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sábado, 4 de agosto de 2012

LA NOTA DE HOY


   

LOS ÁRBOLES Y LA MESETA


Por Jorge Eduardo Lenard Vives





La implacable disposición horizontal de la meseta transforma cualquier atisbo de verticalidad en una anomalía. Por ello, los escasos árboles que crecen allí adquieren una cualidad de rareza inquietante y sobrenatural; que los habitantes autóctonos del páramo reflejaron en su creencia sobre el “árbol del gualicho”, citada por el bolsonense Jorge Sánchez en su cuento “El Kollón”: “Parecía un chacay muy viejo, de tronco grueso, rugoso, seco y de ramas retorcidas, cubiertas de bultitos o ataditos, como frutos oscuros en esa planta vencida... El único que no pareció extrañado fue Ireneo (...él sabía lo que significaba el cochingnelo, - kuchún nelo – el árbol de gualicho...) ... Desde tiempo inmemorial, se propiciaba al “futawentrú”, se dejaban jirones de las pilchas, bolsitas con monedas o yuyos...”. Gregorio Álvarez, en “El tronco de oro”, lo llama el “algarrobo del Gualicho”.

La instintiva fascinación por los árboles no es privativa del ámbito patagónico; viene del fondo de los siglos y pertenece a todas las culturas, según lo describe Sir James George Frazer en “La rama dorada”. Allí detalla diversos cultos que tenían como centro el árbol, incluyendo el de los druidas; término que, por cierto, significa “hombres del roble”. Como es sabido, los druidas eran los sacerdotes de la religión que practicaba la raza celta, tronco común del cual derivó, entre otros pueblos, el galés; al que pertenecían los colonos del Valle del Chubut. Así lo recuerda Mónica Jones en su poema “El roble”: “Amalgama el viento / melodías de arpa, / invocando al espíritu / del druida / que vaga entre sus hojas. / Y cuando llama el angelus / a su alquimia de duendes, / es la fortaleza de su tronco / el papiro donde las épicas / historias de los celtas / desmayan su cansancio / de la morada lejana / aquí, distante de su nativa tierra”.

Ese ameno narrador de historias que es Carlos Sheffield, contó una vez que, recorriendo la meseta, había observado la aversión que sentían ciertos pobladores rurales hacia los árboles; como asustados por un miedo atávico. Incluso, un puestero le aseguró que no le molestaban los árboles “pichones”, pero “odiaba” a los adultos. En las bases de ese odio no están las mismas causas psicológicas que acongojan al protagonista del cuento “El odiador de árboles” de Nadine Aleman; sino que subyace algo inexplicable. Es exactamente el caso contrario de “El hombre al que los árboles amaban”; relato de uno de los mejores escritores ingleses de horror: Algernon Blackwood. El autor de “El wendigo” otorga a los árboles un alma; que tal vez sea la que siente Antonio Dal Masetto en los bosques milenarios del lago Futalaufquen; y que describe en su relato “Alerces”: “Mientras el mundo cambiaba, evolucionaba o se desangraba, el alerce siguió estando, creciendo en el secreto de los bosques y los lagos. Y estaba ahí ahora. No era una roca, no era un monumento. Era algo vivo. (...) Apoyé la otra mano y también la frente contra el tronco, y esperé. Primero llegó el silencio. Un bautismo de silencio. Luego sobrevino una calmada euforia en la que se fue disolviendo toda dureza y toda tensión. Y después sólo hubo humildad y respeto ante el gran árbol.”

Al contrario de la meseta, la cordillera es el reino de lo vertical. Entre los cerros que suben hacia el cielo, los árboles encuentran su plenitud y se reúnen en umbrosos bosques. Es como si se refugiasen en ese lugar para sentirse seguros – una idea que también aparece en el cuento de Blackwood -, aunque añorando su antiguo dominio sobre la estepa; del cual sólo quedan, a modo de melancólico recuerdo, los numerosos bosques petrificados desparramados por la región
.
De todas maneras, los árboles, tímidamente y de la mano de los seres humanos, están volviendo desde hace poco más de cien años a la meseta; en los valles a la vera de los ríos, en los puestos y cascos de estancia cerca de manantiales o pozos, en las planicies próximas a los cursos de agua donde medran merced al riego artificial. Entre los sufridos sauces criollos, los tamariscos y otras especies, se destaca el álamo; que ya es parte del paisaje patagónico.

Es un árbol con mucha personalidad. Ya sea morando solitario en algún puesto de la meseta, donde adquiere una dimensión ominosa, o formando cortinas en las chacras, que según nos dice Angelina Covalschi en su novela “Las dunas”, tan bien pintó el sarmientino Pompey Romanoff; el álamo muestra algo de sagrado, de nexo entre la tierra y el cielo. Bien lo dice Virgilio González en su poema “Hermano Álamo”:

Reverdecida llama, vertical anhelo;
árbol encendido en empinado vuelo,
del alado corazón alborozado
y sonoro follaje suelto al viento.

Mi corazón ya no alienta otro gozo;
ser como este álamo, tirso quimérico,
mansión del canto, atalaya de auroras;
¡trémulo salmo camino del cielo!




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7 comentarios:

jorge robert dijo...

