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viernes, 16 de diciembre de 2011

EL CUENTO DE HOY




Entre sombras y penumbras



Por Olga Starzak



Lenta e inevitablemente fui adentrándome  en este mundo de sombras. Tenues primero, pero aún reconocibles. Se ensamblaban, a veces, con figuras que conservaban su efímera nitidez. Me aferraba a ellas como el niño al pecho de su mamá.
Intentaba retenerlas sabiendo que pronto escaparían.
Buscaba incesante el rostro de los seres amados... la sonrisa de mi madre cuando todavía no comenzaba a borrarse, esas manos siempre dispuestas a acariciarme, las pecas de mi hermanita, el tan blanco rodete de mi abuela...
Me atraían, como nunca, los vivos colores de los pájaros;  podía disfrutarlos  a través del continuo piar que, como ofrenda, dejaban cada mañana detrás de la ventana de mi cuarto.
En aquellos últimos tiempos, elevé innumerables veces  mi cara hacia el cielo; lo hice en el amanecer, en pleno día, en el ocaso y en la noche constelada. Alenté esperanzas de que, aunque más no fuese, no desaparecieran para siempre las estrellas.
Me deslumbré con el arco iris... me deleité con la gama de los verdes en la primavera y los ocres del otoño. Y miré como nunca la vida que apagándose en mí, amé con una intensidad insospechada.
Se acercaban las penumbras prometidas y rogué que allí parara el tiempo.
 Mientras ello sucedía comencé a ahondar en el sabor amargo de lo nuevo; mis sensaciones se multiplicaban a cada momento y se amplificaban  mis otros sentidos.
 El tiempo y el espacio se tornaron pretéritos; sin embargo no podía dejar de observar este mundo a punto de esfumarse. Le di la espalda a la alegría  y percibí la misericordia de todos quienes  me rodeaban.
También llegaron ocasiones en las que procuré consuelo. Reparé en la mirada extraviada del linyera que  come desechos apoyado en mi umbral. Advertí el sufrimiento en el pálido semblante del hombre que busca -con desesperación- a su hijo perdido. Recordé las manos azuladas del niño vendiendo diarios en el amanecer. Imaginé  el temblor en el cuerpo de un soldado que se resiste, la parálisis del que encuentra en los escombros un joven mutilado, el andar ligero de la mujer que huye protegiéndose del perverso.
Sólo por un instante se calmó mi alma
Elevé a Dios mis plegarias... rogué el perdón a mi condena. No encontré alivio. El mundo de claroscuros ennegreció para siempre.
Nada era más profundo que el dolor.

Salvo por las voces que raramente me abandonaban eran iguales el dormir y el despertar. El día se convirtió en noche y las noches en un infierno. Debía tocar mi cuerpo para comprobar su existencia. Cuando noté húmedos mis dedos, dejé de palpar el rostro de mi madre. Se espaciaron las caricias de quien  pronto podría abandonarme. Me contaron que estaban desapareciendo las pecas de mi hermanita. Eran cada vez menos los pájaros trinando en mi ventana.
Se tornaba insoportable la eterna oscuridad.

Me dejé invadir por la tristeza y me entregué a la muerte. Cansado de padecer, se detuvo mi aliento. La quietud del abismo me anunció el fin.


No puedo precisar en qué momento contemplé la luz, una luz demasiado brillante para mis ojos desacostumbrados. Una luz amarilla, intensa, absolutamente tentadora; me sentí atrapado por una sensación tan inédita como placentera. Miré alrededor buscando reconocer formas, colores, imágenes, escenas...
A pesar de mis esfuerzos me costaba lograrlo.
 De pronto... el misterio comenzó a develarse. Lejana, la voz de mi abuelo;  mucho más clara,  la de mi padre.
En este mundo de infinito sol, de palabras cálidas, de rostros algunas veces vistos y de sensaciones quiméricas,  faltaban mis sombras.
Estaba ausente el perfume de los tulipanes del patio de mi casa, el humeante aroma del pan amasado por mi madre, las suaves caricias de mi amada que -aunque demasiado esporádicas- dejaban un halo de esperanza, la risa contagiosa de mi hermana, el sabor tan especial que relamía de mis dedos después de una  cena.

