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sábado, 11 de enero de 2020

LA NOTA DE HOY



EN BUSCA DE LAS RAÍCES


Por Jorge Eduardo Lenard Vives





Hay una inquietud que asalta a la mayoría de las personas en un momento de la vida: conocer sus orígenes. Este interés, unido a la necesidad de dejar registro escrito de lo que se descubre al investigar la historia propia, genera una variante literaria que podría llamarse "de la búsqueda de las raíces". Aunque en cierto modo sería factible encuadrarlo dentro de la denominada “Literatura del yo”, esta vertiente de las letras no es similar a la autobiografía.

Si bien en esta última clase de obras se comienza muchas veces con un enunciado de los antecedentes familiares, no es la esencia fundamental del trabajo. En la autobiografía, el punto de partida es el individuo que se analiza a sí mismo a partir de su realidad. Sus reflexiones se centran en lo que ha hecho durante la vida a partir de la toma de conciencia de su ser. Se pregunta, en cierto sentido, "¿a dónde voy?". En cambio, en la variante "de la búsqueda de las raíces", el individuo se reconoce como el final de una historia. Su pregunta es "¿de dónde vengo?"; y trata de dilucidar lo acontecido para que él existiese. Con su nacimiento termina el trabajo que decidió escribir.

Tampoco es igual a la biografía o al ensayo histórico; porque en estos casos el observador es externo. Más allá de su seriedad académica y de su compromiso con la verdad, el biógrafo o el historiador no se siente involucrado de manera íntima con lo que narra. Pero quien escribe respecto a la historia específica que tuvo como fruto su presencia en ese exacto lugar, en ese preciso momento, sabe que todo lo que diga tiene una implicancia personal. Como sucede en la física cuántica, acá también el observador influye sobre el fenómeno observado; porque no pude descartarse un dejo de subjetividad emotiva. Por ello, al igual que en la autobiografía, en este otro tipo de trabajos también se debe producir ese pacto entre el autor y el lector del que habla Philippe Lejeune.

De todas maneras, algunos ensayos que tratan el tema de la presencia de familias de distinto origen arraigadas en la Patagonia, sirven a los exploradores de su propio pasado para obtener valiosa información; e incluso, en algunos casos, satisfacen por completo la necesidad de conocimiento que la cuestión causó al curioso, porque entiende que los datos obtenidos por esos terceros colman sus ansias de identidad. Estos libros que tanto contribuyen a ayudar en su búsqueda a quienes se interesan por sus orígenes son, por ejemplo, los dos tomos de la magnífica obra de Albina Jones de Zampini, “Reunión de familias del sur”; que desarrolla el árbol genealógico de más de 120 familias del Valle del Chubut, descendientes de los colonos galeses y de otros pobladores. Sin dudas es una substanciosa reseña cuya consulta es imprescindible para aquellos habitantes de esa comarca que quieran rastrear sus orígenes.

Otra obra de esas características es “Familias de Santa Cruz”, del riogalleguense Pablo Gustavo Beecher; que reúne una serie de bocetos familiares de los pioneros de Santa Cruz. A nivel local, en diversas ciudades sureñas, algunos escritores han sabido buscar esta información para conformar la historia de la Patria Chica; y a la vez brindar datos sobre las familias pioneras. Por ejemplo, en Las Heras, los autores Claudia Pródromos y Fabio Riquelme recopilaron datos para su obra “Retazos de la Memoria, Historia de familias lasherenses”; en tanto en Chos Malal, histórica primera capital del Neuquén, el historiador Héctor Alegría coordinó los dos primeros tomos de los cuatro previstos para la obra “Familias de Chos Malal”. Por su parte, en Comodoro Rivadavia, María Laura Morón y Liliana Peralta escribieron “A mi tierra…”; un libro en homenaje a los pioneros de Comodoro Rivadavia entre 1898 y 1915, cuyas biografías finalizan con la genealogía familiar hasta la actualidad.

Pero, más allá de estas obras de investigación histórica más amplia, el subgénero surgido a partir de la tarea de pesquisa realizada por parte de los propios interesados, muestra numerosos ejemplos en las letras regionales. Uno de ellos es el libro “Relatos de un inmigrante italiano“, de Claudio Paolini; quien habla de su padre Orlando. En tanto, "Trebowen" de Diego Dante Gatica, desarrolla la historia de la familia Bowen de la que desciende el autor. Lo mismo sucede con “Sapag: del Líbano a Neuquén. Genealogía de una pasión”, de Luis Sapag. Por su parte, “Mi sangre yagán”, de Víctor Vargas Filgueira, se refiere en forma casi específica a uno de sus ancestros, el bisabuelo del autor. “Los Naranjos”, de la escritora de origen neuquino Gladis Naranjo, si bien se aproxima a la autobiografía, dedica una extensa parte del texto a retratar la presencia familiar en los orígenes de Zapala.

