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sábado, 28 de enero de 2012

LA NOTA DE HOY




                YO GRAMÁTICO: UNA CRONICA DEL BUEN HABLAR

Por Jorge Castañeda (*)

Yo, médico. Yo, catedrático. Así supo titular sus libros el bueno de Baldomero Fernández Moreno y  para no ser menos “Yo, gramático” me place titular a esta crónica del buen hablar.
Amerita sacarme el sombrero ante la riqueza del idioma de Miguel de Cervantes, porque el castellano, -al decir de una vieja sentencia- “es muy rico en expresiones idiomáticas”.
Tiene reglas y también excepciones a las reglas. Tiene musicalidad y también luz y color en las vocales: ejemplo de ello dan las obras literarias de don Ramón del Valle Inclán y Ramón J. Sender, para los cuales por ejemplo la a era una vocal blanca.
Yo quisiera como Rubén Darío tomar “un vaso de bon vino” con Maese Gonzalo de Berceo (su apellido es mi seudónimo): escribir tras los vitrales mester de clerecía o tal vez caminar por la campiña conversando como al pasar de “vaqueras hermosas” con el buen Arcipreste.
Echar los versos en “celdillas iguales” o volcar las palabras de la prosa como “gemas preciosas en el saco de terciopelo”.
Escribir lento pero bien; publicar poco y espaciado “porque no se puede echar libros al mundo como quién fríe buñuelos”  como solía decir el manco glorioso de Lepanto; tener muchas lecturas y buenos escritores porque “hacen falta muchos dómines para cultivar la buena prosa de la conversación”.
¿Y qué me cuentan de Roa Bastos y José Camilo Cela?  Esos enseñan a escribir como nuestro compatriota Jorge Luís Borges. Y también Gabriel Miró, un orfebre de la palabra. Y Marechal con el cual hubiera querido sentarme a la mesa del banquete. ¡Oh, Severo Arcángelo, vulcano en pantuflas, padre de los piojos, abuelos de la nada!
Tengo al alcance de mi mano la “Gramática de la lengua castellana”. ¡Qué rigor y justeza para cada vocablo!
¡Qué suenen salvas de culebrinas; qué me acerquen támaras de jacintos; qué hojas de acanto coronen mis sienes!
Afuera el muladar de la quintería desordenada y la aladrería dispersa. Desparpajado y desenvuelto me desternillo de risa. Hago aspavientos. Encuentro mi punto álgido y tirito de frío. Voy al trastero y desempolvo los cachivaches. Me fumo una cachimba. Me calzo los quevedos y desecho el impertinente. Me restriego los dientes con dentífrico concentrado. Coloco una calcomanía en la luneta trasera de mi automóvil. En la esquina de mayor tránsito dirijo el tráfico de rodados y peatones. En la abacería cercana adquiero la quincalla de poco valor y en la rosticería los manjares para el buen yantar a chila come. Me extasío inverecundo ante la dehiscencia de una flor. Tomo el arco y la clava, la primera para alcanzar los temas elevados y la última para los asuntos gallináceos. Si me tratan a mansalva estoy contento. Si es con alevosía me siento defraudado. Si me hacen una zancadilla otra vez me levanto. Prefacio o introito lo mismo de da. Quiero agregar un escolio al tratado. Tiemblo, estoy carambanado. Me pierdo en aguas de borrajas. Subo al carajo. Si hablo tartajeo.
La saeta y el carcaj. La nasa y los pescados. La baca y los petates. El sedal y la caña. La perspectiva y el escorzo. Las estrellas y el astrolabio. La bomba y la adala. La carabela y la falúa. El péndulo y los zahoríes. La vaquería y la dehesa.
Es inane escribir tantas fruslerías; tengo las manos llenas de baratijas. No me asustan los endriagos porque no soy medroso. Y si de embelecos se trata me gustan “los fraguados en la boca”.
“Escudos pintan escudos/ cruzados hacen cruzados/ y tahúres muy desnudos/ con dados hacen condados”. ¡Oh, don Luís de Góngora! Y Baltasar Gracián, tejedor de naderías.
Enalbardo el asno. Paso el alfolí de las ofrendas. Echo los óbolos en el gazofilacio.
Nunca me permitiría escribir “la baca es un hanimal forado de kuero” aunque me divierte la literatura de César Bruto. Elaboro como Juan Filloy palíndromos y digo como Cortázar “salta Lenín el atlas”.
Pongo mi capa en el suelo para que no tengan el mal gusto de suprimir la ortografía.
En Felipe IV, 4 quiero hollar los umbrales de la Real Academia Española.
Pero basta ya. ¡Qué avenamiento de palabras!

