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jueves, 22 de marzo de 2012

EL POEMA DE HOY




RIO CHUBUT

Por Gonzalo Delfino (*)


Al Ing Antonio D. Pronsato

I

Río Chubut,
río sinuoso, esquivo;
río de las vueltas
como lo llaman los indios.

De la Cordillera baja
con su carga de limo
de la Cordillera baja
buscando su destino.

De altos neveros viene
por profundos caminos,
solitario y callado
lo mismo que un indio.

Soledades de piedra,
australes páramos infinitos;
mesetas desoladas
agrandan su silencio indio.

Pero ama las estrellas
que lucen alto y en cielos limpios.


II

Río Chubut
río sinuoso, esquivo
que en altas cumbres nace
y muere con señorío.

De la Cordillera baja
con su carga de limo;
de la Cordillera baja
buscando su destino.

Cuando se adentra en el valle
de las ubérrimas vegas,
donde el trabajo es un canto
que fecunda la tierra,
el río,
que en su sangre lleva
resonancias de selva,
cantando se desangra
por el tajo de las acequias.

Cantando se desangra
¡soñando con las estrellas!




(*) Escritor chubutense. De su libro “Voces de la tierra”. (Ediciones “Cruz del Sur”, Buenos Aires, 1954)

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domingo, 18 de marzo de 2012

LOS POEMAS DE HOY




  Entre dos tierras (*)

por Geraldine Mac Burney


"Pero los verdaderos viajeros sólo parten
por partir; corazones livianos, como globos..."
Charles Baudelaire.


I.

De pronto, sientes un croar de ojos burbujeando,
                          granadas,
                    sobre tu espalda.
                         Es la noche
                      con sus labios
               abrazada a tus venas.

                  Se abre el cielo
    -sarcófago de fresca turmalina-.

    Despiertas con la luna en tu espalda,
                 vastas lenguas de plata,
                      mejillas al sol,
                          falanges  florecidas

y tu silencio  hilando estrellas en sigilo.

Tus uñas tiemblan versos hasta henchirse de carmines.
Has llegado a la corteza.
El cielo es un retazo encriptado en tus manos.

Mañana la luna se cerrará en tus pupilas.
Mañana será    tiempo de eclipses.




II.

Como un desvarío de antorchas en penumbra
duermes
           con los ojos abiertos
            de batallas
te anudas.


Afuera   la tinta se escarcha entre relojes   que no saben de auroras.
La rueca rueda cicatrices.
Este cielo de acuarelas inertes
huele a derrota.

No  es un croar de ojos.
 Es el tiempo temblando en tus manos
como granada.

Tus huestes aguardan piel adentro.

Adentro
hay una guerra.  





(*) Un anticipo de "Vestal de Luna", el primer libro de poemas de la autora que pronto será publicado por "Tela de Rayón". Los interesados en acceder a la obra mediante el sistema de venta anticipada deben contactar al siguiente mail: geraldine325@hotmail,o bien sumándose al grupo "Vestal de Luna" en Facebook: https://www.facebook.com/groups/vestaldeluna/317411548319070/


