google5b980c9aeebc919d.html

lunes, 11 de enero de 2010

EL CUENTO DE HOY


LA VIDA SIN ANA

de Carlos Dante Ferrari


Llegó hasta el aljibe con paso presuroso y allí se detuvo, justo al pie de la cuesta. El crepúsculo teñía la escena de un tenue tono encarnado. Atravesando el silencio de las casas, una calle estrecha y solitaria trepaba el faldeo hasta desdibujarse entre los muros lejanos.
En la quietud sepulcral de la tarde, el fondo de esa calleja era el centro de toda su atención.
Una notoria rigidez tensaba sus mejillas. La camisa entreabierta mostraba las contracciones rítmicas del abdomen.
Creyó necesario disimular su actitud. Con estudiado desgano tomó el cubo que colgaba junto al brocal, lo arrojó al interior de pozo y lo recogió enseguida. El frescor chispeante del agua avivó la conciencia de su sed. Bebió con avidez, salpicándose el cuello y el pecho;se secó la boca con el reverso de la mano derecha y completó el simulacro restregándose la palma húmeda por la frente sudorosa.
Pese a lo avanzado del día la aldea prolongaba el sosiego de la siesta. En las calles desiertas, el silencio parecía responder al insondable recogimiento de los inescrutables pobladores. La única señal de actividad humana se reducía a aquel hombre parado junto a la alberca. Era el retrato vivo de una espera frenética; el preanuncio de un encuentro inminente.
Inquieto, decidió sentarse sobre el borde de la balaustrada. La relumbre del sol proyectaba un juego reverberante de resplandores sobre el suelo caldeado, encendiendo los brillos efímeros de los cristales de sílice. En un impulso casi infantil dejó caer la sandalia que colgaba al descuido del pie derecho. Con el dedo gordo comenzó a trazar líneas trémulas y círculos imperfectos en el suelo, mientras disfrutaba del cosquilleo que le provocaban los roces de su yema desnuda sobre la arena frágil y sumisa. Durante unos momentos se mantuvo en esa postura. La sombra de su pierna extendida sobre el semicírculo de la plataforma sugería una forma curiosa, semejante a una ballesta tensa, pronta a disparar la saeta. Luego volvió a calzarse.
La demora empezaba a ser insoportable. Cualquier rumor (esos ecos perdidos que suelen acompañar la agonía de la tarde) era un toque de alerta para su oído atento.
Dos o tres gallos iniciaron el desafío canoro de todos los crepúsculos. Sus clarines insinuaban presagios sombríos. Casi enseguida los pájaros parecieron despertar de su mutismo. En la higuera cercana se oyó de pronto el jolgorio (o tal vez la disputa; sabe Dios el lenguaje de las aves) de la bandada. De pronto se acallaron y partieron en vuelo fugaz,como si un peligro invisible los hubiera espantado.
De algún lugar venía flotando un perfume ahumado, semejante al que desprende la escamondadura de los eucaliptos al ser quemada en las tardes de otoño. Con gesto nervioso abrió el morral; tanteó el contenido para cerciorarse de tener a mano la daga oculta y de inmediato dejó el saco a un costado.
Las últimas luces ya fulguraban sobre las cumbreras de los techos. Otros sonidos habían empezado a sumarse en el ambiente, atizando su desasosiego. De pronto la silueta de un viejo mercader profanó la quietud del sitio con su paso cansino. El caminante cargaba un cesto con esfuerzo ostensible; al minuto se perdió detrás de un cerco, indiferente y fantasmal, como una ilusión pasajera.
Aunque efímera, la súbita aparición lo había sobresaltado; tuvo la rara impresión de haber vivido ya esa experiencia alguna vez. Vagos, difusos, apenas perceptibles, esos momentos parecían reavivarse en los estratos de su memoria. También sintió que podía adivinar lo que sobrevendría, como si se tratara de una experiencia repetida en el pasado.
Cuando volvió a dirigir la vista hacia la calle una imagen lejana lo estremeció: se le contrajo el estómago, le zumbaron los oídos y ya no se ocupó más en disimular su agitación. Se puso de pie casi en un salto, observando la silueta que se aproximaba.
Ella también lucía desencajada. Detrás del velo que le cubría la cabeza gran parte del rostro, sobresalían unos ojos vivaces. Fadris no se movió. Pétreo, sólo su pecho delataba la respiración profunda bajo la camisa mojada.
Cuando estuvo a tres pasos la mujer se detuvo y le habló:
–Debes ir a matarlo –le dijo. Su mirada parecía calma, pero un brillo de intensa premura chispeaba en las pupilas–. Debes hacerlo ahora mismo.
Él levantó la vista por encima de su cabeza, y los últimos fulgores sobre el horizonte sugirieron la imagen de un lienzo ensangrentado. Sintió miedo, un miedo antiguo, grabado en sus retinas; el mismo que se repetía en cada atardecer.
–Después nos iremos –agregó la voz urgente, imperativa–. Te estaré esperando junto al molino, donde dejé mi atado de ropa.
La mujer pareció intentar una aproximación para abrazarlo y darle estímulo, pero fue apenas un gesto fallido. El impulso se convirtió en un giro repentino de su cuerpo y enseguida se alejó en silencio, casi corriendo, sin que él atinara a responderle.
Fadris sintió un dolor insoportable en la garganta al retener el grito que pugnaba por pronunciar aquel nombre tan amado: ¡Ana, Ana! El sonido mágico que percutía sobre sus pensamientos, día y noche. Ana amor, fiebre, dolor, espera. Ana fuego, secreto, insomnio.
Ana fuga, misterio. Ana puñal, Ana Muerte. Inmemorial, atemporal, trágica. Ana. Una eterna prueba.
Se agachó para hurgar otra vez en el morral. Tanteó la hoja afilada y decidió ponerla justo sobre la boca de la bolsa. Luego se irguió, pareció estirarse como un elástico y emprendió una tosca carrera hacia la aldea.
Iba jadeando. Una transpiración profusa bañaba todo su cuerpo. Al exhalar el aliento, su garganta gemía con el sonido inconfundible de un niño aterrorizado.
Atravesó las callejas polvorientas cruzándose con algunos peatones que no parecían reparar en él. Al llegar a una encrucijada se abrió ante sus ojos un patio rústico, donde pacían dos mulas y merodeaban unas cuantas gallinas. Hacia la izquierda, detrás de una cortina harapienta, se veía la figura de un hombre sentado de espaldas a la entrada, en actitud de trabajo. Inclinado sobre unas tablas desvencijadas, estaba reparando el piso de un carromato.
El viejo escuchó los pasos y miró al recién llegado de reojo, con deliberada lentitud.
Luego prosiguió su tarea. El joven se sintió desorientado ante la indiferencia del herrero y permaneció parado a escasos centímetros de él, en actitud un tanto ridícula. La espalda curvada se ofrecía al alcance de su mano.
–Te esperaba, Fadris –le escuchó decir, y esa voz ronca lo hizo sobresaltar aún más. Él no le contestó. Metió la diestra en el morral. Los dedos se crisparon en torno a la empuñadura, como si se aferraran a una rama para no caer al vacío.
–Ella es tan hermosa, ¿no es cierto? –el hombre modulaba su voz y medía sus gestos con toda calma. Parecía estar repitiendo una secuencia largamente ensayada.
Fadris percibió un molesto temblor en sus piernas. ¡Sin embargo todo sería tan fácil, tan rápido...! Sólo debía asegurarse de que la hoja penetrara sin obstáculos. Al medir visualmente la distancia que lo separaba de su brazo, advirtió que no tenía en claro dónde debía estampar la puñalada para asegurarse el colapso inmediato de aquel individuo tan vigoroso. Le parecía insólito poder elegir el ángulo a su antojo, mientras el destinatario no mostraba ninguna intención de resistencia.
–¿Por qué te demoras, muchacho? Lo hagas o no, ella no volverá de todos modos –la voz parecía subyugarlo–. Se ha ido, y debieras saber que no hay manera de retenerla. Nada ni nadie podrán adueñarse totalmente de Ana, ¿no te das cuenta? Nunca jamás.
Un estornino acababa de posarse a trinar sobre el tinglado. Los gorjeos tenían connotaciones dramáticas, como si estuvieran destinados a epilogar aquel día a la vez trágico y glorioso.
Un cansancio de siglos adormeció los brazos del muchacho que colgaban a ambos costados de la cintura, reflejando su determinación frustrada.
Empezaba a oscurecer. Después de un largo minuto se retiró sin haber pronunciado una sola palabra. El miedo ya se había esfumado. La cíclica condena se cumplía con resultado idéntico: era la escena que en cada existencia se venía interrumpiendo justo allí, en el instante de la confrontación final entre todo y nada.
Las primeras sombras de la noche ocultaron sus pasos avergonzados y silenciosos. Pasajero del tiempo, debía reanudar una vez más el sendero repetido, avanzando hacia una fuga cíclica, solitaria, sin muertes.
Andando lentamente, hacia otra vida sin Ana.




