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sábado, 18 de febrero de 2012

EL CUENTO DE HOY





Aguateca




Por Olga Starzak




Sus manos se movían con destreza, en el deleite producido por el contacto de las yemas de los dedos con el barro blanco del que obtendría la  pieza sagrada. Todo su ser estaba involucrado en ese acto; revelaría el poder sobre las fuerzas enemigas. El artista solamente desviaba su mirada de la máscara que poco a poco iba tomando forma, para agregar pigmentos demolidos en la arenisca que dibujaría el rictus de la boca. Se esmeraba en alisar los  pómulos y otorgarle a la frente el indicio de la inteligencia del rey que, debajo de ella, escondería su rostro en el afán de ritualizar la ceremonia programada. Siempre que pudiera retornar, siempre que sus pasos fueran lo suficientemente estratégicos para eludir a sus perseguidores.

No muy lejos del hombre, otro también esperanzado, con dedicación trasladaba  sus dedos por los agujeros de una flauta de cerámica. El aire de sus pulmones debía salir con delicadeza para emitir los sonidos tan suaves que apenas hacían eco en ese terreno enclavado de  la selva. En el extremo del instrumento sostenido con pasión, una caricatura en perfecto tallado parecía otorgarle  a esa práctica el poder exultante de la música maya. Una música que hacía tiempo sonaba nostálgica en los oídos de los cortesanos.

A orillas del río y ante la amenaza de una captura, “Piedra Blanca” había desaparecido dejando detrás sus pertenencias y el mundo que lo había visto luchar, con fuerzas cada día renovadas, por aferrarse a lo más suyo: la historia que en esa tierra había decidido encerrar entre muros.

El artesano de  piel cobriza serpenteaba ahora entre callecitas angostas. Cauto, sondeó cada espacio del terreno que se le presentaba; y cuando las huellas  estuvieron frente a su rostro, inclinó el torso y apoyó las rodillas en el suelo. Excavó sólo lo necesario como para esconder la máscara  protegida por un telar; permanecería sepultada esperando el momento de ennoblecer a su destinatario.
 Desde allí pudo comprobar el preciso instante en que cesaron los sones  ejecutados por el artista. La imagen del firmamento ahora teñido de púrpura, había sido el llamado que concentró la atención del hombre. De cara al cielo, la visión cósmica le adelantó la tragedia. E hizo estallar su flauta en un gemido agonizante.
Se levantó con  premura y apoyando ambos brazos en la roca que se erguía a pocos metros, reposó unos segundos. Sólo el dios patrono de los escribientes, desde su majestuosa figura,  podía comprender sus  pensamientos.
Cuando retomó la fuerza grabó en una estela signos que aunque no lo sospechaba, alguna vez serían descifrados.

Y así  aguardó la noche.

Gritos desaforados provenientes de los guardias interrumpieron la labilidad de su  sueño, y pronto provocaron la furia. Sabía que la conflagración  final estaba a punto de suceder. La sangre sesgaría esa tibia naturaleza.

El silencio se había apoderado de Aguateca. Desplomado sobre las huellas indelebles  que ocultaban los tesoros más valiosos, algunos minutos antes, el cortesano escuchó por última vez el rugido del jaguar.

Impávida bajo la tierra aún sacudida por la violencia, la máscara ya dormía su sueño premonitorio. Ese sueño que se comenzaría a develar siglos más tarde, en el comienzo de este otoño húmedo del trópico, cuando el grupo de arqueólogos comenzó las excavaciones que dieron con la sepultura secreta.




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