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jueves, 15 de marzo de 2012

LA NOTA DE HOY




UN MUNDO EN EL QUE TRELEW NO EXISTIRÍA

Por Jorge Eduardo Lenard Vives



Varios de los más célebres escritores argentinos dedicaron algunas de sus creaciones a temas patagónicos. Tal es el caso de José Sixto Álvarez, “Fray Mocho”, quien en 1898 escribe la novela “Mar Austral”; ambientada en Ushuaia y los canales fueguinos. Lo hace a fuerza de genio, por cuanto nunca visitó estos confines; y aún así obtiene descripciones coloridas y vivaces de los escenarios que pinta. Acotación al margen, el autor de “Viaje al país de los matreros” y “Memorias de un vigilante”, entre muchas obras, es antepasado de la escritora chubutense Nadine Alemán.
Otro escritor renombrado a nivel nacional que dedica un texto a las regiones australes, es Ricardo Rojas, autor de “El santo de la espada”, “Retablo español” y una gran cantidad de títulos más; quien, como consecuencia de su estadía forzosa en Ushuaia –estuvo allí preso por motivos políticos durante 1934–, escribe “Archipiélago”. Lejos de lamentarse por las causas que lo arrojaron  a Tierra del Fuego, aprovecha para crear un ensayo en el que da a conocer la historia y la geografía de esos lejanos territorios. Antes que él, Roberto Jorge Payró realiza un viaje por las costas patagónicas hasta Tierra del Fuego, a resultas del cual publica en 1898 “La Australia Argentina”. Horacio Quiroga, por su lado, recuerda al Austro en el atrayente cuento “Su ausencia”. Su protagonista, víctima de una alteración de la conciencia, escribe un enjundioso tratado de filosofía a orillas del “Lago Negro” en el Neuquén.
También Liborio Justo, “Lobodón Garra”, habló de la Patagonia en un volumen citado varias veces en esta página: “La tierra maldita”. Más cerca de estos días, se ocuparon de ella Dalmiro Saénz, con los cuentos reunidos en “Setenta veces siete”, escritos en Comodoro Rivadavia; Mempo Giardinelli con un libro de viajes, “Final de novela en la Patagonia”; Osvaldo Soriano, en especial en los imaginativos relatos sobre míticos partidos de fútbol patagónico; y Pedro Orgambide, en la novela “El Páramo” y en una biografía del Perito Moreno.
Quien no mentó la zona es Jorge Luis Borges. El escenario más sureño que pinta, precisamente en su cuento “El sur”, es un lugar indeterminado de la zona rural de la provincia de Buenos Aires; donde encuentra su destino Juan Dahlmann. Pero sí lo hace su amigo Adolfo Bioy Casares, en la novela corta “El perjurio de la nieve”; ambientada en un imaginario pueblo de la precordillera del Territorio del Chubut. La profundidad conceptual del relato lo convierte en una creación literaria de primer nivel.
Sin embargo, no es esta obra el motivo de la nota de hoy, sino otro de sus cuentos; “La trama celeste”. Esta narración tiene un argumento bastante común en el género fantástico: un mundo paralelo al cual el infortunado piloto Ireneo Morris accede, en forma inopinada, al efectuar el vuelo de prueba de un avión militar durante el cual se desmaya. Despierta en un hospital rodeado de extraños. Poco a poco, a través de pequeños detalles, se da cuenta de que, pese a que la mayor parte de la realidad que lo rodea es similar a la que vivía en forma habitual, no está en el mismo lugar. Entre esos indicios figura su propia existencia; pues es un perfecto ignoto en este nuevo sitio – incluso para quienes, en el otro, eran sus amigos íntimos.
Pero hay algo más: su nombre causa hilaridad, como si su pronunciación implicase sonidos inéditos. Al pedir hablar con uno de sus superiores, el general Huet, vuelve a ser motivo de bromas: nunca hubo un integrante del ejército con tan malsonante apelativo. Y cuando se escapa del hospital, donde está preso por considerárselo espía de un país vecino, para buscar un domicilio familiar; no encuentra el “pasaje Owen” ni la “calle Bynnon”.
Finalmente, retorna a su –nuestro– cosmos por similar medio aéreo y hace confidente de sus peripecias al doctor Servian. Éste, guiado por un poema de Blanqui, logra dilucidar que las pequeñas diferencias detectadas en el lugar que visitara su amigo, eran producto de una historia totalmente distinta. En aquel universo tenía entidad un país que en este había fenecido, Cartago; en tanto otro estado, aquí presente, allá era desconocido: Gales. Por eso los apellidos Huet (sic), Owen, Bynnon y el del mismo aviador, resultaban extraños.
Es curioso que Bioy Casares haya optado por esta nación para hacerla objeto de su cuento; no hay información sobre el motivo de esa elección. Por desventura, no aprovechó su idea para aplicarla a otras ficciones. En el mundo que describe el autor, por ejemplo, hubiera sido inimaginable la historia del Chubut tal cual la conocemos hoy en día. No habría habido Eisteddfod, ni Gwyl y Glaniad, ni Cymanfa Ganu. No se conocerían en Gaiman las casas de té ni las capillas en las chacras del Valle. No se disfrutaría de la sabrosa torta negra ni se escucharían las sentidas estrofas del Calon Lan. Y no hubieran existido Puerto Madryn, Trevelin, Dolavon; ni la progresista ciudad de Trelew.




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domingo, 11 de marzo de 2012

EL POEMA DE HOY


REGRESO EN CANTO



Por María Julia Alemán de Brand (*)



Quiero morir aquí. Donde he nacido.
Donde he alzado hasta el tope, a todo viento
la bandera del canto, en cumplimiento
de volver en verso, lo vivido.

De regresar en canto, a lo querido;
a mi pueblo lejano, exaltamiento
de mi infancia feliz – fugaz momento –
y del cálido hogar que fue mi nido.

Por ti es que alzo mi voz, la que regresa
a la voz de tu gente, cada día
con la fidelidad de una promesa...

Por ti es que alzo mi voz, provincia mía,
Chubut, la tan paisana y tan galesa,
con orgullo te nombra mi poesía.