Luché, sólo un instante, entre esta luz seductora y aquella oscuridad empapada de mis afectos.

Estoy tendido sobre mi cama. Ya no hay angustia en mi pecho.
Sólo deseos de vivir.


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lunes, 12 de diciembre de 2011

EL POEMA DE HOY




 
COVARRUBIAS


Por Alicia Miguel de Castagnet




No bañaron los soles de Castilla
mi tarde de Covarrubias
ni vi brillar en los surcos
los oros de las espigas,
ni cantaron las campanas
su canto de bronce y siglos
ni los pájaros dijeron
sus silbos entre las ramas.
Madre… nada fue como contabas
esa tarde en Covarrubias.
Una llovizna muy fina
calaba tejas y calles
y los pies se me pegaban
al barro de tu terruño.
Las pobres casitas blancas
con techos de tejas viejas
eran presentes de olvido
clavados en las callejas.
La tierra roja sangraba
con el agua de la lluvia
y Covarrubias lloraba
sus ausencias con la tierra.
¿Cómo habría de haber sol, madre,
esa tarde en Covarrubias?
si tu recuerdo sombreaba
el solar de los abuelos.
Entré a la vieja casona
como quien entra a un santuario
y allí en la rústica estancia
de muros enmohecidos
sentí la nostalgia extraña
de cosas nunca vividas.
Añoré la lumbre aquella
que te había abrigado, madre,
y el olor a pan caliente
y el sabor a leche fresca
y los jamones colgados
desde las vigas del techo
y la sopa que humearía
sobre aquella mesa vieja.
La lluvia se iba filtrando
entre las tejas derruidas
y a mi alma también filtraba
su llanto la lluvia aquella.
Salí después a la calle
A mirar tu Covarrubias:
la lluvia se me hizo llanto
y yo corría llorando
las calles de tu aldehuela.
¡Bien está que haya llovido
esa tarde en Covarrubias!
¿Cómo habría de haber sol, madre?
Si Covarrubias lloraba
su muerte de pena y tiempo
y yo tu muerte lloraba
otra vez en el recuerdo.



Este poema mereció la corona del Eisteddfod del Chubut celebrado en el Salón de la Asociación San David de Trelew el 25 de octubre de 1975. Fue jurado para el otorgamiento de esta distinción el profesor Julio Crespo, autor de numerosos trabajos de crítica literaria, colaborador de la revista “Sur”, del diario “La Nación” y de prestigiosas publicaciones extranjeras.



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jueves, 8 de diciembre de 2011

LA NOTA DE HOY






CROATAS EN LA PATAGONIA


Por Jorge Eduardo Lenard Vives





En su documentado libro “Los croatas en la Argentina”, la escritora Carmen Verlichak reseña las vivencias de numerosas familias de ese origen afincadas en nuestro país. Recorriendo sus amenas páginas descubrimos que varias de tales familias se radicaron en la Patagonia; y que muchos de sus integrantes se relacionaron con la Literatura regional.

Uno de los más destacados es Juan Benigar. Según nos informa la señora Verlichak, el que fuera luego llamado “cacique blanco” partió de Croacia en 1908; recién recibido de ingeniero civil. Llegado al país se aquerenció en Cipolletti; al tiempo se casó con Eufemia Barraza, nieta del cacique Catriel. Unido así a la Colonia Catriel, se convirtió en su infatigable defensor y en un estudioso de sus costumbres. Sus inquietudes intelectuales lo llevaron a redactar numerosas obras, entre las que se cuentan “Gramática araucana”, “Vocabulario histórico araucano - español”, “El indio araucano”, “El problema del indio y la tierra fiscal”, “Los intrusos, antecedentes del derecho de la propiedad indígena en el territorio del Neuquen” “El concepto del tiempo entre los araucanos”, “El concepto del espacio entre los araucanos”, “El concepto de la causalidad entre los araucanos”, “El calvario de una raza”, “El problema del hombre americano” y “La Patagonia piensa”. De esta última extraemos los siguientes conceptos:

