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jueves, 19 de marzo de 2020

LIBROS DE AUTORES PATAGÓNICOS



COMENTARIO DE UN LIBRO RECIENTEMENTE EDITADO
“GORRIONES DE LA NOCHE” POR JORGE CURINAO (*)


“Gorriones de la Noche”, de Jorge Curinao, hace un nuevo aporte a la Literatura regional con un estilo poético a tono con los tiempos que corren: el micro- poema. Así como la narrativa ensaya el micro-cuento y el micro-relato, la poesía también busca incursionar en sus manifestaciones minimalistas. No es el aforismo, el refrán o la máxima. En la línea del haiku japonés de tres líneas, del pareado español de dos, se llega al verso único, al verso mono-lineal. Esta técnica, que ya tuvo y tiene diversos antecedentes y cultores, como Antonio Porchia y Alejandra Pizarnik, es la que el autor riogalleguense eligió para expresarse. Son cuarenta poemas, la mayoría de una oración, algunos de dos y los menos de tres, que a razón de uno por hoja –para dar mayor contundencia a su brevedad– pintan con trazos precisos el universo íntimo del escritor. 

Porque de eso se trata el libro. En los poemas que integran sus cinco textos anteriores, el poeta acostumbró a sus lectores a sumergirse en un mundo conformado por sus espectros, que son los de todos; pero que él con su Arte logra volcar al papel. En “Gorriones de la Noche” vuelve a ese mundo; aunque busca reducirlo a su expresión mínima. Y el efecto que obtuvo, luego de cinco años de paciente elaboración, es un conjunto de obras en las que no sobra ni falta una palabra; y que están tan concentradas, al modo de la materia en el punto que precedió al Big–Bang, que al ser leídas generan en el lector un estallido de ideas. Cada micro- poema es un disparador para originar, merced a la sensibilidad de quien lo lee, un cosmos de pensamientos y sentimientos. A partir de ese verso inicial, el lector puede agregar, arriba o abajo, todas las líneas que quiera y que su creatividad le inspire.

Al recorrer la obra, surgen una serie de “palabras clave”, parecidas a las de esos listados que aparecen al pie de ciertos artículos de la red, algunas de las cuales se repiten varias veces y otras no tanto. Como “perro”, “puente”, “pájaros”, “viento”... Pero cada uno de esos términos tiene un significado particular en el universo del bardo. O varios. Cada vocablo es en realidad una metáfora de otros tantos. Por eso cuando, fruto de su afán sintetizador, el párrafo de un poema en prosa se sublima en unas pocas líneas, esas “palabras clave” fijan el mensaje que el artista quiere hacer llegar. Con seguridad, otra de esas palabras es “gorriones”. En las páginas del libro hay gorriones del día y gorriones de la noche. Estos últimos, los que figuran en la ilustración de la tapa, son muy significativos para el autor; porque son los recuerdos vividos en un ambiente nocturno que estimuló en su juventud su pasión por la Literatura y su numen creador.

El libro se presenta en una edición muy cuidada y prolija, realizada por Remitente Patagonia. La fotografía de tapa, muy estética y elocuente, es del mismo escritor. En las solapas puede encontrarse una breve biografía del poeta y el detalle de sus obras anteriores. El prólogo, ubicado luego de la dedicatoria “A Lunita”, es de Noelia Palma. Al iniciarlo la prologuista manifiesta: “¿Dónde habita la noche para el poeta Curinao? ¿Qué nido construyó dentro de su poesía para que podamos los lectores ser gorriones y álamos?”. Y más adelante: “¿Sobre qué hebra de luz construyó Jorge Curinao su nido para resistir los vientos de su propia poesía?”.

También la contratapa tiene una nota introductoria que, entre otros aspectos, expresa: “… “breve” no es sinónimo de “efímero”. La calidad de efímero, otra de las características de la actualidad, no cabe a la presente obra, porque, sin duda, estos “Gorriones de la noche” están destinados a perdurar y a convertirse en referentes ineludibles de la Literatura Patagónica”. Como es lógico, quien escribe estas líneas no puede dejar de hacer suya esa opinión.