(*) Poeta chubutense. De su libro “Soy Poesía, búscame en el sur” (Editorial Asociación de Escritores del Oeste del Chubut, Esquel, 1993)

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lunes, 5 de marzo de 2012

EL CUENTO DE HOY





EL PASAJERO INDESEABLE


Por Fernando Nelson (*)



Es una criatura con el cabello desgreñado,
largos dientes negros, brazos que cuelgan
muy  flacos a los costados; se dice que su
 alarido puede, literalmente, helar la san-
gre en las venas de quienes lo oigan…   
H. Howells, Fragmento  de  Cambrian S.
(1831), “The Cyoeraeth”






            La muerte de mi compañero de cuarto me convirtió, de pronto, en el heredero de unos libros amarillentos, de algunas porcelanas que acaso no usaré nunca, y de unos cuadernos atiborrados de anotaciones que llamaron mi atención. En ellos se cuenta la historia ocurrida a bordo de una nave llegada a Golfo Nuevo, allá por mil ochocientos setenta. Lo narrado por cierto es curioso, pero no soy el indicado para decidir sobre la veracidad del relato, por fantástico que parezca. El escrito, lleno de tachones, parece ser la traducción de un diario de viaje, y sospecho que tal traducción fue realizada por mi compañero, el difunto.
            Comienza diciendo:
            “¡No debimos zarpar ese día! La hembra del Cyoeraeth terminará por hundirnos en el océano. Ya hemos escuchado con claridad, desde las tinieblas, sus terribles gemidos, sin que se adivine qué parte del barco es su guarida, o cuál es el motivo que la impulsó a zarpar con nosotros. Hemos podido - sin embargo- distinguir sus palabras:
            ¡Oh!, fy ngnr, fy ngnr (mi esposo, mi esposo)
            ¿Hasta cuándo podremos soportar el espanto que sus palabras provocan? ¡Nadie lo sabe! Todos aguardamos con ansia la medianoche que nos indique su ausencia, aunque el fantasma no ha faltado a la cita ni una sola vez. Y así ha ocurrido desde nuestra partida. Hay colonos que optaron por la oración para conjurar a este enviado del Maligno. Otros prefieren encerrarse para no oír sus lamentos. Nadie, sin embargo, está dispuesto a aceptar su verdadero origen, y por lo tanto, se acordó hablar lo menos posible de la presencia del espantoso ser.
            He visto, durante el día, hombres encubiertos buscando rastros de nuestro pasajero indeseable, cuya esencia sobrenatural les impedirá atraparlo; ni siquiera podrán verlo, pues rehúye a todo tipo de claridad o de luz.
            Una noche, cuando la proa de nuestro velero cortaba las aguas envuelto en la más negra oscuridad, se oyeron las doce campanadas, y en ese instante el enviado del Demonio empezó a proferir sus alaridos. Varios tripulantes nos congregamos en cubierta y, venciendo nuestro miedo, caminamos buscándolo, armados de palos y cadenas. Por fin, en lo más alto del palo mayor, entrevimos la agitación de su horrible figura. Era evidente que terminaría enloqueciéndonos o (como aseguraban varios marineros) hundiría nuestra embarcación antes de que avistáramos la costa. Pero después de un rato, cual si fuera un espectro, desapareció. Esa vez la mayoría no pudo conciliar el sueño, y durante el día, el temor y la incertidumbre abatió el ánimo de todos. Una y otra vez nos preguntábamos, desconsolados: “¿Aparecerá nuevamente en el mismo sitio? ¿Quién nos alejará de este destino? ¿Quién –para ser más preciso- se atreverá a exorcizar al terrorífico ser?”. Por último, y acaso se trate de lo más importante:  “¿Cuáles serán las palabras indicadas para el conjuro?”
            Los riesgos de tal acción eran mortales –reflexionábamos-  y puesto que el sol se ocultaba otra vez, nos consumía la impotencia y la desesperación. Pero entonces, sin que nadie supiera de dónde, se acercó a nosotros un joven diciendo que viajaba ilegalmente en el barco. Afirmó que, habiendo nacido en Aberystwyth, conocía las palabras exactas que alejarían al fantasma. Se arriesgaría a subir a condición de que lo admitiésemos como un tripulante más. De inmediato aceptamos su propuesta, y el muchacho se alistó, asegurando que las palabras debían pronunciarse mientras la criatura estuviera corporizándose. 
            No sabíamos si aparecería en el mismo lugar, pero avanzada como estaba la noche, el joven trepó la escalerilla del mástil. Los demás observábamos en silencio, mientras llegaba a nuestros oídos, como un signo de fatalidad, el golpeteo interminable de las olas rompiéndose contra el casco de la nave. Nos apretujábamos unos contra otros, temblando de pavor y de frío. Casi a medianoche los gemidos se escucharon, como a través de una profunda caverna, en la dirección esperada. Vimos al joven apurándose a llegar mientras nosotros, mudos de terror, advertimos los primeros indicios de la aparición. Las campanadas de las doce ya se oían y el muchacho no pronunciaba la frase salvadora. Nosotros mirábamos, impotentes, y unas mujeres lloraron al ver allá arriba una escena que nos llenó de angustia: las manos alargadas y lánguidas del fantasmal engendro atraparon al muchacho con fuerza. Los chillidos sin duda lo aturdían, pero el joven pronunciaba las palabras esforzándose por completar la frase. Hubo un forcejeo desesperado al fin del cual, joven y fantasma cayeron del palo mayor, pero de una manera lateral, no escuchándose la caída en el agua. Parecieron más bien perderse en la oscuridad de la noche, sin que a partir de entonces tuviéramos noticias de ellos, y sin que llegáramos a conocer, siquiera, el nombre de aquél que nos había salvado.”