votar








sábado, 9 de enero de 2010

EL POEMA DE HOY



EL VUELO DE ÁGUILA

El sonido del viento despierta raíces
y el hechizo de un nombre indio
enciende antorchas en los trigales.
Alumbran las espigas de una época
mezcla de tierra virgen, cielo, agua...

Iris de plata
baja serpenteando del cerro,
embrujo de luna, piel, misterio de mujer
que aún sigue rondando los fogones
del paisaje arisco.

Resucita sobre el grial de los luceros,
crece en la geografía de los pueblos, las lenguas,
como racimo maduro en primavera
de siembra y cosecha.

Y se extiende por el verdor espejado
de sus aguadas
antiguo refugio en el invierno, de una estirpe altiva.
Y símbolo tehuelche
en sus dominios.

¡Grávida en sueños!
la tierra siente latidos...
Del Rey, señor de la meseta,
bebe la noche, danza con fuegos del alma
¡y escucha al corazón!

Se dilata por la huella...
en encorvados silencios,
meridianos clarísimos
se deshojan entre horizontes y memoria.

De ese vuelo viene la herencia, chispa cultural,
la perciben los matices
acariciando las etnias del Bicentenario.

Más allá, el despliegue del águila cincela señales
en tiempos de retos
y roza las voces frescas de la América india,
las manos se unen en un solo himno
libertad, esperanza...

la sangre bulle...
y en el vientre, la vida.