(*) Escritor rionegrino. De su libro inédito “Crónicas & Crónicas”.




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martes, 24 de enero de 2012

EL RELATO DE HOY





PENSÉ EN MI LUGAR


Por Héctor Roldán (*)



Pensé en mi lugar. Yo, hombre desarraigado, negador de tradiciones, rebelde de cualquier causa, escéptico, hiriente comentarista de ajenas creencias, pensé mi lugar. Aquel lugar que inútilmente soslayé durante centenares de años y que ahora, en esta inmortalidad profunda, a millones de eones de aquel pedazo de tierra, apareció ante mis ojos desde algún rincón oscuro de mi memoria. ¿Qué representa este recuerdo? ¿Por qué vino ahora que el universo se está contrayendo? ¿Ahora que veo como las estrellas colapsan unas con otras? Me he quedado solo. Será esta soledad última la que disparó desde el fondo de los lóbulos de mi cerebro esta imagen: un niño de espaldas en la tierra contemplando el círculo celeste de la creación. Puedo decir que he vuelto fugazmente a ese instante. A ese instante, ahora que contemplo la ausencia intuida más allá del cataclismo galáctico del cual soy testigo. Único testigo. Ausencia que intuyo como la sombra que siempre me ha acompañado a lo largo de mis días sin fe, sin iglesia, sin comunión. Era, en la perfecta sensación del sinsentido, la risa sarcástica en los actos de emoción religiosa. Era, en la concentrada individualidad de la que hacía gala, la sombra oscura de las fiestas, la disonancia en los ritos. Pura orfandad ensoberbecida.

Pero, ahora, habiendo dejado de lado la rutina de mi vida, veo en su reiteración algo más que pura nada, sino actos de curiosa magia, que constituían un orden, una danza, un alfabeto. Y el mundo, las cosas, se humanizaban ordenándose para el conflicto o para el placer de mi existencia. Eso pensaba ahora que el fin estaba llegando, que contemplaba que lo uno se volvía lo otro y, que aquel sentido cuidadosamente preparado por mí, por mis padres, mis abuelos, todos mis ancestros y todos los otros, por todos los animales, las plantas, los buenos, los malos y los más o menos, por todas las mujeres, por todos los niños, y por todas las cosas del espíritu que usábamos para apuntalar la existencia, mi existencia; se iba diluyendo o explotando, consumiéndose. Más allá, la sombra. La boca feroz del lobo Fenris que venía a cumplir el cometido planificado desde el primer acto de la creación donde la vida ya pergeñó su muerte futura, ese periplo. 

Viaje que yo negaba para no ser parte de este Apocalipsis. De este estallido, de esta inquietud material de las células, de este devenir insoslayable. Sin embargo, en la caída final, aquellos viejos fantasmas venían para darme una guía, una espada y poder decir, pensar, sentir que este era el fin del mundo. De otro modo no lo habría podido decir y estaría extendiéndome en el caos sin sentirlo, sin llorarlo, sin pensarlo. Así vi, las trompetas sonando en cada rincón, escuché la oración y esperé por un último instante de redención mientras todo desaparecía. Desaparecía. Todo. Menos el amor. Menos este amor que siempre vivió en mí aún yo ignorándolo, negándolo y que en este día, el último día, me permitía conocer la infinita dimensión de la tragedia.



(*) Escritor santacruceño. De su blog “El espectro de las cosas”.

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sábado, 21 de enero de 2012

Lluvia - Federico García Lorca

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,

algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.


Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.

Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre.

Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.

El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentágrama sin clave.

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje!.

(Enero de 1919)

Lluvia - Federico García Lorca

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,

algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.


Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.

Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre.

Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.

El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentágrama sin clave.

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje!.

(Enero de 1919)

miércoles, 18 de enero de 2012

EL POEMA DE HOY






SON LAS 6 P.M.

Por Jorge Baudés (*)





Son las seis pe eme.
Parten presurosas 
dejando tras de sí estelas nervadas.
Forman bandas, grupos, algunas van solas 
atrapando un cielo que se desvanece. 
Son las seis pe eme.
Agitan las alas sosteniendo al viento 
oteando un refugio adonde ahuecarlas.
¿Qué dejan detrás? ¿Qué estarán buscando? 
Ni ellas lo saben, designio instintivo.
Repiten el rito. Prosiguen su vuelo… 
Son las seis pe eme. 
Ya el cielo recobra su transida calma.
No se ven gaviotas, 
las tragó el ocaso. 