Ya es tiempo de dejar que los gorriones vuelen; con un vuelo por los cielos sureños, y seguramente de otras latitudes lejanas, que se desea exitoso para el escritor y su creación. Por eso, para dar fin a este comentario y a título de colofón, se transcribe uno de los micro-poemas del libro, que tiene mucho de síntesis de toda la obra y pinta al autor de cuerpo entero:

Mi tristeza viene de los puentes, no de la noche

J.E.L.V.




(*) “Gorriones de la noche”. Curinao Jorge. (Trelew, Remitente Patagonia, 2020). Contacto con el autor: jorgecurinao06@yahoo.com.ar

jueves, 12 de marzo de 2020

EL RELATO DE HOY




VIAJE EN TREN A PLAYA UNIÓN

Por Iris Lloyd (*)



Al fin, al fin andaría en tren. La excitación era tan grande que casi no la podía soportar. Tenía trece años y era la primera vez que andaría en tren. Metí con mucho cuidado mi boleto en mi monedero y subí muy tiesa al vagón de primera. Olía a cuero, todos los asientos eran de cuero color beige, reluciente por el uso. Me senté con mucho cuidado en asiento individual y traté de abrir la ventanilla. La estudié con detenimiento tratando de descubrir por dónde se abría. Me sentía perpleja. Sólo tenía una tira de cuero en la parte inferior de la ventanilla, la toqué y luego tiré suavemente pero no pasó nada. Muda por la timidez y desconocimiento del ambiente me quedé observando lo que pasaba a mi alrededor cuando de pronto, “tan, tan”, el sonido de la campana casi me hace saltar del asiento y con un “¡Chuuuuuu, chuuuuuu!”·ruidoso y lleno de humo, el tren comenzó a andar lentamente.

El vagón casi se había llenado y frente a mí se sentó un niño muy desenvuelto que con movimientos seguros tomó la tira de cuero de la ventanilla, tiró hacia arriba, la empujó un poco hacia afuera y la largó de golpe. Con razón yo no podía abrirla, era para abajo y no para arriba que se abría.

El tren fue tomando cada vez mayor velocidad y ya salíamos de Trelew hacia Playa Unión.

Con mucho cuidado intenté los movimientos del niño frente a mí y abrí la ventanilla. El aire que entraba hizo que el pelo se me volara para todos lados y con satisfacción dejé que mis ojos se perdieran en el paisaje.

¡Qué distinto a los Andes! Aquí no había montañas, ni bosques, ni arroyitos claros, las lomas chatas y marrones mostraban verde sólo en los lugares en que el hombre había sembrado y el agua marrón corría lenta, encerrada en zanjas abiertas para regar. Sin embargo era una vista plácida, transmitía paz.

“Boletos, boletos” el guarda entró en el vagón gritando para alertar al pasaje. Todos buscamos en bolsos, carteras, monederos o bolsillos. Tomé nerviosamente mi boleto y cuando la seria se paró frente a mí, se lo pasé (daba miedo así de uniforme, con gorra y tan serio).

“Boletos, pases y abonos”, tomó mi boleto sin una sonrisa, lo perforó y me lo devolvió con un: “- Cuidado con perderlo, es de ida y vuelta”.

“Chucu, chucu, chucu” seguía corriendo el tren, pero un silbato largo y estridente nos hizo saber que estábamos llegando a Rawson. Redujo la marcha y anduvo despacio, despacio hasta que se detuvo. Unos pasajeros bajaron y otros subieron y pronto el tren estuvo lleno de gente que iba a disfrutar el día soleado. Otra vez la campana, otra vez el silbato y ahí partimos a Playa Unión.

Ya no había lomas, sólo pampa y unos yuyos secos y achaparrados. Pero también había algo más. Perpleja miré hacia adelante, de donde venía la brisa y entonces me di cuenta; claro, era el olor. Un fuerte olor a sal, a pescado, en fin, olor a mar.