La búsqueda de sus raíces mueve al ser humano a realizar actividades que requieren esfuerzo físico e intelectual. Estas tareas van desde el paciente dibujo de árboles genealógicos hasta el viaje a los lugares en los cuales se originó su linaje para verlos in situ; pasando por la ejecución de una serie de técnicas de obtención de datos propias de las disciplinas sociales, tales como la lectura de documentos, la realización de entrevistas y la visualización de imágenes. La pulsión es tan fuerte, que despierta, aun en individuos alejados del ámbito del estudio y la ciencia, una perentoria necesidad de conocer y emplear los métodos de esas áreas para reunir la información que requiere. Al igual que los investigadores profesionales, estos diletantes de la Historia persiguen la obtención de un saber que representa uno de los más necesarios conocimientos al que aspira un ser humano, base de filosofías y religiones: saber quién es.



Dedico este artículo a Archie Lenard Griffiths; quien a partir de las notas de nacimientos y defunciones registradas en la Biblia familiar desde mediados del siglo XIX, elaboró un frondoso árbol genealógico cuyas ramas abarcaron varios países y tres continentes.



sábado, 4 de enero de 2020

EL POEMA DE HOY





CRÓNICA DE UN DÍA DE VERANO

Por Gladis Naranjo (*)



   Se quema el mediodía sobre los tamariscos
y madura en las dunas marcando dentelladas.
Un sol quieto golpea en la arena dorada.
Reverbera a lo lejos desterrando escondrijos.

   Naufragios de aguas vivas en busca de espejismos
se secan en la orilla como perlas gastadas 
y dejan en la playa manchas tornasoladas:
son los residuos mudos de su tedio infinito.

   En el mar las gaviotas posan su algarabía.
Multiplican reflejos bajo las alas blancas.
Del norte el viento sigue construyendo utopías.

   El faro centinela fantasmal se agiganta.
El océano antiguo canta su letanía.
Mi sombra, perezosa, se acurruca a mis plantas.





(*) Escritora nacida en Neuquén y radicada actualmente en Claromecó, provincia de Buenos Aires. Este poema recibió la Primera Mención en el Concurso Literario de la filial SADE de Baradero - San Pedro.



martes, 24 de diciembre de 2019

LA NOTA DE HOY



COMENTARIO DE UN LIBRO RECIENTEMENTE APARECIDO
LA SEGUNDA EDICION DE “PLEGARIAS DEL HUMO” (*) DE JORGE CURINAO (**)






Si la edición de un nuevo libro patagónico es un hecho auspicioso, cuánto más lo será la reedición de una obra regional; porque ello implica que existen lectores interesados en acceder a un texto cuya primera tirada se agotó. Es lo que sucede con "'Plegarias del humo", del escritor riogalleguense Jorge Curinao; cuya versión original es del año 2009.

El poemario, el segundo de los cinco que lleva escrito Curinao, fue puesto de nuevo en la calle por la Editorial Remitente Patagonia; en una cuidadosa edición cuyas fotografías de tapa y contratapa son del mismo poeta. El volumen está prologado por Sebastián Tresguerres, quien manifiesta, entre otros puntos: "Las hojas vacías son almas, seres que nunca se han ido. El poeta escribiendo en el alma de los seres que aún viven para siempre: la poesía es religión y los poemas son plegarias". Al dorso del volumen se transcribe un comentario de Mirta Care, de la revista Qu. Allí dice: "No hay palabras decorativas. Jorge Curinao se muestra al desnudo, con sus angustias, sus tragedias, con las sombras que lo habitan".

Tal vez sean esas dos de las claves de la obra de Curinao. Para el autor, la poesía semeja ser una religión con la que se liga, se une, a la vida. Esa parecería ser una dimensión íntima, una justificación hacia el interior de su ser. Pero su creación tiene también una intención hacia lo externo, hacia sus lectores. En esta relación es donde ensaya una confesión, a la que se entrega sin tapujos. Y ambas facetas se conjugan en la aceptación del poeta de su condición humana; tal como lo manifiesta desde el inicio de sus hojas al afirmar, como el personaje de Publio Terencio Africano, “Nada me es ajeno”. Quizás su poesía es la búsqueda del significado de esa condición; tema que aparece en sus palabras como una marcada preocupación.