(*) Fernando Nelson, nacido en Tucumán y actualmente radicado en Puán, provincia de Buenos Aires; pasó gran parte de su vida en Rawson. Estando en el Valle inició una importante obra literaria, que le llevó a obtener numerosos premios provinciales y nacionales; entre ellos el primer premio del concurso de narrativa de la Universidad del Sur de 1980, los premios en la categoría relato del Eisteddfod del Chubut de los años 1981 y 1983, varios premios de la Dirección de Cultura del Chubut en los certámenes provinciales y otros reconocimientos. Uno de sus relatos, “El manuscrito de Sheffield”, figura en la antología “Cuentos de nuestra tierra”, publicada por el Consejo Federal de Inversiones en 1982. Recientemente obtuvo un premio en el concurso de la Biblioteca Berwyn, con su narración “El último galope”. Ha publicado dos volúmenes de cuentos: “El retorno” y “Carta encontrada en Plaza Irlanda”. En su obra se alterna el realismo mágico y la fantasía, con los que desarrolló muchos temas patagónico; como en el cuento de hoy, perteneciente a su libro “El Retorno”. También incursiona en el relato intimista y psicológico.



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miércoles, 29 de febrero de 2012

EL POEMA DE HOY




CUANDO EL SOL DEL INVIERNO


Por Jorge Castañeda (*)




Cuando el sol del invierno entibie el aire,
Como pájaros dormidos
Iré llevando mi sombra.

Se caerán de las ramas de los árboles
Vistiéndose de amarillo
Ocre, las últimas hojas.

Andaré los senderos de la tarde
Taciturno y pensativo.
Levantaré algunas hojas.

Seré un poco de todos y de nadie.
Un viandante. Un pabilo
Para consumir las horas.

Un pájaro que las alas rebate
Buscando el calor del nido
Sin agobios ni  congojas.

Cuando el sol del invierno entibie el aire
Desandaré mi camino
Conversando con  mis cosas.

Habrá una lasitud casi agradable
Como el quedarse dormido
Sin reproches ni demoras.

Cuando el sol del invierno entibie la tarde
Volveré a sentirme niño.
¿Puedo pedir otra cosa?



(*) Escritor de Valcheta

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EL POEMA DE HOY




CUANDO EL SOL DEL INVIERNO


Por Jorge Castañeda (*)




Cuando el sol del invierno entibie el aire,
Como pájaros dormidos
Iré llevando mi sombra.

Se caerán de las ramas de los árboles
Vistiéndose de amarillo
Ocre, las últimas hojas.

Andaré los senderos de la tarde
Taciturno y pensativo.
Levantaré algunas hojas.

Seré un poco de todos y de nadie.
Un viandante. Un pabilo
Para consumir las horas.

Un pájaro que las alas rebate
Buscando el calor del nido
Sin agobios ni  congojas.

Cuando el sol del invierno entibie el aire
Desandaré mi camino
Conversando con  mis cosas.

Habrá una lasitud casi agradable
Como el quedarse dormido
Sin reproches ni demoras.

Cuando el sol del invierno entibie la tarde
Volveré a sentirme niño.
¿Puedo pedir otra cosa?