“El que estas líneas escribe ha llegado a las tierras patagónicas muy poco menos de cuatro decenios atrás... Aquí en las tierras patagónicas ha formado su hogar. Digo mal. Debí haber dicho: iba encendiendo sus fogones. Porque son una ínfima minoría los patagónicos tan felices que puedan decir: “Aquí enciendo hoy mi fuego, aquí moriré”... Quizá sea esto un justo castigo para quienes, faltando a la tradición milenaria para seguir tras ilusiones de la juventud, abandonamos nuestros dioses familiares”.

Al anterior se suman otros croatas que enriquecen la Literatura Patagónica. Por ejemplo, Nicolás Matijevic, nacido en 1910 en Grospic y fallecido en 1980 en Bahía Blanca; eximio bibliotecólogo que plasmó sus estudios en textos como “Bibliografía del canal de Beagle” y “Bibliografía patagónica”. Este último, escrito junto a Olga de Matijevic, está formado por seis volúmenes con 15.000 referencias bibliográficas. Y podemos mencionar a Pedro Ostoich que, guiado por el historiador Arnoldo Canclini, describió en el libro “Un solitario en Tierra del Fuego” su vida de pionero en esa zona.

En la chilena Región de Magallanes también hay una importante colectividad croata. Algunos de sus miembros hicieron valiosos aportes a las letras regionales. Tal es el caso de Mateo Martinic Beros, autor de “Magallanes, síntesis de Tierra y Gentes”, “Crónica de las tierras al sur del canal Beagle” e “Historia del Estrecho de Magallanes”. Otro exponente es Lucas Bonacic Doric con “Historia de los yugoslavos en Magallanes”, “Resumen Histórico del Estrecho y Colonia de Magallanes” y la novela “Oro maldito”. Una figura interesante de destacar es la del doctor Mateo Bencur, cuya biografía se encuentra en la obra “Patagonia y Antártica. Personajes históricos” de Nelson Toledo. Eslovaco de nacimiento, se radica en Croacia; y de allí parte con destino a Punta Arenas, donde ejerce durante 14 años su profesión de médico. Vuelto a Europa, comienza a escribir. A su muerte, ocurrida en Lipic, deja 36 obras; entre ellas, dos dedicadas a la Patagonia: “Paseos por la Patagonia” y “La madre llama”, de 1926, que relata en cinco volúmenes la vida de los inmigrantes croatas en la región.

Los croatas también están presentes en las letras sureñas como personajes literarios. De este tema habló Kresimir Boric en el capítulo “Algunos personajes croatas en la Literatura Argentina” del libro de Carmen Verlichak. Al Marangunic en el “Lago Argentino” de Juan Goyanarte, al Benigar en la obra de teatro homónima de Alejandro Finzi y a la mención de varios croatas en el “Archipélago” de Ricardo Rojas; se puede agregar que en “Mar Austral”, Fray Mocho presenta a los “austriacos” Intronich y Kasimerich. Nos informa Verlichak que a fines del siglo XIX se conocía con el gentilicio de “austriacos” a los inmigrantes croatas, pues en esa época el país integraba el Imperio Austrohúngaro. Luego se los llamó “yugoslavos”; ya que a principios del siglo XX la nación formó parte del Reino - luego República - de Yugoslavia.

Este artículo, por fuerza breve, no permite apreciar en plenitud la riqueza de la cultura croata y su aporte al desarrollo regional; porque sólo vincula su presencia en la Patagonia con la Literatura austral. Nada se dice de la fortaleza espiritual de ese pueblo que combina el pensamiento y la acción, valora sus tradiciones y posee un acervo artístico secular que lo acompañó hasta el extremo sur de América. “Nuestra bella tierra”, llama a su patria el orgulloso lema de los croatas. Sin dudas la Patagonia fue, para muchos de ellos, también una bella tierra.