El autor dividió su trabajo, que dedica "A Lore" e introduce con una frase de Claudio Álvarez, en tres partes. Al leer cualquier volumen, este tipo de detalles son importantes; porque forman parte de la manera en que el literato quiere que su obra llegue al lector. Es más que un simple criterio ordenancista; detrás de toda acción hay un motivo y es tarea de quien se acerca a sus páginas el descifrarlo para disfrutarlas mejor.

La primera parte incluye doce "poemas en prosa", como suele definirlos el bardo, de los cuales pueden presentarse a modo de ejemplo los versos de "Abandono"; que reflejan con precisión la sensación de angustia que deja la noche, cuando los fantasmas que la pueblan se diluyen a medida que se acerca la madrugada:

Un perro
cruza el puente
a las tres de la mañana.

El último gesto de la noche pide huesos.

La segunda división está integrada por ocho obras. Puede entresacarse de su contenido, como una muestra de lo escrito, los versos de “Sobre una canción olvidada”; que sintetiza en forma concisa la vaciedad de quien se siente solo:

Ya no recibo cartas.
Nadie pronuncia mi nombre.
A esto llaman soledad.

La última parte contiene el poema “Del silencio”, dividido en ocho “estrofas”, o “párrafos poéticos”, encabezados simplemente con los números del 1 al 8. Es el último de tales textos el que aquí se reproduce:

Mi vida, mi única vida, sabe que no pedí nacer pero acá estoy, en el lugar preciso: no poder salir porque no hay afuera. Y adentro es sólo el viento. Y el viento es herida que viene del mar.

Estas líneas quizá sinteticen todo lo que el poeta quiso decir en este libro: no se elige vivir, pero es un hecho indiscutible e irrenunciable el tener que sobrellevar la vida. Para colmo, tampoco se puede abandonar; porque no hay un afuera donde ir. Por lo tanto, se está condenado a afrontar la existencia, que según Curinao es sólo viento. Shakespeare define la vida como “una historia contada por un necio, llena de ruido y furia”. El viento tiene mucho de ruido y furia.

Para finalizar: es un gusto dar la bienvenida a esta segunda edición de "Plegarias del humo" al corpus de la Literatura Patagónica, corpus que si bien se engrosa cotidianamente con las nuevas obras surgidas de sus plumas, adquiere peso y relevancia cuando muestra que su vigencia admite las reediciones. Y corpus al cual la sentida y profunda poesía de Jorge Curinao se integra ya en forma inseparable.


J.E.L.V.



(*) “Plegarias del Humo”. Curinao, Jorge. Trelew, Editorial Remitente Patagonia, 2019.
(**) Mail del autor: jorgecurinao06@yahoo.com.ar


domingo, 15 de diciembre de 2019

LA NOTA DE HOY




DÍAS DE OCIO EN LAS PLAYAS DE LA PATAGONIA


Por Jorge Eduardo Lenard Vives





“El día de la “excursión” a Puerto Madryn era una de las fechas más esperadas del verano. Nos levantábamos muy temprano, antes de la salida del sol y la casa se llenaba de ruidos, de llamadas nerviosas y apresurados preparativos…Más tarde el atisbar la llanura ondulante del mar que devolvía multiplicado en cada suave vaivén de su inquieta superficie la imagen del sol espejado en sus aguas – “Ya estamos en Madryn, dada. ¿Dónde paramos?” – Pacientemente nuestro padre ordenaba el juvenil desorden y descendíamos nosotros y toda la abundante carga comestible de excursión bien planeada.

Zambullirse dentro del traje de baño y echar a correr al mar era una sola cosa, a chapotear en el agua, juntar caracoles y coloridas piedras, tenderse en la requemante arena que llenaba desbordante la playa, solamente contenida por la línea de fino encaje de la espuma – “vamos hasta el kaiser” -, - “quiero ir a las cuevas” – toda la impaciencia de agotar en un instante el programa de todo el día….Mediada la tarde, cuando el frescor de la brisa marina se abría paso hacia la tierra, preparábamos el regreso a casa, a la cual llegábamos rendidos de fatiga y sueño, en la media claridad de los entreluces del atardecer cuyos últimos soles avivaban los verdes de las copas de los álamos del Valle.”