(*) Escritor de Valcheta

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jueves, 23 de febrero de 2012

LA NOTA DE HOY





LITERATURA SALESIANA


Por Jorge Eduardo Lenard Vives



El papel de los Salesianos en la Patagonia es bien conocido. La presencia en diversos ámbitos del quehacer regional de los integrantes de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales, tal el nombre que Don Bosco dio a su congregación, ha sido - y es - importante. Uno de esos espacios es el de la Literatura sureña, a la cual los sacerdotes aportaron su inspiración.
Es el caso del Padre Alberto de Agostini quien, además de fotografiar y filmar los parajes que recorría en sus riesgosas expediciones, los describió en una profusa obra literaria. Desde 1923 a 1960 escribió veintidós libros que reflejan sus aventuras; entre ellos “I miei viaggi nella Terra del Fuoco”, de 1923, “Andes Patagónicos”, de 1941, “Esfinges de hielo”, de 1958; y “Treinta años en Tierra del Fuego”, de 1955. Además fue autor de numerosos artículos publicados en diarios y revistas de la Argentina, Chile e Italia.
Otro salesiano escritor, que volcó al papel sus estudios etnográficos e históricos, fue el Reverendo José María Beauvoir; autor de “Pequeño Diccionario del idioma fueguino-ona con su correspondiente castellano”, de 1901, “Piccolo album di ritratti di indigeni Fueghini e Patagoni e di varie vedute delle Missioni salesiani della Patagonia meridionale e della Terra del fuoco”, de 1907, “Los Onas: tradiciones, costumbres y lengua”, de 1915; y “Leyendas onas”, de 1921.
Se debe mencionar también al Padre Juan Esteban Belza; creador de “Rastros sudatlánticos”, “En la Isla del Fuego” - obra en tres tomos: “Encuentros”, “Colonización” y “Población”-, “Karukinká”, cuadernos de investigación histórica fueguina; y “La conquista espiritual de la Patagonia”, sobre la actuación de los salesianos en la región. Su último texto, del año 1981, fue "Sueños Patagónicos"; un homenaje a Don Bosco.
Pero tal vez el más prolífico de los autores salesianos es el Presbítero Raúl Agustín Entraigas; quien además reúne la condición de ser hijo de este suelo, pues nació en San Javier, Río Negro, en 1901. Su obra, iniciada en 1934, incluye poemarios del tenor de “Bajo el símbolo austral”, “Polvo de tiempo y de tiza” y “Patagonia, región de la aurora”; biografías al estilo de “Una flor entre hielos”, “El apóstol de la Patagonia”, “Monseñor Fagnano”, “Una flor de la Pampa”, “La azucena de los Andes” y “El mancebo de la tierra”; y ensayos, como “Verdades del barquero”, “El fuerte del Río Negro” y “Los salesianos en la Argentina”, de cuatro tomos.
Al igual que los sacerdotes tomaron la pluma para referir sus vivencias, algunos escritores laicos lo hicieron para mostrar el rol multifacético de los salesianos. Entre ellos figura el poeta Juan Castiñeira de Dios, nacido en Ushuaia en 1920. En su obra “El santito Ceferino Namuncurá” los homenajea con versos como éstos: ¡Ah, curitas misioneros, / que anduvieron en la llanura,/ muchos dejaron su cuero/ oreándose en los esteros/ por amor a la creatura”.
El profesor Clemente Dumrauf describe en un texto muy documentado, “Patagonia. Tierra de hombres”, vida y obra de los misioneros salesianos. Allí da a conocer muchos de aquellos sacrificados curas; entre ellos al Padre Mario Migone, que dejó su libro “33 años de vida malvinera”, reflejando su labor sacerdotal en las Islas entre 1905 y 1937; y al Padre Lino del Valle Carbajal, autor de “La Patagonia”; primera enciclopedia sobre la región, de 1899.
Por su parte, al escritor Germán Sopeña, conocedor profundo de la Patagonia, no le podía ser ajeno el accionar de la fraternidad de Don Bosco. Llama su atención la figura del Padre de Agostini, a quien dedica su obra póstuma, “Monseñor Patagonia”. “Venía imbuido de la misión y el sueño el fundador de su orden, el ya célebre Don Bosco, que había tenido una noche la extraña revelación que lo llevaría a proponerse la epopeya de crear colegios y misiones en la casi ignota Patagonia para transmitir educación y fe cristianas en esas regiones”, dice Sopeña al referirse a la persona de su biografiado.
“Misiones de la Patagonia” es una detallada reseña del accionar de los salesianos en la región. Su autor, Aquiles Ygobone, dice de los sacerdotes: “La tarea era inmensa, todo quedaba por hacer, pero el espíritu inquebrantable de Don Bosco los guiaba con su luz providencial, segura brújula del camino que debían recorrer”.
Mucho más puede decirse de los salesianos y la Literatura. Pero este artículo en algún momento tiene que terminar; y lo mejor es hacerlo con los versos que el Padre Entraigas utiliza para recordar a sus hermanos en el poema “De cara al Sur”, que menta la figura de Don Bosco:
“Él pasó por aquí, bien asentado
en el Pegaso blanco de sus sueños...
después fueron sus hijos:
Costamagna, Cagliero,
Milanesio, Beauvior, Bonacina,
y Fagnano el intrépido.
Ellos también trillaron esta senda
para ir de cara al Sur, rumbo al invierno...”