Había ruido en el tren. La gente se conocía y hablaban entre ellos en voz alta pero sus palabras se perdían, pues mi interés estaba en lo que había allá afuera, cuando… sí, ahí estaba. Unas casitas bien alineadas frente a un manchón inmenso color gris azulado, que no era otra cosa que el mar. Eso era Playa Unión, el lugar de vacaciones y los días felices de arena y sol. Todo se sumaba para que fuese algo extraño, el ruido del tren, la gente, el olor a mar. Por un momento me sentí pequeña y sola, pero la figura conocida de mi hermana esperándome en el andén me trajo la seguridad perdida por un segundo. Feliz bajé los escalones corriendo a contar la primera experiencia en tren.




(*) Escritora chubutense. Este relato está tomado de su libro “Patagonia gringa” (Edición de la autora, Buenos Aires, 2004). El texto hace referencia al servicio de tren que llegaba a Playa Unión, activo entre 1921 y 1961. Fue muy usado por la población del Valle para concurrir al balneario. En el espacio entre los dos carriles de la doble trocha Rawson – Playa Unión, existe un monumento recordatorio con trozos de rieles y durmientes sobre  una alcantarilla. Está señalizado con un cartel.


domingo, 8 de marzo de 2020

LA NOTA DE HOY





ESPAÑOL PATAGÓNICO / ESPAÑOL DE LA PATAGONIA

Por Jorge Eduardo Lenard Vives



Tal vez en esta nota el cronista se meta en camisa de once varas. Tal vez haría mejor en escribir sobre otro asunto menos complicado y dejar el tema a un especialista. A una experta, como la Dra. Ana Virkel. Pero sucede que fue precisamente ella, a través de su magnífico libro "El español de la Patagonia" (*), quien inspiró estas líneas. Por eso, pidiendo de antemano disculpas a la renombrada investigadora por el atrevimiento que se va a cometer, se introduce este borrador con una más que breve recensión de su obra.

"El español de la Patagonia" es una versión ampliada de la tesis de doctorado de la autora en la Universidad de Valladolid. Originalmente, el objeto de análisis se circunscribió a la provincia del Chubut,  pero luego la estudiosa consideró que el saber obtenido era aplicable a todo el contexto regional. En el idioma que se habla al sur del río Colorado, del cual la Dra Virkel se preguntó alguna vez si debía ser llamado "español de la Patagonia" o "español patagónico" (**), el estudio reconoce varios aspectos.

Uno de ellos es la existencia en las cinco provincias australes de una variante del español, claramente diferenciada de la bonaerense, con la cual se confundía antes. Otro, que las dos principales características que presenta esta variante sureña son la convergencia interdialectal y el contacto multilingüístico. La primera particularidad se relaciona con la existencia de dos fuentes en la norma patagónica: el español bonaerense y el español chileno. La segunda se refiere a los dos principales aportes interlingüísticos que recibió esta variedad, provenientes del mapuche y del galés.

Ahora bien, es conveniente aclarar que el trabajo de la Dra Virkel versa sobre el español de la región, tanto urbano como rural, en su forma hablada. Acá es entonces donde el cronista mete la cuchara y se pregunta si la peculiaridad se refleja también en el lenguaje escrito. Los literatos patagónicos, ¿escriben en español patagónico?

Arriesgarse a presentar tal hipótesis parece excesivo. Sin embargo existen algunas singularidades que, tomadas del habla coloquial, pueden ser integradas —y de hecho lo son a la expresión escrita. Esta circunstancia puede darse en el vocabulario empleado, con términos netamente regionales ("chata", "chuleta", "piche", "choique", "catango", "menuco", "neneo", "nevazón"), incluyendo topónimos (Gaiman, Trevelin, Maquinchao, Guer Ayke). También puede darse por el empleo de verbos en construcciones perifrásicas, como "andar pasando" ("¿Qué le anda pasando, mi amigo?") o "pasar a llevar" ("Lo pasó a llevar el tren"), y el uso de verbos derivados de sustantivos ("tormentear", "escarchillar"). Por supuesto, esta peculiaridad se dará en los diálogos intercalados en el texto de la narración, pero también podrían ser incluidos en la narración en sí misma.

