YO GRAMÁTICO: UNA CRONICA DEL BUEN HABLAR
Por Jorge Castañeda (*)
Yo, médico. Yo, catedrático. Así supo titular sus libros el
bueno de Baldomero Fernández Moreno y
para no ser menos “Yo, gramático” me place titular a esta crónica del
buen hablar.
Amerita sacarme el sombrero ante la riqueza del idioma de
Miguel de Cervantes, porque el castellano, -al decir de una vieja sentencia-
“es muy rico en expresiones idiomáticas”.
Tiene reglas y también excepciones a las reglas. Tiene
musicalidad y también luz y color en las vocales: ejemplo de ello dan las obras
literarias de don Ramón del Valle Inclán y Ramón J. Sender, para los cuales por
ejemplo la a era una vocal blanca.
Yo quisiera como Rubén Darío tomar “un vaso de bon vino”
con Maese Gonzalo de Berceo (su apellido es mi seudónimo): escribir tras los
vitrales mester de clerecía o tal vez caminar por la campiña conversando como
al pasar de “vaqueras hermosas” con el buen Arcipreste.
Echar los versos en “celdillas iguales” o volcar las
palabras de la prosa como “gemas preciosas en el saco de terciopelo”.
Escribir lento pero bien; publicar poco y espaciado “porque
no se puede echar libros al mundo como quién fríe buñuelos” como solía decir el manco glorioso de
Lepanto; tener muchas lecturas y buenos escritores porque “hacen falta muchos
dómines para cultivar la buena prosa de la conversación”.
¿Y qué me cuentan de Roa Bastos y José Camilo Cela? Esos enseñan a escribir como nuestro
compatriota Jorge Luís Borges. Y también Gabriel Miró, un orfebre de la
palabra. Y Marechal con el cual hubiera querido sentarme a la mesa del
banquete. ¡Oh, Severo Arcángelo, vulcano en pantuflas, padre de los piojos,
abuelos de la nada!
Tengo al alcance de mi mano la “Gramática de la lengua
castellana”. ¡Qué rigor y justeza para cada vocablo!
¡Qué suenen salvas de culebrinas; qué me acerquen támaras
de jacintos; qué hojas de acanto coronen mis sienes!
Afuera el muladar de la quintería desordenada y la
aladrería dispersa. Desparpajado y desenvuelto me desternillo de risa. Hago
aspavientos. Encuentro mi punto álgido y tirito de frío. Voy al trastero y
desempolvo los cachivaches. Me fumo una cachimba. Me calzo los quevedos y
desecho el impertinente. Me restriego los dientes con dentífrico concentrado.
Coloco una calcomanía en la luneta trasera de mi automóvil. En la esquina de
mayor tránsito dirijo el tráfico de rodados y peatones. En la abacería cercana
adquiero la quincalla de poco valor y en la rosticería los manjares para el
buen yantar a chila come. Me extasío inverecundo ante la dehiscencia de una
flor. Tomo el arco y la clava, la primera para alcanzar los temas elevados y la
última para los asuntos gallináceos. Si me tratan a mansalva estoy contento. Si
es con alevosía me siento defraudado. Si me hacen una zancadilla otra vez me
levanto. Prefacio o introito lo mismo de da. Quiero agregar un escolio al
tratado. Tiemblo, estoy carambanado. Me pierdo en aguas de borrajas. Subo al
carajo. Si hablo tartajeo.
La saeta y el carcaj. La nasa y los pescados. La baca y los
petates. El sedal y la caña. La perspectiva y el escorzo. Las estrellas y el
astrolabio. La bomba y la adala. La carabela y la falúa. El péndulo y los
zahoríes. La vaquería y la dehesa.
Es inane escribir tantas fruslerías; tengo las manos llenas
de baratijas. No me asustan los endriagos porque no soy medroso. Y si de
embelecos se trata me gustan “los fraguados en la boca”.
“Escudos pintan escudos/ cruzados hacen cruzados/ y tahúres
muy desnudos/ con dados hacen condados”. ¡Oh, don Luís de Góngora! Y Baltasar
Gracián, tejedor de naderías.
Enalbardo el asno. Paso el alfolí de las ofrendas. Echo los
óbolos en el gazofilacio.
Nunca me permitiría escribir “la baca es un hanimal forado
de kuero” aunque me divierte la literatura de César Bruto. Elaboro como Juan
Filloy palíndromos y digo como Cortázar “salta Lenín el atlas”.
Pongo mi capa en el suelo para que no tengan el mal gusto
de suprimir la ortografía.
En Felipe IV, 4 quiero hollar los umbrales de la Real
Academia Española.
Pero basta ya. ¡Qué avenamiento de palabras!
(*) Escritor rionegrino. De su libro inédito “Crónicas & Crónicas”.
1 comentario:
Es un verdadero placer leer este texto de Castañeda; esta fervorosa defensa de nuestro vapuleado Castellano. Una defensa de su riqueza, de su papel como transmisor de ideas que requiere precisión en sus códigos, de sus escritores que vuelcan las palabras como “gemas preciosas en el saco de terciopelo”. ¿Cómo no estar de acuerdo con frases como esta: “Escribir lento pero bien; publicar poco y espaciado “porque no se puede echar libros al mundo como quién fríe buñuelos” como solía decir el manco glorioso de Lepanto”? ¿Cómo no decir, con el autor,” Pongo mi capa en el suelo para que no tengan el mal gusto de suprimir la ortografía ”? Este es un nuevo ejemplo, que se suma a los anteriores textos de Castañeda publicados por Literasur, que muestra que el autor, tanto por sus contenidos como por su lenguaje, ocupa un importante lugar en la Literatura Patagónica; y que su obra inédita “Crónicas & Crónicas”, merece figurar entre las principales creaciones regionales.
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