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sábado, 18 de febrero de 2012

EL CUENTO DE HOY





Aguateca




Por Olga Starzak




Sus manos se movían con destreza, en el deleite producido por el contacto de las yemas de los dedos con el barro blanco del que obtendría la  pieza sagrada. Todo su ser estaba involucrado en ese acto; revelaría el poder sobre las fuerzas enemigas. El artista solamente desviaba su mirada de la máscara que poco a poco iba tomando forma, para agregar pigmentos demolidos en la arenisca que dibujaría el rictus de la boca. Se esmeraba en alisar los  pómulos y otorgarle a la frente el indicio de la inteligencia del rey que, debajo de ella, escondería su rostro en el afán de ritualizar la ceremonia programada. Siempre que pudiera retornar, siempre que sus pasos fueran lo suficientemente estratégicos para eludir a sus perseguidores.

No muy lejos del hombre, otro también esperanzado, con dedicación trasladaba  sus dedos por los agujeros de una flauta de cerámica. El aire de sus pulmones debía salir con delicadeza para emitir los sonidos tan suaves que apenas hacían eco en ese terreno enclavado de  la selva. En el extremo del instrumento sostenido con pasión, una caricatura en perfecto tallado parecía otorgarle  a esa práctica el poder exultante de la música maya. Una música que hacía tiempo sonaba nostálgica en los oídos de los cortesanos.

A orillas del río y ante la amenaza de una captura, “Piedra Blanca” había desaparecido dejando detrás sus pertenencias y el mundo que lo había visto luchar, con fuerzas cada día renovadas, por aferrarse a lo más suyo: la historia que en esa tierra había decidido encerrar entre muros.

El artesano de  piel cobriza serpenteaba ahora entre callecitas angostas. Cauto, sondeó cada espacio del terreno que se le presentaba; y cuando las huellas  estuvieron frente a su rostro, inclinó el torso y apoyó las rodillas en el suelo. Excavó sólo lo necesario como para esconder la máscara  protegida por un telar; permanecería sepultada esperando el momento de ennoblecer a su destinatario.
 Desde allí pudo comprobar el preciso instante en que cesaron los sones  ejecutados por el artista. La imagen del firmamento ahora teñido de púrpura, había sido el llamado que concentró la atención del hombre. De cara al cielo, la visión cósmica le adelantó la tragedia. E hizo estallar su flauta en un gemido agonizante.
Se levantó con  premura y apoyando ambos brazos en la roca que se erguía a pocos metros, reposó unos segundos. Sólo el dios patrono de los escribientes, desde su majestuosa figura,  podía comprender sus  pensamientos.
Cuando retomó la fuerza grabó en una estela signos que aunque no lo sospechaba, alguna vez serían descifrados.

Y así  aguardó la noche.

Gritos desaforados provenientes de los guardias interrumpieron la labilidad de su  sueño, y pronto provocaron la furia. Sabía que la conflagración  final estaba a punto de suceder. La sangre sesgaría esa tibia naturaleza.

El silencio se había apoderado de Aguateca. Desplomado sobre las huellas indelebles  que ocultaban los tesoros más valiosos, algunos minutos antes, el cortesano escuchó por última vez el rugido del jaguar.

Impávida bajo la tierra aún sacudida por la violencia, la máscara ya dormía su sueño premonitorio. Ese sueño que se comenzaría a develar siglos más tarde, en el comienzo de este otoño húmedo del trópico, cuando el grupo de arqueólogos comenzó las excavaciones que dieron con la sepultura secreta.




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lunes, 13 de febrero de 2012