Alicia Cabral Colman


votar




miércoles, 6 de enero de 2010

EL CUENTO DE HOY


Una pasión ciertamente inexplicable

de Alejandro Javier PANIZZI



Siempre, siempre, ha tenido una obsesión con el fútbol.
Caminaba despacio por San Martín. A esa hora ya no hay nadie en Sarmiento. Bueno, nadie no, están las putas. Y nosotros, claro. Y los muertos también, como dice el Indio Berón. Acaso lo diga porque no se resigna a estar sin el viejo.

Siempre, siempre, ha tenido esa obsesión con los muertos. La idea por los difuntos que, con tenaz persistencia asaltaba la mente de Berón, volvía a aparecer una y otra vez, especialmente, después de un intervalo de angustia.

Cuando llegué al bar, tres locas miraban aburridas cómo él jugaba al billar. Nunca les daba pelota, a menos que no tuviera con quién jugar. A veces, les pagaba la copa para que trataran de hacer alguna carambola, para que lo miraran cómo jugaba solo o por mera solidaridad.
Me acerqué a la barra y pedí un Gancia. Un hombre grandote, acodado en el mostrador, a quien la banqueta le quedaba chica, fumaba un cigarrito hediondo. Menos porque estuviera solo que por su aspecto, me impresionó como un ser retirado, que ama la soledad. O que vive en ella.
Berón luchaba contra sí mismo en un duelo de billar que parecía grave. Me paré a un costado de la mesa para no importunarlo.
–¿Sabés quién es ese gordo? –me preguntó de pronto, como quien recuerda un secreto remoto.
En la barra, arrellanado arduamente en su banqueta, el grandote notó que lo mirábamos y nos saludó alzando el vaso.
–Me pareció que lo conozco de algún lado pero no me acuerdo de dónde.
–Soriano –dijo con el cigarro en la boca, mientras le pasaba tiza al taco.
–¿Qué Soriano?

–Soriano, el Gordo Soriano, el escritor.

–Tenés razón, se parece muchísimo.

–No, no se parece, es Soriano.

–¿Osvaldo Soriano? ¡Si se murió, boludo! Se murió hace más de diez años.

–Entonces es. Yo de muertos conozco.
Ambas cosas parecían ciertas. El Indio sabe, tiene ese desvelo permanente por los muertos y el gordo se parecía demasiado a Soriano. Más aún, el grandote aparentaba unos diez años más que el Gordo cuando se murió. Pero el Gordo estaba muerto y el gordo, no.

Entre sus infinitas aporías camperas, la más frecuente era “Lo que es, es; y lo que no, no”.

Pese a las irrefutables objeciones que pueden hacérsele hay, en esa teoría, algo de razonable. Su éxito confirma que este mundo es absurdo.

Acaso con menos avidez por conocerlo que curiosidad por lo que decía el Indio, abandoné la mesa de billar y me fui hasta la barra. Me acomodé en la banqueta que estaba junto a la suya y le pregunté.

–¿Usted no es de Sarmiento, no?

–No –dijo amablemente–, soy de Mar del Plata.

–¿Nunca le dijeron que se parece a un escritor?

–Cuando era flaco, hace años, me decían que me parecía a Horacio Ferrer. ¿Quiere tomar algo?
Le acepté una cerveza con el único propósito de intentar reconocer su voz, ya que mi vaso lo había dejado lleno, al lado de la mesa de billar. De pronto caí en la cuenta de que yo nunca había escuchado la voz de Soriano. Y de no ser así, seguramente la habría olvidado.
–¿Está de paseo?

–No, yo soy técnico de fútbol, ¿Sabe? Hoy a la tarde jugamos con el Deportivo Sarmiento, por el Argentino. ¿Usted es hincha? –me preguntó el gordo, como disculpándose.

–Bueno, acá todos somos hinchas del Depo.

–¡Les rompimos bien el orto! –profirió esa exclamación tímidamente, pero no pudo contenerla.
–Sí, pero nosotros los cagamos a palos –gritó Berón desde la mesa de billar mientras apuntaba con el taco.
De inmediato, el hombre me ofreció su vaso para que brindáramos y se lo alzó al Indio, en son de paz.

–Por el Depo –dijo.
–Bueno, yo no sé nada de fútbol –asentí mientras chocábamos los vasos– ¿Contra quién jugamos hoy?

–Perdieron contra Cipolletti.

–Usted es Soriano.

El Gordo se acodó en el mostrador y se tomó la frente con ambas manos. Sacó del bolsillo de la camisa otro de esos cigarros que fuma él, me ofreció otro a mí mientras lo prendía con el que estaba por terminar.
–Estoy fumando, gracias –no podía sacarle la vista de encima– ¿Usted es un espíritu?
–¡No sea pelotudo!, ¿Le parezco un fantasma?

–No, se parece a Soriano.

–Entonces debo ser Soriano, mi amigo.

Lo que es, es; y lo que no, no.

El Gordo se armó de paciencia para explicarme, con el único propósito de concederme la gentileza de que yo pudiera encubrir mi asombro.

–Mire, desde que fingí mi muerte usted es la primera persona que me reconoce. Me mudé con mi mujer a Cipolletti. Aun así, allá nadie me conoce como Soriano. ¡Y eso que viví años allá! Ni siquiera me reconocerían si no me hubiera cambiado el nombre.
El Gordo pareció ponerse triste.

