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domingo, 6 de marzo de 2016

EL POEMA DE HOY




ABUELO

Por Ada “Negrita” Ortiz Ochoa (*)



Me gustan por su inocente colorido,
los manteles y los platos en la mesa cotidiana.
Me gusta tu noble presencia, abuelo querido,
junto a la alegre algarabía de tus nietos.
Me inspiran respeto tus manos temblorosas,
la mancha de caldo que desluce mi mantel,
tu sonrisa de disculpa, tu mirada temerosa,
tu corazón anciano se vuelve de papel.

Cierro los ojos para evocarte en mi memoria
y esta realidad se hace lejanía,
te veo nuevamente, gallardo y decidido,
trabajo, amor y nido,
todo eso, era entonces poesía.
El sol a sol de tu jornada te alegraba,
el torrente caliente de tu sangre se imponía,
cuando el instante del abrazo se acercaba
y el amor junto a tu pecho sonreía.

Hoy la nostalgia pone silencios en el alma
y opaca tu mirada de sueños ya vividos.
¡Es tan sabia tu palabra cariñosa y calma,
cuando repites incansable
tus historias más queridas!
Quiero decirte gracias y no sé,
hacerlo…, ¡cómo!
Atino a ofrecerte reverente mi silencio,
ser partícula pequeñísima del humo…,
de un cigarrillo olvidado
que esfuma tu presencia.




(*) Escritora rionegrina. Este poema fue tomado de su libro “Espera que te cuento II. Sueño Patagónico” (Edición del autor, Sierra Grande, 2006).



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2 comentarios:

Jorge Vives dijo...

El poema de Ada Ortiz Ochoa evoca el recuerdo de su abuelo; pero también de esa manera rememora una figura presente en toda familia: la del anciano; ya sea en la imagen de los abuelos que estuvieron presentes en nuestra niñez o la de los padres que nos acompañan en nuestra vida adulta. Ada lo hace con el sentimiento que nunca se debe perder hacia la ancianidad: la del respeto y el agradecimiento por quien nos precedió y que obtuvo las condiciones que nos permitieron seguir adelante; para avanzar un paso más en procura de mejorar las condiciones de vida de nuestro entorno. El anciano no es sólo la persona que conserva los recuerdos, y por lo tanto la historia, de la época que nos antecedió; es la persona que hizo esa época.
Hace unos cuantos años se empezó a hablar del “self-made man”, de la persona que “se hacía a sí sola”, que triunfaba por sí misma, como un valor positivo. Pero esa es una figura incompleta; porque nadie nace espontáneamente. Detrás siempre hay antepasados, una larga cadena de antepasados que se remonta al mismo momento del origen del ser humano; y que hacen que uno haya llegado a donde está ahora, legándonos sus genes y sus tradiciones. Por fortuna, algunos de estos antepasados, los padres, los abuelos, a veces aun bisabuelos y tatarabuelos, conviven con nosotros; y en ellos podemos homenajear y recordar a toda esa legión de mujeres y hombres que con sus vidas, sus sacrificios, sus tristezas y alegrías, sus derrotas y triunfos, permitieron nuestra existencia.
El paso del tiempo, por la implacable entropía, disminuye las capacidades físicas del cuerpo; y lleva al ser humano a la condición de indefensión inicial de cuando era niño. Por ello, el anciano y el niño requieren por igual del cuidado del adulto; un cuidado que no admite egoísmos. Y un cuidado que muestra también una condición de reciprocidad natural; porque los padres que nos cuidaron de chicos, son, cuando ancianos, quienes requieren de nuestro propio cuidado.
Gracias, Negrita, por colaborar en estas páginas con una obra como ésta; que plantea un tema tan profundo y tan vigente en nuestra época. Y que lo plantea con la mesura y la calidad artística que tienen todas tus obras; que te hacen formar parte de los autores que honran nuestra Literatura Patagónica.

Ada Ortiz Ochoa dijo...

¡Gracias Jorge, gracias Literasur¡ Supe lo que es tener abuelos y de vivir a mis padres en su ancianidad. He cuidado enfermos miembros de la familia y podido descifrar sus miradas que siempre traían un mensaje "No me abandones". Saludos de Negrita