Nota: el autor agradece a la Sra Carmen Verlichak haberle permitido usar como base de este artículo su libro “Los croatas en la Argentina” (Krivodol Press, Buenos Aires, 2004); como así también toda la información adicional que sirvió para ampliar el tema. La cita de Juan Benigar es de “La Patagonia piensa”, Siringa Libros, Neuquen, 1978.
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domingo, 4 de diciembre de 2011

EL POEMA DE HOY






TU SEÑAL


Por Celia Amanda Sala Davies




Al evocar tu señal en un vano azulado de estelas
mis manos cincelan
vigorosas
un joyel en tu espera
y ahuecan con miradas de herrero
una historia naciente.
Mis manos palpitan senderos zigzagueantes
por donde reverbera mi asombro
y la creación aflora
se amalgama en feraces siluetas de cachorros silentes
y te aborda.

Al evocar tu señal en un marco biselado de estrellas
mi alma se transforma en auroras centelleantes
en cardúmenes de ensueños milenarios
para retenerte
aunque sea un instante.

Al evocar tu señal en la nívea espiral de mis bosques
adquiero conciencia
sé que no estás aquí
sin embargo te atrapo y te retengo
en un aúrico parque horadado por mí.

Al evocar tu señal en un mórbido río de espumas
mi ser vibra y se regocija
se regocija en ti

¿y tú?

tú te alejas y te esfumas en un plácido mar de gacelas
cuando advierto el fin.


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miércoles, 30 de noviembre de 2011

EL RELATO DE HOY




LA TEMIBLE SALAMANCA DEL GUALICHO


Por Jorge Castañeda (*)