–Todavía me duermo pensando porqué no habré hecho tal o cual gambeta cuando jugaba. Aún me despierto recordando a mi padre que me decía: “¿Porqué no se la cambiaste de palo?”. Escribía todas las noches y todas las madrugadas de mi vida, pero un día admití que lo que más me importaba en la vida era sacar campeón a Cipolletti.
Pero mi razón y mi habla aún estaban como en suspenso.

–¿De qué se asombra? ¿Usted nunca cambió una pasión por otra, nunca cambió de mujer o de trabajo?
Me puse a recordar las veces que había cambiado de mujer.

–¿Y no probó con hacer terapia? –le pregunté.

–¿Está loco usted? –protestó Soriano– No necesito que nadie me confirme que soy un canalla. O peor, un impostor.

–Ahora entiendo porqué ha escrito tantos cuentos sobre fútbol.
Poco a poco mi conciencia volvía a encenderse.

–Fontanarrosa también escribió muchos cuentos de fútbol –dije sin pensar– Una pena que se haya muerto tan joven.

–¡No, no! –interrumpió Soriano– El Negro montó un circo. Se hizo pasar por hemipléjico durante dos años con el propósito de dirigir. Pero bueno... Central es un equipo grande y ahora entrena a un club del norte, Atlético Tucumán.

El Gordo se rascó la pelada y bajó la vista. Tenía un gesto triste, solitario y final.
–No le va mal... –dijo pensando en su propia suerte– Nada mal.


votar








domingo, 3 de enero de 2010

EL POEMA DE HOY





Cuando venga el sol de primavera


Cuando salga el sol de primavera
renacerá la vida en las acequias,
corolas tímidas de flores tempraneras
sucumbirán al beso “zumbón”de las abejas.
Vendrán los firmamentos tachonados de estrellas
y un suave colorido aromará las sementeras.
Rojiza el alba iluminará una huella
en la perspectiva desigual de la alameda,
y con su luz vendrán los sueños
de paz, calor y amor en las cosechas.
Late ululante la sangre en mis arterias.
Cuaja el vino embriagador y denso
en mi trémula diestra.
Hay un horizonte de soledad sobre las eras...
Pienso...
¿No vendrá a mí ¡falaz quimera!
con la brisa juguetona y bullanguera
un halo misterioso y sabio
que mitigue mi angustiosa espera?

¡Ah!... ¡Cuando salga el sol de primavera!



Camwy Paynter JONES*

*Poeta y escritor chubutense. Autor de "Entre paisajes y nostalgias". Este poema obtuvo el Premio "Mimosa" en el Eisteddfod de Madryn - año 2.007




votar












lunes, 28 de diciembre de 2009

LA NOTA DE HOY



SERRAT


Es un enorme vestíbulo. Figuras y sombras lo caminan con prisa. Aprieta el frío. Es extraño, estamos en noviembre. Noviembre ventoso, y eso sí es normal.

La noche llega sin timonel ni brújulas. Tal vez los aceitunados ojos del níspero puedan indicarle una ruta.

Tierra, arenilla, polvo, lluvia… tierra, arenilla, polvo, granizo… tierra, y otra vez arenilla. A pesar de todo, los párpados aterciopelados bailan alocados y se dejan robar el perfume.

La gente extrañada se pregunta dónde está la primavera, qué la demora, que acaso no se da cuenta que es un desaire? Todos la estamos esperando ilusionados.

Se cuelan entre los estornudos alérgicos y las voces acatarradas, preocupantes argumentos: el cambio climático, el efecto invernadero… Será entonces que el verano llegará allá por marzo? Y las vacaciones? Y los chicos? Esto es injusto! – Reprochan.

Mi sitio es pequeño, un privilegiado portal en tan amplio salón. Así lo he construido, así me esfuerzo por mantenerlo. Hasta aquí el aire parece llegar más limpio: el jardín, las bardas, la avenida, la remozada laguna Cacique Chiquichano, en ciertas oportunidades el valle y el océano, el canal y la vieja estación, el campo acordonando la extensísima ruta, me llevan de paseo.

Los perfiles humanos transportan su propia perspectiva. Soy una más. Disfruto de mi unidad y los observo.

Sobre el amplio salón un derrumbe de penumbras. Objetos, personas, han desaparecido, tal vez definitivamente, tal vez nadan en pos de una luz que no diviso. Yo juego a permanecer, pero…

Entonces, una idea o para mejor decirlo, una representación cuasi infantil se aparece en mi cabeza:

Nuestra tierra, sin elefantes superpoderosos que la sostengan o seguros alfileres que la sujeten al paño del espacio, está sufriendo el empuje de nuestra fuerza. Imagina a cientos, a millones de personas moviéndose presas del vértigo por llegar, por lograr, por tener, por mostrar…

A esta fuerza que llamaremos mayúscula (Fm) y que se desplaza sobre la superficie de nuestro hogar azul de manera constante desde hace unos cuantos años, le corresponde una reacción equivalente pero contraria.

Por el afán de ganar hemos perdido. Los días son demasiado cortos, las semanas más se parecen a estrellas fugaces, las estaciones se han desbordado, el calendario llega al final de su vida útil cargando todavía los adornos de la navidad pasada. Y nos sorprendemos!

Hay más. No quiero pensar en ello.

Ronca el viento. Frío, arenisca, algo de lluvia…

Los faroles profanan la oscuridad que también viaja con prisa.

El vestíbulo deja colgado su ropaje reciclable de lunes.