(*) Escritor chubutense.

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jueves, 12 de enero de 2012

EL POEMA DE HOY





DOS SONETOS PARA EL RÍO CHUBUT (*)

de Virgilio Zampini



                           I


Hubo una vez -quién puede decir cuándo-
un nombrador tehuelche en tus orillas;
los siglos le narraron las sencillas
maneras que uno tiene de ir nombrando.


Con los ojos de pájaro buscando
el territorio de las maravillas,
no sin asombro, el indio, de rodillas,
bebió tus aguas y te fue llamando.


La soledad, el viento, la meseta,
se volvieron palabra por tu cauce
¿quién puede decir cuándo? Pero el sauce


sintió de pronto que era una silueta
espejadas, con risas, en tu frío.
Supo tu nombre, para siempre, río.




                       II


Y otros hombres vinieron al misterio
de tu sinuoso trazo. Fue el hispano
conquistador que edificó el imperio
de los Césares con su sueño vano.


(¿Para qué permitir que naufragara
el afán de los oros y las glorias
de aquel monarca que se imaginara
escribir, a tu vera, otras historias?)


Y fue el galés, cantor de libertades,
que dio su espalda, firme, a los retornos, 
para plantar, de frente, tus ciudades.


Así hubo paz en todos tus contornos.
¿La espada? ...Fatigado desvarío.
Hay mujeres y versos. Y hay un río.




(*) Corona del Eisteddfod del Chubut - año 1972

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lunes, 9 de enero de 2012

EL POEMA DE HOY




CIELO PATAGÓNICO


de Amilcar Amaya (*)



Quién puede sustraerse al encanto
del misterioso embrujo de tu cielo,
inmensidad tendida como un velo
más allá de los sueños y más alto.


De día te cubre luminoso manto
llenándonos de paz y de consuelo,
de noche, las sombras y desvelos
y encendidas estrellas para el canto.


Quién no sintió vibrar su fantasía
deslumbrado por sus atardeceres
junto al mar, meseta o cordillera


o sintió que su alma estremecía
ante la magia de tus amaneceres,
magia renovada en cada espera.



(*) El autor nació en San Javier, provincia de Río Negro. Egresado de la Escuela Normal "Eliseo I. Schieroni", de Viedma, ejerció la docencia en Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Este poema mereció la Corona de Plata del Eisteddfod del Chubut en el año 1988.
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jueves, 5 de enero de 2012

EL POEMA DE HOY




Enjambres humanos

por Carlos Dante Ferrari


Ahora mismo, allí fuera
hay una multitud de seres marcando 
sus pisadas
bajo la tenue oscuridad
y la llovizna
por las frías aceras.
Seres de toda edad y condición
que se entrecruzan
sin verse, sin oírse,
sin rozarse 
siquiera.




Seres que merodean 
sin rumbo ni destino
como enjambres humanos
cegados de furor
y ensordecidos
por el bullicio urbano.


Van colmando los cines, 
burdeles y tabernas,
se paran y caminan
 a veces titubean.


Luego invaden los parques,  
inundan los paseos, 
desandan avenidas
y cruzan diagonales 
arrastrando sus almas 
como pueden
por las calles perdidas.


Yo sé que están allí
porque acabo de andar 
por esas mismas calles
bajo una fina lluvia 
y el relumbre 
de luces mortecinas.


¿Se habrán cruzado, acaso, tus pasos
y los míos
mientras buscabas tu sitio
en la colmena?


Vengo de allí trayendo 
a rastras
como siempre 
el peso inseparable
de mis penas.

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lunes, 2 de enero de 2012

LA NOTA DE HOY





GRETA GARBO, BLASCO IBÁÑEZ Y LA PATAGONIA



Por Jorge Eduardo Lenard Vives




Greta Garbo, una de las divas del cine tanto mudo como sonoro, no necesita presentación. Tampoco Vicente Blasco Ibáñez, reconocido y prolífico novelista de la primera mitad del siglo XX. Como es sabido, Literatura y Cine van de la mano. Fue así que Hollywood reunió por primera vez a la actriz y al escritor en 1926; cuando Monta Bell dirigió a Garbo en “The Torrent”, adaptación de la obra “Entre naranjos” del autor español. Su argumento giraba en torno al ambiente rural de la ibérica Valencia. Ese mismo año la industria cinematográfica los juntó de nuevo; y esta vez el guión tenía como tema la Patagonia.