Uno de los escritores patagónicos que más expone esta tendencia es Hugo Covaro. Al final de sus obras siempre incluye un ilustrativo léxico, necesario por cuanto en su prosa sobresalen los regionalismos. Pero también al desarrollar los diálogos el autor busca representar la singularidad de la conversación patagónica, signada entre otros puntos, por la redundancia y los silencios significativos. Véase este ejemplo tomado de su obra “Las ruinas de Pampa Negra”:

“Miraba por el vidrio sucio de la ventana al caballo, cuando una voz, como venida de otro tiempo, lo estaqueó de espanto:
—¿Qué anda haciendo, amigo, por estas soledades?
Cuando pudo girar la cabeza para saber quién le había hablado, un hombre, con un sombrero que le escondía la cara lo observaba desde un rincón en penumbra.
—Ando buscando a mi padre… Artemio Magallanes… ¿lo conoce?
¿El chileno?
—Ajá…
—¡Claro que lo conozco! Si hasta fuimos socios… tuvimos unos animalitos a media.”

Y más adelante, en el mismo libro:

“Cuando lo vio, el hombre esquilaba un piño de ovejas encerrado en un corral de palos desparejos, (…) Demasiado “endomingado” para esquilar ovejas –pensó el forastero antes de preguntar:
—Buenas… ¿me podría decir si voy bien rumbiao para Llapinilque?
—¿Llapinilque, dice? Primera vez que oigo nombrar ese sitio… —y antes que pudiera responder, el esquilador inquirió—. ¿De dónde viene usté, caballero?
—Vengo de lo de Artemio Magallanes… su mujer, me orientó para buscarlo…
—Debe estar confundido, mi amigo… la curandera, doña Margarita, debe hacer como quince años que murió… su marido, más de treinta…
Intentó estirar la conversación pero el diálogo se estancó en las breves respuestas del puestero.”

La presencia de una variante regional del castellano, que la Dra. Virkel pone de manifiesto, es una interesante perspectiva para ser considerada dentro de la problemática de la Literatura Patagónica. Aunque la particularidad se observe más en el lenguaje oral, cuando un autor sureño escriba un texto, la presencia de regionalismos, locuciones verbales y otras características propias de la zona, entre las que no debe olvidarse la modalidad de los diálogos, es una impronta que revelará la ubicación geográfica de su creación. 




(*) “El español de la Patagonia”. Virkel, Ana E. Buenos Aires, Academia Argentina de Letras, 2004.

(**) “¿Español de la Patagonia o español patagónico?”. Virkel, Ana E. Actas del IV Congreso Internacional de El español en América, I. Santiago de Chile, Pontificia Universidad Católica de Chile, 1995.

lunes, 17 de febrero de 2020

EL POEMA DE HOY




LA MILONGA RIONEGRINA

Por Aurelio Sarriés (*)

Milonga, 30/09/1981




La milonga rionegrina
hoy quiere ganar las huellas
bajo este cielo de estrellas
y polvorientos caminos
en la voz de un rionegrino
que canta sus esperanzas
escalando la distancia
entre los valles y sus sierras
con la genuina fragancia
que es propia de nuestra tierra.

Naciste en el fogón
pa´ orgullo del rionegrino
cuando con Julio Argentino
hiciste la expedición.
te prendiste al diapasón
de la guitarra campera
sin que ninguna tranquera
le cierre paso a tu andar
y así te pueda cantar
cada criollo a su manera.

Creciste en el desierto
y entre las sierras nevadas
al ruido de la caballada
que galopó a campo abierto
lloraste cuando algún muerto
quedó en el medio del camino
porque lo apialó el destino
en la ruda atropellada
o lo apretó el caballo
al costalarse en la helada.

Más después con el carrero
abriste huella al progreso
y tal vez será por eso
que como el progreso avanza
seguís con suma constancia
alentando el rionegrino
pa´ que no cese su tino
en la pujante jornada
y te lleve enarbolada
como símbolo argentino.