Prefiero acurrucarme en mi rincón y acomodar lentamente las piezas imaginarias de un larguísimo puente que me lleva desde el Atlántico océano hasta el Mediterráneo de Serrat.


OLGA E. CUENCA


votar





jueves, 24 de diciembre de 2009

HOY: UN POEMA NAVIDEÑO




AL HOMBRE DE TODAS LAS EDADES




Esta noche he golpeado
la aldaba de tu puerta.
No te asombre,
señor de esta morada,
el cansancio de mis ropas
ni la triste expresión
de mi mirada.
Perdona la osadía de mis manos
al tocar, para llamarte,
los lujos de estos muros
que atesoran tus afanes
y el brillo de las copas
que levantas
para libar en cristales
la fineza
de tus bebidas caras.
Yo soy la parte de esas cosas
que no ves
porque las cubre
el inconsciente oropel de tus falacias.
Te traigo, sin gritarlos,
los gritos desgarrantes de los hombres
que en la guerra
empuñan las armas de tus fábricas
y el rostro seco de esos niños
adultos de terror
por tus granadas...

Y te traigo,
sin que lo huelas,
el hedor insoportable
de los campos de batalla,
a los que encierras en el frío concepto
de la estrategia guerrera
y cubres con las regias alfombras
que adivino,
más allá de tu puerta...

Mírame bien,
porque soy al mismo tiempo
la imagen del hombre que eres tú
sin que lo sepas
y porque estas pobres sandalias que visto
y el costoso ropaje en que deambulas
van por el camino
que conduce al mismo dueño.

No me cierres esta noche
las dos hojas labradas de tu acceso
y permite por hoy que mis andrajos
se acerquen hasta el lecho
de sedas imperiales de tus hijos.
Déjame que, sobre el sueño de ellos,
cuando las dos agujas del tiempo
se claven en las doce horas inmortales
de este veinticinco navideño,
me sienta un poco Cristo
y pueda mirarte
como Él lo hizo con Lázaro...

Yo luego me iré sin molestarte
con mis sueños de paz
y esta ternura
que no puede contener
mi pobre pecho.

No te exijo que preguntes quién soy
ni por qué vine
sobre el filo del minuto que señala
el instante del Gran Alumbramiento.
Recuérdame tan sólo
cuando el dulce champagne
bese tus labios.
Porque allí estaré
desde ahora
para siempre,
sin que puedas apartarme de tus brindis
ni del fútil sentido que le asignas
a la cristiana fecha...

Mírame,
pobre y triste,
porque soy la imagen de tus yerros
y en las noches sin sueños
de tus sueños
seguirás sintiendo el tímido llamado
de mi mano
en la aldaba de tu puerta.



Rubén Héctor FERRARI
*


*Rubén H. Ferrari Doyle (Gaiman - Chubut) es Profesor en Letras (UNPSJB) y miembro del Gorsedd del Chubut.





votar






martes, 22 de diciembre de 2009

PREMIOS LITERARIOS RECIENTES



Décimo “Concurso Literario del Milenium” (Año 2009)


Fue organizado por la Asociación De Jubilados y Pensionados de la Caja de Seguridad Social para Odontólogos de la Provincia de Buenos Aires. El Jurado integrado por Lucía Quiroga, Ana María Bello y Luis Edgardo Soulé, reunido el 13 de noviembre de 2009 otorgó las siguientes distinciones:

POESÍA

1er PREMIO: Hilda N. Vale, de Ituzaingó (Bs As) por “Díptico de amor resucitado”.
2do PREMIO: Marta Julia Ravizzi, de Turdera (Bs As) por “Ficciones”
3er PREMIO: María Elena Mazzei, de Santa Fe (Sa Fe) por “Esa casa…”

CUENTOS:

1er PREMIO: Jorge Eduardo Lenard Vives, de Trelew, (Chubut) por “Sospechas”
2do PREMIO: María Luisa Gisbert, de Valle Hermoso (Córdoba) por “La hechicera”
3er PREMIO: Raúl Campos Dalman, de Ushuaia (Tierra del Fuego) por “Soy inocente”

El Jurado hizo notar el buen nivel del centenar de trabajos recibidos destacando que se recibieron trabajos desde el Uruguay, México, Brasil y España.



Concurso Literario " Crónicas de Campo y Pueblo”

El 21 de noviembre de 2009, en el Museo de Iriarte, Pcia de Bs As, se llevó a cabo la apertura de sobres y premiación del Concurso Literario “Crónicas de Campo y Pueblo”.En primer lugar, Oscar Marzol, propietario del Museo de Iriarte, dio unas palabras de bienvenida a los presentes. Luego María Gabriela Cohere introdujo a los miembros del Jurado: Carmen Verlichak, Luz Spaín y Fernando Sánchez Zinny.