El Gran Bajo del Gualicho. La travesía horrible al decir del cacique Casimiro donde solo quedaban las blancas osamentas de los atrevidos que se internaban en ella. Jornadas bajo el sol ardido de los veranos y el cloruro de sodio enloqueciendo a hombres y bestias. El lugar de la “casa del diablo”.
Gualicho, el Alto Dios de los tehuelches, traducido como la “giradora” o “circunvolucionadora”, porque al decir del Profesor Rodolfo Casamiquela la figura era femenina. La casa del Gualicho, guarida temible de un Dios irascible, el  “Ulüngasüm” de los tehuelches.  Autor de las figuras rupestres, del viento en los cañadones, de la sal de las sierras, “el que secuestraba a los niños, el que poseía el poder de petrificar y auto petrificarse a su antojo, gigantesco en su faz maligna, femenino claro, pétreo, a él pertenecen los huesos petrificados envueltos en su carne (toba), que se manifiesta en la muerte de sed en las travesías y por eso había que propiciarlo”.
Es el “epehuén geyú”, el allí es Gualicho, que observó el Perito Moreno y otros viajeros. Así lo vio Claraz en el diario de su viaje al río Chubut cuando escribió que “en el fondo del Bajo existe una capa de yeso y en ella muchas conchas. Bajo tales capas sobresalientes los indios colocaban antes sus ofrendas; pero ahora la capa ha caído. Sin embargo, ellos siguen ofrendando en ese lugar. Lo denominan la “vivienda del Diablo”. Los indios tienen que pasar allí la noche en toldos, maneando bien todos los caballos y tienen que llevar agua para su uso. Llaman a este paradero “pelado”. Creen que el diablo es el dueño de este bajo y que les hace toda clase de malas jugadas. Hace que pierdan los caballos y se encuentren en apuros. Por eso ofrendan crines, para que los caballos no se fatiguen, y trapos y jirones que arrancan de sus ponchos o trajes, para que no les suceda nada malo. Introducen todo esto con el cuchillo en las blandas capas de yeso e imploran al dueño del bajo para que les sea propicio”.
El salesiano Pedro Bonacina contaba que partió del Fortín Castre para Valcheta y que “a llegar a la mitad del camino me detuve a descansar en la Piedra del Gualicho. Bajé de la mula y me puse a observar lo que había arriba de esas piedras: encontré una caja de fósforos, un pañuelo de mano y un papel de cincuenta centavos, todo dejado por los viajeros que han pasado por aquí”.
Casamiquela precisa que el sitio conocido como la Salamanca del Gualicho se ubica aproximadamente en el deslinde de los lotes 5 y 6 de la Sección I Colonia de San Antonio Oeste. El lugar queda a unos 60 km. al sur del paraje El Solito, en el extremo oeste del salitral o Gran Bajo del Gualicho. Existen dos grupos de pobladores más o menos cercanos que viven en la margen norte del bajo. El primero, cerca de la laguna del zorro (doña Ana Gaviña y familiares), es probablemente el más próximo (3 leguas), pero no nos pudo facilitar medios para llegar hasta la piedra del Gualicho misma. El otro está integrado por la viuda de Beltrán y por el señor Honorio Beltrán (este último fue el que nos acompañó a caballo como baqueano). Desde la casa de Machado hasta la piedra del Gualicho hay aproximadamente 4 leguas y en el recorrido se pasa junto al jagüel de Eldo Gaviña, más o menos a mitad de camino”.
Macedonio Belizán, un pionero de la zona de Valcheta le supo contar a la historiadora Josefina de Ballor que “Yo trabajaba en jagüeles, por la laguna “La Escondida”, viniendo con dos carros del Bajo del Gualicho, en una oportunidad a unos setenta metros del camino, sobre mano derecha, observé una piedra blanca que brillaba igual que un cristal. Estaba rodeada de paredones de piedras, con una puerta a la salida del sol; nos bajamos los cuatro carreros que me acompañaban: Gaspar Mailín, Ignacio Zárate, Juan Linares y yo. La piedra tenía un escrito, decía que todo el que pasara, algo debía dejar, para poder seguir.
“Los cuatro hombres rodeamos la misteriosa antigüedad. Había a su alrededor monedas, cajas de fósforos, colas de caballos, géneros, botellas conteniendo líquido, tabaco, cigarros, también prendas personales. Gaspar Mailín, incrédulo de lo espiritual se rió; se tomó el atrevimiento de levantar las monedas y guardárselas. Salimos del lugar, como a 500 metros desatamos los animales para almorzar; sobre las 15, preparamos el regreso, atamos los caballos… estos no dieron un paso adelante!  Empacados, no hubo forma de que anduvieran. Nos tomó la noche; al otro día tuvimos que hacer 25 km. hasta “La Escondida” en busca de agua; tomamos nosotros y le dimos a los animales; en un descuido nuestro Mailín devolvió las monedas; pero, la verdad es que tuvimos tres días de castigo, que no pudimos salir”.
La temible Salamanca del Gran Bajo del Gualicho, esa que supo reconocer y merodear Bernabé Lucero, “el salamanquero”, toda una leyenda de los pagos rionegrinos.


(*) Escritor de Valcheta (Provincia de Río Negro)
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lunes, 28 de noviembre de 2011

LA NOTA DE HOY









UNIVERSO AZUL




  Cuando asoma el iris de la aurora, despierta con ansias de vuelo la Creación, los cauces se abren generosos y los ríos serpentean derramando el delicioso néctar de su alimento.

  Como en el principio la tierra, madre paridora de los reinos que la habitan, comprometida con la humanidad exhibía el caudal de su producción, y por designio divino,  el grito del origen dio sustento al verbo que construye.

  El hombre, tras una larga serie de adversidades, levantó puentes, unió océanos, conforme a un plan movilizó dones creativos y trazó el perfil del universo azul. Luego la ambición superó todas las previsiones y la descomunal afluencia rebasó la capacidad de los pueblos. Ese fue el motivo de un cambio profundo en la sociedad.

  Y comenzó la fiebre de invadir regiones, especialmente en las poblaciones indígenas, se apropiaron de los bienes, su cultura, del “Ser” hasta llegar al exterminio.

  Así fue ganando espacio, sabiduría, mientras tanto la tierra se debilitaba seriamente, acumulando estrías empezó a temblar, causando heridas profundas, aflicción…
 Y el clima oscila entre nubes de contaminación.

  Con los soles del siglo XXI aún podemos admirar el salto de los delfines, la verde fronda, las nieves del invierno, las flores de la primavera, las mil y una noches, la música de Mozart, el Quijote, el incendio que provoca la poesía, ¡entre tantas maravillas!.