Este fragmento del relato “Tiempo de verano de mi niñez”, de Gwen Adeline Griffiths de Vives (1), muestra una típica “excursión” de los descendientes de los colonos galeses radicados en el Valle del Chubut a la costa del mar, a principios de los años 30. Para aquellos labriegos, artesanos, comerciantes que trabajaban de sol a sol durante la mayor parte el tiempo, la posibilidad de distracción que ofrecía la cercana orilla del océano, era aprovechada tanto como se podía. Ya fuese un paseo a Puerto Madryn -como en el texto citado- o una salida hasta la más cercana Playa Unión, cada tanto los valletanos marchaban a gozar por un rato del agua salada, la brisa marina y la arena; lejos del calor canicular que calcinaba el Valle profundo.Esta costumbre que los pobladores traían de Europa, donde era común frecuentar “los baños”, venía desde mucho tiempo atrás; cuando la marcha hasta la costa se realizaba en carros a caballo y no en el cómodo automóvil o en el trencito de trocha angosta. Las “casillas” más antiguas de Playa Unión son anteriores a 1923, fecha de fundación de la villa balnearia.

De igual manera, los habitantes de Carmen de Patagones, Viedma y del Valle Inferior del Río Negro se dirigían, según narra el escritor viedmense Carlos Espinoza (2), al balneario próximo al desemboque del río; conocido también como “La Boca”, aunque su nombre oficial a partir de 1948 es “El Cóndor”. El topónimo recuerda un naufragio, al igual que sucede en Playa Unión.Los primeros en aprovechar esa playa con fines recreativos fueron los salesianos, que en 1887 concurrieron con los alumnos de su colegio en Viedma. También los inmigrantes italianos radicados en la zona, empezaron a utilizarla para esparcimiento; y en 1917 ya estaban emplazadas las “casillas” de Jacinto Massini y su cuñado Tomas Bagli. El impulso que el primero dio al sitio, hizo que su denominación original fuese“Villa Massini”.

Si bien en San Antonio Oeste hay balnearios locales, el sitio de veraneo por antonomasia desde el año 1925 es Las Grutas. La primera construcción “veraniega” fue un “bungalow” de 1938, según recuerda Josefina Arce de Ballen en su libro “Las Grutas” y Héctor Izco, en “San Antonio Oeste y el Mar… Origen y Destino”. El escritor Jorge Castañeda, en tanto, le dedica el poema “¡Qué linda que está Las Grutas!”:

“Con su blanca costanera / con su cielo en arrebol
Y la playa que se llena / cuando aprieta “la” calor”;

y una de sus “Crónicas”, la “Crónica de un poeta en Las Grutas”:

“Puedo decir como dijera Scalabrini Ortiz sobre Buenos Aires que “tengo ternuras mías en cada una de las calles del Balneario Las Grutas”… Llevo en mi corazón el Napostá de mi ciudad natal, las verdes alamedas de Valcheta y el mar azul del golfo de San Matías. ¿Qué más puedo pedir?”.

La playa de Comodoro Rivadavia es Rada Tilly; cuyo desarrollo turístico comienza, como en los casos anteriores, a inicios del siglo XX. La afluencia de vecinos para gozar de su arenilla blanca, hizo que se habilitase un tren que lo unía a la ciudad; clausurado luego de un desgraciado accidente. Como otros pueblos surgidos alrededor de un centro de veraneo, con el tiempo Rada Tilly se consolidó como núcleo urbano; pero manteniendo su espíritu de villa vacacional. Esto hace que muchas personas opten por pasar allí todo el año, incluyendo los inviernos de mar bravío y cielo nublado.

Tal situación es común al resto de los balnearios sureños, donde crece la población estable.Entre esos habitantes fijos figuran muchos escritores regionales, que hallan un ambiente propicio para su Arte. En el caso de Rada Tilly, es Angelina Coicaud de Covalschi quien lo hizo; lo que influyó para llevarla a ambientar tramos de sus últimas novelas en una localidad imaginaria; con escenarios parecidos a los de esa playa.

En la actualidad, todas las poblaciones sobre el Atlántico al sur de Comodoro Rivadavia utilizan sus riberas como espacio de jolgorio. Aunque más no sea para tomar sol o contemplar el mar acompañado de unos mates, la visión del agua fundiéndose con el horizonte brinda reposo a quien recurre a la costa para vacar. Es que el ocio es una parte importante de la actividad humana. Saber descansar es casi una disciplina artística, como recuerdan el escritor español Noel Clarasó Daudí en “El arte de perder el tiempo” y Herman Hesse en sus ensayos cortos reunidos bajo el título “El arte del Ocio”. Y la Patagonia, con su extenso litoral marítimo, tiene muchos lugares para el solaz de sus habitantes.