A continuación, el Jurado explicó que se recibieron más de noventa cuentos desde todos los puntos del país, de Italia y de Uruguay. Además el Jurado agregó que la calidad era “de muy buenos a excelentes”; por lo que debieron trabajar duro para seleccionar sólo algunos. Se premiaron cinco obras y otras tantas tuvieron Menciones de Honor. Hubo una sección de “Fragmentos”. Los premios fueron:

1er Premio: “Cuento de verano”. VIVES, Jorge Eduardo Lenard. Trelew, Chubut
2do Premio: “El Cirilo Caigua”. DEL FABRO, Armando. Rosario, Sta Fe
3er Premio: “El Legado” ARGAÑARAZ, María Eugenia. Capital.
4to Premio: “Arreo con problemas” BIGLIERI, Ricardo Raúl Pergamino, Bs As
5to Premio: “El yerro”. KEILIS, Gabriel Andrés. Ramos Mejía Bs As.


votar







domingo, 20 de diciembre de 2009

EL POEMA DE HOY




MONUMENTO AL AGRICULTOR

Obra del escultor Sergio Owen, junto al puente Tom Bach (Valle del Chubut)


Son las cinco de la tarde
y rescato ternuras de otoño
de este veranito de julio

…los duendes pululan
en torno a la nívea escultura

e intuyo esa rítmica sensibilidad
que de las manos del artista
debió fluir en llamaradas…

“Boleros de Ravel”
en los alados pies de Julio Boca

aura de los amores inmortales
de Will Hopkins y Ann Thomas
de Romeo y de Julieta.


A un palmo – el puente
y esa sutil brisa que me retrotrae
a un siglo y medio en el tiempo…

al “L´Angelus” que en esas lunas
Millet plasmara
en un atardecer como éste
allá…
en los campos de Francia.


Owen Tydur Jones


votar







viernes, 18 de diciembre de 2009

NUEVA OBRA INCORPORADA A LA BIBLIOTECA PATAGÓNICA


Postales bárbaras

Una nueva obra de Marcelo Eckhardt



Marcelo Eckhardt nació en Salta. Hace más de 35 años que vive en Trelew. Tiene, por tanto, una historia patagónica que se aprecia apenas una lo conoce: hay en su voz un tono manso, en sus gestos lo apacible, en su andar el paso de quien va sin apuro, pero sabiendo adónde se dirige el camino.

Este fecundo escritor, licenciado en Letras, ha editado a lo largo de su vida diferentes producciones literarias que, ensambladas, atestiguan una mirada frontal de la realidad, una cadencia de reflexiones que sustentan sus ideales, un lenguaje que lo caracteriza y un estilo para admirar. Eckhardt es, a la luz de nuestra literatura, un artista que sabe traducir en palabras justas, a veces dolorosas pero siempre directas, su propio sentir sobre la sociedad, la política, las creencias, los valores… la vida toda.


Postales bárbaras, escrito a fines de la década del ´90, es una compilación de relatos sobre el pueblo que, devenido en ciudad, el autor hizo suyo. Ese Trelew parte de la Patagonia, pero también de la Argentina; y sus interminables crisis.


En la contratapa de esta obra que integra la colección de Patagonia Contemporánea de Editorial Jornada se sintetiza así la esencia del libro:


“Estas postales, anacrónicas, en el umbral del último cambio tecnológico, cuando irrumpe Internet y la telefonía celular, entre un siglo y otro, en Trelew, son relatos, crónicas mínimas, retazos de una época de crisis. La amistad, la soledad, el cambio, la barbarie civilizatoria. La solidaridad, el viaje, la guerra, son algunos de los temas que Marcelo Eckhardt aborda con un estilo sobrio y preciso. Y logra captar esa turbulencia que caracteriza a todo cambio en ciernes, para peor y para mejor. La vida continúa y la literatura también. La narración acompaña a los acontecimientos, entrelazando postales hacia el futuro, hacia los lectores, los testigos de la historia en el viejo pueblo del sur.”


Y es así. Después de leer Postales ningún trelewense –y lo digo sin temor a equivocarme- puede dejar de reconocer entre las páginas (con todas las palabras a veces y entre líneas otras) sus calles, la gente, sus costumbres… Los aromas y aquellos sonidos, la luna y las maras, la tierra fértil y la otra, la plaza y sus magnolias.


Su propia historia.



Olga Starzak
Diciembre de 2009

Marcelo Eckhardt nació en Salta en septiembre de 1965; desde 1972 vive en Trelew, Chubut. Publicó cinco novelas: El desertor (1993), Latex (1994), Nítida esa Euforia (1998), Cero (2008) y La nueva rabia (2008); dos libros de cuentos: Radio La Lengua (1995) y Ya fue (1998) y un libro de ensayos literarios: Trelew (1997). Enseña Literatura Argentina en la Universidad Nacional de la Patagonia y es coordinador del proyecto cultural Tela de Rayón.


votar




martes, 15 de diciembre de 2009

LA NOTA DE HOY


Carmen de Patagones (circa 1885)


ELSEGOOD, EL MARINO


Por Jorge Eduardo Lenard VIVES



Una calle de la ciudad de Trelew es denominada “Edmundo Elsegood”. Según la página web de la Municipalidad se trata de quien "intentó fundar una colonia en 1856 en el mismo lugar donde Jones hizo el fuerte en 1854, fracasando". Referencias igualmente breves figuran en la “Historia del Chubut”, de Clemente Dumrauf; y en “Crónica de la Patagonia y Tierras Australes” de Antonio Álvarez. La aventura colonizadora de Elsegood y su azarosa vida, que incluyó un romance de novela, pasó en el Valle discretamente al olvido. Pero no fue así en Carmen de Patagones, cuna de navegantes sureños, ciudad madre de ciudades australes, que supo conservar la memoria de este marino radicado allí a principios del siglo XIX.