“The temptress” se basó en la novela de Blasco Ibañez “La tierra de todos”, título con el cual la película fue conocida por el público de habla hispana. Dirigida inicialmente por Mauritz Stiller, fue finalizada por Fred Niblo. La cinta, sin sonido, incluía en su reparto a Antonio Moreno, Lionel Barrymore y Roy D´Arcy, interpretando los principales personajes masculinos.

El filme cuenta la historia de la hermosa Elena, “femme fatale” que siguiendo a su marido el Marqués de Torrebianca, prófugo de una quiebra dolosa en París, y a su amigo el ingeniero Robledo, arriba a la Argentina. Precisamente, al Alto Valle del Río Negro. Allí su belleza cautivadora provoca diversas vicisitudes que llevan a un dramático final. Vuelta Elena a Europa, Robledo la reencuentra varios años después en la capital de Francia donde se inició la historia; ya marchito su encanto y viviendo en la pobreza.

La película parecería merecer el galardón de ser el primer film sobre un libro ambientado en la Patagonia. La obra en la cual se basa es un típico novelón que incluye una clásica persecución a caballo en pos del bandido “Manos Duras”; raptor de Flor del Río Negro, la querida hija del estanciero don Agustín. Publicada en 1922, intervienen en su trama muchos y variados personajes, como el francés Canterac, el italiano Pirovani, el andaluz González, apodado “Gallego”, el norteamericano Watson, el criollo Moreno; habitantes todos del campamento agrupado en torno a la presa que Robledo intenta construir sobre el río Negro, para abastecer los canales que van a permitir regar el valle y hacerlo productivo. Tras la figura de Elena y su influencia sobre los pobladores del rústico sitio, aparece, como telón de fondo, la dura vida en la región y el papel de la inmigración europea en la Argentina de principios del siglo XX.

Pero, más allá del argumento, lo destacable de la novela es la presencia de varios temas patagónicos. Uno de ellos es el mito del prehistórico saurio morador de los lagos cordilleranos: “Entre los escasos habitantes acampados al pie de la Cordillera se heredaba la convicción de que existen aún en ciertos lugares del desierto patagónico bestias enormes y de formas nunca vistas, últimos vestigios de la fauna que surgió al principiar la vida en el planeta. Algunos juraban sinceramente haber visto de muy lejos al plesiosaurio hundiéndose en el muerto cristal de los lagos andinos ó pastando en la vegetación de sus riberas”.

Otro es la exploración del río Negro por el Alférez Villarino: “Sólo los que conocemos la corriente de este río podemos comprender lo que representó aquella expedición, curso arriba y con buques de vela. (...) Buscaban el mar que los indios aseguraban haber visto con sus ojos, y efectivamente, al final del Limay, continuación del río Negro, se desemboca en un mar que es simplemente el lago Nahuel Huapi...”

Pinta también el verano austral: “Aquí reinaba el verano, un verano patagónico, violento y ardoroso, sobre una tierra que rara vez conoce las lluvias y en la cual todas las estaciones son extremadas, descendiendo el termómetro durante el invierno muchas unidades por debajo de cero. La tierra yerma parecía temblar bajo el sol.”

Pero además agrega muchos otros detalles: la mención al Gualicho, “el terrible demonio de la Pampa”, “el diablo pampero, maligno y enredador”; la referencia a varios lugares de la zona, como Choele Choel, El Bolsón, Neuquen; la descripción precisa de una marcha en la desértica meseta, “una llanura siempre inmensa, siempre igual”...