Tantos kilómetros y kilómetros de costa hay, que al patagónico no deja de llamarle la atención esa tendencia a amucharse característica de algunas playas norteñas; aunque, por supuesto, el aumento de la población en la región lleva a que las costas australes muestren hoy en día una similar concurrencia. Ya pasaron los tiempos en que los sureños podían holgarse en solitarias y extensas playas; a las que tan acostumbrados estaban que, algunas veces, cuando aparecía en lontananza la vaga silueta de un pescador o de otra familia con su sombrilla - de la que apenas se distinguía, difusa, la colorida tela -, el que había llegado primero refunfuñaba: “¡No se puede estar tranquilo! ¡Ya vino gente!”.





(1) “Tiempo de verano de mi niñez”. Gwen Adeline Griffiths de Vives. “Cuentos de Nuestra Tierra (Premio CFI Letras 1983)” (Editorial Consejo Federal de Inversiones, Buenos Aires, 1985)

(2) “Un naufragio, los curas salesianos y los inmigrantes italianos en la historia del Balneario “El Cóndor”, por Carlos Espinosa, Publicado en http://www.telam.com.ar/notas/201412/89341-turismo-visitas-turistas-pasajeros-tren-avion-mar.php

(3) Por supuesto, el título de la nota pretende parafrasear el nombre del libro de William Henry Hudson, “Días de ocio en la Patagonia” (1870). Pero también es un recuerdo para “Días de ocio en el país de Yann”, cuento de Lord Dunsany de 1910.


viernes, 6 de diciembre de 2019

EL RELATO DE HOY




HABLAR DE MUERTOS

Por Paulo Neo (*)



¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde no se puede vivir!
Oliverio Girondo



Voy a hablar de muertos. No de uno en particular, sino de varios. 
Digo hablar, pero en realidad estoy escribiendo, claro. Como ya sospecharán, se trata del mismo asunto. En la sesgada arbitrariedad de mis facultades, pensar, hablar y escribir, son casi la misma cosa. 
Volviendo al tema: voy a hablar de muertos, dije. De un grupo, en particular. Nada homogéneo, por otro lado, ya que abarca niños, adolescentes y adultos, por igual. Mujeres u hombres, es indistinto.
De los conocidos, sobran nombres, fechas y puntualizaciones. Aunque no es ese el propósito de estas líneas. Que me acuerde de Ignacio, de Chory o del Chino, no es lo relevante, aclaro. También podría citar aquí cifras y estudios realizados, pero las estadísticas no suelen llenar todos los intersticios que necesitan los textos como éste. Apenas si se quedan en la frialdad de los números, en la tibieza de porcentajes más o menos preocupantes. 
Voy a hablar de muertos, dije. Y no vendría al caso que cuente lo que pasó hace unos años en una presentación, allá en el Sur. Con la idea de que el público escribiera lo que se le venía en gana, hice circular unas libretas. La noche terminó en largo jolgorio, pero días después, me ocupé de sentarme a leer las anotaciones. La que más llamó mi atención fue una que decía, literalmente: “Aplacé mi suicidio para venir a esta presentación” y firmaba Silvana. Estuve un largo tiempo dándole vueltas al asunto. Sin saber si alguien me jugaba una broma, si era un retazo de ficción o la dura realidad, sin miramientos. Me pasé la semana cavilando en el asunto, sin llegar a ninguna conclusión. Luego, el tiempo se encargó de que creyera haberlo olvidado, como pasa siempre. 
Hasta hoy. 
Que me enteré que aquella misma persona se cansó de los aplazamientos, que a otra la rescataron a punto de lanzarse de uno de los puentes de la Autovía, que otro más terminó el cigarrillo y volvió al local comercial para dejar de preocuparse por el posible cáncer, por las deudas o por las penas de amor. 
Es decir: hay algo de lo que pocos hablan.
Y es que bien al Sur, la lista de muertos por mano propia –o de suicidios, vamos a decirlo con claridad– es alarmante y mayor que en el resto del país. 
Porque hablar de muertos es un poco, también, hablar de uno mismo.
Porque como Oliverio, olvidamos que la muerte es ese país donde no se puede vivir. Ese páramo desolado y oscuro donde los perros ganan la calle y las sombras, los pliegues del alma.
Voy a hablar de muertos, dije. Creo que lo hice lo mejor posible.


(*) Escritor de Río Gallegos.