Te metiste al galpón
en el tiempo de la esquila
y al entrar a las cocinas
fue dulce tu entonación
cuando vibró el diapasón
en una nota divina
al cantarle a alguna china
que te escuchó con placer
por ser como vos mujer
las dos gauchas y argentinas.

Cuando me envolvió el silencio
sin que te llame llegaste
milonga que te entregaste
como grata compañera
pa´ que mi raza campera
te cante con sentimiento
tenés varia´o el acento
por amarguras y halagos
como son en estos pagos
también variados los vientos.



(*) Escritor y cantautor nacido en 1941 en Aguada de la Piedra; paraje situado 50 kilómetros al sur de Maquinchao (localidad donde actualmente reside). Dedicado durante toda su vida a las tareas rurales, sus aficiones son la poesía y la guitarra. Adoptó el seudónimo de “El Trovero Rezagao”. Es integrante del Círculo de Escritores de Maquinchao, con quienes participó de la antología “Palabras que trajo el viento”. “La milonga rionegrina” fue tomada de su libro “Razones de un ignorante” (San Carlos de Bariloche, Taikén Editorial, 2014).



sábado, 8 de febrero de 2020

LA NOTA DE HOY





LA CUEVA DE SARASOLA Y OTRAS CUEVAS PATAGONICAS

Por Jorge Eduardo Lenard Vives (*)



Así como el ser humano sintió la atracción por escalar las alturas para “conquistar lo inútil”, al decir del renombrado montañista Lionel Terray, también se vio impelido a hundirse en las profundidades del globo en busca de los arcanos que el mundo subterráneo ocultaba. Claro que en su inicio tal pasión tuvo una finalidad práctica: nuestros antepasados trogloditas buscaron las cavernas para obtener refugio y abrigo. Con el tiempo, los mitos ubicaron a los dioses en las luminosas cimas y destinaron las simas sombrías para los demonios y otros entes lúgubres.

Como es natural, la Literatura tomó el tema y lo llevó a los libros. Algunos de ellos en tono moralista, como “La Divina Comedia” del Dante; y otros con un criterio de divertimento, como el “Viaje al Centro de la Tierra”, de Julio Verne. ¿Qué tienen en común lecturas tan disímiles, un portento de la poesía universal y una novela de aventuras? Pues que en ambas obras los protagonistas descienden al interior del planeta por una catacumba y encuentran escandalosos enigmas (metafísicos unos, científicos los otros), que causan inquietud y temor.

Pero los espeleólogos no participan de esos terrores y se internan con osadía en los sótanos del orbe, practicando una actividad llena de peligros que exige valor a quien la intente. Su afán se extiende a lo largo y ancho de la Tierra, porque estas formaciones se encuentran en todas las latitudes; y, por supuesto, también en la Argentina al sur del río Colorado. Muchas oquedades naturales guarda este suelo. El Neuquén presenta más de doscientas grutas, varias de ellas con indicios de ocupación prehistórica. Se destaca el sistema cavernario de Cuchillo Curá, con una fauna propia adaptada a la vida en la oscuridad; pero hay unas cuantas cuevas más, como la Caleufu, la Huenul y La Laguna.

En la provincia de Río Negro se puede mencionar la cueva de los Leones; próxima a Bariloche. “Cavando a tientas” en el suelo de sus umbrías salas, el perito Francisco Moreno descubrió los restos humanos de los primitivos pobladores. En el extremo atlántico de la provincia, no pueden dejar de mencionarse los huecos socavados por el mar en los blancos acantilados; que incluso nombran a una de las playas más conocidas de la región: “Las Grutas”.

Santa Cruz muestra varios de estos accidentes geográficos, entre los que se destaca la cueva de las Manos, en el cañadón del río Pinturas. El sitio no es una hendidura profunda sino un extenso alero; que muestra improntas de manos intercaladas con figuras antropomorfas cazando guanacos y choiques. Más al sur, cerca de El Calafate, se encuentra la cueva del Walichu; y, en el centro de la meseta, la cueva de los Felinos. Ambos son yacimientos de arte rupestre. En el último, los dibujos parecen representar al jaguar, otrora habitante de la Patagonia. Por su lado, en la costa marítima pueden mencionarse las “Siete Cuevas” próximas a Puerto Deseado; que incluyen la “del Indio”, la de “los Leones” y otras.