¿Cómo pudo escribir el célebre autor de “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, con tanto detalle, una obra ambientada en nuestro sur? Porque vivió aquí. En 1910, Blasco Ibáñez dejó España con rumbo a la Argentina. Preso de un arrebato fisiócrata, al estilo de Bouvard y Pécuchet, encaró un emprendimiento rural en Corrientes llamado Nueva Valencia. Aunque el pueblo permaneció, la empresa se malogró desde el punto de vista económico. No se arredró; poco después volvió a intentarlo... en la Patagonia. Se dirigió – como Robledo - al Alto Valle del Río Negro; y allí organizó un establecimiento agrícola, cuyo nombre recuerda su interés por lo literario. Volvió a fracasar como colono. Pero de su paso por la Patagonia dejó un pueblo, Cervantes, que lo reconoce como su fundador; y un libro. Que no es poco.





lunes, 26 de diciembre de 2011

EL POEMA DE HOY




A UN CULTRUN, EN EL 
ESTANTE DE UN MUSEO 


por Juan Carlos Corallini (*)


Es como si a la tierra le arrancaran
un pedazo de corazón y palpitante
lo pusieran -silencio que nos clama-
en la vitrina de las cosas que murieron.
Si uno se arrima con el alma en la plegaria
oye moverse como un aire que abrazara
el ronco palpitar de la trutruca
o gimiera en balbuceo de pifilca.
Si uno arrimara su mano sin malicia
otras manos golpearían melopeas
por los tiempos que murieron y a lo lejos
son promesas de amor y de caricia.
Está allí -silencio que golpea-
como cosa que no ha muerto todavía, 
silencio que el bramido y el galope esperan
para buscar a Nguenechén en la montaña.
Está allí, silencio que en su seno vive
un país de cielo y piedra;
silencio, que en el cultrún palpita
un trozo del alma de mi tierra.




(*) El autor (1925-1991) nació en Pergamino, Prov. de Buenos Aires y se radicó en Esquel (Chubut) en 1958, donde desplegó su actividad cultural y docente durante largos años. Este poema fue ganador de la Corona del Eisteddfod del Chubut en 1990.
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viernes, 23 de diciembre de 2011

EL CUENTO DE HOY




EL SALÓN DE LOS RELOJES (*)


Por JUAN BAUTISTA VALLÉS


                                                      A G. Pierce



El pueblo, como gustan llamarlo sus habitantes, ocupa unas pocas manzanas, siguiendo la curva de la bahía. Y ésta sigue la línea oscilante y caprichosa que separa el agua marina de la tierra.
No más de dos mil personas conviven con las mareas y a su ritmo, intentan cada día, extraer su alimento.
Lejos de la playa, como penetrando el continente, emerge de entre las últimas casas, la iglesia. Su ubicación demuestra que llegó tarde al asentamiento el fraile que la construyera sin mezquinar sus manos, que alternaron el fratacho y la cuchara de albañil con el cáliz y el altar.
 No se ha encontrado a vecino alguno que recuerde a este padre. Salvo en dos o tres características, como su baja estatura y su poca comunicación con los fieles.
Sobran rumores cuyo origen se desconoce acerca de cosas que ocurren en el templo o en sus alrededores. Es cierto que nunca fueron comprobadas; pero se van tejiendo en leyendas que relacionan al cura, el lugar, la ubicación, con otros hechos extraordinarios que se aprecian como ciertos.
Dicen, por ejemplo, que debajo de esa capilla se encuentra el lugar de los relojes. Nadie puede decir que lo ha visto, pero mucho han oído, queriendo o sin querer, de este salón. Tampoco hay quien haya apreciado una escalera o el medio para llegar a él, aunque se han recorrido, con ese fin, el edificio de la iglesia tanto como el campanario que el arquitecto colocara a unos metros de la gran nave eclesial.
Varios interesados han preguntado por qué esa torre para contener campanas inexistentes fue construida unos metros delante del edificio del templo. Llama la atención a estas mismas personas la dimensión de la base cuadrada sobre la que se fueron apilando ladrillos unidos por el sacerdote devenido en albañil. Tanto como el haber olvidado colocar puerta alguna para ingresar al interior del edificio. Los más detallistas reparan en la falta de puertas para acceder a la torre. Los ya obsesivos hablan de la relación entre las medidas de los lados de la base y la altura, que no parecen casuales. Es fácil de observar, también, la cantidad de gaviotas que descansan sobre el techo del campanil, aún en días tormentosos.
No sé sabe cómo pero algunos han accedido a ideas fragmentarias acerca del sitio, las que reuní durante años y luego, con la paciencia de los relojeros antiguos y la de los artesanos de siempre, traté de armar en una sola versión confiable. Quise emular a los inspiradores de los rosetones de las catedrales medievales que ofrecen una imagen completa disimulando los miles de fragmentos de vidrios de colores que lo componen.
Mi conclusión, para decirlo de una vez, es que en el salón existen miles, millones, incontables relojes de tipos distintos. Los hay que cuelgan de techos invisibles, pues los planos de los que parecen pender prescinden de bóvedas y pisos convencionales. Otros se apoyan en superficies ilusorias ya que responden a la misma ley general. De paredes incomprobables se sostienen otros. La vista se pierde y flamea en las hendiduras del paisaje buscando paisajes fantásticos, pero añorados.
No hay seres, perceptibles al menos, que se encarguen de dar cuerda o atender algún otro mecanismo para que marchen. Pero lo hacen. Respetan un orden aparente que alguien impuso con una lógica que no es la nuestra.
Sólo los entendidos sabemos que cada reloj marca un ciclo vital de cada una de las personas que caminaron el mundo, o lo están haciendo en estos momentos.
Los períodos no son iguales para todos. Hay niñez extendida en la cama del tiempo, adolescencias cortas y otras largas. Juventudes que expiran apenas comenzadas y las que perduran viendo pasar otoños indiferentemente.
Los cronómetros se disputan límites convencionales robándose tiempos unas series a otras.
Cuando una finaliza, el respectivo reloj se detiene, en el mismo y único instante en que comienza a andar su camino el ciclo siguiente en otro aparato horario.
Algunos relojes se unen en el tiempo secuencial y parar y arrancar, pero ¿quién lo sabe?
Sólo un reloj de los correspondientes a cada transeúnte de la vida, al detenerse no será seguido por otro, pero nadie puede adivinar tal cosa.
El silencio se impone en todo el salón con aire discreto, pero si alguien derrama su vista u observa el movimiento de péndulos o segunderos imaginará ruidos rítmicos, suaves, continuos. Quizás porque los observadores no pueden desprenderse de ciertas experiencias de fuera del recinto.
Lo mismo acontece con la luz tan inexistente como inútil, pues no hay veedores y los que acceden por raros designios a él, hablan igual de discretas luminosidades.
Muchos del pueblo y también foráneos envueltos en las sombras de las mañanas, que son las mismas del atardecer, se allegan a la iglesia. Simulan correr las estaciones del vía crucis, yo se hincan en las gastadas maderas de los reclinatorios murmurando inaudibles oraciones, mientras su vista, obedeciendo a su verdadera intención, recorre el lugar buscando acceder al espacio de los relojes. Pero este es inviolable, escapa a las leyes de los hombres, que seguro intentarían –de poder hacerlo- intervenir en este ritmo ajeno.
Dicen también que el tiempo se escapa por debajo del sagrado recinto, al mar, y tiene que ver con el asomarse del sol en algún punto de la inmensidad oceánica. Pero siempre tras el horizonte. A  horas previsibles.