Marino del cual se decía que era galés. Pero en su biografía “En la estela del Corsario Elsegood” (“corsario” porque el protagonista de este relato participó en la guerra de corso contra el Brasil), Luciano Becerra informa que nació el 27 febrero de 1802 en Morpeth, Northumberland; región al noreste de Inglaterra, muy lejos del sureño Gales. Tampoco su apellido tiene reminiscencias galesas; de hecho sería de origen escandinavo. Como sea, el futuro marino llegó a las Provincias Unidas del Río de la Plata siendo niño, y en 1826 ya está asentado en Carmen de Patagones.


Morpeth Bridge, Northumberland (© Laing Art Gallery). Thomas Girtin (1775 - 1802)

Son dos los puntos principales que atraen la atención sobre Elsegood, al tenor de este blog. Por un lado, su casi desconocido intento colonizador en el Chubut; por otro, la romántica relación que lo unió a Mariquita León, amorío que devino en fuente de inspiración literaria.

Del primer tema no existen muchos datos; y los pocos que hay son acicate para que algún historiador profundice el tema. Al hablar en su libro del asunto, Becerra cita a Antonio Alvarez: “En 1856 llega (al Chubut) el Capitán Elsegood con algunas familias galesas; también fracasa en el intento y al cabo de dos años se marchan”. La similitud de esta descripción con la de la página web municipal mentaría una fuente común. Pero luego Becerra agrega otros datos, provenientes de varias biografías redactadas por los numerosos descendientes del marino.

Una de esas citas dice que el navegante, con su grupo de galeses, desembarca en la costa, al parecer, del golfo de San José. Desde allí trata de alcanzar el río Chubut a pie; y es en este intento que fracasa. Sin embargo esa descripción del hecho es improbable. Elsegood conocía el litoral patagónico; y es ilógico que emprendiera tal marcha. Más cierta parece otra referencia biográfica, que afirma que el marino funda su colonia en la desembocadura del río Chubut; y que al cabo de dos años debe abandonar la empresa. Algunas de las familias galesas regresan a Inglaterra, en tanto otras se asientan en diversos puntos de nuestro país. Ambas citas coinciden en fijar la fecha de la empresa entre 1856 y 1858; a mitad del ensayo de Libanus Jones en 1854 y la colonización definitiva en 1865.

De su romance con María Josefa “Mariquita” León, se destaca que desposó a su mujer cuando ella era muy joven. El matrimonio tuvo varios hijos y su vida se movió entre Patagones y Buenos Aires. El marino dio a lo largo de los años permanentes muestras del amor hacia su mujer. Por su parte, Mariquita se acostumbró a las muchas ausencias de su marido; y a las angustiosas esperas.

Elsegood murió en alta mar el 19 de enero de 1870, como un marino de ley. Poco consuelo fue esa circunstancia para Mariquita quien, desde el balcón de su casa en el barrio porteño de Montserrat, ve entrar al puerto de Buenos Aires el buque de su marido, el “Patagones”, con crespón negro y bandera a media asta. María Cristina Casadei recuerda esta escena en su bello romance “De Mariquita y Edmundo”, con justas palabras que son digno colofón para esta nota:

Y un día el presentimiento,
Mariquita despojada
con ojos de sueños rotos
contempla llegar la barca.

Sobre el crespón de las olas
la muerte, erguida, cabalga,
Edmundo es sólo un recuerdo
diluido en la nostalgia.

Sobre la espuma del río
el sol se vuelve mortaja.



Nota: Los textos empleados en este artículo pertenecen a documentos del Museo Regional “Emma Nozzi”, de Carmen de Patagones. El autor agradece a la Sra Rosa Spampinato, de la Asociación de Amigos de dicho Museo, la información que tan gentilmente le hiciera llegar; y también agradece al Profesor Clemente Dumrauf los datos aportados en una amable charla.


votar










domingo, 13 de diciembre de 2009

LA NOTA DE HOY




RECUERDOS DE MI ESCUELA
Un diploma, cabras y el alumno Santiaguito

Por Jorge Gabriel ROBERT





Cuando el maestro platense, don Enrique della Croce, me entregó un diploma con bordes negros y azules que decía en letras doradas: Promovido a Cuarto Grado, entre la algarabía de alumnos en aquella escuelita casi rancho de Camarones, empecé a comprender que había pasado de grado. Mis condiscípulos entre niños y niñas, seríamos unos veinte o treinta. Era noviembre de fin de curso en el año 1936. Entre ese aletear de palomas blancas, llenábamos un amplio zaguán correteando cada uno con su diploma, premio quizás a la dedicación, al estudio y a la disciplina de entonces.

Don Enrique el maestro, había llegado desde La Plata con su esposa Enriqueta, experta en labores manuales, telares, que enseñaba a todos y cada uno de los alumnos, así fuera varón o mujer, sin retribución pecuniaria. La sonrisa de un niño, era su paga. Con ellos, sus dos hijas adolescentes de 17 y 15 años. Alba y Nilda a quienes la vida dura de aquellos años, hizo perder lo mejor de su futuro, el estudio secundario.