La insular Tierra del Fuego ofrece numerosas cavernas; muchas de ellas sitas en su bravía costa oceánica. Fueron usual cobijo de exploradores y náufragos; como aquella que lleva el nombre de “Allen Gardiner”, donde se guareció y murió de hambre el legendario misionero.

El Chubut también muestra una dimensión soterrada. De sus diversas manifestaciones se recuerda en particular la cueva de Sarasola. Quienes han vivido en Sarmiento, conocen el desafío implícito en un paseo a sus honduras; que reclamaba un gran esfuerzo físico y una dosis de voluntad para concluir con éxito la expedición. Además de su faz aventurera, este socavón tiene una leyenda que es recuperada por Gastón Martelli (1) y Austin Whittall (2) en sus amenos y documentados “blogs”. Según un relato recogido en la zona, los pobladores habían visto un “enorme gigante de cuatro metros de alto y grueso como un buey”; que suponían moraba en la caverna.

En relación a las grutas ubicadas en la costa chubutense, es interesante referirse a las famosas “cuevas” utilizadas por los colonos galeses al desembarcar en Puerto Madryn el 28 de julio de 1865. En realidad no son tales, sino excavaciones artificiales en la roca calcárea de la orilla; que brindan tres “paredes” para una casa cuyo techo y frente se cerraba con material de circunstancia. Pero sí lo son las cavidades cercanas que bautizan al punto geográfico donde están los refugios galeses (“Punta Cuevas”). (Esa referencia trae a la memoria un episodio similar: las cavas labradas por los pobladores maragatos, como viviendas, sobre las bardas del río en Carmen de Patagones hacia 1779).

A esta incompleta enumeración de las anfractuosidades patagónicas, tal vez habría que agregarle esas desvaídas copias de la naturaleza que, por diversos motivos, crean los mortales. Como los túneles de ferrocarril o las galerías de las minas. Mas estas obras, aun cuando muestran el ingenio y el esfuerzo humano, son pálidas imitaciones de la labor de las fuerzas tectónicas que modelaron el subsuelo terrestre.

¿Y qué hay de la Literatura Patagónica en torno a las cuevas? Al reunir el material para esta nota se halló muy poco. Sólo los datos de los descubrimientos geológicos del perito Moreno volcados en sus diarios de viaje; o la descripción del investigador Gregorio Álvarez en “El tronco de oro”, sobre los brujos neuquinos que “Se reúnen en cuevas subterráneas llamadas salamancas, a las que concurren generalmente metamorfoseados en aves, tales como el chonchón y el guaraivo y también montados en alguna rama de latué o de algún otro árbol de los llamados malignos o diabólicos”.

En la ficción, apenas unos párrafos de “La Liebre”, novela de César Aira con reminiscencias del “Beau Geste” de P. C. Wren; que no se desarrolla exactamente en la Patagonia sino en su “puerta”, el sur de Buenos Aires. Allí el protagonista ingresa por una gruta a un reino bajo tierra, dominio del cacique Pillán y los suyos. Otro ejemplo es el intricado dédalo de cavernas artificiales que en “La leyenda de Guaguerén” de Fernando Nelson, los atlantes construyeron bajo el valle del Chubut.

Pero más allá de su escasa presencia en las letras sureñas, la fascinación que despiertan las cuevas en la imaginación humana amerita hacerlas objeto de estas páginas. Acaso a través de la presente crónica, breve y sin pretensiones, el tema llame la atención de algún escritor vernáculo.



(1) http://geografiamiticaargentina.blogspot.com/2010/03/provincia-de-chubut-la-cueva-del.html
(2) http://patagoniamonstruos.blogspot.com/2010/09/cueva-de-sarasola-guarida-de-monstruos.html