Enero de 99 - Playa Unión.





(*) De “Del largo camino de la Memoria” – Cuentos Completos – Patagonia Contemporánea – 2010.





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martes, 20 de diciembre de 2011

LOS POEMAS DE HOY


DOS SONETOS, DOS POETAS MEMORABLES





ÁLAMO DESNUDO (*)

                                                                   Al Dr. Julio César Giordano


Por Gonzalo Delfino


Ya el pampero con su mano ruda
lo despojó de hojas y brotes tiernos;
y se ha quedado desnudo y solo
con su ramaje dardeando el cielo.


En recogido éxtasis, ya no escucha
cantar de pájaros en su verde fronda;
no descifra ya el mensaje de la brisa
ni la voz del agua que al pasar lo nombra.


Desnudo, sin halagos, recoleto,
ahora espera con pasión segura
el ímpetu creador de brotes nuevos.


Prieto en su médula y en su hueso, 
es cordaje que sólo el viento pulsa.
¡Ahora, es el árbol verdadero!


(*) De "Voces de la Tierra" - Ed. "El Regional" , Gaiman - Chubut - 1980.














RÍO CHUBUT (*)

por Antonio Vicente Ugo


Y allá vas en un viaje retorcido,
desde cuándo, quizás y desde dónde,
como un agua que sabe que se esconde
para que no le duela tanto olvido.


Te encanta que el cauce se te ahonde
como la mano que conserva un nido,
porque das de beber y ser bebido
es el destino que te corresponde.


Si habrás visto la historia que te cuento
de españoles guerreros, de galeses
y de indios subidos en el viento.


Y estás en tu corriente de tan quieta
como un sembrador que va a sus mieses
desde tu corazón de la meseta.



(*) De "Vigencia del Sur" - Ed. Áncora - Trelew - Chubut - 1986.