Debajo de ese arbolito / suelo amarguear en silencio / si habré lavao' cebaduras / pa' intimar y conocerlo / No da leña ni pa' un frio / no da flor ni pa' remedio / y es un pañuelo de luto / la sombra en que me guarezco. No tiene un pájaro amigo / pero pa' mi es compañero.---Así lo dice José Larralde nuestro poeta, guitarrero y cantor de tierra adentro. ---- El arbolito que junto a su rancho, le hace pata ancha a los vientos.----
-- Aprovecho para saludarte amigo escritor Jorge E. L. Vives. y el fraternal abrazo. Rico Robert.

Nadine Aleman dijo...

Exquisito ensayo, querido Jorge, interesantes las dimensiones de análisis que atravesás aquí, y gracias por ser tan buen lector,este cuento mío que mencionás pertenece al libro EL CURA Y LA SUCIA de inmnente publicación en Buenos Aires (espero que llegue pronto por este sur mío!), y justamente contiene a este "odiador de árboles" que reconoce en ellos esa protección/reparo que ampara a su amor, imposible en este caso, ya que no lo elige a él precisamente como custodia...
Un saludo y mis más sincero agradecimiento por tener mi literatura siempre a mano en tus comentarios.

Jorge Vives dijo...

Quería agregar que en la nota, no hice referencia a ese sempiterno compañero que tienen los árboles patagónicos: el viento. Algunos dicen que es quien hace hablar a los árboles; otros, como Blackwood, que son su misma voz. Según Angelina Covalschi, en los cuadro de Romanoff se puede "ver y oir" el viento en los árboles.

Otro punto: en relación al "árbol del Gualicho", Gregorio Álvarez también menciona los "pinos hilachentos", de la cordillera neuquina.

Carlos Dante Ferrari dijo...

Estimado Jorge, has elegido comentar lo que ya podría considerarse un tópico feliz dentro de la clásica aridez mesetaria. La presencia del árbol en estas latitudes suscita variadas costumbres y anécdotas. Sucede, por ejemplo, con los escasos ejemplares que muchas veces, a modo de verdaderos "oasis" patagónicos, marcan un hito en las rutas desoladas del Sur. "El solito", por ejemplo, ese olmo que es casi una celebridad local en el Bajo Simpson -ruta 3 - camino a Madryn, podría considerarse un arquetipo de los árboles que invitan al viajero fatigado a hacer una posta bajo su sombre protectora. Ni qué decir de los tamariscos que pueblan tantas playas locales, para refugio de los bañistas y pescadores. Algo similar sucede con los profusos mimbres de las riberas del Chubut. El hombre se habitúa a su presencia, goza de su resguardo y se enardece cuando algún ejemplar es talado, como sucediera días atrás en Playa Unión. A veces ciertas especies van desapareciendo por causas naturales -aunque desconocidas para el profano- como ocurre con el sauce criollo que antaño bordeaba las costas de nuestro río y del que hoy cada vez se ven menos ejemplares. Muchas gracias por la riqueza informativa de tu nota. Abrazo.

Jorge Vives dijo...

Nadine, muchas gracias por leer la nota y por comentarla. Me alegró saber que ya está listo tu último libro. Ojalá, como decís, que se difunda pronto por nuestra región; para que lo podamos disfrutar. Sé, por el adelanto que leí en tu blog “Esa opaca y letal intensidad que tanto brilla”, que los cuentos tienen un estilo implacable, mordiente, apartado de toda sensiblería; que atrapa al lector, pero que también requiere de él una lectura comprensiva y atenta. Espero leerlo en breve. Con respecto a las referencias que hago de tu obra en estos trabajos, es debido a su riqueza en temática y estilo.

Jorge Vives dijo...

Te agradezco la lectura y el aporte, tocayo y amigo. Como siempre, introducís en tu apostilla elementos que complementan la nota. En este caso, es la visión sobre el tema del poblador rural; que rescata el folklore en la voz bien gaucha de ese cantor que fue uno de los primeros en introducir a nivel nacional los ritmos de la música patagónica; y que muchas veces canta le canta a nuestra región. Como en las canciones “Patagonia”, “Quimey Neuquén” o “La PastoVerde”; de la cual traigo al blog esta estrofa: “Sobre la reja, entre las piedras /donde duerme tu voz / mi guitarra lloró. / Sola este zambita por las noches /quiere darte luz, /porque le duele que digas / que el criollo neuquino te olvidó”.

Jorge Vives dijo...

Aprecio la interpretación que diste al trabajo, Carlos; y también que hayas volcado esos pensamientos en tu comentario. Parecería que el escándalo que provoca “El Solito”, y otros árboles soledosos de similar condición, es producto de la extrañeza de ver brotar la vida en la aparente esterilidad de la tierra. Pero es que la vida se abre paso en cualquier lado; aunque en la Patagonia le cuesta. Por eso enoja ver cuando se la troncha arbitrariamente. Es asimismo importante, nombrar esa función que rescatás de los árboles (mimbres, tamariscos, sauces criollos y llorones, álamos): la de ser cobijo para el ser humano cuando, ajetreándose a la intemperie, lo hostiga el clima. Si lo es para la población actual, ¡qué no sería para la antigua! Del dicotómico sentimiento humano hacia los árboles que viene desde el fondo de la historia, fascinación por un lado, aversión por otro, forma parte esa función de refugio que señalaste.