  Entonces…basta de bombardeos sobre poblados indefensos y niños inocentes.

  Debemos percibir los sones de un nuevo Génesis, y resguardar el planeta que nos ha sido dado para vivir acariciando el preámbulo del entendimiento,  con el brillo de la Paz en el cuenco de las manos…

   Y volar sin fronteras, con la naturaleza del Ser, hasta alcanzar la plenitud de un mundo más fresco.

                     ¡Ese es el sueño universal...!



                                                                    Alicia Cabral Colman
                                                                              


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jueves, 24 de noviembre de 2011

EL POEMA DE HOY



Premio: Medalla de Plata - Eisteddfod del Chubut 2011






La llave…


Busco en la habitación oscura y silenciosa
la puerta que, esquiva, se esconde en su contorno
el dintel que separa dimensiones y en su entorno
enmarca en su umbral la luz preciosa.

Es mi mente enervada, la que horada
con profunda avidez mi subconsciente
desliza sigilosa hasta el presente
los tortuosos pensamientos que encontrara.

Recorro mi prisión con gran premura
descubro dentro de mí, la ansiada llave.
Tratando de salir de mi armadura

que cegara la realidad de mis sentidos
velando la mirada, he comprendido
que la vida vuela brevemente como un ave.



Seudónimo: “Sueños de timonel”

Autor: Jorge Alberto Baudés




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lunes, 21 de noviembre de 2011

EL CUENTO DE HOY




La misión (*)

 
Por Olga Starzak
 



-La semana que viene vas a Jerusalén –anunció sin preámbulos el jefe de redacción.
-¿Quién viaja? –pregunté.
-La primera dama y su hija.
Si bien era previsible, me costaba creer lo que estaba escuchando. Cubrir una nota de estas características era un verdadero regalo.

Llegué a Israel a las doce de la noche, según marcaba mi reloj. Pleno día para ellos. Me costó permanecer despierta; el desfasaje horario comenzó a notarse después del almuerzo. No podía perder tiempo; en esa misma jornada debía viajar desde el aeropuerto de Tel Aviv a Tierra Santa. Me había pasado el viaje leyendo sobre la historia y costumbres de este pueblo cautivante. El camarógrafo, un muchacho muy joven que me acompañaba, dijo: “Yo me alegré cuando me dijeron: a la casa del Señor iremos”. Lo miré sorprendida, sin saber muy bien si lo que mencionaba era en serio o me estaba embromando. De inmediato agregó:
-Salmo 122.
Y sonrío con cierta  ironía.
Recordé en ese momento que Alan no sólo era católico sino muy practicante. Seguramente estaba mucho más asesorado que yo para este trabajo.
Me percaté en ese instante del significado que este viaje tendría para mi colega; como persona de profunda fe sería  la oportunidad anhelada de reencontrarse con lo sagrado y lo trascendente. Para mí, en cambio, era sólo un viaje más. Interesante, sin lugar a dudas, por cuanto me daba la posibilidad de contactarme  con otros pueblos, otros horizontes geográficos y humanos; esto era en sí mismo una fuente de enriquecimiento. Pero no lo valoraba de otra manera. Toda mi vida me había sentido agnóstica.

Jerusalén era una ciudad espléndida, con muchos palacios y torres. Una ciudad eterna para la imaginación de cualquier artista. Sabía de los que la habían representado  como una aldea, pintando murallas y puertas que jamás habían visto; o de  los que la consagraron oriental, con casas de techos planos. En general, estaban presentes en toda pintura las palomas, los ciervos, las cabras, los gansos... en un ambiente pastoral por excelencia;  también sauces y muchas montañas profusamente arboladas.
Lo que tenía delante de mí superaba todo lo imaginado. Podía definir a Jerusalén como una ciudad de esperanza, luchas constantes, innumerables caminos... 