EL RELATO DE HOY





                                          
             Una foto del año 1915



Fernando Augusto Bruno ROBERT había llegado de Francia a los 25 años, con su novia Lucia Garriguez de 17, y una formación cultural acorde con sus pretensiones de inmigrante adelantado. Desembarcó en Patagones, cumplió su sueño de casarse en Argentina, así lo hicieron en acuerdo con su pretendida, que también soñaba con tener muchos hijos; sueño que, atento a la fotografía, cumplió con amplitud. Alumbraba el primer sol del siglo XX y don Fernando, en estrecha amistad con Mario Tomás Perón, convinieron trasladarse a la Patagonia y dedicarse a la cría de ovejas en una zona naturalmente privilegiada por la exuberancia de sus pastizales. El joven matrimonio Robert acrecentó su familia y se aposentó en Camarones constituyendo, muy cerca, un establecimiento ganadero donde ya varios inmigrantes habían elegido para su vivienda; el manantial, el arroyo, el agua surgente que aparecía en cada quebrada serpenteando entre plantas y flores, fiel reflejo de persistentes lluvias y de inviernos cálidos a pesar de las nevadas que llegaron a tapar postes de telégrafo, problema para los guarda hilos, oficio que ya no existe, expulsado por el progreso de las comunicaciones.
Los primeros años, quizás décadas, fueron la expresión fulgurante de una naturaleza pródiga que se volvió plañidera cuando las aguas de los manantiales aparecieron salobres, más tarde se escondieron, se cortaron los arroyos, y sólo escarbando la tierra se conseguía el agua formando lo que llamaban aguadas que estancadas, que solamente con la limpieza cotidiana sirvió durante años para el consumo de los animales. Se perdió el berro, la achicoria y otras plantas que nacían silvestres en los manantiales de agua dulce y servían para las exquisitas ensaladas, acompañando el asado de nuestros gauchos. La calidad de vida de aquellos pioneros al arruinarse las quintas, se derrumbó. Todo ello, a consecuencia de iniciarse un período de cambio climático a intervalos de dos o tres años, las lluvias, y con más notoriedad la nieves no se hicieron presentes, que se retiraron paulatinamente de esa amplia zona hasta casi la pre-cordillera.
Comenzó la instalación de molinos de viento con poderosas bombas para extraer el agua de pozos cada vez más hondos y las perforaciones dieron lugar a una escalada de progreso industrial y una mano de obra especializada; el Molinero, que hoy es habitué de la campaña y auxiliar de las ovejas que ansiosas esperan su llegada; ¡se ha roto un molino! 



El viento ha hecho estragos en la rueda del molino y la bomba que arroja agua desde el pozo, está siendo reparada por el Molinero; las ovejas esperan; el cielo límpido no ofrece esperanzas de lluvias y al molino concurrirán a saciar su sed de varios días, desde varias leguas a la redonda.
El hombre, que ha jugado sus cartas al destino, ya definitivas en la cría de ovejas en el campo patagónico, resigna sus apetencias de éxito y entabla su diálogo silencioso con el cielo azul de todos los días, a veces más alegre que los nublados de ceniza que un volcán arroja desde muy lejos. El destino ha recurrido a medios tendenciosos y no muy legales para vencer la impronta del poblador patagónico; hombre tenaz, aguerrido y de espíritu invencible. Se intentó combatir el guanaco, para preservar el agua y aprovechar su piel en la famosa chulengueada, consistente en perseguir su cría, en ese tiempo, muy valiosa. En la foto se ve una guanaca, madre desorientada en la búsqueda de su cría, el chulengo que ha sido cazado desde la cuadrilla.



Solapada actitud del hombre en detrimento de la fauna que le ayuda a soportar las sequías; acá sale con su paso tranquilo el ñandú que en las correrías también ha sido alejado de sus nidos, la disgregación de sus pichones (charitos) que, reunidos, pueden llegar a ser decenas y de varias posturas, todos al cuidado del ñandú macho que los cuida como atendió su nido que la hembra le dejó. 



Toda la fauna, al igual que la flora, interviene en la partida contra el destino que se ha aferrado al cambio climático en una Patagonia que sin nieves de invierno, sin lluvias de verano, ve manifestarse las estaciones del año sólo por la intensidad del  frío o el calor. Otro personaje tan nuestro, herido por las naturales circunstancias adversas en los campos, es el Puestero, y nadie puede hablar del último puestero porque los campos, las estancias, hay que cuidarlos; pero el hombre ha quedado solo, sin la compañía de sus familias que conformaban una realidad social y un aliciente para su alma, una alegría de vivir, ver crecer los hijos. Hoy el Puestero recibe de su familia, visitas; mientras él sale todos los días a recorrer aguadas y molinos. 



Ahí va rumiando soledades el puestero, en su zaino bien cuidado y su perrito compañero; ¿en qué piensa?... En el bullicio de su hogar allá en el pueblo, en los guardapolvos blancos de sus nenes ya listos para la escuela, las promesas de regalos si este año llueve, según la radio lloverá, comprará la bici para los varoncitos y las muñecas a las nenas. Quizás los faldeos se cubran de flores, un ramo para ella juntará en una canasta que, entre tejidos de mimbre azul, ya preparó y dice: “flores para mi amor”.