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viernes, 16 de diciembre de 2011

EL CUENTO DE HOY




Entre sombras y penumbras



Por Olga Starzak



Lenta e inevitablemente fui adentrándome  en este mundo de sombras. Tenues primero, pero aún reconocibles. Se ensamblaban, a veces, con figuras que conservaban su efímera nitidez. Me aferraba a ellas como el niño al pecho de su mamá.
Intentaba retenerlas sabiendo que pronto escaparían.
Buscaba incesante el rostro de los seres amados... la sonrisa de mi madre cuando todavía no comenzaba a borrarse, esas manos siempre dispuestas a acariciarme, las pecas de mi hermanita, el tan blanco rodete de mi abuela...
Me atraían, como nunca, los vivos colores de los pájaros;  podía disfrutarlos  a través del continuo piar que, como ofrenda, dejaban cada mañana detrás de la ventana de mi cuarto.
En aquellos últimos tiempos, elevé innumerables veces  mi cara hacia el cielo; lo hice en el amanecer, en pleno día, en el ocaso y en la noche constelada. Alenté esperanzas de que, aunque más no fuese, no desaparecieran para siempre las estrellas.
Me deslumbré con el arco iris... me deleité con la gama de los verdes en la primavera y los ocres del otoño. Y miré como nunca la vida que apagándose en mí, amé con una intensidad insospechada.
Se acercaban las penumbras prometidas y rogué que allí parara el tiempo.
 Mientras ello sucedía comencé a ahondar en el sabor amargo de lo nuevo; mis sensaciones se multiplicaban a cada momento y se amplificaban  mis otros sentidos.
 El tiempo y el espacio se tornaron pretéritos; sin embargo no podía dejar de observar este mundo a punto de esfumarse. Le di la espalda a la alegría  y percibí la misericordia de todos quienes  me rodeaban.
También llegaron ocasiones en las que procuré consuelo. Reparé en la mirada extraviada del linyera que  come desechos apoyado en mi umbral. Advertí el sufrimiento en el pálido semblante del hombre que busca -con desesperación- a su hijo perdido. Recordé las manos azuladas del niño vendiendo diarios en el amanecer. Imaginé  el temblor en el cuerpo de un soldado que se resiste, la parálisis del que encuentra en los escombros un joven mutilado, el andar ligero de la mujer que huye protegiéndose del perverso.
Sólo por un instante se calmó mi alma
Elevé a Dios mis plegarias... rogué el perdón a mi condena. No encontré alivio. El mundo de claroscuros ennegreció para siempre.
Nada era más profundo que el dolor.

Salvo por las voces que raramente me abandonaban eran iguales el dormir y el despertar. El día se convirtió en noche y las noches en un infierno. Debía tocar mi cuerpo para comprobar su existencia. Cuando noté húmedos mis dedos, dejé de palpar el rostro de mi madre. Se espaciaron las caricias de quien  pronto podría abandonarme. Me contaron que estaban desapareciendo las pecas de mi hermanita. Eran cada vez menos los pájaros trinando en mi ventana.
Se tornaba insoportable la eterna oscuridad.

Me dejé invadir por la tristeza y me entregué a la muerte. Cansado de padecer, se detuvo mi aliento. La quietud del abismo me anunció el fin.


No puedo precisar en qué momento contemplé la luz, una luz demasiado brillante para mis ojos desacostumbrados. Una luz amarilla, intensa, absolutamente tentadora; me sentí atrapado por una sensación tan inédita como placentera. Miré alrededor buscando reconocer formas, colores, imágenes, escenas...
A pesar de mis esfuerzos me costaba lograrlo.
 De pronto... el misterio comenzó a develarse. Lejana, la voz de mi abuelo;  mucho más clara,  la de mi padre.
En este mundo de infinito sol, de palabras cálidas, de rostros algunas veces vistos y de sensaciones quiméricas,  faltaban mis sombras.
Estaba ausente el perfume de los tulipanes del patio de mi casa, el humeante aroma del pan amasado por mi madre, las suaves caricias de mi amada que -aunque demasiado esporádicas- dejaban un halo de esperanza, la risa contagiosa de mi hermana, el sabor tan especial que relamía de mis dedos después de una  cena.

Luché, sólo un instante, entre esta luz seductora y aquella oscuridad empapada de mis afectos.

Estoy tendido sobre mi cama. Ya no hay angustia en mi pecho.
Sólo deseos de vivir.


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