Hicimos una visita previa al Muro de los Lamentos, único vestigio del templo de Jerusalén. Cientos de personas cobijadas en sus taled oraban sin cesar. Los hombres, a la izquierda, envueltos en sus velos; las mujeres a la derecha, vestidas de negro. Sus cabezas bajas, sus cuerpos casi encorvados, los brazos laxos, las miradas compenetradas. Un susurro permanente. Una paz desmesurada.
No era mi tarea observar el comportamiento de estos grupos humanos,  a quienes siendo cristianos, musulmanes o judíos los reunía un objetivo en común; sin embargo,  no podía dejar de mirarlos. ¿De dónde sacaban tanta fe? ¿Qué los llevaba a entregar sus vidas frente a esa pared destruida por la historia? ¿Qué dejaban entre sus grietas? ¿Qué encontraban en cada rincón de esta tierra?
No los comprendí, aunque sí los admiré.

Retornamos al hotel y nos dispusimos a informarnos sobre los horarios y actividades programadas para la señora del presidente de nuestro país y su única hija.
Nos encontraríamos para realizar una nota  horas antes de su visita al muro; una vez allí, únicamente estábamos autorizados a filmar y a sacar fotos.
En un primer momento pensé que una vez terminada mi tarea me quedaría descansando, mientras Alan y la fotógrafa cumplían con su misión.
Por alguna extraña razón decidí concurrir otra vez al lugar, simplemente en calidad de acompañante; justifiqué mi actitud en encontrar suficientes elementos para completar la nota que esa misma semana saldría en todas las revistas importantes de Buenos Aires.

Ingresaríamos poco antes que las protagonistas de nuestra tarea. Sólo las mujeres. Me adelanté siguiendo a un grupo que conversaban en perfecto inglés. Las observé en sus actitudes, me mantuve cerca. A un costado del muro, se arrodillaron sobre piedras muy parejas que parecían ubicadas para ese fin. En ese lugar mantenían silencio; sus manos en gesto de plegaria, cabizbajas... sus labios susurrando.
Me sentí tentada de imitarlas. También yo me arrodillé. No sabía rezar, pero cubrí mi rostro con las manos y así permanecí. Debo reconocer que me invadía una inmensa emoción aunque no podría explicar muy bien por qué. Supongo que se debía a tanta historia a mi alrededor, o tal vez a la profunda energía que emanaban todos esos seres juntos.
Alguien apoyó con mucha suavidad su mano en mi hombro y me sorprendí. Elevé la mirada y  observé a  una mujer joven. Su manto transparente  dejaba apreciar la palidez de su rostro, sus ojos muy claros, sus finísimos labios. Dijo algunas palabras. No le entendí, creo que hablaba hebreo. Le pregunté en inglés:
-¿En qué puedo ayudarla?
-Soy yo quien va a ayudarte –me contestó, también en inglés.
No comprendí lo que ese mensaje quería significar. Sin embargo,  le tendí mi mano tal como con su ademán lo pedía. Puso en ella un objeto y la cubrió con la izquierda, ocultando lo depositado. Permaneció así un momento y luego agregó:
-Esta cruz te acompañará. Conocerás el universo del Señor y sólo así  entregarás tu corazón. Cuando lo hayas logrado te despojarás de ella, dándole la oportunidad de conservarla a quien la necesite.
Cerró con ambas manos mi puño y dijo:
-Cuídala como un tesoro, pues lo es.
-¿Qué debo hacer? –pregunté confundida. No soy yo quien debe tenerla...
-¿No?..., no lo creas. Su voz era tan suave como bondadosa.
-¿Cómo sabré cuándo debo entregarla? ¿A quién debo dársela? –consulté intrigada.
-Lo sabrás... lo sabrás, no te preocupes. La llevarás contigo hasta el momento adecuado.
Con lentitud elevó su cuerpo semi agachado, acarició mi cabeza con ternura y se perdió entre la multitud. Quise correr detrás de ella pero mis piernas no me respondieron.
Abrí mi puño, aún cerrado con fuerza  y contemplé la cruz. Tenía un resplandor particular, demasiado para ser de oro. Los cuatro extremos estaban rematados con piedras preciosas, muy brillantes; en el centro, una de mayor tamaño. Sus bordes eran artesanalmente redondeados y su tamaño hecho a la medida del hueco de la palma. Me extrañó  su fina textura, mucho más su calidez; parecía irradiar un tenue calor.
Cuando pude abstraerme de la curiosa sensación que me había dejado el episodio, retomé mi tarea y me dirigí hacia el lugar en que, con mis colegas, habíamos quedado en encontrarnos.
Horas más tarde reparé en que la cruz continuaba apretada en mi mano.
Con nadie compartí la experiencia vivida en el Muro. Cuando llegué al hotel me dispuse a guardarla en la maleta; sin embargo,  tuve temor de que se perdiera y la conservé en mi bolso de mano.
¿Quién era aquella mujer? ¿Qué intentaba decirme? ¿Por qué a mí? Eran preguntas que acudían a mi mente una y otra vez.