Así fue que ese día olvidé mis condiscípulos que correteaban aprovechando la confusión para jugar a la mancha. Me preocupaba el espacio necesario para acomodar mi diploma. Cuántas veces con mi madre, en algún consultorio médico en que la acompañaba, le decía: Mira mamita cuántos diplomas. No los envidiaba. Por ahora tenía el mío y me parecía el más hermoso del mundo. Mi tío Bernardo, que se había sumado al esfuerzo de un pueblo nuevo con su oficio de mecánico desde Bahía Blanca su ciudad, sumó también su altruismo y su bondad confeccionando el marco, cortando el vidrio para que pudiera colgar mi diploma adorado. Hombre de oficios múltiples, prodigio para las amas de casa que estaban armando su vivienda mientras sus esposos, trabajaban en el campo procurando el sustento de cada día, mi tío siguió construyendo marcos, cortando vidrios y otros enseres para las viviendas que él construía con madera y chapas de cinc, retrasando así la entrega de automotores a sus dueños, que comprendían las urgencias. La paciencia de entonces ayudaba a vivir y a crecer.

Mi maestro della Croce, venía a reemplazar a Justo Chumbita, el anterior docente. Éste había sido despedido con aplausos desde el puerto natural donde la “chata” de un buque mercante descargaba mercancías de campo propias de un impulso colonizador y víveres para algún comercio que los había pedido por telégrafo a su consignatario en Bs. As, desde el incipiente pueblo Camarones, en la provincia de Chubut. Pero el maestro Chumbita, que me había ayudado a soñar con un diploma desde los primeros “palotes” sentado en su falda desde mi más tierna infancia, no se iba de paseo. Una cruel enfermedad lo postró de tal manera que fue cargado como un objeto y en su trayecto a Buenos Aires, arrojado al mar porque a las primeras millas náuticas, murió. Sus alumnos, que habían acompañado al maestro hasta el embarque, quedaron mirando al infinito donde parece que se juntan el cielo con el mar, agitando un pañuelo blanco mojado con lágrimas; otros no alcanzaron ni a enterarse y buscaban afanosamente al maestro que esa tarde les había prometido enseñarles a ordeñar las chivitas, “profesión” que traía acumulada desde su San Luis natal. Como buen puntano, de cabras sabía mucho. La clase anterior se había referido a la leche en la alimentación de los niños y a su crecimiento. La foto muestra una madre con sus críos, producto del empuje que le dieron entonces a las cabras que trajeron los Boers, una inmigración de Sud África que al igual que los Galeses, bregaban por el progreso en el lugar que eligieron para vivir y el afán de siempre, competir para crecer. Sus cabríos blancos con la cabeza marrón, eran el orgullo de la región y ganaban en los concursos y exposiciones.



Volviendo al diploma, que nunca pudo ser reemplazado, a mi lado esperaba el suyo el alumno Santiaguito. Había ingresado en la mitad del año, obligado por un destino muy cruel. Refugiado en el último pupitre del aula, observaba la clase con mirada adusta y rencorosa; prefiere que el maestro no se dirija a él; su ceño fruncido aleja a sus compañeros, no quiere a nadie a su alrededor; contaría 11 o 12 años aunque parecía menor, rubio con ojos grises, en un descuido, sin proponérselo, podía esbozar una sonrisa tímida, encantadora; reflejos de tiempos más felices. Los demás alumnos se reunían para hablar de él, algunas chicas ya le insinuaban su amistad y los varones más audaces, intentaban dirimir cuestiones con él a las trompadas, cosa que respondía de inmediato, como agradeciendo la oportunidad de pelear sin importarle el número ni la calidad del adversario. Criado hasta esa edad con su padres y hermanos, en un rancho hogar, entre malezas de la rústica estepa patagónica, ayudando a cruzar el Río Chico, manejando una balsa, su padre llegó a ser su único socio y amigo; así lo amaba. Pero un día, en un problema de vecinos, por cuestiones de ovejas, marcas y señales, el retumbo de un balazo que aún suena en sus oídos, le llevó para siempre a su padre. Con esos recuerdos entró a la escuela de Camarones. Sus condiscípulos, igual que él eran de escasos recursos, hijos de pioneros, colonizadores, gente que se abría paso en la vida a fuerza y honra de su trabajo, de manera que Santiaguito tenía allanado el camino para su recuperación; siendo un gran amigo de su extinto padre, quien lo trajo al pueblo, con toda su familia y lo alojó en su casa. Sin embargo, costó mucho volver a Santiaguito a su natural personalidad; en su mente aún infantil, quedó grabada la imagen de un chileno, quien fue el asesino y desde entonces, hacerle comprender que la nacionalidad de su enemigo era puramente circunstancial. La sola mención de ese país hermano lo ponía fuera de sí y sólo el llanto lo calmaba. Pero el tiempo pasó, y Santiaguito se sumó a la lucha por Camarones, las chivitas de raza, y junto con su diploma de primer grado aprobado, recibió un premio al mejor compañero.



Enrique della Croce, con sus alumnos en un acto patriótico
(25 de Mayo de 1936)





votar













viernes, 11 de diciembre de 2009

EL POEMA DE HOY




Soneto a la luz de la luna


por Jorge Alberto Baudés



Desciende sobre el mar cinta de plata
en festones de espuma transformada,
caracolas de nácar impregnadas
cautivan al marino, al contemplarla

Es lámpara votiva que deshace
hasta el negro abismal que la circunda
y al sembrar con su luz , mano fecunda
es preludio del día que ya nace

Cuando falta, la soledad nos avasalla
y la fría y negra noche nos envuelve.
Despojada de palabras, muda calla.

El alma acostumbrada a estar con ella
debe apenas beber de las estrellas
la luz que de la Luna, les devuelven.


votar