Esta vertiente busca exteriorizar el fenómeno de la introspección como manifestación artística; y se incluye en el ámbito de la “escritura del yo”. Su subjetividad obliga al requisito del “pacto autobiográfico”, una suerte de contrato entre autor y lector, por el que aquel se compromete a narrar la verdad sobre su vida; y éste, a creer el relato resultante. Dicha premisa aparta a quienes anteponen la creación imaginativa; ya que debe primar la honradez biográfica. En la Patagonia también se ha incursionado en el género; y a los nombres de Margarita Borsella, Dora Lendzian, Victoriano Salazar y otros, se puede agregar ahora el de Gladis.
En el caso de “Los Naranjos”, a través de la saga familiar se asiste a una recorrida por la historia de los primeros años de Zapala; y a una visión - más personalizada - de la década de los cincuenta en esa ciudad y en San Martín de los Andes. Luego se contemplan los sesenta transcurriendo en los escenarios de la bonaerense Tandil; hasta el momento en que, como dice la autora, “crecimos… Y de a uno nos fuimos yendo”.
Estas memorias, además de agregar valiosos detalles cotidianos a quienes quieren conocer el pasado de esos lugares; entregan un emotivo recuerdo que puede ser compartido por los que son contemporáneos de los tiempos que describe la narradora. Los juegos infantiles, recuerdo que en forma ineludible une generaciones, las costumbres carnavalescas y festivas, las experiencias educativas, las modas; son un incentivo para que el lector recupere sus propias remembranzas. Tal vez uno de los motivos del éxito de este tipo de Literatura sea el grado de identificación que el lector siente al pasar sus páginas; y la motivación a indagar en su propio pasado para conocerse a sí mismo.
Pero este libro tiene otra vertiente, que no va en zaga de lo que se describió hasta aquí. La familia de Gladis tuvo una estrecha relación con las disciplinas artísticas; tanto su madre, la poeta Pura Serradilla, como su hermano Pehuén, bardo y músico; y ella misma, que incursionó en la poesía y la narrativa. Esta situación permite a la autora intercalar un conjunto de poemas que se conjugan con la prosa de la narración, casi sin solución de continuidad, para deleite del lector. Citando algunas de estos intermezzos poéticos, a modo de ejemplo, se puede mencionar “Noches de Aluminé”, de Pura Serradilla:

De los cerros milenarios / y de intrínsecas entrañas / van llegando
Y se extienden cual sudarios / sus nostálgicas hazañas / dormitando.

O “Para poder llegar” de Pehuén Naranjo:

Ando con ganas de soltarte / los pájaros del sueño / que me vine a buscar,
Y también de pedirte / que me prestes tus ojos / para verme llegar.

Y también “Tus manos”, de la propia Gladis:

Tomada de tu mano era una maravilla / caminar hojarascas crujientes y doradas
(En Zapala el otoño es cascada amarilla / en las primeras horas de las tardes soleadas)

Con respecto a la presentación formal del libro, se destaca la tapa, con un collage de fotografías familiares que van desde imágenes en una tonalidad sepia a la foto en colores; y la contratapa, una imagen en blanco y negro de la cual, de manera acertada, la escritora dice que en ella “se respira nostalgia volvedora de infancia...”. El ejemplar está ilustrado con numerosas fotos; e incorpora, como valor agregado, un apéndice con breves biografías de muchos personajes citados en la obra; y otro de toponimia autóctona de los lugares que menciona el libro.
Quien tenga la fortuna de poder ingresar en las páginas de este libro, va a tener la oportunidad de recuperar parte de su “tiempo perdido”, al decir de Marcel Proust; reconocerá trozos de su propia vida en las páginas del texto; y comprenderá, una vez más, que el ser humano es esencialmente igual en todos los lugares y en todos los momentos; y que las diferencias son circunstanciales. Y también podrá ver como la magia del Arte, esta vez ejercida por la mano de Gladis, transmuta recuerdos, pensamientos y sentimientos en palabras y frases y párrafos que permiten regalar al espíritu con un texto ameno, emotivo y motivador.





(*) “Los Naranjos”, de Gladis Naranjo (Edición del autor, Tres Arroyos, 2016).