                            Jorge Gabriel Robert -  febrero 2012















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miércoles, 8 de febrero de 2012

EL RELATO DE HOY





Mesas de café


Juan Bautista Vallés




Pasé  buenas horas de mi vida en mesas de café.
Me inicié en el Abasto Bar de la mano de mi padre.
Vi, con enormes ojos, partidos de damas y de dominó, y escuché los silencios de las piezas de ajedrez.
Me asombré de hombres que masticaban recuerdos que se enredaban en las columnas de humo de los cigarrillos infinitos. Trepaban, por los dibujos de esas nubes ascendentes, ranchos miserables de tierras áridas, rostros de mujeres secados al sol y ojos de madre lejana. También miradas de niños extrañando un padre y variados paisajes vástagos de caprichos de la naturaleza.
El bar tiene un solo sonido en el que se incluyen el que brota de las fichas de dominó colocadas sobre las mesas, pedidos de mozos de saco blanco, comentarios alegres o de bronca, y una vitrolera extraña a mis experiencias.
Tiene también muchos silencios como los de amores frustrados o imposibles ahogados en alcohol, la pasada del quinielero, el riego de esperanza a los sueños de jugar en la primera de San Lorenzo o el de lograr un buen negocio.
Alguna vez el tiempo se lo llevó y el Abasto se fue con su memoria al reino de los silencios. Parece que primero lo abandonaron los hombres que lo frecuentaban y lo acunó entonces la soledad.
Iguales sonidos de bar encontré en las mesas del Café Tortoni cuando ya mis manos escribían llantos del corazón, porque éste ya había amado.
En esas mesas de la Avenida de Mayo garabateaba libretas de tapas negras, soñando que a mi alrededor bailaban versos de Fernández Moreno y se podrían quedar a vivir en el papel.
Las tapas frías del mármol de cada mesa no enfriaban, sin embargo, los ánimos de los políticos de la contra comentando noticias y rumores siempre  favorables a sus ideas. Y compulsivamente ensayaban susurros conspirativos de nunca alcanzar.
Ecos de mesas de billar andadas por bolas y tacos de madera distraían de murmullos de enamorados que, en uno de los reservados del fondo, tejían sueños más benévolos que la realidad actual.
Yo también asenté mis codos y apoyé la cabeza entre mis manos tejiendo anhelos que sabía inalcanzables.
Igual posición me encontré repitiendo en las mesas del Touring destejiendo la vida pasada, buscando sueños que fueron y recuerdos que son.
Y hallé ruidos iguales y otros nuevos.
Y mesas redondas y cuadradas.
Pero mesas de café que no son iguales a las otras. Éstas no tienen vida, aquéllas son compinches de amores conversados, de pérdidas y duelos elaborados en la alterada paz íntima.
Mesas silenciosas para seres que esconden tras miradas ausentes tantas alegrías y tantos dramas como caben en una vida.
En cualquiera de estas mesas en las que eché anclas alguna vez, quisiera hoy apoyar un codo, prender un cigarrillo y pedir un café.
Ver en un instante de magia sentados a amigos y compañeros de tantas otras veces.
Recordar charlas y discusiones con pasión.
Tener en estas arrugas que rodean mis ojos hoy, la mirada de aquellos años de juventud.
Y dejar así inmóvil que el tiempo se agote.
Hasta que un mozo –o un ángel guardián- se acerque y me diga ¡ya cerramos!


Playa Unión, 1997

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miércoles, 1 de febrero de 2012

EL POEMA DE HOY






ACUARELAS DE UN AMANECER PATAGÓNICO

Por Camila Raquel Aloyz de Simonato (*)



El ardiente sol se eleva
rasgando la oscuridad con sus
aceradas espadas
derramando los colores de la aurora
sobre nubes, cielo y tierra.


Rojo, escarlata, coral
argentados azules
aterciopelados negros
grises perlados, van cambiando
su tonalidad.
Anaranjados, amarillentos dorados
pálidos verde limón
diluyéndose, mezclándose
borrándose, palideciendo
en claro
límpido
azul.



(*) Escritora de Comodoro Rivadavia, autora de “Raigambres sureñas (Lo que el viento no arrasó)” - edición del autor, Comodoro Rivadavia, 1984, “Poemas” (1976) y “Habíaunavez. Cuentos”. Docente con una amplia carrera como directora de la Escuela Bilingüe, San Julián (1945/49), profesora de idiomas extranjeros en el Colegio Nacional “Perito Moreno” (1949/67) profesora de la cátedra de inglés en la Universidad “San Juan Bosco” (1963/65) y profesora fundadora del Liceo Militar “General Roca” (1967/77), todos en Comodoro Rivadavia. El presente poema pertenece a su libro“Raigambres sureñas”.
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