Retornamos a la Argentina un par de días después. El coordinador de nuestra tarea estaba más que satisfecho con nuestra producción.
En una oportunidad me llamó a su despacho y me comentó:
-Me tenés  sorprendido. Nunca imaginé que Jerusalén significara tanto para vos. Es más, siempre creí que tu vida nada tenía que ver con lo religioso.
-No sé por qué me lo decís, pero no te equivocás –le respondí.
-Por favor Laura, nadie que no conozca profundamente los preceptos bíblicos y los comparta, puede escribir lo  registrado en tu impresionante nota. En verdad, quiero felicitarte.
-Te agradezco mucho –contesté, sólo por cortesía.

Cada noche, en la soledad de mi cuarto, contemplaba  la cruz que me había sido adjudicada. Me invadía una inmensurable tranquilidad, tanta que me asustaba.
Desde niña  que no tenía una Biblia entre mis manos. Recordé un ejemplar guardado en la biblioteca. Fui en su búsqueda, lo abrí al azar y leí: “El Eterno edifica a Jerusalén. A los desterrados de Israel reunirá”. No sin desconcierto comprobé que estas mismas palabras las había leído en un panel de la Ciudad que ampara, por detrás, al Muro de los Lamentos.
Esa noche me dormí con la Biblia entre mis manos y la cruz apoyada en mi pecho.
Con frecuencia soñaba con sinagogas, con imponentes murallas y cúpulas redondas y rojas. En ocasiones, esas sinagogas eran vilmente destruidas y sus ruinas eran las ruinas que, sin techos ni ventanas, sufriendo saqueos y destrucciones, subsistían hoy y que yo misma había visto en el viaje que había trastocado mi existencia.
El objeto precioso que ahora me pertenecía me acompañaba siempre. De noche lo dejaba, como velando mis sueños, apoyado en la mesa de luz. Por la mañana, una inminente necesidad aparecía y tomaba la cruz para llevarla donde quiera que  fuese.

Comencé, sin darme cuenta, a caminar por la vida con una mirada diferente. A contemplar el paisaje que la naturaleza me ofrecía. Me detuve a vivir y me alegré por estar viva.

Casi un año más tarde, una noche de plena primavera regresé a mi casa al amanecer,  después de una fiesta  realizada en la editorial con motivo de un nuevo aniversario. En una esquina, como tantas veces,  detuve la marcha de mi vehículo esperando la luz verde del semáforo. Como tantas veces el muchachito de ojos negros y mirada triste comenzó a limpiar el vidrio. Como tantas veces le sonreí. Cuando se acercó a acomodar el limpiaparabrisas de mi lado, atento al instante de estirar su brazo para recibir la recompensa,  tomé su mano. Busqué en mi bolso, con prisa y sin pensarlo, el objeto tan preciado  y lo deposité en su palma. Apurada por la bocina que sonaba detrás, alcancé a decirle:
-Esta cruz te acompañará. Cuidala como un tesoro, pues lo es.

Antes de continuar mi marcha y aún percibiendo el desconcierto en el rostro del niño, pude intuir que pronto comprendería.





(*) De “En el Umbral de los Encuentros” – Ediciones Del Cedro – Gaiman, 2002





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